26 de marzo de 2017

Solidaridad social y responsabilidad individual

José Luis Ferreira

Hace un tiempo publiqué unos tuits, que recojo aquí con parte del pequeño debate que les siguió.


Los que se definen comunistas ¿saben que nunca han mostrado cómo funcionaría esa sociedad ni cómo se llegaría a ella?

Los que se definen anarcocapitalistas no necesitan mostrar cómo funcionaría: que cada uno haga la que quiera y que sea lo que dios quiera.

Los que quieren un socialismo cooperativista, ¿saben que la cooperativa es un tipo de empresa y no un modelo social?

Los que quieren una economía del bien común, ¿saben que ellos no deciden lo que es el bien común?

Los que quieren una economía basada en recursos (proyecto Venus), ¿dirán alguna vez algo concreto?

Los que desaprueban defender la competencia para beneficiar al ciudadano por ser capitalismo, ¿presentan propuestas mejores?

Los que desaprueban la solidaridad social por coercitiva aún si es preferencia mayoritaria, ¿tienen mejor manera de agregar preferencias?

Los que tienen miedo a la iniciativa privada y a la responsabilidad individual, ¿tienen mejor manera de garantizar la libertad?

Hay muy poca liberalidad en algunos que se hacen llamar liberales.

Hay muy poco progresismo en algunos izquierdistas que profesan ideas anticuadas.

Al final, la sociedad es la búsqueda constante de un equilibrio tolerable entre la responsabilidad individual y la solidaridad social.

Al final, en la sociedad siempre habrá quien prefiera resolver los problemas con su fe, su buena fe, pero eso no les dará la razón.

Esta es parte de la conversación que siguió:

-Más o menos igual que todo el resto de las teorías económicas. No veo libre mercado, liberalismo ni socialismo real en ningún país.

-Yo: Entonces estás de acuerdo en ir mejorando lo presente. ¿Cómo? para la respuesta usa lo que sabemos de Economía.

-hay que mejorar lo que tenemos como sea, porque obviamente no está funcionando bien.

-Yo: Como sea, no, que todo puede ir peor.

-claro que puede ir a peor, pero el que tenemos ahora dista mucho de ser ejemplar.

-Yo: En eso estamos de acuerdo.

-por que, no estas de ac con los objetivos del P Venus?

-Yo: Como dicen los católicos, el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Esas las tenemos todos.

-Yo: Por estar de acuerdo, lo estoy con las respuestas de las candidatas a Miss Universo: la paz en el mundo...

-no hay nada a-cientifico en plantearse grndes objetivos

-Yo: No, pero es que yo no me he metido con eso.

-o con Hayek: la libertad total en el mundo...

-Yo: También

21 de marzo de 2017

No controlamos el tiempo (reflexión).


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Saturday, sábado en inglés, deriva de una raíz en latín: Dies Saturni, es decir, [el] Día de Saturno. En español el sábado se llama así porque se toma del hebreo ShabbatSaturno es el nombre latino que recibió el dios griego Chronos, el guardián del tiempo. 


Recibió este peculiar mote debido a que los romanos lo vincularon como el último de los siete objetos celestes visibles a simple vista (el que luego pasaría a ser conocido como el planeta Saturno) y, dado que el periodo reproducible observable en el cielo del astro es de unos treinta años, fácilmente fue relacionado como el Padre-Guardián del Tiempo ya que ningún otro objeto registrado, en esos entonces, contaba con un mayor periodo observable. 



"Omnia tempus habent, et momentum suum cuique negotio sub caelo"
"Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol".

Parece una frase extraída de algún libro tibetano, pero no, es una de las joyas sapienciales del Antiguo Testamento cristiano (Eclesiastés 3, 1). ¿Y qué quiero decir con ello? 


Que todo tiene un momento específico. Si bien mucho de lo que nos pasa o puede llegar a pasar depende enteramente de nosotros -y de nuestro esfuerzo-, otras muchas de las cosas, la mayoría a veces, penden enteramente del tiempo, de algún dios (en el que creamos), de la casualidad o el destino. En pocas palabras, depende de factores externos a nosotros



Muchas veces nos desesperamos porque algo no llega o no sucede cómo o en el momento que teníamos planeado. Otras veces anhelamos tanto que pase algo y, o nunca pasa, o cuando sucede, el evento pasa de largo porque estamos enfermos, no "tenemos tiempo" o ya no estamos dónde deberíamos haber estado. 

Chronos, como dije al inicio, (y de quién se derivan las palabras cronómetro, cronología) era para los antiguos el custodio del tiempo, y ellos, como los romanos con sus Saturnalias, sabían y comprendían que se debían a otros -seres- para que controlaran lo incontrolable. Lo único, que aún hoy en día, no podemos tener como especie a nuestros pies: el paso inevitable de los años. 

Y aquí erramos mucho. Nos hemos creído en vigilantes, custodios y gobernantes de nuestro tiempo. Vivimos, y caminos día a día, con la certeza de que al día siguiente despertaremos, de que en un año podremos conocer París o de que en diez terminaremos de pagar nuestra casa. Pero se nos olvida algo: dependemos de muchísimos factores externos, sobre todo del tiempo en sí, para hacer lo que queremos. 

Con esto no quiero decir que no se debe de planear nada, o que debemos de vivir con pesimismo. El punto va más allá. Debemos de planear, sí, y tener objetivos, pero vivir día a día con la fuerza e ímpetu como si fuera el último

No planear es divertido, suelen pasar cosas fantásticas (ya he hablado de antes de ello) y, muchas veces, lo mejor de la vida sucede así. Sí, es importante trazarte metas y objetivos. Es necesario tener un "sentido" en tu vida, que te lo da lo que quieres lograr o a dónde quieres llegar, pero, sin duda, es vital saborear la vida trago a trago, es decir, día a día.




Imagen | Flickr


>> Fuentes de referencia: 

https://es.wikipedia.org/wiki/Crono

https://es.wikipedia.org/wiki/Saturnales

https://es.wikipedia.org/wiki/Crono_(primigenio)

https://es.wikipedia.org/wiki/Saturno_(planeta)#Origen_del_nombre_del_planeta_Saturno

http://www.vatican.va/archive/bible/nova_vulgata/documents/nova-vulgata_vt_ecclesiastes_lt.html#3

http://www.vatican.va/archive/ESL0506/__PMS.HTM

19 de marzo de 2017

El autobús del sexo (o contra la teoría «mamawawa»)

Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó.
(Génesis 1: 27)
¿Por qué las mujeres sois emocional y espiritualmente mucho más fuertes que los hombres? Porque la forma humana básica es la femenina. La masculinidad es en cierto modo un defecto de nacimiento.
(Diálogo de la serie «The fall», 2014)

Por José María Agüera Lorente
No comparto la reacción favorable a la censura de una parte significativa de los opinadores, de algunos representantes institucionales y de políticos de uno y otro signo respecto del archifamoso autobús de la organización «Hazte oír». El vehículo de marras  –a buen seguro no lo ignorará el lector a estas alturas– debía ser el medio que llevara la buena nueva a todos los rincones del suelo patrio de que la identidad sexual es un asunto bien simple, si se sigue el natural y evidente criterio de la genitalidad y no se deja uno enredar por perversas ideologías LGTB que distorsionan una realidad que es lo que parece a simple vista. Dicho sin rodeos: ¿quiere usted saber si su retoño es del sexo masculimo o femenino? Pues mírele la entrepierna, buen hombre; que le ve una colita, es niño; que tiene una rajita, es niña. Pienso que tienen derecho a pensarlo y a pregonarlo a los cuatro vientos, si con ello no infringen ninguna de las leyes que rigen nuestro Estado democrático y de derecho. Tengo por cierto que se equivocan, y que sus tesis no merecen el respeto de ninguna persona inteligente, dado que son incompatibles con las evidencias científicas de las que disponemos y sólo se sustentan en creencias carentes de cualquier atisbo de verdad. Ahora bien, tienen derecho a decirlo. Y quienes sabemos lo peligroso que puede resultar dejar que tales mensajes se propaguen y aniden en las mentes –ya que toda creencia es una acción en potenciadebemos desacreditarlos mediante el noble ejercicio de la racionalidad crítica, y no desde consignas automatizadas que forman parte del vigente discurso de lo políticamente correcto. Este texto es mi aportación a esta tarea colectiva de resistencia intelectual frente a la propaganda de verdades espurias.
El eslogan del dichoso autobús que «Hazte oír» tenía la intención de pasear por diversas ciudades no es ninguna novedad en el catálogo de tonterías que constituye la infinita retahíla de simplezas con las que se despachan cuestiones complejas como lo es la de la identidad sexual en el ser humano. Tanto es así que en el entorno de la investigación de lengua inglesa en este tema, se conoce con el nombre de «mamawawa» a todos aquellos listos que despachan el asunto con la sentencia que en el idioma de Shakespeare reza tal que así: «men are men and women are women» (m-a-m-a-w-a-w); o sea, los hombres son hombres y las mujeres son mujeres. Según este axioma esencial de la naturaleza –que es parte integral de toda una señora metafísica con sus raíces teológicas– hombres y mujeres pertenecen a categorías bien distintas, opuestas e inmutables.
Nada más lejos de la realidad a juzgar por las evidencias acumuladas por la medicina y la biopsicología. La mera existencia de la homosexualidad y la transexualidad es un desafío a la tesis «mamawawa». Ésta oculta sus prejuicios ideológicos en la supuesta evidencia natural de la identidad sexual que, claro está, lleva naturalmente aparejada una correspondiente orientación sexual patente en la prueba explícita de la genitalidad, esto es, el pene y la vulva, como queda dicho en el autocar por todos conocido. No deja de ser un tosco reduccionismo que desprecia todo el complejo sistema orgánico que conforma la dimensión sexual de cada individuo humano y que, además, resulta filosóficamente paradójico, dado que los mismos que destacan la importancia de lo espiritual sobre lo material, en este asunto demuestran una concepción materialista asaz simplista y reduccionista al otorgar tal poder de determinación a dos rasgos morfológicos de nuestros cuerpos tan concretos.
Así que seamos serios, y acudamos a la ciencia para afrontar la realidad tal como es, no como queremos que sea de acuerdo con aquellos valores a los que deseamos que se ajuste. Los de «Hazte oír», según lee uno en su página web, declaran tener por principios inspiradores de su proyecto «la dignidad y los derechos de la persona y de la familia y el valor de la vida». Por eso es lógico que les preocupe que nos engañen, y así quieren dejar muy claro que «si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo». Ahora bien, hay un problema, y es que tal aseveración es falsa. Dicho de otro modo: la teoría «mamawawa» no resiste la prueba del algodón del método científico, la falsación. 
Reparemos en un caso clínico de la literatura científica de 1971 recogido por el biopsicólogo John P. J. Pinel en su manual sobre la materia. A. S, una atractiva mujer de 26 años, solicitó tratamiento debido a dos trastornos relacionados con el sexo: falta de menstruación y dolor durante el acto sexual. Solicitó ayuda porque ella y su marido, a lo largo de 4 años, habían intentado sin éxito tener hijos y ella suponía, correctamente, que una parte del problema era su ciclo menstrual. Un examen físico reveló que A. era una mujer joven y sana, constatando que sus genitales externos no mostraban ninguna anomalía; o, como dirían los de «Hazte oír», la señora tenía una vulva como Dios manda. Sin embargo, vaya por Dios, había algunos problemas con sus genitales internos. Su vagina medía sólo 4 centímetros de longitud y el útero estaba poco desarrollado. 
Hasta aquí me atrevo a suponer que los promotores de la guagua del sexo pensarían que, bueno, se trata de una mujer con problemillas fisiológicos (¿quién no los tiene?), pero mujer al fin y al cabo. Sin embargo, la cosa se complica a tenor de los hechos. Porque los médicos, en su empeño por comprender el caso de la atractiva y joven ama de casa A. S., llegaron a la conclusión de que la señora era, en realidad, un señor; sus cromosomas sexuales eran los de un varón, o sea, tenía los genes de un hombre. Su diagnóstico se justificaba en tres tipos de pruebas. En primer lugar, los análisis de las células que se extrajeron del interior de la boca de A. resultaron ser del tipo masculino XY. En segundo lugar, una pequeña incisión en el abdomen de la paciente puso a la vista un par de testículos internos, y ni rastro de ovarios. Y para remate, las pruebas hormonales mostraron que los niveles hormonales de la señora A. S, eran –sí, lo han acertado– los de un hombre.
¿Qué había hecho esa pobre mujer para sufrir esa anomalía de la naturaleza? ¿Qué clase de burla divina era la que la había convertido, al parecer de los «mamawawa», en un mostruo? El hecho era que el puro azar del juego de los genes le impuso el sufrimiento del síndrome de insensibilidad a los andrógenos. La causa, una mutación del gen receptor de andrógenos que hizo que sus receptores de andrógenos fueran defectuosos. Durante su desarrollo en el útero materno, los testículos de A. S. liberaron la cantidad normal de andrógenos para un macho de la especie humana, pero su organismo no pudo responder a ello y, por lo tanto, su desarrollo prosiguió como si no hubiera liberado andrógenos. Sus genitales externos, su cerebro y su conducta evolucionaron siguiendo directrices femeninas. Eso sí, sus testículos sí que segregaron, como todo varón genético, la sustancia inhibidora de Müller, por cuyo efecto su vagina era corta y su útero poco desarrollado. Complicado, pero así son las cosas en el mundo real.
En el manual de biopsicología del profesor John P. J. Pinel del que he tomado este caso hay más que presentan el mismo o superior grado de desasosegante ambigüedad, y que hacen saltar en mil pedazos el cuadro ideal de los niños niños con sus penes y las niñas niñas con sus vulvas, elevado al altar de las verdades sempiternas por los partidarios de la teoría «mamawawa». Ésta considera la feminidad y la masculinidad como categorías discretas, mutuamente excluyentes y complementarias. Consecuentemente con este punto de vista general se tiende a simplificar y distorsionar la realidad biológica para que lo justifique. Así, se da por cierto que las hembras de nuestra especie tienen hormonas sexuales femeninas que les confieren cuerpos femeninos y les hacen comportarse de manera femenina; correspondientemente, los machos tienen hormonas sexuales masculinas que conforman sus cuerpos de hombres y los determinan a actuar como tales. Es fácil asumir esta visión de las hormonas y el sexo dado que es sencilla y de cómodas implicaciones sociales. Pero falsa, como la ciencia demuestra. Lo que ésta ya estableció hace tiempo es que no existen dos programas genéticos de desarrollo sexual paralelos, uno específicamente masculino y otro específicamente femenino. El principio que rige para el desarrollo sexual de cada individuo desde el mismo momento de la concepción es que todos estamos genéticamente programados para desarrollar un cuerpo femenino. Los varones genéticos desarrollan cuerpos masculinos únicamente porque su programa básico femenino es anulado a causa del cromosoma Y.
Son varios los elementos biológicos, orgánicos y químicos que entran en un complejo juego de interacciones en el interesantísimo fenómeno de la sexualidad humana: desde las hormonas y el sistema endocrino, pasando por los órganos reproductores hasta el propio cerebro. A esto hay que añadir el enigmático hecho de que la atracción sexual, la identidad sexual y el tipo corporal a veces no guardan relación. Repárese en el caso de los transexuales contra los que no es descabellado sospechar que se conducía el dichoso autobús, que tienen la apariencia corporal de un sexo y la identidad sexual de otro. Si esto ya debe de ser molesto para los cruzados de «Hazte oír», tiene que sacarles de quicio el hecho cierto de que la cuestión de la orientación de la atracción sexual de los transexuales es independiente de las otras variables. Quiere decirse para que no haya lugar a confusión que algunos con cuerpo masculino se sienten atraídos por mujeres, a otros les atraen los hombres y otros no se sienten atraídos por ninguno, y esto no cambia con la reasignación de sexo. De ello se infiere que la masculinidad y la feminidad combinan cada una de ellas varios atributos diferentes, cada uno de los cuales puede desarrollarse independientemente. Una locura para quienes creen en el orden bíblico.
Para concluir este repaso al conocimiento científico sobre la cuestión que nos ocupa resaltemos el protagonismo que últimamente está adquiriendo el cerebro  –como en tantos otros aspectos de la realidad humana–. Hasta hace poco se asumía que la diferenciación sexual del cerebro humano ocurría a causa solamente de la acción de la testosterona. De un tiempo a esta parte, sin embargo, y según se van acumulando evidencias, se impone una idea diferente. Ahora sabemos que el cerebro masculino y el femenino se diferencian en una pluralidad de aspectos que evolucionan en momentos diferentes y en función de diversos mecanismos. Aceptando este principio evolutivo no hay dificultad ninguna en entender cómo un individuo puede ser en cierto sentido mujer y en otro hombre. Sospecho que es este principio el que en el fondo se les atraganta a los promotores del autobús del sexo canónico, el que nunca acaban de asimilar los de esta tradición irreductible desde que Charles Darwin publicó «El origen de las especies» hace ya más de siglo y medio.
Este conocimiento dejó hace tiempo de ser patrimonio exclusivo de la élite de los científicos para pertenecernos a todos como parte de la cultura que compartimos. Prueba de ello es que se halla al alcance de cualquiera sin necesidad de leer sesudos tratados como el que a mí me ha servido de fuente para elaborar la crítica a los fijistas del sexo, a través, por ejemplo, de documentales divulgativos que uno puede hallar en internet. Por eso es insostenible la postura de «Hazte oír» desde un punto de vista lógico; máxime cuando uno puede leer en su página web que entre los valores que inspiran su actividad se halla el de la «racionalidad», y cito:
Racionalidad [así, en negrita]. HO se diferencia por buscar la verdad por medio de la razón. No recurre a dogmas o a consignas ideológicas para comunicar las causas en las que actúa. Todo lo que HO propone debe descansar en el acervo de la racionalidad científica, jurídica y antropológica. Los grupos de interés con los que se relaciona deben percibir que HO es una organización que actúa razonablemente y que comunica razonadamente.
Mira por dónde, después de todo, sí estoy de acuerdo con una de las frases del mensaje de su autobús: que no te engañen.