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Dos reformas para el siglo XXII






            Voy a proponer dos reformas que no se van a llevar a cabo a corto plazo, que no las considero urgentes, pero que pienso que algún día tendrán que hacerse, posiblemente cuando estemos preparados para ello (de ahí el título). Una es la reforma del calendario, la otra la de la ortografía castellana. Y de paso usaré esto como excusa para ir soltando algunas reflexiones que van más allá de las dos reformas concretas.

            Las dos reformas parten del hecho de que tanto el calendario como el castellano están llenos de contradicciones, absurdos y sinsentidos que solo se justifican apelando a la tradición y al “porque sí”, que es lo mismo que decir que no tienen justificación racional alguna. Empecemos con el calendario. Su razón profunda es astronómica y su función calcular el tiempo y planificarlo, en su origen, para saber los tiempos agrícolas: cuándo plantar, cuándo recoger, etc. Ciertos hitos temporales se marcaban con días festivos que anunciaban que llegaba la primavera o el verano y que era momento de prepararse para la tarea agrícola que correspondiera. De ahí el origen de las fiestas de navidad, semana santa o san Juan, coincidentes con solsticios y equinoccios. Pero, con el tiempo, el calendario se ha cargado de elementos que lo han hecho más complejo e irracional. Por ejemplo, que haya dos meses seguidos de 31 días y un mes de solo 28, y que se debe a caprichos de dos emperadores romanos (Julio César y Augusto César: julio y agosto). O que el año comience empezado ya el invierno (para conmemorar el nacimiento del niño-dios Jesús) y no al acabar el verano, lo que provoca el desajuste, por ejemplo, entre el año oficial (de enero a diciembre) y el año escolar y laboral (de septiembre a agosto). O que la semana tenga siete días (debido al mito judeocristiano de la creación) en vez de los diez del sistema decimal. Por no hablar de los graves perjuicios que el calendario religioso ocasiona en el calendario escolar al obligar (por no estar en un Estado laico) a que las vacaciones de primavera coincidan con la semana santa, y que hace que algunos cursos tengan los trimestres totalmente descompensados: si la semana santa cae avanzado abril, los dos primeros trimestres tienen unos 70 días lectivos cada uno, pero el tercero solo 40 (70-70-40).

            No soy el primero ni el único que se ha dado cuenta de esto. Ya ha habido propuestas y ensayos históricos de reforma del calendario hacia otro más racional. Uno es el calendario positivista de Comte. Otro el calendario soviético. La idea que más me gusta es la del calendario republicano francés. El año se divide en 12 meses de 30 días (360) más 5 días festivos para completar el año solar. El año comienza y acaba con el equinoccio de otoño (22-23 de septiembre). Las semanas tienen 10 días (para coincidir con el sistema decimal). Los nombres de cada día son simplemente sus ordinales (primero, segundo… décimo), y los de los meses hacen referencia a elementos naturales (vendimiario-vendimia, nivoso-nieve, germinal-semilla…). Resulta un calendario mucho más natural, racional, fácil y sencillo, sin arbitrariedades ni referencias religiosas. Y, desde luego, sería mucho más fácil de aprender. Este calendario estuvo vigente tras la Revolución Francesa hasta Napoleón. Y tan solo volvió a utilizarse brevemente durante la igualmente breve Comuna de París.

            No estoy proponiendo una reedición de este calendario tal cual. Pero sí su ejemplo como modelo para un futuro calendario universal que algún día estableciera la ONU para todos los pueblos del mundo. Un calendario libre de sesgos religiosos o etnocéntricos y que reflejara lo que une a toda la humanidad más allá de nuestras diferencias culturales: la racionalidad y la naturaleza. Ojalá algún día lo tengamos.

            La otra reforma es la de la ortografía castellana. Muchas veces el profesorado se queja de que el alumnado tiene poco espíritu crítico. Y es cierto. Claro que, para eso estamos los docentes, para estimulárselo. Pero imaginemos a algún alumno que sí lo tuviera y algún día nos preguntara cosas así:

¿Por qué “maravilla” se escribe con V si procede del latín mirabilia con B?
¿Por qué el participio del verbo “romper” es “roto” y no “rompido”?

            Como decía antes, la única respuesta es “porque sí”, o lo que es igual, decirle: “No seas crítico y no preguntes eso: tú escribe “maravilla” y “roto” y cállate”. También podemos darle muchas vueltas y marearle con la tradición y tal, pero es eso: marearle. En realidad, no hay respuesta racional. Lo único que pasa es que algún día alguien escribiría “maravilla” con V y simplemente se ha imitado. No hay más. Lo mismo todas las demás irregularidades del idioma: es fruto de la costumbre, la tradición y la imitación. El problema es que toda esa “riqueza lingüística” genera un idioma sumamente complejo y difícil de aprender, tanto para nativos como para extranjeros, y que no por eso gana en capacidad expresiva. La inmensa mayoría de normas ortográficas relativas a B-V, H, cuándo la C se pronuncia K o Z (casa, cereza), tildes, etc., son totalmente arbitrarias y contraintuitivas.

He conocido a gente que me ha intentado convencer apelando a la etimología. El ejemplo de “maravilla” les contradice. O el de “huevo” y “óvulo”, ambos del latín ovum, y sin embargo uno con H y otro sin ella. Otros me señalan la semántica: así se evitan equívocos. El ejemplo suele ser “vaca” y “baca”. Pero tampoco vale. Y no vale por la misma razón por la que no escribimos “pico” y “piko” para distinguir el de las aves de la herramienta correspondiente. Es el contexto el que da el significado y evita los errores. Nadie, jamás, nunca, ha puesto unas maletas encima de una vaca si ha recibido este mensaje: “Sube las maletas encima de la vaca”. Igual que nadie, jamás, nunca, ha pensado al leer “Tráete el pico para trabajar” que le estaban hablando de la parte con la que come un pájaro.

Una reforma del castellano que redujera la complejidad de su ortografía hacia normas mucho más simples, sencillas e intuitivas sería deseable por muchos motivos. Para empezar porque se aprendería antes y de forma más fácil, ahorrando muchísimas horas de aprendizaje de normas arbitrarias que podrían aprovecharse para aprender otras cosas (otras lenguas, matemáticas, música, plástica, literatura…). Jesús Mosterín calcula que “cada infante español dedica más de 600 horas de su vida a aprender, retener y ejercitar la ortografía tradicional” (Mosterín, 1993: 350). Otra ventaja, también señalada por Mosterín, es que evitaría los perjuicios que causan a quienes no tienen facilidad para aprender esas normas arbitrarias, y que por eso padecen daños en su autoestima y prestigio social: parecen más “tontos” porque no saben escribir “bien” (es decir, de acuerdo a unas normas arbitrarias). Aparte de que les desincentiva para dedicarse a las actividades que requieren de la escritura.

La idea de reformar el castellano para hacerlo más sencillo y racional tampoco es nueva. La idea básica es acercar la forma de escribir a la forma de hablar lo máximo posible, de forma que escribir sea un proceso mucho más intuitivo. Antonio de Nebrija ya expresó esta idea en su Gramática de 1492. Y la propuesta de reforma ortográfica de Andrés Bello iba en el mismo sentido. Jesús Mosterín ha hecho otra propuesta de reforma fonémica en su Teoría de la Escritura, mi principal referencia en este sentido.

Tanto la reforma del calendario como la de la lengua reciben varias objeciones comunes. Una es la enorme dificultad que supondría su aplicación. No voy a negar el hecho de que sería difícil, por supuesto, pero no sería imposible y seguramente tampoco tan difícil como se piensa. China simplificó su forma de escribir en el siglo XX, por ejemplo. Y nada más empezar este siglo once países cambiaron su moneda nacional al euro, y desde entonces ya son dieciocho los países que lo han hecho. Esa reforma monetaria no tiene nada que envidiar a la del calendario o la ortografía, y tal vez sea mucho más compleja y difícil por sus dimensiones y consecuencias económicas, y sin embargo se ha hecho. Hay más ejemplos de grandes reformas que han sido sumamente difíciles pero muy importantes y beneficiosas de cara a la unificación, simplificación y racionalización que han supuesto. Una es el sistema métrico decimal que unificó pesos y medidas y acabó con el localismo, la multiplicidad y ambigüedad de los sistemas precedentes. Otros son los procesos legislativos codificadores de Francia y España en el siglo XIX. Ambos lograron poner unidad, coherencia, simplicidad y racionalidad al caos legislativo anterior. La dificultad de estas reformas es relativa. Dicha dificultad se da tan solo hacia quienes viven el cambio: quienes in medias res de su vida pasan de un sistema a otro. Pero las siguientes generaciones que nacen ya inmersas en el nuevo sistema no tienen dificultad alguna. Los problemas con el paso de la peseta al euro, por ejemplo, los sufrimos aquellos a los que nos pilló en medio, pero todos los nacidos en el siglo XXI no tienen ningún problema con el euro: ¡lo tienen con la peseta! Alguien que naciera con un calendario o una ortografía más racionales los aprendería casi de forma natural, y lo que no comprendería, en ningún sentido, es cómo pudo haber un tiempo en el que fueran tan rebuscadamente complejos pudiendo ser más simples.

Podemos decir que todas estas grandes reformas fueron críticas o racionalistas. Lo fueron en el sentido de que tomaron la razón como criterio o referencia en vez de la tradición, la autoridad, la costumbre o la estética. Y con la razón: la simplicidad, la unificación y la coherencia. Los caracteres chinos modernos tal vez sean menos bellos que los tradicionales, pero también la imprenta acabó con la belleza de los manuscritos de los copistas. Mas lo que se perdió en estética se ganó en facilidad para difundir textos escritos. La tradición no es valiosa porque sí ni porque sea más bella, sobre todo si se convierte en un freno o un obstáculo para el progreso. La tradición es un valor importante pero en sociedades estáticas. Si una sociedad no ha cambiado mucho en varios siglos, tiene todo el sentido del mundo hacer caso de la tradición, puesto que esa tradición lo que transmite son los contenidos que han pasado la prueba del tiempo, son los éxitos de un proceso de ensayo y error durante esos siglos. Pero si el contexto cambia, es absurdo seguir una tradición que estaba pensada para otro contexto diferente. En sociedades dinámicas como las nuestras, seguir la tradición solo porque sí es absurdo y contraproducente.

Otra objeción es que dichas reformas, al simplificar, llevan al simplismo, educan en la facilidad y desincentivan el esfuerzo, la memoria y el trabajo. Eso también es falso. Todos los grandes avances científicos y tecnológicos buscan precisamente la unificación, la simplificación (que no el simplismo) y, en definitiva, facilitar las cosas. Pero es precisamente esa facilidad y simplificación lo que permite acceder y avanzar hacia metas más difíciles y complejas. Son comparables a los procesos de automatización: permiten dedicarse a otras cosas más complicadas. Desde los ábacos hasta las calculadoras y los ordenadores, todos estos artefactos no han hecho que las matemáticas se estanquen sino todo lo contrario. Gracias a ellos es posible avanzar en profundidades matemáticas que sin ellos serían imposibles, pues no podrían hacerse los cálculos manualmente. Todos los automatismos, la robotización y la electrónica no hacen a nuestro mundo peor sino mucho más rico y cómodo, y permiten que podamos hacer otras muchas cosas: las lavadoras liberan tiempo para hacer cosas distintas de ir al río a lavar la ropa. Por no hablar de las grandes ventajas que para el ser humano tuvo poder producir fuego automáticamente en vez de con dos piedras o frotando palos. O internet, que ha conseguido facilitar y simplificar enormemente el acceso a toda la información en su solo click. Si miramos hacia atrás en la historia, y la remontamos hacia el presente, vemos un proceso de progresivo avance gracias a todos los procesos de automatización, simplificación y racionalización en múltiples aspectos. Procesos que han tenido que vencer las resistencias de quienes se oponían en nombre de la tradición, la costumbre o los privilegios. Sí, los privilegios. Porque todos estos procesos críticos o racionalistas siempre terminan con privilegios de algún tipo. Cualquier progreso que simplifica un proceso acaba con los privilegios de quienes anteriormente habían conseguido, con mucho esfuerzo por su parte, especializarse en ese proceso, lo que les otorgaba un estatus superior al de quienes no lo dominaban como ellos. Era el caso de los rapsodas de la antigüedad, capaces de memorizar inmensos poemas épicos y recitarlos. Con la escritura perdieron su función y su prestigio. Es comprensible que se opusieran, por tanto, a la escritura, podríamos decir que les quitaba “el pan de sus hijos”. Y que lo justificaran apelando a las desgracias apocalípticas que se derivarían de la escritura. Paradójicamente, un texto escrito, el Fedro de Platón, recoge esos augurios contra la escritura que nos transmite otro gran oralista: Sócrates. Dice allí de la escritura:

“es olvido lo que producirán [las letras escritas] en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que  has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad”.

La profecía no se ha cumplido: la escritura no ha resultado en catástrofes sino todo lo contrario. De la misma forma, los copistas desplazados por la imprenta, o los expertos en textos jurídicos antiguos removidos por la codificación, perdieron su aura de elite, ya que se facilitó el acceso a la escritura de libros o el conocimiento del Derecho a mucha más gente. Es cierto tufillo aristocrático, elitista, el que destilan quienes se oponen a reformas que facilitarían las cosas a tanta gente, especialmente a los más jóvenes. El mismo tufillo que huele cuando quienes dominan la ortografía vigente se niegan a su reforma para facilitar que los más jóvenes puedan dominarla mucho antes y usarla para escribir grandes cosas (o simples insultos: exactamente igual que la imprenta permite publicar grandes obras literarias al mismo tiempo que bazofias).

Una última reflexión. Otro aspecto de todas estas reformas es su voluntarismo. Hay que tener voluntad de querer hacerlas. Podemos decir que son artificiales, que no ocurren solas. Mientras que parece que los sistemas tradicionales, establecidos, son naturales. Pero es pura apariencia. Nos lo parece simplemente porque ya estaban allí cuando llegamos nosotros. Pero la naturaleza no produce calendarios, sistemas de medidas, ni normas ortográficas. Reformarlos es tan voluntarista como mantenerlos. Hay que tener voluntad de reforma o de dejarlo como está e incluso de resistirse a la reforma. Esto enlaza con la ilusión de naturalidad e irresponsabilidad, de creernos que no somos libres (y, por tanto, tampoco responsables). Ante lo artificial, nos sentimos responsables, pues al ser creación nuestra, nosotros decidimos. Pero ante lo natural parece que no podemos hacer nada: nos viene así dado. Puedo elegir mi ropa o mi calzado, pero no mi color de ojos o de pelo. Me siento responsable de cómo me visto o me calzo, pero no de lo otro. Por eso podemos desesperar eligiendo ropa o zapatos en la tienda, pero no nos sentimos “culpables” del color de ojos. Sin embargo, las nuevas biotecnologías pueden acabar con todo esto. Es más que seguro que en las próximas décadas los padres podrán elegir el color de pelo y ojos de sus hijos y modificarlo genéticamente. Muchos elegirán no hacerlo y se sentirán no-responsables, pero será una ilusión. Si genéticamente su hijo va a ser moreno, si deciden modificar sus genes podrá ser rubio, pero si deciden no hacer nada ¡también están decidiendo! Aunque seguramente ellos se engañarán pensando que no eligieron, que fue la “naturaleza” la que decidió. El color de ojos o pelo puede ser trivial (o no), pero otras cuestiones sí pueden ser vitales: enfermedades genéticas, malformaciones hereditarias, etc. ¿También vamos a dejar en ese caso que “decida” la “naturaleza”? De la misma forma, reformar el calendario o la ortografía es decisión nuestra. Podemos hacerlos más simples, más fáciles, más intuitivos, más coherentes, más racionales en suma, o dejarlos como Dios (o la naturaleza) los ha hecho. Pero de la ilusión de no-libertad también hablaremos más en otro texto.

Bibliografía: Mosterín, Jesús (1993). Teoría de la escritura. Barcelona: Icaria Editorial.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.


Comentarios

  1. Dando una vuelta más de tuerca a lo de racionalizar el castellano, ya que no es éste el único idioma que incluye inconsistencias e irregularidades en su gramática, sería también sensato reformar lenguas próximas como el gallego, el catalán, el portugués, el italiano e incluso el francés eliminando las diferencias entre ellas y creando una nueva lengua artificial que redujera excusas para nacionalismos identitarios y fricciones entre sociedades así como la sensación de colonialismo cultural que suscitan las actuales lenguas francas como el inglés.

    Pero eso ya se intentó con el esperanto pero parece que pocos están por la labor de aprenderlo y utilizarlo, y menos aún los que disfrutan del privilegio de tener como lengua materna una lengua muy extendida como el castellano, el alemán, el ruso y por supuesto el omnipresente inglés.

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    1. Muchas gracias, Fernando:
      En cuanto a lo de simplificar otros idiomas, totalmente de acuerdo: los argumentos a favor de simplificar la ortografía de una lengua que sean de aplicación para otras me parecen bien. Lo de crear una lengua artificial como forma de síntesis de todas ellas no me parece de hecho tan artificial sino más bien una consecuencia natural del contacto entre culturas. Conforme las sociedades se separan, sus lenguas se distinguen cada vez más, conforme más contactos tienen, sus lenguas se mezclan, por la pura necesidad de entenderse. Y eso pasa de forma más “natural” o más “artificial”. Un ejemplo “natural” son los fenómenos de pidgin. Uno más “artificial” es el euskera batúa, o las normas de la Real Academia sobre el castellano. El esperanto sería un ejemplo de lengua artificial tal vez excesivo e innecesario, a mi modo de ver: la diversidad lingüística me parece algo bueno y deseable, no creo que todas las lenguas sean absolutamente intercambiables (plenamente traducibles). Seguramente la simplificación de cada lengua de forma que permita aprenderlas de forma más fácil e intuitiva, sea el término medio entre una única lengua universal (esperanto) y la enorme complejidad actual de cada idioma. En cuanto a que eso sirva para reducir nacionalismos identitarios, no lo creo, la lengua puede ser una razón (o una excusa, según se mire) para el nacionalismo, pero si alguien quiere ser nacionalista seguirá siendo con esa razón o excusa o con otra.

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  2. Muy, muy interesante.
    1. Yo veo difícil una reforma del calendario. Según recuerdo, hubo mucha protesta en la Revolución Francesa por la semana decimal. Pues, se descansaría 1/10, en vez de 1/7. No veo cómo, estas reformas puedan cuajar bien con los sindicatos. A mí el calendario que más me atrae es el de Isaac Asimov, que sí conserva la semana de siete días.
    2. Además de mi compatriota Bello (de los pocos venezolanos por los cuales siento orgullo), creo que García Márquez también propuso esa reforma de la ortografía. Yo simpatizo con ella. Y, creo que nos acercaría mucho más al lenguaje perfecto con el cual soñó Leibniz.
    3. Una reforma más urgente, creo yo, es la del teclado. El sistema QWERTY se hizo con la intención de hacer escribir más lento, a fin de que las máquinas no se atascaran. Stephen Jay Gould tenía un ensayo famoso, en el cual decía que, en buena medida, la tecnología opera como la evolución, y trabaja con lo que tiene, y no le resulta fácil prescindir de la carga de su pasado. Por eso, en cierto sentido Gould era pesimista; él decía que el QWERTY actualmente es como el pulgar del panda (su diseño también es irracional, pero arrastra su historia evolutiva). Y, si Gould tiene razón, me temo que los cambios de la ortografía y el calendario serán mucho más difíciles de lo que suponemos

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    1. Muchas gracias, Gabriel:
      Sobre el punto 1. La semana decimal no implica un día de descanso cada 10 días, tal vez esa conclusión se deba a la analogía con la semana de 7 días que establece lo de trabajar 6 días y descansar el 7º (a imitación del mito judeo-cristiano de la creación). No es obligatorio que el último día de la semana sea para descansar y los demás para trabajar. También podrían establecerse en el calendario republicano dos días de descanso cada semana: uno cada 5 días (todos los días múltiplos de 5 del mes, por ejemplo: 5, 10, 15, 20, 25 y 30).
      De todas formas, un calendario laboral que establezca días laborales y de descanso para todo el mundo por igual es algo inservible hoy día incluso. Eso tenía sentido en sociedades anteriores, muchísimo más homogéneas que las actuales, donde todo el mundo hacía lo mismo: trabajar ciertos días y descansar otros, todos por igual. Eso se debía a la necesidad de gran mano de obra que trabajara al mismo tiempo o en cadena en las industrias o el campo. Eso ha cambiado: la producción es mucho más flexible, la automatización y robotización ya no necesita tanta gente haciendo lo mismo o en cadena. El mundo laboral es mucho más complejo, flexible y autoorganizado. Las nuevas realidades del teletrabajo o el trabajo por objetivos hace que sean los propios trabajadores quienes organicen sus tiempos y ritmos laborales y de descanso siempre que cumplan con el trabajo encomendado.
      Por otra parte, las sociedades ahora son más plurales, heterogéneas y diversas: cuando unos descansan o se dedican al ocio, otros trabajan (por ejemplo, todos los negocios dedicados al ocio, las vacaciones, etc.: bares, pubs, discotecas, hoteles, aviones, etc.). De esta forma, los días de descanso no pueden ser los mismos para todos: los camareros suelen descansar un día entre semana para que otros puedan ir a los restaurantes el domingo. De hecho, en España, la semana laboral no es de 6+1 (6 laboral y 1 de descanso) sino de 40 horas semanales y 8 diarias, es decir, 5 días laborales de 8 horas y dos días de descanso. Y luego está la necesidad, en muchos trabajos, de trabajar por turnos, o tener que hacer guardias que luego se compensan con varios días seguidos de descanso, etc.
      Toda esta complejidad, flexibilidad y autoorganización permite a su vez que sea más fácil compatibilizar la heterogenidad de la sociedad con el trabajo. El descanso dominical está pensado para cristianos, pero eso hace que los musulmanes o los adventistas tengan que trabajar en sus días sagrados respectivos (sábados y viernes). Sin embargo, con todo lo que hemos dicho antes ahora es más fácil. Por ejemplo, con el teletrabajo o el trabajo por objetivos, el trabajador tiene más fácil decidir qué días trabaja y cuáles descansa. Si el jefe encarga un objetivo a dos trabajadores, uno puede decidir trabajar el sábado y descansar el domingo y el otro descansar el sábado y trabajar el domingo para cumplir ambos el mismo objetivo.
      La semana decimal solo estable una forma de medir el tiempo, pero no señala cuándo hay que trabajar o descansar.

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  3. Dos breves puntualizaciones:
    - La primera hace referencia a tu afirmación de que las normas ortográfica son arbitrarias. Por supuesto que lo son y no podrían ser de otra forma. En algún momento se establece una forma "correcta" de escribir, y podría haber sido cualquier otra. Eso no las hace más o menos irracionales. Donde sí se da esa irracionalidad, y aquí estoy de acuerdo con la mayor parte de lo que dices, es cuando se mantienen normas que pueden ser contradictorias entre sí, que llevan a la confusión o que, en el mejor de los casos, no hacen más que complicar el aprendizaje y la pérdida de tiempo.
    - Por otro lado está la cuestión del calendario. Aunque algunas cosas de las que escribes las podría mantener también, pero no tengo nada claro que una semana de diez días fuera más racional que la de siete. Más aun, creo que lo es mucho menos. Creo que están muy confundido al responsabilizar a la tradición judeocristiana esta división semana. Otras culturas también la han mantenido. Su origen es más "empíirico". La observación de las fases lunares, esenciales, sobre todo en la antigüedad, para gran cantidad de cálculos astronómicos de repercusión inmediata en la pesca (solo hay que pensar en las mareas) y en la agricultura. El ciclo lunar es de 28 días y cada una de sus fases de 7. El génesis no hizo más que adaptar un fenómeno natural e intentar darle una explicación puramente mítica. De todas formas, como ahora mismo se trataría de una cuestión puramente convencional (la carga religiosa ha desaparecido en gran medida, la semana no empieza el domingo, primer día de la semana litúrgica) no sé hasta qué punto beneficiaría una semana de diez días.

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    1. Muchas gracias, Antonio.
      -Sobre la irracionalidad de la ortografía me refiero a ciertas normas que rompen la racionalidad que podrían tener. Me explico con un ejemplo: ciertos verbos o participios (como el ejemplo de “roto” en vez de “rompido”, o “yo sé” en vez de “yo sabo”). Cuando los niños los conjugan “mal” en realidad están siendo racionales: han descubierto la razón, la norma, que rige la conjugación (comer-comido, beber-bebido…) y la emplean (romper-rompido). Pero luego, irracionalmente, en contra de esa razón, les decimos que así no, que eso está “mal”. Por eso digo que menos mal que nunca nos preguntan que por qué está mal, porque ¿qué les dices?
      -Sobre la semana de siete días, es cierto que la semana de siete días tiene su origen en las fases lunares, y que el mito de la creación podría haberse basado en eso. Lo cual es lógico en una cultura como la judía cuyo calendario es lunar y no solar. De todas formas, el calendario lunar es “peor” que el solar, en el sentido de que, al no coincidir con el solar, los meses del año varían: el calendario judío tiene que incluir un mes extra cada ciertos años para evitar el desacople de los dos. El calendario musulmán, que también es lunar, como no corrige eso, provoca que el “mes del calor” (que eso significa “ramadán”) pueda caer en pleno invierno. Sin embargo, nuestro calendario es solar, y lo que no tiene sentido es una semana de 7 días pensada para un calendario lunar como el judío en un calendario solar como el nuestro.
      Efectivamente, da igual que el mes se divida en semanas de 7 o de 10 días (o de 4 o de 8), pero en aras a simplificar y facilitar, también es verdad que el sistema decimal es más intuitivo ya que lo usamos para contar (y lo hacemos porque tenemos 10 dedos, no por otra cosa, de ahí que “dígito” signifique, de hecho, “dedo”). De forma que sería más fácil comprender un calendario que usa ese mismo sistema que otro que use el de agrupamientos de 7 en 7. Además, nunca ocurriría lo de: “¿en qué día cae tu cumpleaños?”, porque con el calendario republicano es muy fácil saber en qué día de la semana cae cualquier fecha: si tu cumpleaños en el 4 de germinal, por ejemplo, ya sabes que es el 4º día de la 1ª semana del mes, y si es el 18 de nivoso pues ya sabes que es el 8º día de la 2ª semana de ese mes.

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  4. A estas alturas creo que lo más conveniente sería una reforma ortográfica global (o al menos occidental) consistente en usar el alfabeto fonético internacional. De paso, eliminar los exónimos para nombres de países y lugares.

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