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¿Era Mengele un científico?



 


La fuente de inspiración de este texto está en otros dos publicados por compañeros de este mismo blog colectivo que es Filosofía en la Red. Uno es de Manuel Corroza y se llama “La ciencia como actividad humana: entre la caverna y el cielo” y el otro es de Ismael Pérez y su título es: “Ironman y la tecnología: ¿bendición o maldición?”.
En ambos se refieren al tema de la ciencia y los valores, y contienen párrafos sobre los que hice comentarios y que han llevado a este texto. Pérez afirma la amoralidad y neutralidad de la ciencia a diferencia de la tecnología[1]; Corroza, al contrario, indica que la ciencia implica valores y que no es por tanto neutral o por lo menos no tan neutral como a veces se piensa[2].

            Mi postura es más favorable a Manuel Corroza: la ciencia implica valores, y en ese sentido no es neutral ni amoral como tampoco lo es la tecnología[3]. Para Pérez, la tecnología se hace para algo, y ese fin es lo que la hace susceptible de valoración moral, mientras que la ciencia solo hace enunciados sobre la realidad que serán verdaderos o falsos, pero no morales o inmorales. Subyace a este punto de vista una noción de ciencia como mero conjunto de proposiciones acerca de la realidad (las leyes científicas), pero eso solo es una parte de la ciencia: la ciencia como resultado final de todo el proceso en el que consiste la ciencia. La ciencia es mucho más: la ciencia es un proceso que básicamente consiste en los pasos del método científico y que comienza con la determinación de un problema, la recogida de datos y su cuantificación, la elaboración de hipótesis, la experimentación y la publicación (simplificando mucho)[4]. El resultado final sería la ley o teoría científica que resulte de todo eso. Pero todo ese proceso también es ciencia, y en él hay que tomar muchísimas decisiones que implican valores y valoraciones por parte de los científicos, lo cual convierte a la ciencia en una praxis y, por tanto, susceptible de valoración ética y necesitada de reflexión ética. Por ejemplo, el científico tendrá que decidir qué problema quiere resolver (qué quiere investigar), por ejemplo, una enfermedad rara, o los satélites de Júpiter, o el homo antecessor. Y eso implica unos valores sobre qué es para él más importante, más valioso, etc. A la hora de hacer experimentos, tendrá que tomar más decisiones: ¿con animales o sin ellos?, por ejemplo, lo que implica también valores y valoraciones relativas a sus posibles derechos, al valor de su sufrimiento, entre el mal de hacer sufrir y el bien de obtener conocimiento, etc. Por no hablar de toda la ética contenida en todo el proceso relativa a no plagiar, no falsificar, no mentir, etc. De modo que el científico maneja y opera con valores en su quehacer como científico tanto como maneja u opera con microscopios, probetas o bases de datos. La propia ciencia incorpora valores en su hacerse y en ese sentido no es neutra[5].

El ejemplo límite sería el nazi Josef Mengele: ¿hizo ciencia? La verdad es que no sé si de sus experimentos se produjo algún descubrimiento, creo que sí respecto de la congelación de los cuerpos humanos vivos, pero no lo sé seguro. Supongamos que sí. Ese descubrimiento formulado en forma de ley (del tipo: “el cuerpo humano reacciona de tal y tal forma al descenso de la temperatura hasta un punto límite en el que…”) sería amoral, exactamente igual que si decimos “un disparo de bala en el pecho a quemarropa produce la muerte instantánea”. Pero ciencia no es solo esa proposición, sino que incluye todo el proceso por el cual se ha llegado hasta ella, y eso implica cuestiones morales sobre la dignidad de los sujetos en el experimento, el consentimiento informado, el trato humillante o degradante, la tortura, la crueldad, etc. De modo que, visto así, la ética sería interna a la propia ciencia y le impondría condiciones internas, de tal modo que la ciencia no sería solo un asunto epistemológico o relativo al conocimiento, sino también ético, pues supondría en su propio quehacer un conjunto de cuestiones éticas que deberían cumplirse o tenerse en cuenta para lograr ese conocimiento. De esta forma, la ciencia no tendría solamente valores epistémicos sino también morales: sus valores no serían solo los de verdad, corrección, coherencia, consistencia…, sino también otros relativos a la dignidad, la justicia, la libertad, etc. Lo que, a su vez, ampliaría el campo de la pseudociencia (falsa ciencia) a toda aquella que no respetara esa ética. Según eso, Mengele no sería un científico inmoral, sino un pseudocientífico precisamente por inmoral (de la misma forma que un homeópata no es un científico que no hace experimentos de doble ciego, sino un pseudocientífico precisamente por no hacerlos). Dicho de otra forma: los límites éticos serían a la ciencia tan límites como los físicos. Hasta que los astronautas no llegaron a la luna no pudo hacerse el experimento de la pluma y el martillo de Galileo. Ahí el límite era físico. Pero si para hacer ese experimento hubiera que matar a una persona (o hacerle sufrir contra su voluntad) habría un límite ético que debería resultarnos tan imposibilitante como el de llegar a la luna antes de 1969. Podemos hacer una analogía con el deporte. Consideramos que una actividad es deportiva si se realiza de acuerdo a ciertas reglas o normas, entre ellas algunas éticas. Si alguien se salta esas reglas éticas consideramos que lo que hace no es deporte. Y si ha obtenido un premio de esa forma, se le retira. No pensamos que es un deportista inmoral, sino que ni siquiera es deportista por eso mismo.

Esto implica que hay conocimiento posible (si no respetamos límites éticos) que será imposible de lograr (si respetamos esos límites), por ejemplo, todo el que se pueda obtener con experimentos como los de Mengele. Lo que me lleva a otra cuestión: ¿y si alguien, a pesar de todo, se salta esos límites éticos y logra ese conocimiento? Por ejemplo, un científico como el de la película Al cruzar el límite, que puede lograr la cura de la tetraplejia mediante experimentos crueles con mendigos a los que secuestra (algunos de los cuales mueren o sufren grandes daños en las primeras fases del experimento). Supongamos que logra el suficiente conocimiento de esa enfermedad gracias a sus experimentos horribles y que eso sirve de base para la tecnología que proceda a la cura de muchos otros. Si se le descubre, ¿qué deberíamos hacer con ese conocimiento? a) ¿Aprovecharlo, ya que el daño está hecho y es irreparable pero beneficiará a muchísimas personas tetrapléjicas? b) ¿O debemos destruirlo completamente como si nunca hubiera existido? Tal vez un utilitarista señalaría a) y un deontologista b). Pero también puede ser que incluso un utilitarista señalara b) igualmente. Me baso en la analogía con las pruebas válidas en un juicio.

Toda prueba que en un juicio intente presentarse debe haberse obtenido legalmente, eso es, sin tortura y respetando todos los derechos fundamentales. De no ser así, la prueba se invalida y el juez (o el jurado) debe juzgar como si esa prueba no existiera. Supongamos que la policía tortura al sospechoso de un crimen horrendo y logra que diga dónde esconde el arma del crimen que tiene sus huellas dactilares y la sangre de la víctima que demuestran que fue él. El juez debería desestimar esa prueba y, si esa fuera la única forma de demostrar su culpabilidad, debería absolverle por falta de pruebas. Es evidente que la prueba existe y demuestra su culpabilidad, pero el juez debe actuar como si no existiera por la forma en la que se ha obtenido. ¿Por qué? Porque no solo es relevante la cuestión cognoscitiva –el tipo de conocimiento que aporta la prueba- sino los aspectos morales y legales con los que se ha obtenido esa prueba. Si el juez diera validez a la prueba diciendo algo así como “de todas formas el daño ya está hecho pero la prueba es incontestable”, eso podría incentivar a la policía a obtener pruebas en otros casos de la misma forma (violando derechos), pero eso pondría en peligro a inocentes que serían torturados bajo la creencia de que son culpables. Pero al no dar validez a ese tipo de pruebas, eso desincentiva el uso de esas formas ilegales y contrarias a la ética de lograr pruebas, a la vez que incentiva el esfuerzo por obtenerlas de formas legales y éticas. Un utilitarista podría pensar que, aunque en un solo caso concreto sería más útil (maximizaría la utilidad) obtener pruebas con tortura, a la larga y con una perspectiva de conjunto, lo que maximizaría la utilidad sería no admitir ese tipo de pruebas (por el daño a inocentes que podría derivarse y habría que incluir en el cálculo moral)[6].

De la misma forma: si los descubrimientos científicos realizados de formas contrarias a la ética fueran considerados pseudocientíficos y además automáticamente eliminados y destruidos, ningún científico tendría incentivos para intentar hacerlos de esa forma, pues todo su “trabajo” no serviría a la postre para nada. Lo que haría que los científicos buscasen siempre formas éticas de obtener el conocimiento.

Cuáles sean esos límites éticos concretos, y cuándo un científico particular se extralimita o no, sería otra cuestión y otro debate, y posiblemente escriba otro texto sobre eso. Adelantando un poco: los principales dilemas morales hoy día, principalmente relativos a la bioética y las biotecnologías, suponen que la ética es parte interna de la propia ciencia, y que la forma de obtener conocimiento científico (y sus aplicaciones tecnológicas) incorporan elementos éticos a tener en cuenta en el propio proceso cognoscitivo y tecnológico. Ahora bien, y a mi modo de ver, esos elementos éticos serían favorables a las técnicas de anticoncepción, interrupción voluntaria del embarazo, experimentación con células madre, eutanasia, modificación genética de organismos, etc. Digo esto porque la ética normalmente se usa como excusa para introducir moralina en estos debates, moralina casi siempre religiosa y/o tecnofóbica. Como reacción, desde el campo de la ciencia se responde –erróneamente para mí-, diciendo que la ciencia es neutral y que una cosa es la ciencia y otra sus aplicaciones. Pero, de esta forma, se deja el campo de la ética a los moralistas mojigatos y los neoluditas, dando la impresión de que los científicos son gente sin ética y los otros los guardianes de la moral. Pero no es así. La ciencia tiene una ética interna que es la que precisamente avala moralmente todas esas bendiciones prometeicas para la humanidad derivadas de la ciencia y la tecnología. Una ética laica interna basada en los valores de la libertad y la dignidad que no es cuestión de desarrollar aquí, pero sirva esto como prevención contra posibles interpretaciones moralizantes de la reivindicación de la ética en la ciencia que se propone en este texto.

Independientemente de lo anterior, lo importante por ahora es: 1. considerar que la ética es interna a la ciencia en tanto que la ciencia opera con valores al hacerse, y que no es algo externo a la propia ciencia, y 2. que la ética impone unas condiciones para poder calificar una praxis de científica o no (y no solo de moral o inmoral) de la misma manera que hay otros requisitos cuyo respeto o no respeto cumplen la misma función, de modo que una ciencia sin ética sería un oxímoron o una pseudociencia tanto como la astrología o la acupuntura. Según esto, Mengele no era científico, puesto que no cumplió uno de los requisitos de la ciencia: la ética.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.


[1] “Pensemos primero en la ciencia. La ciencia sí es ciertamente amoral, ya que lo que hace es generar conocimiento, en qué empleemos ese conocimiento es decisión nuestra. Haciendo ciencia se ha descubierto, por ejemplo, la ley de la gravitación universal, pero de ello no se deriva ninguna implicación ética. En cambio la tecnología presenta una diferencia sustancialmente importante con la ciencia. La diferencia radica en la intención con la que se hace. La intención con la que se hace ciencia es adquirir conocimiento, pero con la que hacemos tecnología depende de aquello que queramos hacer”. (Ismael Pérez: ¿Ironman y la tecnología: Bendición o maldición?)
[2] “…en lo relativo a la ciencia y los valores, la postura tradicional de muchos científicos y filósofos de la ciencia apuntaba a la neutralidad valorativa de la ciencia: la ciencia no es expresión de valores éticos o morales ni, en general, de ningún otro tipo. La ciencia habla del 'es', no del 'debe ser'. Esta forma de pensar dista mucho de estar basada en evidencias incontestables. Si calificamos a la ciencia también como práctica, como actividad histórica y socialmente situada, y si toda práctica o actividad humana está transida de valores de uno u otro tipo, entonces la ciencia, en tanto que actividad humana, no es ajena a la presencia de estos valores.” (Manuel Corroza: La ciencia como actividad humana: Entre la caverna y el cielo).
[3] En este sentido sigo más o menos las ideas al respecto de León Olivé en El bien, el mal y la razón: Facetas de la ciencia y la tecnología. (Barcelona: Paidós, 2000).
[4] Otros filósofos de la ciencia, como el propio Olivé en el libro citado, indican que no hay un método científico, ni tan siquiera un conjunto de rasgos necesarios y suficientes para resolver el problema de demarcación de lo que es ciencia y lo que no. Lo que no significa que no pueda distinguirse la ciencia de lo que no lo es (a diferencia de los pseudofilósofos posmodernos). Ellos señalan a otras características o requisitos (tradiciones, las llama Olivé) que distinguen ciencia de pseudociencia o de lo que no es ciencia. Para el caso es lo mismo: lo que sea ciencia consiste en una serie de cosas que hay que hacer, remite a un proceso y no solo a un resultado.
[5] Otra cosa es que el científico sea consciente de los valores implicados o realizados en su labor científica, y que reflexione o no sobre ellos, que se pare a recapacitar éticamente sobre su actividad o que la realice mecánicamente sin reparar en todo esto. Pero exactamente igual que le pasa a un funcionario, a un obrero o a un capitalista cuando hacen sus actividades respectivas.
[6] Este tipo de razonamiento nos acercaría a algún tipo de utilitarismo de la regla como solución de síntesis a los dilemas utilitarismo-deontologismo: en muchos casos (atendiendo a una perspectiva global y no caso por caso), la opción que maximiza la utilidad es precisamente la que coincide con los dictados deontológicos; o dicho de otra forma: hay que ser deontologista por razones utilitaristas.



Comentarios

  1. Andrés, creo que ambos coincidimos en considerar a la ciencia no meramente como un producto -un cuerpo de conocimientos ampliable y mejorable- sino también como un proceso -una actividad humana, una praxis que refleja en mayor o menor medida las complejidades de la conducta humana basada en valores. Y no sólo valores éticos, sino también valores epistémicos y de otro tipo, como has escrito con meridiana claridad.

    No estoy tan seguro de que los conocimientos obtenidos mediante métodos poco éticos no puedan utilizarse si de ese uso se deriva un beneficio importante en relación con la calidad de vida de las personas, dicho sea en trazo muy, muy grueso. Me doy cuenta de que se trata de un debate deontológico de gran calado que no puede despacharse en unos pocos comentarios. Sería interesante buscar ejemplo históricos de descubrimientos científicos obtenidos de forma poco ética pero que hayan supuesto una mejora en la calidad de vida de las personas. Por supuesto, y creo que es importante señalarlo, las referencias éticas y deontológicas deben situarse en su adecuado escenario histórico. Por ejemplo, en los años sesenta no parecía especialmente problemático encerra a una perrita como Laika en una cápsula espacial y mandarla al espacio para estudiar sus reacciones fisiológicas en un entorno carente de gravedad. Laika murió de una forma no prevista, por un fallo en el sistema de control de temperatura de la nave, y parece que su agonía fue bastante dura. Pero la muerte de Laika, en todo caso, ya estaba programada por los diseñadores del proyecto. Ignoro si se obtuvo algún resultado positivo de este experimento, pero me parece obvio que, hoy por hoy, los reparos de la comunidad científica (y no sólo de ella) a un experimento de este tipo serían mucho mayores que hace cincuenta años. El ejemplo es tal vez menor, pero enlaza, me parece, con otra gran preocupación deontológica en la actividad científica, y es la que se refiere a la experimentación con animales.

    Me parece muy apropiado que desarrolles estas ideas en otra entrada del blog. El debate sobre los límites éticos internos -como has señalado oportunamente- a la propia labor científica debería contribuir a clarificar ciertas perplejidades y confusiones. En el bien entendido que algunos de estos límites precisan, para formularse, del propio conocimiento científico sometido a evaluación. Por ejemplo, en el tema del aborto.

    Pero este debate sobrepasa también las intenciones de este comentario.

    Un saludo.

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    Respuestas
    1. Muchas gracias por tu comentario, Manuel. Siendo la ciencia algo histórico, los requisitos de cientificidad también lo son. Y ciertamente los requisitos morales son de los más novedosos: la preocupación por la ética en la ciencia es muy reciente. Yo me atrevería a decir que no aparecen seriamente hasta el siglo XX y las terribles experiencias de la IIª Guerra Mundial. Hasta entonces, la filosofía de la ciencia había sido principalmente positivista, con una imagen proposicionalista de la ciencia –la ciencia como resultado, como proposiciones: las leyes científicas- sin atención a la praxis o proceso en el que también consiste la ciencia. De ahí que solo les preocupara el valor de verdad de esas proposiciones y su lógica interna, y no la forma (ética o no) con la que se había llegado a ellas. Sin embargo, la experiencia de los experimentos de Mengele, o la utilización de científicos en el proyecto Manhattan, conllevó todo un giro en la reflexión sobre la propia ciencia, sus límites, la ética, etc. Reflexión que aumentó al crecer más la ciencia aplicada y las tecnologías. Aparece ahí la preocupación por las cuestiones éticas en la forma de hacer ciencia. Se toma conciencia de esas cuestiones éticas. Por eso, en cierto modo, antes de los años 30 no creo que sea justo acusar a algún científico de pseudocientífico por hacer las cosas de modo poco ético ya que no existía entonces ninguna conciencia del papel de la ética en la ciencia, y dicha crítica sería anacrónica (igual que no podemos considerar pseudocientífico a un científico de otra época que no hiciera controles de doble ciego cuando esa práctica no era habitual entonces). Pasa igual con lo que comentas de los animales: hasta muy recientemente no se ha extendido la conciencia ética hacia el trato humano para con los animales, por lo que no es justo acusar de inmoralidad con criterios actuales a gentes de otras épocas. Otra cosa es el caso de Mengele, cuyas atrocidades eran tan evidentemente inmorales en su época e incluso siglos atrás, que no tiene excusa.

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  2. Mengele es el padre de la inseminación artificial, la modificación genética y promotor de los partos múltiples (gemelos) pero como es nazi... y además el texto es de una pobreza insultante, como bien reconoce al autor al no saber nada del también llamado Angel de la Muerte.

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