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La anexión de Crimea y la anexión de Texas. Gabriel Andrade

  A EE.UU. no le gusta lo que Rusia está haciendo en Ucrania. Pero, como muchas veces suelen reprochar (acertadamente) los anti-americanos, EE.UU. no tiene autoridad moral para criticar, pues ha hecho cosas similares en el pasado. De hecho, la reciente anexión rusa de Crimea es parecida a la anexión de los territorios del actual Oeste norteamericano, arrebatados a México, a mediados del siglo XIX. Los casos no son idénticos, por supuesto, pero se permiten varias comparaciones.

            En ambos casos, hubo una agresiva ideología nacionalista expansionista. Por aquella época, en EE.UU. imperaba aquello que vino a llamarse el “destino manifiesto”, a saber, la ideología según la cual, la providencia había encomendado a EE.UU. la misión de extender la democracia por todo el territorio de la actual Norteamérica, y anexarlo a la joven nación, de forma violenta e impositiva. Hoy, tras el colapso de la Unión Soviética, Putin ha exacerbado el nacionalismo ruso, y en buena medida está intentando recuperar los territorios que, en su momento de máxima debilidad hace dos décadas, perdió Rusia.
            Pero, vale advertir que en ninguno de los dos casos se trató de una conquista, como sí lo fue, por ejemplo, la conquista española de América. Rusia anexó una región que, en el pasado, formó parte de su territorio: había sido conquistada por Catalina la Grande en el siglo XVIII; y en el siglo XX, Nikita Krushov la transfirió a Ucrania. Texas, por su parte, nunca había sido territorio de EE.UU., pero previamente había sido una república independiente por diez años (había logrado la secesión frente a México), hasta que solicitó su anexión a EE.UU.; tras la guerra con México, EE.UU. impuso un tratado que estipuló la entrega de grandes territorios.
            Tanto en Crimea como en Texas, la mayoría de la población pertenecía al grupo étnico predominante en la nación que anexaba el territorio: los rusos en Crimea, los anglos en Texas. Y, tanto Rusia como EE.UU., denunciaban que esas poblaciones estaban siendo sometidas a opresión por parte de los gobiernos de Ucrania y México respectivamente: en el caso de los rusos de Crimea, había habido un golpe de Estado que ilegalmente había sacado del poder a un gobernante simpatizante con los rusos; en el caso de los anglos en Texas, el gobierno de México no les permitía plena libertad religiosa, y no hacía nada por defenderlos frente a los continuos ataques de tribus indias.
            La forma en que se anexaron Crimea y Texas fueron ilegales e inmorales, y por supuesto, estuvieron conducidas por una agresiva ideología nacionalista, la cual suele conducir a mucha violencia. Pero, al conocer mejor las circunstancias de aquellos sucesos, es necesario matizar, y no quedarse satisfecho con la propaganda rusofóbica o anti-americana.
            Si nos regimos por el principio de autodeterminación, resulta inevitable admitir que la abrumadora mayoría de los habitantes de Crimea querían ser ciudadanos de Rusia (supuestamente así lo manifestaron en un referéndum, aunque hay serias dudas de que este proceso electoral fue íntegro), y la abrumadora mayoría de los texanos querían ser ciudadanos de EE.UU. (no hubo un referéndum en aquella ocasión). A los miembros de otras etnicidades en Crimea se les ha prometido respeto y tolerancia (falta por ver si realmente se cumplirá, pues sobre esto hay muchas dudas); a los hispanos que quedaron del lado norteamericano tras la guerra con Texas se les concedió ciudadanía, no hubo confiscación de sus tierras, y al cabo de algún tiempo, fueron exitosamente asimilados al resto de la población.
            Así pues, quien defienda el principio de autodeterminación (como creo que debe hacerse), debe admitir que en las anexiones de Crimea y Texas hubo muchos aspectos sombríos y reprochables, pero que sí hubo un principio elemental que pudo haber justificado aquellos procesos históricos: el cumplimiento del deseo de los habitantes de las regiones, respecto a cuál país quieren pertenecer. Por supuesto, este mismo principio deberá propiciar que, en un futuro, si la población ucrania de Crimea crece, se contemple nuevamente un regreso a Ucrania (algo muy improbable); y también, que si la población hispana de Texas, Nuevo México, Arizona y California crece y exige un regreso a México (algo que sí es mucho más plausible), se plantee esta posibilidad.

Gabriel Andrade

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