13 de septiembre de 2014

La reforma educativa: un imposible




Hay cosas que son imposibles. Pueden decirse, pero no pueden existir. Por ejemplo, los “círculos cuadrados”, “los hierros de madera” o los “decaedros regulares”. Otra más es la “reforma educativa de consenso”. Afirmo que es imposible que haya gobierno alguno que pueda hacer una reforma educativa que sea capaz de lograr el consenso.

Soy materialista, y no puedo evitarlo en mi forma de encarar los problemas. El año tiene 365 días (si no es bisiesto), de los cuales unos 180 son lectivos (es decir, quitando vacaciones, sábados y domingos, y días festivos). Cada uno de esos días tiene unas 6 horas lectivas, normalmente seis clases de una hora cada una en la que el profesorado imparte su materia. En cada curso, el alumnado tiene varias asignaturas que tienen diferente carga horaria (horas semanales), y también hay asignaturas que solo se dan en un curso y otras que se dan todos los cursos. La reforma educativa de consenso sería aquella que estableciera un Plan de Estudios tal que: estableciera las asignaturas que deben impartirse cada curso, y las horas de cada una, de manera que la sociedad en su conjunto, y la comunidad educativa en particular, lo valoraran como totalmente adecuado. Y eso es imposible. Siempre habría alguien que no estaría de acuerdo. Para comprobarlo es cuestión de hacer lo siguiente. Si conoce a alguien que sea docente de cualquier asignatura en un Instituto de Enseñanza Secundaria, pregúntele si le parece bien la carga horaria de las asignaturas de su especialidad en el plan de estudios. Si le dice que sí, dos cosas: una, ¡enhorabuena!, y dos, preséntemelo para que pueda conocer a la que, seguramente, será la única persona del mundo que haya respondido afirmativamente a esa pregunta. Si le dice que no, pregúntele cuál sería el peso específico que las asignaturas de su especialidad deberían tener en un plan de estudios que le parezca correcto. Siga entrevistando así a varios docentes hasta que tenga una muestra suficiente que cubra todas las especialidades y, con las respuestas de todos ellos, vaya rellenando una hoja de cálculo capaz de soportar todos esos datos. Ya le digo yo el resultado: todos los docentes consideran que sus asignaturas están infrarrepresentadas en el conjunto y que con las horas que tienen son incapaces de hacer bien su trabajo. Si procuráramos hacer caso de las peticiones de todos los docentes, y confeccionáramos el plan de estudios con un calendario y un horario escolares que cubrieran todas sus demandas, ocurría alguna de estas opciones: habría que hacer lectivos unos 350 días al año, o que cada jornada escolar tuviera unas 15 horas de clase diaria, o que la Secundaria durara hasta los 25 años. Dado que lo anterior es absurdo, debemos admitir lo evidente: cualquier reforma que no amplie los días lectivos o la jornada escolar, si añade una asignatura o aumenta su carga horaria, debe eliminar otra o reducir sus horas: si se aumenta la carga horaria de las matemáticas, la lengua y el inglés, por ejemplo, en dos horas semanales cada una, habrá que reducir seis horas semanales de otras asignaturas, o dar ocho clases diarias, o ir a clase los sábados. Y aquí está el problema: ¿qué asignaturas crear o aumentar y cuáles eliminar o reducir? Y el consenso ahí es imposible: todos los docentes piensan que sus asignaturas son imprescindibles.

A este respecto resultan muy interesantes, y muy valientes, las reflexiones de Roberto Augusto al respecto de las lenguas clásicas (latín y griego) y de la Filosofía en el Bachillerato. Reflexión que puede ampliarse al total de las asignaturas. Si en un alarde de locura quisiéramos cuadrar el círculo y pensar cómo sería posible esa reforma educativa imposible, la primera pregunta sería algo así: ¿qué hay que enseñar al alumnado durante la etapa obligatoria de la Educación y el bachillerato hoy día? ¿Qué tiene que saber el alumnado que acaba 4º de la ESO y 2º de bachillerato hoy día? Porque la respuesta a esa pregunta orientará la respuesta a qué asignaturas deben configurar el plan de estudios correspondiente. He remarcado hoy día. Y lo he hecho porque la educación debe estar vinculada a la sociedad de referencia en la que se inserta, bien para reproducirla o bien para transformarla, pero no puede perder esa referencia. Y si de verdad queremos responder, y establecer un diálogo sincero, debemos ir más allá de nuestro corporativismo e intereses profesionales inmediatos (porque, si no, acabamos con 350 días lectivos o jornadas de 15 clases diarias). Habrá que estar dispuestos a aceptar que las asignaturas de nuestra especialidad pueden haberse quedado obsoletas y que será mejor eliminarlas o reducirles sus horas semanales en pro de otras asignaturas que parezcan más adecuadas para la formación del alumnado de hoy en día. Sin una disposición a admitir algo así, ni tan siquiera en hipótesis, no hay diálogo posible, y si acaso habrá negociación en la que ganará el más fuerte o el más demagogo, pero no otra cosa. Un diálogo así solo podrá hacerse con algún mecanismo tipo “velo de ignorancia” de Rawls o similar: ¿qué plan de estudios diseñarías si supieras que luego tú puedes ser profesor de alguna asignatura pero sin saber exactamente de cuál hasta que no lo hayas diseñado? Es decir: imaginemos que tomáramos una sustancia que nos hace olvidar de qué somos docentes (de Filosofía, de Inglés, de Química…) y en ese estado de “velo de ignorancia” tenemos que diseñar el plan de estudios que nos parezca mejor para nuestro mundo actual, y solo recordaremos de qué somos docentes después de diseñarlo. El resultado puede ser que nuestra asignatura ha salido ganando en horas lectivas, o que ha desaparecido. Y hay que estar dispuesto a asumir el resultado. En este experimento mental: ¿qué pasaría con la filosofía, las lenguas clásicas, las matemáticas, el segundo idioma, la educación física, la música, la química…? Otro experimento mental para acercarnos a la cuestión es preguntarnos: ¿qué debería aprender un joven que viviera en una tribu en medio de la jungla sin contacto con el exterior? Desde luego que informática, latín o literatura española no. Debería aprender a distinguir los alimentos saludables de los venenosos, a seguir la pista de los animales que va a cazar, a fabricar arcos y flechas, a orientarse en la espesura de la selva, etc. Es decir, lo necesario para desenvolverse por sí mismo en el contexto de su sociedad. Exactamente lo mismo que necesita un joven de nuestra sociedad en el siglo XXI: lo que le haga falta para deselvolverse por sí mismo en nuestra sociedad. Por eso no le enseñamos a hacer arcos o flechas, o a moverse en la jungla, porque no es nuestro contexto. Lo grave es que tampoco sabemos qué debemos enseñarle exactamente en nuestro contexto y qué no. Pero porque tampoco comprendemos qué quiere decir eso de “deselvolverse por sí mismo en la sociedad”. El objetivo de la educación obligatoria es proporcionar a los jóvenes los recursos necesarios para poder ser individuos autónomos y de pleno derecho en nuestra sociedad o en la sociedad que queramos construir. Y esa sociedad es o debería ser, por lo menos, científica, tecnológica, democrática, etc. Sí, también democrática, y esto no es politizar la cuestión: es que vivir en una democracia es algo valioso y que también hay que aprenderlo. Si viviéramos en una dictadura como no hace tanto, el objetivo sería el que era entonces: formar individuos obedientes al poder establecido.

En una sociedad así, el alumnado debería salir perfectamente formado con los conocimientos básicos pero suficientes para manejarse de forma autónoma en ella. He dicho “básicos pero suficientes” con toda la intención: la educación obligatoria no puede ni debe formar especialistas, para eso ya está la educación post-obligatoria. No he dicho que haya que reducir la exigencia académica, he dicho conocimientos básicos pero suficientes. Lo que pasa es que, a menudo, los especialistas confunden lo que a ellos les apasiona (o les resulta más cómodo) con lo que el alumnado debe aprender. El error aquí está en la concepción que muchos especialistas tienen asumida de los institutos de Secundaria como mini-universidades, donde cada departamento es una mini-facultad y cada asignatura un mini-grado (y los de bachillerato serían mini-doctorados). Muchos docentes consideran su asignatura una versión mini de su carrera, por eso consideran importantísimos e imprescindibles contenidos que realmente no lo son para lo que un joven necesita saber cuando salga del instituto. El especialista debe saber distinguir, de entre todo lo que él sabe, qué es lo que realmente tiene que enseñar y qué no. Porque si no, se dan contradicciones como que nuestros jóvenes tengan una asignatura de Inglés desde la primaria hasta acabar bachillerato y que terminen sin ser capaces de hablar, escribir y entender en ese idioma de forma fluida. O que el alumnado que finaliza bachillerato sepa que en el siglo V hubo un obispo en Hipona llamado Agustín, que además era santo, y que decía que la fe debía iluminar a la razón, pero que no sepa entender el texto de una hipoteca que le ofrece el banco o hacer por sí mismo su declaración del IRPF.

Sobre esta base podría hacerse un diálogo si hubiera voluntad para ello. Para ir acabando, sugiero algunas notas para ese debate con lo que me parece que sería básico (en el sentido, insisto, de básico pero suficiente) aprender en Secundaria y bachillerato:

-la lengua oficial del Estado. Me parece tan evidente que no creo que haya que argumentarlo.
-el idioma más hablado en el mundo, y que no es el latín sino el inglés. Y ya no solo para viajar a casi cualquier parte del mundo, sino para poder trabajar, hacer negocios, etc.
-la realidad física, química, geográfica y demográfica del mundo, especialmente del que nos rodea inmediatamente.
-los aspectos económicos necesarios para la vida cotidiana: IRPF, hipotecas, empresas, derechos laborales…
-la historia política, económica, social, artística y de las ideas, que nos antecede y que sea indispensable para comprender la del presente.
-los mecanismos de nuestro sistema político: principales instituciones, derechos, deberes, leyes, etc.
-desarrollar el sentido estético y las principales aportaciones de las diferentes artes, literatura, música, etc.
-la educación física, la salud, el ejercicio…
-el pensamiento crítico, racional, autónomo; la argumentación.
-la reflexión ética y filosófica; la diversidad social y cultural; la convivencia en la diversidad.
-la capacidad para aprender por sí mismo, para manejar y gestionar información.
-informática, tecnologías, redes sociales.
-las matemáticas imprescindibles para todo lo anterior y para la vida diaria en el siglo XXI.

Todo lo anterior no implica necesariamente una asignatura para cada cosa, ni se pueden relacionar automáticamente con asignaturas ahora mismo existentes. Es más, tal vez tengamos que reformular el propio concepto de ‘asignatura’ y la importancia de los contenidos, y dar más peso a las competencias, procedimientos o como queramos llamarlo: más importante me parece saber hacerse entender en inglés que memorizar los participios de ese idioma, o saber buscar información y filtrarla, o redactar textos, que reproducir de memoria lo que pone en un manual sobre la teoría de las Ideas de Platón o de los juicios sintéticos a priori de Kant. Por otra parte, algunas asignaturas saldrían mal paradas o deberían reformularse completamente. Por ejemplo, en el mundo actual, el francés como segunda lengua extranjera tal vez debería ceder ante el alemán, el chino o el árabe. O la Historia de la Filosofía, la asignatura que más me gusta impartir, pero que reconozco que posiblemente no tuviera lugar en un plan de estudios como el que estoy planteando. Pero eso lo dejo para otro texto.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.


4 comentarios:

  1. Muy clara y didáctica su reflexión sobre los saberes básicos que habrían de ser la materia prima de la escuela. Creo, como usted lo señala, que debemos modificar nuestra manera de aproximarnos al tema de la enseñanza y aprendizaje, en donde la prioridad la debería tener las condiciones del que aprende, más que el que enseña. Digo la prioridad, no la exclusividad, ya que en este mundo vivimos los alumnos y los maestros, y todos nos enfrentamos a problemas que nos afectan a ambos.

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    1. Muchas gracias, Vicente:
      Y estoy de acuerdo: el modelo educativo debe pensarse en función, sobre todo, del alumnado, y no tanto del profesorado (ni mucho menos de los políticos o las empresas). El problema es que cualquier reforma del sistema educativo implica la pregunta de “¿para qué?”: ¿con qué objetivo se hace esa reforma? Y ahí es difícil ponerse de acuerdo por todo lo que digo y por muchas más cosas.

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    2. Llevas razón en lo que dices, Vicente: la prioridad, que no la exclusividad, debe ser del alumnado. Pero no es así. Por ejemplo, la jornada escolar no está pensada en el alumnado. El alumnado, en secundaria, pasa 6 horas en clase, desde las 8:30 hasta las 14:30, descansando cada dos o tres horas unos 20-30 minutos. Eso es claramente antipedagógico. Si ya de por sí es bastante difícil para los adultos mantener la atención más de 20 o 30 minutos cuando un tema te interesa, imagina a estos chicos manteniéndola dos horas en algo que no les interesa para nada (que seguramente será muy importante para ellos, pero que ellos a esa edad y en ese momento no lo perciben así). Y a eso únele los deberes: muchos profesores mandan tantos deberes para casa que parece que no son conscientes de que su alumnado tiene otros profesores que también mandan deberes. Esto a mí me parece horripilante. Considero que la jornada escolar para el alumnado debería ser de 6 horas y nada más, es decir, sin tareas para casa. Por las tardes, los chavales deberían jugar, hacer deporte, baile, teatro, voluntariado, ver TV, oír música, tocar un instrumento o simplemente quedar con sus amigos y socializarse. Los deberes me parecen como el trabajo para casa en el caso de los currantes: una explotación.
      Si de verdad pensáramos en lo mejor para el alumnado, deberíamos reducir los contenidos de cada asignatura (además de revisar qué asignaturas serían convenientes y cuáles no) y seleccionar aquellos que sean de verdad necesarios y trabajarlos bien EN CLASE, no en casa. Más vale enseñar cinco o seis contenidos bien enseñados y trabajados, que 20 mal hechos. Y alternar clases más cortas o con actividades más diversas (y no tanto la clase magistral de una hora seguida de otra clase magistral de otra hora y así toda la mañana y luego deberes para casa). Pero algo así hoy día es imposible: el currículo está tan sobrecargado de contenidos que es imposible enseñarlos todos y mucho menos trabajarlos bien. Por otra parte, sería conveniente que el profesorado trabajara de modo más cooperativo de forma que no se repitieran contenidos en varias asignaturas o se trabajaran conjuntamente de forma coordinada, aprovechando así las sinergias que pudieran darse, y sobre todo coordinarse para no mandar deberes todos los profesores al mismo tiempo. Pero, como digo, eso es imposible: tal y como están diseñadas legalmente las asignaturas no se puede hacer eso, y esa coordinación del profesorado también es imposible con la reducción de plantillas, su inestabilidad, la falta de recursos materiales, la bajada de sueldos y todos los recortes en Educación que desmotivan al profesorado y lo humillan constantemente. Aparte de que eso implicaría grupos de alumnos mucho más reducidos y no como ahora que las clases están saturadas (a veces ni siquiera hay mesas y sillas para todos en algunos barracones que los (ir)irresponsables políticos de la Educación llaman aulas).

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  2. Según tu argumentación de que es imposible una reforma o un diálogo debido a que existen intereses contrapuestos de los docentes (cada uno quiere muchas horas para su asignatura), no se podría reformar ni dialogar absolutamente nada, y lo cierto es que diariamente se alcanzan acuerdos y reformas que concilian, al menos temporalmente, intereses opuestos. Por otra parte, no mencionas la biología entre tus prioridades, ni nada relacionado con las ciencias medioambientales, de crucial importancia para lo que nos viene encima.

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