domingo, 25 de septiembre de 2016


Por José María Agüera Lorente
Todo el mundo sabe –incluso el lego en economía– que una parte principal de la actividad económica gira en torno al dinero; obtenerlo, gastarlo, invertirlo, pedirlo prestado, devolverlo, etc. Máxime en las últimas décadas, cuando la dimensión financiera de dicha actividad ha alcanzado un poder determinante sobre su otro gran ámbito, que no es otro que el productivo, esto es, el que incluye todo lo relativo a la creación de bienes materiales y de servicio que son consumidos por los individuos que conforman una sociedad humana por ser considerados necesarios para sus vidas y/o deseados. Este último aspecto de la economía –como nos hace saber el economista Ha-Joon Chang en su esclarecedor libro Economìa para el 99% de la poblaciónha sido muy descuidado en el último medio siglo, desde que la escuela neoclásica, que da importancia al intercambio y el consumo, comenzó a dominar la disciplina económica a partir de 1960.
En cualquier caso, el dinero –entelequia metafísica donde las haya que merece por sí solo un tratado de onto(teo)logía– es elemento esencial de la economía tal como la concebimos y la practicamos dentro del paradigma dominante, que es el reconocido como capitalismo de libre mercado. La inmensa mayoría de los mortales no lo obtenemos por vía de gracia, sino que, como reza el mandato bíblico, hemos de sudar la camiseta, unos más que otros, para hacernos con él, unos en mayor cantidad que otros. Ahora bien, en el reparto de la riqueza, se da un mecanismo bien reconocido por los economistas, componente también relevante de la actividad económica. Son las transferencias de dinero, ya sea en efectivo o «en especie». Una madre divorciada puede recibir una transferencia periódica como consecuencia de lo estipulado por la sentencia de divorcio como contribución que ha de hacer su ex al sostenimiento de los hijos que engendraron en los gratos días de vino y rosas. Hay también quien dona por voluntad propia cantidades de dinero a instituciones benéficas que las reparten en especie entre quienes se considera que se encuentran en circunstancias difíciles. Con todo, son los gobiernos los que suelen realizar las mayores transferencias, superando en muchos dígitos a las propias de las instituciones de caridad. Constituyen la plasmación material de una virtud política fundamental para salvaguardar la cohesión social en un Estado que se tome en serio el valor de la juticia. Se trata de que los gobiernos cobran impuestos a unas personas para subsidiar a otras. En Europa esta práctica resulta primordial para la existencia del conocido como estado de bienestar, que se sostiene en base a dos pilares fundamentales, a saber: los impuestos progresivos, que consisten en que los que más ganan pagan una parte proporcionalmente más grande de su renta en forma de impuestos; y las prestaciones universales, que aseguran un ingreso mínimo y unos servicios básicos –como la sanidad y la educación– a todos los ciudadanos, no sólo a los más pobres y a los discapacitados. Es obvio que este modelo de Estado supone la materialización de una virtud política primordial para la salvaguarda de la cohesión social, y que no es otra que la solidaridad. 
Una comunidad política justa no puede basarse en la generosidad, por naturaleza voluntaria y desinteresada. No son las instituciones de caridad las que están en disposición de garantizar los mínimos que marca el bienestar de los ciudadanos. No es la generosidad la que nos motiva a pagar nuestros impuestos o a cotizar a la Seguridad Social. Es la solidaridad... Obligada, en forma de ley tributaria (por esto, no deja de ser desconcertante esa reciente declaración de Jean-Claude Juncker, a propósito de la crisis europea provocada por la llegada masiva de personas a nuestro continente en busca de refugio, en el sentido de que «la solidaridad debe ser voluntaria... No se puede imponer». ¿Puede existir una comunidad política estable sin alguna forma de solidaridad impuesta?).
Es fácil colegir de lo anterior que un justo y eficaz sistema fiscal es probablemente, si no el más, uno de los más poderosos medios de cohesionar una comunidad política, ya sea un municipio, una región, un Estado o una unión o federación de Estados. Pero es una evidencia incontestable que a nadie le gusta pagar impuestos, por mucho que seamos conscientes de que los legitima éticamente la virtud aludida de la solidaridad. Tampoco a los que más tienen ni a los que más ingresan, ya sean individuos (las «personas físicas» del IRPF) o entidades como las empresas. Con esto hay que contar a la hora de decidir políticamente hasta dónde hay que llegar en la presión fiscal sobre los contribuyentes.
Una idea que, a mi entender, condensa la problemática que entraña ese asunto dentro del ámbito de las decisiones de gobierno es la llamada «curva de Laffer». Alumbrada en 1974 por Arthur Laffer, por entonces un catedrático casi desconocido en una business school de segunda fila, adquirirá estatus «oficial» a comienzos de los años ochenta, cuando la administración Reagan la adopte como símbolo de su propia y novedosa política económica, que termina con la etapa de dominio del paradigma keynesiano. El veterano profesor Marco Revelli, teórico de las Administraciones y Políticas Públicas la explica meridiamente en su libro de título elocuente, La lucha de clases existe... ¡y la han ganado los ricos! Merece la pena citarlo por extenso:
Se trata de una curva en forma de campana inclinada lateralmente, en la que se relaciona la dinámica de los impuestos sobre la renta –en el eje vertical– con la cuota de los ingresos fiscales –en el eje horizontal– conforme a una secuencia que refleja un aumento de los ingresos proporcionalmente al aumento de los tipos hasta un máximo, es decir hasta un punto de equilibrio (...), donde se maximiza la recaudación, y más allá del cual los ingresos empiezan a decrecer, hasta llegar a cero en correspondencia con una carga fiscal del 100 por cien. La idea que se visualiza en la curva presupone la existencia de un nivel de imposición más allá del cual –ya dentro de la zona definida como «prohibitive range»– cualquier incremento ulterior empieza a funcionar al mismo tiempo como desincentivo para la actividad económica (en particular para la inversión, hasta su total extinción para un tipo impositivo del 100 por cien), y como incentivo para las prácticas de evasión, elusión y sustracción fiscal.

He aquí la coartada ideal por científica que los promotores de las políticas fiscales más laxas necesitaban para rebajar la presión fiscal, sobre todo a los más ricos. Y así, a principios de la década de los ochenta del siglo pasado, el presidente norteamericano Ronald Reagan se aprestó a recortarles drásticamente los impuestos, desde el 70 por ciento (para las rentas superiores a 108.000 dólares) hasta el 28 para todo el que tuviera ingresos de 18.000 dólares o más . Desde entonces esta ha venido siendo la tendencia en política fiscal. La prueba inapelable de ello es la demanda surgida a finales del año pasado de un grupo de ciudadanos estadounidenses consistente en la solicitud a su Congreso ¡de que se les suban los impuestos! Son unos doscientos, los ultrarricos, los que tienen unos ingresos anuales por encima del millón de dólares o poseen un patrimonio de más de cinco millones de dólares. No se han vuelto locos ni son tontos, simplemente proceden en congruencia con el egoísmo inteligente del que es expresión moral la solidaridad. Entienden que la estabilidad y cohesión del sistema es buena para todos, y que se ponen en riesgo si no se aseguran las debidas transferencias de riqueza. Por eso demandan un incremento del impuesto del patrimonio, una revisión de los agujeros fiscales por los cuales se evaden legalmente impuestos y, además, un aumento del salario mínimo.
La fe en la idea representada por la curva de Laffer ha hecho posible en buena medida esta deriva económica, la cual se ha mantenido desde la década de los años ochenta del siglo pasado. La misma que también en buena parte ha dado pábulo al fenómeno de la competencia fiscal. Ya saben: se trata de que los Estados (también municipios y regiones) compitan entre sí para ofrecer a los que más tienen las tasas más bajas con tal de atraer sus fortunas, y que allí donde la hacienda pública es más benevolente con sus deberes fiscales vengan a radicarse el mayor número de fortunas y empresas, en la creencia de que algo de ellas acabará bendiciendo en forma de maná de consumo e inversiones al común de los ciudadanos del lugar.

Un caso de lo recién expuesto es el de Apple en Irlanda, recientemente aireado en los foros mediáticos. A últimos de agosto supimos por los medios de información que la Comisión Europea exigía a Irlanda que recuperase 13.000 millones de euros más intereses de la gran corporación informática por impuestos no pagados entre 2003 y 2014. A través de una «tax ruling» –es decir, un acuerdo fiscal especial entre un Estado y una empresa– a la mencionada compañía se le aplicaba un tipo en el impuesto de sociedades ridículo, que en 2014 llegó a ser de tan sólo el 0,005%, un agujero fiscal de facto, aunque formalmente bendecido por el gobierno de Dublín.
Este es sólo un botón de muestra de la competencia fiscal instalada como práctica crónica en las políticas económicas de los Estados miembros de la Unión Europea, que rompe con la progresividad de los sistemas impositivos –la cual arriba señalamos como elemento necesario del estado de bienestar– y favorece la divergencia en el reparto de la riqueza y, en consecuencia, el incremento de la desigualdad extrema, lo que supone el debilitamiento de la solidaridad y la cohesión social.
La curva de Laffer es el mito que la economía de libre mercado necesitaba para promover una política fiscal regresiva en los Estados. Sin embargo, en su libro Los felices noventa, de hace más de diez años, el economista premio Nobel Joseph Stiglitz  descalificaba la idea refiriéndose a ella como una «teoría garabateada en un papel». ¿Dónde está ese punto de equilibrio entre el nivel de exigencia fiscal y el de recaudación y estimulación de inversiones? Según los que saben, parece ser que no hay criterios matemáticos objetivos para fijar ese optimum, de modo que el problema queda al albur de complejos cálculos psicológicos y significativamente subjetivos sobre lo que la gente considera «justo» o «injusto» pagar. Tampoco el modelo de por sí zanja la cuestión de si es preferible la identificación de un único umbral (flat-tax) o de una multiplicidad de umbrales en virtud de un criterio residual de progresividad. Y para rematar la lista de razones para ser escépticos con la teoría que representa la dichosa curva contamos con el testimonio del mismísimo Laffer, el cual llegó a admitir que «la curva de Laffer de por sí no dice si una bajada de impuestos hace que los ingresos aumenten o disminuyan».
Por su parte, los mitómanos de la «teoría garabateada en un papel» le atribuyen el éxito de la reaganomics, es decir, la política económica que el presidente Ronald Reagan aplicó a partir de 1980, la cual tuvo en la reducción de impuestos seguramente su principal seña de identidad –como apuntamos más arriba. Ahora bien, a la vista, con perspectiva histórica, de los resultados obtenidos por dicha política no parece confirmarse que una drástica ruptura de la progresividad de los impuestos sea la solución adecuada para garantizar la continuidad del desarrollo, y que además, a medio y largo plazo, suponga una mayor disponibilidad de recursos públicos para una política de redistribuicón.  

En 2001 George W. Bush, emulando a Reagan, bajó los impuestos a las rentas más altas. Tras el aumento del índice de paro también redujo el impuesto de sociedades en 2003. No se incrementó significativamente la inversión, pero sí, y de manera descontrolada, el endeudamiento, tanto el público como el privado. Tampoco la bajada de impuestos, que supuestamente deja más dinero disponible a las familias, trajo consigo un aumento del ahorro; éste pasó en cinco años del 2,1 al 1,7 por ciento del PIB, al tiempo que aumentaba espectacularmente el endeudamiento –según datos de la US Bureau of Economic Analysis–. Y no se trata de algo transitorio ni reciente, ya que Estados Unidos empieza a endeudarse en el mercado internacional desde finales de los años ochenta. Por su parte, Branco Milanovic –uno de los más acreditados especialistas en la desigualdad y en cómo medirla, e investigador del Banco Mundial– advirtió en 2012 la correlación entre el crecimiento de la desigualdad en Estados Unidos, el estancamiento de las rentas de las clases medias y su creciente endeudamiento. De alguna manera hay que mantener la capacidad de consumo, y si no alcanzan los ingresos propios, habrá que acudir al crédito, muy alegre en los años previos a la crisis financiera de 2008. Y lo dicho cabe aplicarlo de manera similar a Europa. Lo reconoció la OCDE en su informe del año pasado al respecto, donde se reconocía que se había alcanzado la mayor desigualdad entre ricos y pobres en treinta años.
Resulta, por lo tanto, difícil sostener a estas alturas quecomo dice el citado Marco Revelli:
el eventual aumento de la desigualdad no supone un obstáculo para una política fiscal favorable a las capas más acomodadas, porque en cualquier caso esa desigualdad estaría abocada a ser reabsorbida por el posterior desarrollo. Por el contrario, ha ido consolidándose cada vez más la preocupación de que unos elevados niveles de desigualdad acaben socavando el desarrollo, haciéndolo estructuralmente inestable, y sobre todo, provocando que sea mucho más difícil responder positivamente a los eventuales schocks económicos.
Esto es lo que han sabido ver los «millonarios patrióticos» que piden a sus políticos que se les suban los impuestos para salvar al capitalismo de sus excesos, entre los que se halla la extrema desigualdad, según reconocen. Ahora bien, esto no es compatible con la competencia fiscal, que tiende a favorecer, según lo ya expuesto, a las rentas más altas. Por eso Cristopher A. Pissarides, otro premio Nobel de economía, declaró hace ya dos años en una entrevista:
La desigualdad es elevada y sigue creciendo por la irrupción de nuevas tecnologías y por la llegada de competidores como China e India, con salarios mucho más bajos. Los Gobiernos deben plantarle cara con herramientas de política fiscal. Por ejemplo aboliendo los impuestos sobre el trabajo por debajo de un determinado nivel salarial. Pero hay algo aún más importante: la coordinación entre los Estados de la UE. Debemos eliminar cualquier forma de competencia fiscal.
Así mismo lo considera Thomas Piketty en su libro El capital en el siglo XXI, donde apela, como hacen Pissarides y los llamados «millonarios patrióticos», a la acción política. Ésta sin embargo parece fascinada desde hace tiempo por la taumaturgia de una economía global que sabe que el dinero carece de cuerpo y, por ello, es de fácil traslación a través del ciberespacio. Todo lo cual explica que Irlanda mordiese la tentadora manzana de Apple, que se ofrecía rutilante a cambio de un buen trato fiscal (¿y quizá por lo mismo lleva cinco años El Corte Inglés sin pagar de facto el impuesto de sociedades en nuestro país? En cuanto a la Iglesia Católica, que no paga el IBI, para qué vamos a hablar,,, Ay, esos agujeros fiscales por los que se evaden legalmente los impuestos).
El retroceso en la progresividad fiscal de las últimas tres décadas supone de hecho una transferencia de riqueza a la inversa que no contribuye a la convergencia, es decir, a la reducción de la desigualdad. La competencia fiscal va a favor de dicho retroceso, siendo la curva de Laffer el mito disfrazado de teoría económica dotada de la debida formalidad matemática que la justifica. No es la primera vez –ni será la última– que mediante la matemática se trata de dar apariencia de ciencia a lo que no deja de ser mera ideología (léase aquí).
Pero no se trata de una cuestión que tan sólo afecta a la distribución de la riqueza; tiene, claro está, su importancia política. Joaquín Estefanía, periodista especializado en economía, lo expresa meridianamente de la siquiente forma en un reciente artículo:
En un momento en que la política económica hegemónica es la política monetaria, conviene recordar que los impuestos pueden ser un buen indicador del estado de la democracia. Si se acepta que la calidad de ésta aumenta en la medida en que los ciudadanos sean más iguales, la presencia de un sistema tributario progresivo, reduciendo las desigualdades de renta y riqueza, puede verse como un instrumento que contribuye a mejorar la calidad democrática y, también, como un reflejo de la misma. 
A partir de aquí no cabe otra que concluir que la eliminación de la competencia fiscal,  que es vital para la supervivencia económica de Europa, también lo es para su democracia.

José Luis Ferreira

En una entrada en Cuaderno de Cultura Científica César Tomé sostiene que la falsabilidad está en la actitud científica y no en las teorías.

Estos son mis comentarios:

Vayan por delante dos puntos de acuerdo que tengo con la entrada y algún comentario posterior:
  1. La falsabilidad es una actitud de los científicos.
  2. Estrictamente hablando, solo hay hipótesis, modelos y trabajos para validar o refutarlos.
Sobre el segundo punto, esto no evita que a los humanos nos guste ordenar hipótesis y modelos y llamar a algunas cosas leyes y a otras teorías. (Leyes como explicación de muchos fenómenos y teorías como modelos generales que tienen algunas leyes como primitivas y de las que se deducen otras leyes.)

Sobre el primer punto, de hecho, pienso que la ciencia es una actitud y que se corresponde con lo que hacen los científicos (intentar explicar y entender la realidad de la manera más certera posible), como digo aquí con más detenimiento.

Con todo eso no impide que el modelo no comparta algunas características que vienen dada por esta actitud científica y por las limitaciones cognitivas de los seres humanos. Así, las teorías (modelos) tendrán unas propiedades necesariamente:
  • Consistente (no contiene contradicciones)
  • Sinóptica (navaja de Ockham)
  • Presenta un cierto homomorfismo con la parte de la realidad que trata de explicar (estas manchas en este papel se corresponde con estas calles de esta ciudad o estos símbolos en estas ecuaciones se corresponden con estos fenómenos)
  • Con poder de explicación (son falsables, no cualquier estado que se puede describir en el lenguaje de la teoría será “el caso” que selecciona la teoría)
Lo que es “el caso” puede seleccionarse ad hoc (cuando no sabemos los mecanismos que explican los fenómenos), mediante un mecanismo determinista o mediante uno estadístico o probabilístico.

Cuánta precisión, conocimiento del mecanismo, universalidad o control de todas las variables pertinentes pidamos para que algo sea llamado ciencia es cuestión, en principio, semántica, aunque pueda tener su interés epistemológico para distinguir entre tipos de ciencia o entre ciencia y otra cosa (técnica, ingeniería, práctica…). En su acepción más general ciencia será el conjunto de conocimientos adquiridos usando el método científico (que es lo que marca la actitud). Uno puede interesarse por un problema, por ejemplo, la Astrobiología, y tener la actitud científica, pero en ausencia de ningún conocimiento (algún ejemplo estudiado de vida extraterrestre) todavía no será ciencia (a no ser que incluyamos en su definición el estudio de los extremófilos y el desarrollo de posibles modelos biológicos distintos a los terrestres).

La falsabilidad es la otra cara de la inducción y, en cuanto se reconoce que los errores de observación son posibles, acaban siendo la misma cosa. ¿Alguien ha observado un cisne negro, por ejemplo unas partículas súperlimínicas? Habrá que ver si no se ha cometido un error y para ello habrá que asegurarse de que la observación está bien hecha e incluso repetirla. Al final los procesos inductivos o falsacionistas nos llevan a la deducción (probabilística) por medio del mismo proceso de inferencia estadística, que es el modelo en que se explica el quehacer y el avance científicos.

Dicho de otra manera: a medida que aumentan los casos favorables a una teoría, aplicando la regla de Bayes, aumenta la probabilidad de que sea cierta. La inducción es una manera de alimentar con datos el proceso de inferencia estadística con el que damos o quitamos probabilidad a que la teoría sea cierta. Lo mismo ocurre con los casos que falsan una teoría. Si no hay error la inferencia estadística remitirá la probabilidad de la teoría a cero ante un caso que consiga falsarla. Si hay error en la observación, de nuevo será un proceso inductivo el que alimente con datos el proceso de inferencia estadística.

Por supuesto las propiedades anteriores son necesarias pero no suficientes. La astrología no es falsable puesto que no se mojan en decir lo que es “el caso”: cualquier no acierto se excusa porque también podía pasar. La homeopatía tal vez no lo sea si solo tenemos la práctica de algunos homeópatas que ven imposible cualquier intento de validación, pero lo será si es tomada por científicos que se adscriben al método científico (es decir, los que quieren explicar la realidad de la mejor manera posible). Un plano escala uno a uno, por muy realista y preciso que sea (y justamente por eso) tampoco es un modelo científico porque será igual de inmanejable que la realidad misma.

La teoría de la tierra plana cumple las cuatro características, pero ha sido falsada. Aún así es útil si uno la usa solo para andar por una ciudad o un país no muy grande. Además, porque es falsable permite diseñar experimentos o atender a observaciones que, de contradecir la teoría, nos da pistas de por dónde desarrollar una nueva teoría (al ver desde un barco que se acerca a puerto primero las montañas, luego los edificios altos y solo al final el puerto).

sábado, 24 de septiembre de 2016

¿Recuerdan a Cecil? Era el león cazado por un dentista estadounidense en 2015 en Zimbabue, y su muerte causó un gran escándalo en todo el mundo. Un gran número de organizaciones conservacionistas y de derechos de animales protestaron. El presidente de Zimbabue, Robert Mugabe también se unió al coro: condenó enérgicamente a Walter Palmer (el cazador), y exigió que se le extraditara a Zimbabue para enfrentar cargos.
En ese momento, una gran cantidad de comentaristas señaló que Mugabe no estaba en posición moral de predicar a nadie. De hecho, decían los comentaristas, Mugabe aprovechó el escándalo con el fin de desviar la atención frente a las numerosas violaciones de derechos humanos en Zimbabue. En lugar de preocuparse acerca de los leones, se decía, Mugabe debería estar preocupado por los zimbabuenses.

No nos equivoquemos: Mugabe es un dictador brutal. Sin embargo, es un argumento muy falaz afirmar que, puesto que un déspota se preocupa por los animales, entonces no debemos preocuparnos por los animales. Hitler amaba a su perro y era vegetariano. ¿Debemos, entonces, odiar a los perros y condenar el vegetarianismo? La respuesta parece obvia.
Sin embargo, también sería erróneo afirmar que, puesto que Mugabe condenó el asesinato de un león del año pasado, ahora es un hipócrita por proponer permitir la caza de elefantes en Zimbabue. Tal vez los elefantes y leones son diferentes, y no hay que aplicar las mismas normas éticas. Los leones están en peligro de extinción, los elefantes no.
De hecho, los gobiernos de Zimbabwe, Namibia y Sudáfrica, han elevado recientemente una propuesta para legalizar la caza de elefantes. Su argumento es muy simple: hay suficientes elefantes en esos países (27.000 en Sudáfrica, 82.000 y 20.000 en Zimbabwe en Namibia). La caza regulada plantea ningún riesgo para las poblaciones de elefantes en esas naciones. Y, dada la creciente demanda de marfil en países como China, ésta sería una buena oportunidad para que los tres países obtengan ganancias muy necesarias.
¿Es una buena idea? Los expertos en ética de tendencia libertaria han pensado durante mucho tiempo que sí. Su argumento es el siguiente: si la caza es legalizada como un negocio, las especies estarán protegidas. Los capitalistas ven en la caza una gran oportunidad para obtener ganancias, y así, se asegurarán de que las especies no se extingan (a través de programas de cría y conservación), precisamente porque es la fuente de sus ganancias.
Al igual que con muchas ideas libertarias, ésta parece tener una lógica poderosa. Pero, también como es habitual en el libertarismo, coloca demasiada esperanza en la racionalidad económica. Los capitalistas no siempre actuarán como los libertarios esperan que lo hagan. Y, si la historia sirve de guía, es bastante obvio que la mayoría de las especies se han extinguido debido precisamente a la caza excesiva.
Sin embargo, con 82.000, la población de elefantes es bastante sólida en Zimbabue, y al menos en el corto plazo, que la especie esté en peligro de extinción no es una preocupación. Por lo tanto, ¿es éticamente aceptable legalizar la caza en ese país? No nos apresuremos. Puede haber algunas otras objeciones.
¿Por qué debemos considerar a los animales como criaturas con menos derechos? Si la película Los juegos del hambre provoca terror en nosotros, ¿no debe también resultar aterradora la caza de un elefante? El filósofo Singer ha denunciado desde hace mucho tiempo el “especismo”, a saber, la idea de que los individuos de otras especies no tienen algunos derechos (incluido el derecho a la vida). No hace mucho tiempo, se creía que las personas con piel oscura no tenían el derecho a ser libres, y por lo tanto podían ser esclavizados. Ahora condenamos eso como racismo. ¿No deberíamos, entonces, también condenar el especismo? A juicio de Singer, el especismo es tan inmoral como el racismo.
Sin embargo, Singer es también un filósofo utilitarista. Bajo el utilitarismo, si un acto genera en balance buenas consecuencias, entonces debería ser éticamente aceptable. Por lo tanto, si un mayor número de vidas humanas y animales podrían salvarse matando a un menor número de elefantes, entonces Singer se vería obligado a admitir que, sí, debemos permitir la caza de elefantes.
¿Podría ser éste el caso en Zimbabue? Es muy dudoso. Si bien es cierto que los elefantes y los seres humanos pueden competir por algunos recursos (especialmente agua) en áreas remotas de Namibia y Zimbabue, hay muchas alternativas tecnológicas relativamente simples para satisfacer las necesidades de los seres humanos y los elefantes. Con buenos sistemas de distribución, hay suficiente agua para todos.

Y, ¿qué hay de los beneficios del tráfico de marfil? ¿No podría ayudar a alimentar a los niños hambrientos en esos países? Una vez más, no es probable. Zimbabue es un país notoriamente corrupto, y con toda seguridad, las ganancias del comercio de marfil se destinarán a las cuentas bancarias suizas de Mugabe y sus compinches.
Por otra parte, existe una gran preocupación planteada por Botsuana, un país vecino con una población de elefantes más frágil. Si la caza se permite en Sudáfrica, Namibia y Zimbabue, existe un mayor riesgo de que los cazadores eventualmente crucen la frontera con Botsuana, y pongan en peligro su población de elefantes.

En resumen: la legalización de la caza de elefantes en Zimbabue, Namibia y Sudáfrica no es una buena idea. Afortunadamente, la mayoría de las otras naciones están de acuerdo, y están endureciendo el control sobre la caza de elefantes.

martes, 20 de septiembre de 2016


Por miguelángelgc (@miguelangelgc)


Nos encontramos, querido lector, en nuestra cita semanal; primero antes que nada te quiero agradecer el honor de tu lectura, y sobretodo, hacer una mención especial a quiénes se han tomado la pequeña-gran molestia de comentar e iniciar una fabulosa y enriquecedora charla. 

El día de hoy quiero aprovechar un suceso que vivimos, o más bien recordamos,  ayer en México. Un evento que cambió a todo el país y que impactó de muchas maneras a la Nación. 

Me refiero al tristemente célebre sismo de mil novecientos ochenta y cinco qué afectó a las 07:17 (hora local) con una escala de Ritcher de 8.5 grados la capital del país. 

Yo no había nacido aún pero la historia nos dice que ante una carente cultura de atención a emergencias y a una falta de la protección civil en una zona por naturaleza sísmica (gran parte de la capital mexicana descansa sobre un antiguo río) dieron comoresultado una cifra incierta de muertos y miles de pesos (dólares) en pérdidas materiales. 

Una de las consecuencias del Terremoto fue la fundación del Sistema Nacional de Protección Civil México y la consecuente encomienda nacional en difusión, desde la educación básica, de la cultura de protección y actuación en caso de desastres. 

Todos los años, al medio día, los edificios públicos y/o gubernamentales tienen por obligación realizar un simulacro de evacuación más por recuerdo a las víctimas que por el hecho de la formación de cultura cívica ya que ésta, afortunadamente, puede decirse que está medianamente asentada en la idiosincrasia mexicana. Repito, se supone que así está. 

¿A dónde quiero llegar? 

Por asares del destino me tocó participar en uno de estos simulacros. Estando en el, al acompañar a la gente a mi lado, analizaba el entorno siempre en afán de "criticón". Pude ver como, aunque dentro de un ambiente relajado, recordaban y acataban con respeto el simulacro. 

Había gente que como yo no había vivido o sentido el sismo y también gente que lo recordaba "en carne propia" ... todos sin excepción y con respeto rendían un tributo con su gesto a aquellos desconocidos que la naturaleza con su furia asesinó.

Y esto se ha conseguido gracias a que la historia nos enseña acontecimiento. Gracias a que desde pequeños se inculcan los simulacros en las escuelas y se analiza con detalle lo que se sabía y ahora se sabe del terremoto que despertó a la Ciudad de México

Dice un viejo refrán que recordar es volver a vivir... yo diría más bien que recordar nos lleva a no olvidar, a hacer presente aquello que se trae al hoy para aprender de el. 

Recordando no solo conmemoramos a las víctimas de un hecho trágico. Recordando logramos que sus voces y gritos nunca cesen de resonar en la conciencia colectiva; sus palabras nos pueden guiar para evitar que acontecimientos de tal magnitud nos arrebaten tantas vidas logrando con cada una de sus sílabas reforzar la cultura de protección civil y, aunado a ellos, mejorar protocolos de atención a emergencias. 

Si dejamos que tan solo una voz de esas miles se silencie iniciaremos un camino hacia la perdición. Las tragedias nacionales -sobretodo- no deben nunca ser olvidadas, ya sea por fenómenos naturales o consecuencia de actos humanos, puesto que no hay mejores maestros para evitar nuevas tragedias que aquellos que ya se han ido



>> También puedes leerme en mi blog. Gracias. 


La imagen la obtuve La voz de Sexta Azcapotzalco, fue captada en septiembre del 85´. 

domingo, 18 de septiembre de 2016


José Luis Ferreira

Dos animales de la misma especie compiten por un recurso (una pareja, comida, un refugio,...). Ninguno es más grande ni más fuerte que el otro, ¿qué hacer? ¿Luchar? ¿Amagar, pero ceder si hay lucha?

Si evolutivamente están programados para luchar, uno se llevará el recurso, pero si el coste de luchar es muy alto (tanto que no se ve compensado por la ganancia del recurso) será una mala estrategia. En un mundo de luchadores, un individuo que no luche evitará esta pérdida y tendrá un éxito mayor.

Pero el mundo de esa especie tampoco podrá haber seleccionado la estrategia de no luchar. En un mundo de mansos, un individuo que desarrolle una estrategia luchadora tendrá una ganancia, puesto que en cada encuentro en que se compita por un recurso saldrá vencedor sin tener que llegar a luchar.

Hay varias maneras de encontrar una estrategia evolutivamente estable. Una implica que cada individuo luche solo con cierta probabilidad. Otra requiere que los animales puedan identificarse como Jugador 1 y Jugador 2 en cada encuentro. Si ambos reconocen cuál es cuál, pueden usar la estrategia que consiste en "luchar si eres el Jugador 1 y retirarse si eres el Jugador 2". Una manera de decidirlo puede ser el tamaño: el más grande y más fuerte es el 1. Pero hemos comenzado la entrada diciendo que eran parecidos.

También puede decidirse que el Jugador 1 sea quien llegó primero. Y esto lleva a una situación de mucho interés: se trata de un equilibrio muy estable y, de hecho, se observa muy a menudo en la naturaleza. Sin embargo, uno no encuentra razones claras por las que esto tenga que ser así si solo mira a ambos animales y a sus posibilidades de luchar por el recurso. Al fin y al cabo, estar identificado como Jugador 1 o Jugador 2 de esa manera no altera las fuerzas de cada uno. En cambio, la Teoría de Juegos explica perfectamente bien la situación, como sabemos desde Maynard Smith.

¿Qué fuerza es esa que conduce al equilibrio? ¿Está determinada por las leyes de la Física?

Claro que lo está, pero hay que buscar la relación, que es muy sutil y que se aclara en cuanto entendemos eso de la selección del mejor adaptado y que una estrategia es una adaptación.
Subscribe to RSS Feed Follow me on Twitter!