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El sermón del padre Arnall

No es preciso leer los aburridos y predecibles textos sagrados para poder reflexionar sobre nuestros dilemas éticos y morales. El asombro y la fascinación por el mundo que nos rodea no es propiedad de las religiones, los ateos compartimos con ellas este asombro; también con la ciencia, base de la curiosidad que nos lleva a investigar y conocer un poco mejor el mundo. Los textos sagrados pueden ser en ocasiones agradables de leer o incluso buenos en el sentido literario, aunque no es la norma. La literatura plantea muchísimo mejor los dilemas éticos importantes que los cuentos morales mitológicos de los libros sagrados.

Vamos a centrarnos un momento en Fyodor Dostoevsky (1821-18881). Si lo lees, algo que te recomiendo, probablemente venga a tu mente la idea de que sin Dios no puede haber moralidad. El argumento de rescate de los teístas suele ser ese: dejemos de discutir sobre la virginidad de María, la resurrección, la forma de nacimiento de Buda, o en la huida nocturna desde La Meca a Jerusalén. Dejémoslo a un lado, porque si todo eso no es cierto ¿qué haríamos con nuestras vidas? ¿Acaso no nos rendiríamos ante la maldad y el egoísmo? Sin duda Dostoevsky no fue el primero que planteó semejante hipótesis, pero sí tiene como mínimo la virtud de hacerlo conservando la belleza de quien es uno de los más grandes miembros de la literatura universal. Escribió en Los Hermanos Karamazov (1880):
Permítame contar otra anécdota sumamente típica e interesante, relacionada con Iván Fiodorovitch. Hace cinco días, en una reunión en la que predominaba el elemento femenino, manifestó con toda seriedad, en el curso de una discusión, que ninguna ley del mundo obliga a las personas a amar a sus semejantes, que ninguna ley natural impone al hombre el amor a la humanidad, que si el amor había reinado en la tierra no se debía a ninguna ley natural, sino a la creencia en la inmortalidad. Iván Fiodorovitch añadió que ésta era la única ley natural; de modo que si se destruye en el hombre la fe en su inmortalidad, no solamente desaparecerá en él el amor, sino también la energía necesaria para seguir viviendo en este mundo. Además, entonces no habría nada inmoral y todo, incluso la antropofagia, estaría autorizado. Y esto no es todo; terminó afirmando que, para el individuo que no cree en Dios ni en su propia inmortalidad, la ley moral de la naturaleza es el polo opuesto de la ley religiosa; que, en este caso, el egoísmo, incluso cuando alcanza un grado de perversidad, debe no sólo ser autorizado, sino reconocido como un desahogo necesario, lógico e incluso noble. Oída esta paradoja, pueden juzgar lo demás, señores; pueden formar juicio sobre lo que nuestro extravagante Iván Fiodorovitch se complace en proclamar, y acerca de sus  intenciones eventuales. — ¿He entendido bien? —Exclamó de súbito Dmitri Fiodorovitch—. «La maldad, para el ateo, no sólo está autorizada, sino que se considera como una manifestación natural necesaria y razonable.» ¿Es esto? —Exactamente —dijo el padre Paisius. —Lo tendré presente.
Dostoievsky dejó plasmado en Los hermanos Karamazov y en otras de sus obras el peligro y los riesgos del nihilismo moral ateo con la tesis cardinal de que si Dios no existe, entonces todo está permitido. Durante los siglos que la religión dominó la filosofía y la ética, se mantuvo como cierta esta hipótesis, y los ateos fueron condenados básicamente por no ser morales, por no ser “humanos”. Se les observaba con miedo e incluso pavor porque, como dirían The Beach Boys, god only knows lo que pueden hacernos al no distinguir entre bien y el mal. El escritor y periodista británico Gilbert K. Chesterton (1874-1936), quien fue un autor  notable pero un místico y sectario redomado, afirmó en alguna ocasión que “si la gente deja de creer en Dios no es que no crea en nada, sino que cree en cualquier cosa”.

Realmente durante siglos la ética estuvo atrapada bajo este yugo. Dios era el garante de la moralidad y si osabas contradecirle te condenaría al infierno, aunque realmente en Él, tienes que tenerlo en cuenta, todo era bondad. La ética se trataba de que la única razón por la cual tratas de ser bueno y no lanzarte a matar, robar o violar es para ganarte la aprobación y la recompensa de Dios; o para evitar su desaprobación y castigo. Sabemos que eso no es moralidad y es lo más opuesto a la ética que hay. La filosofía, por suerte, salió a nuestro rescate.

El argumento teísta de que Dios es el garante de nuestra moralidad tiene también un riesgo para el teólogo, y es que Dios se puede quedar sin trabajo porque como reflexionó de forma algo cínica pero bastante interesante el famoso periodista y humanista estadounidense Henry L. Mencken (1880-1956), “La gente dice que necesitamos a la religión cuando ellos realmente quieren decir que necesitamos a la policía”. El Dios policía. Un Dios todo bondad que nos alaba si obramos bien pero nos castiga, por nuestro bien, si erramos y le contradecimos. Un buen ejemplo lo obtenemos en el libro del psicólogo Steven Pinker (Montreal 1954) La tabla rasa con una inquietante anécdota acaecida en su juventud:
Siendo un joven adolescente en la orgullosamente pacífica Canadá durante la romántica década de 1960, yo era un verdadero creyente en el anarquismo de Bakunin. Me burlaba del argumento de mis padres de que si el gobierno alguna vez abandonaba sus armas se desataría el infierno. Nuestras predicciones competidoras fueron puestas a prueba a las 8 de la mañana del 17 de octubre de 1969, cuando la policía de Montreal se declaró en huelga. Para las 11 y 20 el primer banco fue robado. Al mediodía la mayoría de las tiendas del centro de la ciudad habían cerrado debido a los saqueos. En unas pocas horas más, los conductores de taxis incendiaron el garaje de un servicio de limusinas que competía con ellos por los clientes del aeropuerto; un francotirador desde una azotea mató a un funcionario estadal, aparecieron turbas amotinadas en varios hoteles y restaurantes y un doctor asesinó a un ladrón en su hogar de los suburbios. Para el final del día, seis bancos habían sido robados, cien tiendas habían sido saqueadas, doce incendios habían sido provocados, cuarenta camiones cargados de vidrios para ventanas de comercios habían sido rotos y se había infligido un daño a las propiedades de tres millones de dólares; antes de que las autoridades de la ciudad tuvieron que llamar a un ejército y; por supuesto, a los Mounties [la policía montada] para que restableciesen el orden. Este decisivo examen empírico dejó a mis ideas políticas en jirones...
Hay que tener en cuenta que aun en el supuesto –completamente falso– de que las personas religiosas fuesen más “buenas” y su comportamiento fuese más loable que el de los no creyentes, esto no daría ni siquiera un ápice de verdad a la religión que profese dicha alma caritativa, ni tornaría más probable su Dios frente a otros Dioses. Ni siquiera, en mi opinión haría la existencia de Dios algo más deseable. No  estoy dispuesto a aceptar eso, porque supondría, como nos recordaba el periodista inglés nacionalizado estadounidense Christopher Hitchens (1949-2011), aceptar la premisa de tener por siempre jamás un Gran Hermano que todo lo ve y que incluso puede escuchar nuestros pensamientos y condenarnos al fuego eterno por ellos. Qué repugnante es la idea de actuar bien para recibir un premio o un castigo en lugar de actuar bien por actuar bien, o como diría un filósofo utilitarista por conseguir el mayor bien. En la ética, las intenciones importan. No es lo mismo respetar un semáforo en rojo para librarte de un castigo, que hacerlo porque creemos que ceder el paso por turnos a los coches prójimos es algo deseable.

En cualquier caso, si es deseable o no un dios garante de la bondad, es un debate –por suerte– fútil, pues la religión ha caído ya como poseedora de ese privilegio. La ética es la parte de la filosofía que reflexiona, utilizando la razón y no la revelación, lo que está bien o mal. La filosofía prescinde de la religión. Hay muchos filósofos que han tratado y tratan este asunto de manera interesante, pero citaré a Immanuel Kant (1724-1804), no solo por ser uno de los más grandes, sino por haber sido presumiblemente cristiano. Kant trató de basar una moralidad en la obligación por la obligación misma; en vez de Dios. Su famoso imperativo categórico nos exhorta a nosotros a “actuar sólo conforme a la máxima de que tu voluntad pueda convertirse en una ley universal”. La idea de la brújula moral celestial constituye una agresión radical al propio concepto de ser humano, por cuanto insinúa que no se puede actuar bien ni evitar actuar mal sin la esperanza de una recompensa divina, o el miedo a un castigo divino.

¡Ajá! El miedo y el castigo. ¿Qué sería del teísmo sin el miedo? Ya nos lo advertían Demócrito, Epicuro, Lucrecio y otros sabios griegos y romanos. La noción de los dioses tuvo su origen en el miedo y la curiosidad. En los albores de nuestra historia no entendíamos los fenómenos de la naturaleza, pero al mismo tiempo los sufríamos: frío, calor, sed, hambre, enfermedades, muerte, guerras,… Cualquier manifestación de la naturaleza podía ser una fuerza aterradora, y con la ignorancia y el miedo como progenitores, los seres humanos urdimos la idea de los Dioses. Inmediatamente esta idea se tornó útil, no solo para explicar aquello que, de momento, no tenía explicación, sino para hacer que nuestros semejantes, pero sobre todo nuestros inferiores, nos respeten y trabajen con nosotros. De ahí surgió presumiblemente la moralidad en Dios y el castigo por incumplir sus preceptos.


Volvemos a la literatura para ejemplificar el uso del castigo eterno como método de control. En este caso nos vamos a desplazar a un oscuro y sombrío internado jesuita en la Irlanda de finales del siglo XIX y principios del XX. Y vamos a la iglesia del colegio en donde el padre Arnall está a punto de comenzar el sermón que tanto aterrorizará a Stephen Dedalus y a los demás jóvenes que se encuentran bajo su responsabilidad.

Uno de los grandes ejemplos de terrorismo moral de nuestra literatura –utilizando las duras palabras de Dios no es bueno– es el sermón pronunciado por el padre Arnall, consciente de cada palabra y cada elevación de tono, en Retrato del artista adolescente, del escritor irlandés James Joyce (1882-1941); uno de mis libros favoritos que te recomiendo encarecidamente que leas. Reconozco que tengo que intentar eliminar una pasajera y rastrera lástima de que no exista un infierno para que allá pueda vivir a gusto el padre Arnall, porque con sus amenazas de castigo eterno y un Dios vigilante influirán decisivamente en el introspectivo y trémulo carácter del protagonista; hasta que por suerte empieza a dudar, en parte gracias al sexo, al amor y al encuentro de su vocación artística.

Este repugnante jesuita lee su sermón a los chicos para asegurarse de que su comportamiento sea ejemplar y se confiesen (la descripción del miedo que siente Stephen al tener que confesar sus pecados normales de adolescente, es magistral), y así prepararse para un retiro espiritual en honor de san Francisco Javier (a quien Christopher Hitchens recordaba como “el hombre que llevó la Inquisición a Asia y cuyos huesos todavía veneran quienes optan por venerar huesos”).

El sermón introduce vívidamente sentimientos de culpa en la mente de los chavales. Sería imposible citarlo completamente, pues abarca varias decenas de páginas en la novela. No puedo hacer otra cosa que instar a que la leas y mencionarte los dos puntos clave del miedo que Arnall clava en el cerebro de los chicos. Utilizando metáforas y símiles ingenuos y conocidos por todos los niños, como un verdadero maestro de la tortura psicológica, las palabras del sacerdote causan temor basándose en el dolor y la eternidad. El dolor del infierno se prolonga para siempre. No cien o doscientos años, no un milenio, sino una tortura que durará para siempre. Se asegura de que estas palabras entren en sus jóvenes mentes. Joyce simplemente plasma de manera magistral la consecuencia de que la moralidad haya estado en manos de Dios y sus ejecutores en la Tierra. Los defensores terrenales de Dios se han asegurado de atormentar y pegar el sentimiento de culpa, como queda patente en el recuerdo de juventud que Joyce rememora para siempre en la vida de su alter ego Stephen.


Y si, como pudiera ocurrir, hay ahora en esos bancos alguna pobre alma que ha tenido la inexpresable desdicha de perder la santa gracia de Dios y caer en pecado mortal, yo confío fervientemente y pido a Dios que este retiro sea para ella el punto de regreso a una nueva vida. 
Desterrad de vuestra imaginación todo pensamiento mundano y pensad sólo en vuestras postrimerías: muerte, juicio, infierno y gloria. Aquel que las recuerde, dice el Eclesiastés, no pecará jamás. Aquel que se acuerde de sus postrimerías obrará y pensará siempre con ellas delante de los ojos. 
Su alma se estaba tumefactando y cuajándose en una masa grasienta que se iba hundiendo llena de obscuro terror en un crepúsculo amenazador y sombrío; y, mientras tanto, aquel cuerpo suyo, laxo y deshonrado, buscaba con ojos torpes, huérfano, humano y conturbado, un dios bovino en quien poder fijar la mirada.
La vaga vislumbre de miedo se convirtió ahora en espanto cuando la voz ronca del predicador fue introduciendo la idea de la muerte en su alma. Sufrió todas las miserias de la agonía. Sintió el escalofrío de la muerte que se apoderaba de sus extremidades y se deslizaba hacia el corazón.
Ahora era la vez de Dios, y a Él no se le iba a engañar. Cada pecado había de salir de su escondrijo, el más rebelde contra la divina voluntad y el más degradante para nuestra pobre y corrompida naturaleza, la más leve imperfección lo mismo que el más nefando delito.
Un solo instante bastaba para el juicio del alma de un hombre. Un solo instante después de la muerte del cuerpo, el alma había sido ya pesada en la balanza. El juicio particular estaba terminado, y el alma había pasado a la mansión de bienaventuranza, o a la cárcel del purgatorio, o había sido arrojada, dando aullidos, al infierno.
Y los condenados están de tal modo imposibilitados y sujetos, que un Santo Padre, San Anselmo, escribe en el libro de las Semejanzas que no son capaces ni aun de quitarse del ojo el gusano que se lo está royendo.
Considerad cuál no será la hediondez del aire del infierno. Imaginad un cadáver que hubiera estado yaciendo en su tumba, pudriéndose y descomponiéndose, hasta llegar a ser una masa gelatinosa de líquida corrupción. Imaginad este cadáver pasto de las llamas, devorado por el fuego de la hirviente piedra azufre de modo que exhale densas y sofocantes humaredas de nauseabunda descomposición. Y luego, imaginad este pestífero olor multiplicado un millón de veces y un millón de veces de nuevo por los millones y millones de fétidas carroñas amontonadas en la humeante obscuridad, como un hongo monstruoso de podredumbre humana. Imaginad todo esto y podréis llegar a tener cierta idea del horroroso hedor del infierno. —Pero este hedor, por terrible que sea, no es el mayor tormento físico al cual están sujetos los condenados en el infierno.
¡Oh, cuan terrible es la suerte de aquellos miserables seres! La sangre bulle y hierve en sus venas, los sesos se les abrasan en el cráneo, el corazón se les quema en el pecho como un ascua, sus intestinos son una masa rojiza de ardiente pulpa, sus tiernos ojos llamean como globos candentes.
La compañía, que en todas partes es una fuente de consuelo para el afligido, será allí un continuo tormento. El saber, tan ansiado como principal bien de la inteligencia, será allí odiado más que la ignorancia.
—La última tortura, la que sirve de remate a todas las otras del infierno, es su eternidad. ¡Eternidad! ¡Oh, tremenda y espantosa palabra! ¿Qué mente humana podrá comprenderla? Y tened presente que se trata de una eternidad de sufrimiento.
Sufrir aunque fuera sólo la picadura de un insecto por toda la eternidad, sería un tormento espantoso. ¿Qué será, pues, el sufrir para siempre las múltiples torturas del infierno? ¡Para siempre! ¡Por toda la eternidad! No por un año, ni por un siglo, ni por una era, sino para siempre. Tratad de representaros la horrible significación de estas palabras.
Stephen estaba atemorizado por encontrarse en pecado mortal. El sermón del padre Arnall había calado muy dentro de sí. No podía dormir pensando que por haber deseado sexo iba a acabar consumido en las llamas del infierno. La tortura psicológica le afecta tremendamente en el transcurso de la novela:
¡Aire! ¡Aire del cielo! Se arrastró a encontronazos hacia la ventana, gimiente y casi desvanecido de malestar. Frente al lavabo una náusea se apoderó de él. Y oprimiéndose con frenesí la frente helada, vomitó en agonía, profusamente.
Voy a rematar con Albert Einstein (1879-1955) quien, además de uno de los más grandes científicos que jamás hayan existido por cambiar para siempre nuestra concepción del universo, también fue un planteador nato de dilemas morales. En un artículo publicado en The New York Times Magazine el nueve de noviembre de 1930 titulado “Religión y ciencia” dice:
El comportamiento ético de una persona debería basarse a todos los efectos en la compasión, la educación y los lazos y necesidades sociales. No hace falta ninguna base religiosa. Muy mal tendría que estar el hombre para que hubiera que frenarle con el miedo al castigo y la esperanza de una recompensa después de la muerte. Por eso es fácil entender que las iglesias siempre hayan luchado contra la ciencia, y perseguido a sus adeptos.
Borja Merino.

BIBLIOGRAFÍA:
  • Dawkins, Richard (2010). El espejismo de Dios. Espasa-Calpe. 3ª ed. 
  • Dostoyevski, Fiódor (2011). Los hermanos Karamázov. Alianza Biblioteca Dostoyevski.
  • Einstein, Albert. “Religion and science” en The New York Times Magazine, 9 de noviembre de 1930, pp. 3-4.
  • Goldman, Emma (2011). La palabra como arma. La Malatesta Editorial.
  • Hauser, M. y Singer, P. “Moralidad sin religión” en Free Inquiry, 26: 1, 2006, 18-19.
  • Hitchens, Christopher (2008). Dios no es bueno. Debate.
  • Ingersoll, Robert G. (2010). The Gods. Book Tree.
  • Ingersoll, Robert G. (2014). About the Holy Bible. Createspace.
  • Joyce, James (2012). Retrato del artista adolescente. Alianza Editorial. 3ª edición. 
  • Lucrecio (2010). De la naturaleza de las cosas. Editorial Cátedra. 7ª ed.
  • Pinker, Steven (2003). La tabla rasa: La negación moderna de la naturaleza humana. Ediciones Paidós.
  • Russell, Bertrand. (2001). Por qué no soy cristiano. Edhasa editorial.
  • Twain, Mark (2007). Reflexiones contra la religión. Trama Editorial
  • Žižek, Slavoj. “Defensores de la fe” en The New York Times, 12 de marzo de 2006.

Comentarios

  1. Otro ejemplo que viene muy bien a este texto es el del anillo de Giges que cuenta Glaucón en “La República” de Platón: el anillo de Giges tiene el poder de hacerte invisible si te lo pones. Glaucón se pregunta qué pasaría si diéramos un anillo de esos a dos personas: una justa y la otra injusta. Según él, ambas aprovecharían para hacer el mal sin ser vistas, lo que demostraría que, por naturaleza, la gente es injusta y tiende al mal, y que el único remedio es el miedo al castigo. Sócrates contesta que si eso pasara es que la persona justa no lo era realmente, que alguien auténticamente justo haría bien aunque tuviera el anillo de Giges. En mi opinión, Sócrates lleva razón pero solo por definición: efectivamente, si alguien es justo, hará el bien aunque tenga el anillo. El problema no es de definición sino empírico: si en la vida real el conjunto de ese tipo de personas así definidas no será el conjunto vacío.
    En cuanto a investigación empírica sobre el tema, Singer y Hauser publican este texto que me parece relevante: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=414 En una encuesta sobre dilemas morales famosos, el 98% de los encuestados contesta igual independiente de su religión o falta de ella, lo que vendría a demostrar que la religión no es una variable determinante de la moral, es decir, que se puede ser moral sin necesidad de religión. Si no, la mayoría de ateos respondería significativamente distinto de los religiosos. Y añado yo que afortunadamente. Si la moral dependiera realmente de la religión y sin ella la moral desapareciera, eso quiere decir que mi vecino que es religioso es un asesino, violador, ladrón y pederasta en potencia con una gran tendencia irrefrenable a hacerme todo eso y que no lo hace solo porque cree que hay un dios. Si por algún motivo deja de creerlo estoy en peligro mortal. Sin embargo, me parece que mi vecino es buena persona y que seguiría siéndolo aunque dios no existiera y él llegara a saberlo. O eso quiero pensar…

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  2. Creo que la idea de Dios no sale sólo del deseo de inmortalidad, de la necesidad de una autoridad que ponga a cada uno en su sitio, creo que también hay una parte importante que sale del asombro y de la necesidad humana de agradecimiento, eso no quiere decir que haya alguien a quien agradecer, pero es algo también muy humano. Es que muchas veces se desprecian las religiones como si no hubiera algo en ellas de ese asombro, que es el orígen también de la ciencia, la filosofía, las artes. Por ello puede existir perfectamente una espiritualidad atea, esa necesidad de agradecimiento, de sentirse una parte con algo que nos asombra, está por encima de una idea de dios. No creo que esa espiritualidad desaparezca, como no desaparecerá el arte.

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    1. No pienso que sea exactamente así. “La necesidad de una autoridad que ponga a cada uno en su sitio” (y que puede ser el origen de la idea de Dios como policía invisible y omnipresente), también está entre los primates y otros mamíferos sociales que necesitan que “cada uno esté en su sitio”, esto es, el macho alfa dominando las hembras y los demás machos bien lejos. Las normas sociales son una necesidad de cualquier grupo social animal para poder sobrevivir como grupo, igual que la tendencia a incumplir esas normas si resulta beneficioso y nadie te ve (otros monos esconden comida para no compartirla cuando pueden, se engañan entre ellos…). Inventar a un vigilante onmipresente que te ve incluso no hay nadie más pudo servir para frenar esas conductas de “gorrón” en los grupos sociales humanos.
      Que el asombro sea causa de la religión igual que de la filosofía o las artes no lo sé. Sam Harris también apuesta por una espiritualidad atea en su libro “El fin de la fe”, pero también ha sido criticado por otros ateos como un cripto-new age por eso mismo. De cualquier forma, como siempre, está el sentido que le demos a los términos. Si por “espiritualidad” entendemos solamente asombro ante el mundo, pues sí, somos “espirituales”. Pero normalmente el término “espiritual” se entiende como algo opuesto a material, y se quiere dar a entender que además de cuerpo tenemos otra cosa inmaterial, fantasmagórica, invisible, que sería ese “espíritu” o “alma”. Si es así, eso es animismo y dualismo antropológico.
      De cualquier forma, creo que esto es desviar el tema del texto, que no es el de la espiritualidad sino el de la relación entre moral y religión, a mi modo de ver.

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    2. Gracias por tus comentarios, siento si he desviado el tema, es que últimamente ando dando vueltas a las consecuencias de esa capacidad que tiene el ser humano de asombrarse. Con respecto a la separación entre moral y religión, siempre lo he visto como cosas separadas y ciertamente por lo que voy leyendo la moral nos viene de los primates, un rasgo evolutivo más, que creo que tiene también su contrapartida llenándonos la cabeza de juicios y valoraciones constantes, muchas veces innecesarias o desvirtuando la realidad.

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