27 de marzo de 2020

Cotidianidad y contingencia: reflexiones en tiempos de pandemia.

La vida buena no se encuentra en los sueños de progreso, sino en los momentos en que se afrontan contingencias trágicas. (John Gray: Perros de paja)
 Por José María Agüera Lorente

«Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no cumplidas». Es una frase de la santa, modelo y ejemplo de santidad, que fue Santa Teresa de Jesús, Teresa de Ahumada en vida secular. Se hizo eco de ella el escritor Truman Capote en su último libro, que tituló Answerd prayers (Plegarias atendidas), donde el exitoso escritor recogía la decepcionante experiencia que supuso para él el cumplimiento de su deseo de codearse con la jet-set internacional. Podría decirse que es la versión mística de la pagana maldición de Oscar Wilde. El hedonista escritor irlandés nos propone la misma idea en su obra de teatro titulada Un marido ideal estrenada en 1895. Él recurre a la tradición grecolatina para expresarla en los siguientes términos: «cuando los dioses nos quieren castigar atienden nuestras plegarias». Siempre que se trata de deseos se acaba tropezando con la moral, y limítrofe con ella se encuentra la divinidad. 
Cuántas veces he deseado una pausa, un «que se pare el mundo, que me quiero bajar», una epojé, poniéndonos más fenomenológicos. La palabra también se puede encontrar escrita como epoché o epokhé, todas transliteraciones del vocablo griego ἐποχή, que se suele traducir por «suspensión». La paternidad de su uso filosófico se le atribuye al escéptico Pirrón de Elis (ca. 360- ca. 270 a. C.). Este pensador consideraba que, dado que en verdad no podemos conocer nada, lo único que cabe hacer es suspender el juicio, pausarse antes de afirmar nada. Pero lo que en Pirrón era un imperativo epistémico en el filósofo alemán Edmund Husserl (1859-1938), fundador de la corriente filosófica conocida como fenomenología, se convierte en algo más: quedar en suspenso frente a la realidad, ponerla entre paréntesis (Einklammerung en terminología husserliana). Lo que conlleva una desconexión (Ausschaltung) de la cotidianeidad. Esta actitud es la que proporciona el estado de conciencia pura o trascendental, el que se requiere para filosofar. 
Este deseo acariciaba yo de tanto en tanto, secretamente, una suspensión de la cotidianeidad, una especie de prognosis del edén de la jubilación, un cese de la angustia de esos desafíos triviales como qué me pongo hoy para ir a trabajar, un descanso de los plazos que se me acaban y de las planificaciones exigidas, una Semana Santa sin procesiones... Y fui víctima de la maldición de Oscar Wilde, hice caso omiso de la advertencia de la santa de Ávila. Y heme aquí confinado entre cuatro paredes, con todo en suspenso, inmerso en una rara epojé, entregado por necesidad al filosofar.
Entre las cosas que me vienen a la mente, ideas de aquí y de allá, leídas o entrevistas en meditaciones distraídas, aparece ese ensayo de José Ortega y Gasset que tituló Ideas y creencias publicado en 1940. En él distingue el filósofo español entre «pensar en las cosas» y «contar con ellas». Las ideas las pensamos, podemos discutirlas y someterlas a crítica dado que somos conscientes de ellas de tenerlas, porque las ideas las tenemos; sin embargo, contamos con  las creencias, constituyen el suelo de nuestra vida, por lo que difícilmente pueden ser objeto de crítica pues no somos conscientes de ellas. Dice Ortega que ese es el sentido de la expresión «vivir en la creencia», ya que las creencias constituyen nuestro suelo vital o mejor dicho «nuestro subsuelo», que es lo que se nos dice en el ensayo mencionado.
Veo la relación con la «puesta entre paréntesis» fenomenológica. Sobre todo cuando Ortega, al final de su texto, acude a un ejemplo de lo más chocante, que produce ese rechazo tan típico que experimenta el lego en filosofía cuando se le enfrenta a experimentos mentales que van contra todo sentido común, que rompe con el marco de «realidad» que todo el mundo da por evidente, el cual poco tiene que ver con la genuina realidad. ¡Pero en eso precisamente consiste el juego de la filosofía! Que es el mismo que el de la realidad me atrevo a decir, pues ésta continuamente nos da pruebas de que no cabe en el estrecho recinto de nuestras creencias. 
El ejemplo nos propone que pensemos en una experiencia tan cotidiana como es salir a la calle. Quien decide abandonar su casa (qué oportuno pensamiento en esta situación de confinamiento domiciliario en la que nos encontramos) piensa (conscientemente) en los motivos y propósitos de su acción, pero -nos advierte Ortega- en ningún caso tropezará en su conciencia con la idea de que hay calle. Y, sin embargo, todo el que tiene intención de salir cuenta con ella. Es fundamental para explicar el comportamiento en cuestión esa creencia que ni se piensa. El contar con ella se tornaría objeto de pensamiento consciente sólo cuando se experimentase la «clarísima y violenta sorpresa» -dice el filósofo- «de que no había aquélla». Esa sorpresa es la que hace posible reflexionar con «conciencia clara y aparte» sobre los supuestos inconscientes que representan las cosas con las que contamos, pero en las que no pensamos. Por eso Ortega y Gasset critica la visión intelectualista del ser humano, la predominante en la tradición filosófica, que le da demasiada importancia a las ideas pensadas y escritas, despreciando el «estrato de las creencias más o menos inexpresas», de las cosas con las que se cuenta, imprescindible sin embargo para «esclarecer la vida desde su subsuelo».
Se dice aquí y allá que la pandemia nos ha pillado por sorpresa, esa sorpresa a la que alude Ortega en su ensayo. Si al menos esta sorpresa generase un estado de epojé colectiva, que elevase nuestro nivel de conciencia. Entonces, además de violenta, que lo es en tanto que ha roto las costuras de nuestra cotidianeidad, la sorpresa también cumpliría con el calificativo de clarísima. 
Leía yo con mis alumnos en los días de la declaración de pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud un artículo de finales del siglo pasado del filósofo Xavier Rubert de Ventós. Lleva por título El azar y la moralidad. En él su autor esboza un cuadro bastante certero a mi parecer de la sempiterna lucha que la especie humana ha librado desde sus inicios contra el imperio del azar, es decir, del destino o los dioses en terminología clásica; fata, los hados, que decían los estoicos, de acuerdo con su propuesta de ataraxia, que a los conformes guían y a los que se resisten, arrastran. 
Fue siempre deseo de homo sapiens reducir el territorio de dominio del azar para hacerse cargo él de su administración. Imponer el sentido en el piélago insondable de la entropía es la inveterada brega existencial de nuestra especie. Tragedia, drama, comedia, depende de la ilusión del juicio. En un tiempo fueron los dioses o Dios los que calmaron la ansiedad ante la incertidumbre de la desgracia, de la enfermedad, de la muerte. Nadie como el genial filósofo Baruch Spinoza (o Benedictus de Espinosa) supo plasmar esa pulsión tan humana. Lo hizo en uno de los epílogos de su inmortal Ética demostrada según el orden geométrico (1677). Aquí pondera el pensador holandés lo que tranquiliza al ser humano conocer el fin que persiguen las cosas que en la naturaleza ocurren; lo que valora, pues, la identificación de las causas finales y cómo, en consecuencia, «ello hace concluye Spinoza que consideren todas las cosas de la naturaleza como si fuesen medios para conseguir lo que les es útil». De aquí a la creencia en una providencia de orden divino que dispone todo para servicio del ser humano hay sólo un paso. 
Esta cosmovisión que el pensador racionalista tacha de superstición fue esbozada en términos filosóficos por  el griego Anaxágoras, quien hace dos mil quinientos años vino a definir el cosmos como un sistema orientado a fines (telos) según el diseño de una inteligencia (nous). Esta es la cocepción teleológica a la que se opone el mecanicismo de Demócrito, posiblemente discípulo de aquél, que reconoce el papel del azar en una naturaleza esencialmente  constituida por materia.
Con la Ilustración y, sobre todo, con el triunfo del paradigma evolucionista se reconoce el imperio del azar y la necesidad en la naturaleza. Demócrito le gana la partida histórica a Anaxágoras. El establecimiento de los fines es potestad de nuestra especie, que a través del conocimiento podrá dar con los más apropiados medios para su consecución. El éxito de esta nueva cosmovisión a comienzos del siglo XXI lo glosa con elocuencia Yuval-Noah Harari en sus libros. En uno de ellos, Homo Deus: breve historia del mañana, publicado hace cinco años, el pensador israelí da testimonio del recorrido histórico de esa moderna cosmovisión que le ha permitido arrebatarle el cetro del destino del planeta al conjunto de las causas naturales para introducir el plan del progreso de nuestra especie en el devenir azaroso de la materia inconsciente. (No otra cosa significa la noción de antropoceno). Ello ha culminado en la derrota de los tres grandes factores aniquiladores de la humanidad, a saber: la hambruna, la peste y la guerra. 
Fue un coetáneo de Spinoza, el francés Blaise Pascal, quien estableció nuestra superioridad cósmica al comparar al hombre con una caña, quizá la más frágil de la naturaleza, pero superior «en tanto que él sabe que muere y la ventaja que el universo tiene sobre él. El universo no sabe nada». Seguramente en estas palabras se condensa la idea del humanismo que forma parte del núcleo de lo que se entiende por Modernidad junto con las ideas de progreso y civilización. Hasta tal punto estas ideas no son meros constructos intelectuales sino «cosas con las que contamos» en el sentido acuñado por Ortega que ya a finales del siglo pasado en la cresta de la ola de la posmodernidad que no es sino la sombra de la modernidad el intelectual profeta Francis Fukuyama decretó el final de la historia. 
Pero hace unos días como en el ejemplo de Ideas y creencias quisimos salir a la calle y no había calle. De repente, todo se nos puso entre paréntesis. Nuestra cotidianeidad saltó en mil pedazos y el mundo real irrumpió en nuestras vidas arrollando el conjunto de cosas con las que contamos. En nuestro ecosistema antropogénico de certidumbres ha brotado un venero de contingencia, trágica contingencia, que amenaza con anegarlo. La peste ha vuelto, la pandemia que nos mantiene enclaustrados pone entre paréntesis todas las certezas, lo queramos pensar o no.  
No hay quien pare a la evolución, cuyo motor es el azar. El azar sigue al mando en forma de virus proveniente no se sabe de dónde. La naturaleza que no piensa le vuelve a echar un pulso al primate que cree saber. Fue Thomas Schelling, economista ganador del premio Nobel fallecido hace cuatro años, quien en alguno de sus escritos llama la atención sobre la tendencia humana a considerar que «lo poco conocido» es «improbable». La contingencia que no nos hayamos planteado seriamente nos parecerá extraña, tan improbable que consideramos que no merece la pena planteársela seriamente de tal forma que se la pueda tener en cuenta a la hora de planificar. A nuestro mundo de representaciones, ese en el que las naciones son más reales que la humanidad y el dinero más que la vida, le pasa lo que al rey desnudo del cuento, y ahora nos abruman los dilemas en medio de una encrucijada de incertidumbres: ¿democracia liberal o autoritarismo? ¿Cuidado o economía? ¿Solidaridad o miedo? ¿Salvación o catarsis? ¿Verdad o ilusión? ¿Materia o representación?
Hay que reconocer que nos hallamos ante un prodigioso experimento, ante una de esas pruebas por las que la humanidad ha de pasar de tanto en tanto, todo un reto que nos plantea la naturaleza, un examen a nuestra sabiduría. La que se echa en falta cuando uno oye a ciertos dirigentes políticos, haciendo de capitán A posteriori, ese personaje de la serie de dibujos animados llamada South Park, que es una caricatura de superhéroe cuyo poder consiste en advertir de los errores que se cometieron y que permitieron que ocurriese un desastre. A toro pasado siempre es fácil hacer una buena faena.  Criticaba uno de esos políticos, defensor precisamente del arte de la lidia, que el gobierno no hubiera decretado mucho antes el estado de alarma, que tenía que haberse adelantado a los acontecimientos para prevenir esta catástrofe. Qué fácil resulta identificar las señales que la realidad nos mandaba después de que han sucedido los hechos. Críticas en palmaria incongruencia con la postura de su partido respecto de la emergencia climática, a este respecto adscrito al negacionismo. Y si ganar en sabiduría exige antes que nada aprender diríase que estamos ante una lección de plausible aplicación a la crisis medioambiental. Esta aciaga coyuntura podría repetirse verosímilmente provocada por una alarma debida a -pongamos por caso- la mala calidad del aire, que lo convierte en irrespirable, o a unas temperaturas por encima del nivel tolerable para un organismo de nuestra especie, o a la carencia de agua potable. ¿Seguiremos disfrutando de las mieles de la inconsciencia dado que todo ello aún se percibe lejano o ni se percibe? ¿Hay sabiduría si no se gana en nivel de conciencia? ¿Lo hay si no valoramos las cosas por lo que son y nos empeñamos en seguir haciéndolo por lo que pueden llegar a ser algún día? ¿Tendrá que infligirnos la realidad un castigo aún más severo?
En la serie de televisión de culto de los años noventa, Doctor en Alaska (Northern Exposure en el original inglés), en uno de los episodios un personaje se dedica a robar objetos triviales a los vecinos del pueblo en el que vive. Cuando es descubierto y se le pide explicaciones de los motivos de su conducta dice: «Por lo salvaje, por lo salvaje; se nos está agotando, incluso aquí en Alaska. La gente necesita que se le recuerde que el mundo es inseguro e impredecible, y que por menos de nada pueden llegar a perderlo todo tal que así». 
Acaso este amargo trago que nos toca tomar ponga en evidencia lo ajado de nuestras ideas. El devenir histórico lleva décadas transcurriendo a lomos de una tecnología que ha imprimido a la economía un poder de conformación de la vida humana en ausencia de un paradigma verdadero y no meramente ideológico, libre prácticamente de crítica política. Puede que este sea el momento en el que la realidad nos devuelva la conciencia de lo que las cosas valen y comience la rebelión contra la dictadura del hipercapitalismo, el cual requiere de una cultura del narcisismo patológico para retroalimentarse y así perpetuarse.
Escudados en nuestra confortable cotidianeidad, donde todo es transparente sujeto como está a una lógica humana que le da la espalda al mundo real es decir, al material o natural, nos manteníamos ilusoriamente a salvo de las contingencias. manifestaciones que son elemento esencial de la realidad que a fuer de engreimiento antropológico hemos desahuciado de nuestro modo de vida. De éste forma parte esencial por el contrario la planificación, que se basa en contar con que las cosas van a seguir como hasta ahora y que seguiremos vivos para programar viajes y comprar billetes de avión o adquirir entradas para espectáculos o programar eventos o hacer precisas previsiones económicas según las cuales fijar presupuestos. Todo ello con meses  y años de antelación.
El imperio del azar, pródigo en contingencias sin número, ése al que nunca reduciremos del todo por muy poderosa que llegue a ser nuestra tecnología, nos ha puesto en nuestro sitio. Nos ha mandado al rincón de pensar sirviéndose de un insignificante virus que no piensa. Y nos ha colocado ante la evidencia de nuestra mortalidad.
Nuestra individualidad, que es lo primero que se nos impone nada más nacer mediante el nombre, ante la fuerza imponente de la naturaleza, se ha de rendir y reconocer lo que somos al final, animales, frágiles sistemas biofísicos que se enfrentan a la ineludible contingencia radical con el necesario cuidado de los otros. 

6 de marzo de 2020

Los precios del campo y el concepto de valor en economía

Pero, a partir de la Revolución Industrial, hemos entrado en un extraño mundo nuevo en el que los adornos rococó de la teoría económica poco o nada sirven para entender las acuciantes preguntas que una persona normal formula a la economía: ¿por qué algunos son ricos y otros pobres? (Gregory Clark: Adiós a la sopa de pan, hola al sushi, p. 403-404)

Por José María Agüera Lorente

El campo se moviliza dicen los medios. Hace unos días conduje a mis alumnos de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos a la puerta principal de nuestro instituto para que vieran desfilar la procesión de tractores que transcurría por el centro de Granada, ciudad que vio grandemente afectada su circulación cotidiana de vehículos, ya de por sí problemática en ciertos momentos de la jornada y en ciertos puntos de su entorno urbano y metropolitano. Así pudieron contemplar en vivo y en directo el real ejercicio de un derecho ciudadano, el de manifestación, que permite a quienes no estamos instalados en los contados puestos que constituyen los centros de decisión política y/o económica es decir, a la mayoría de la ciudadanía expresar públicamente nuestros descontentos y reivindicaciones.
Los agricultores no pueden más. Eso nos dicen quienes crían todo eso que hallamos en las tiendas, cuando no en las grandes superficies, tan asépticamente expuesto, procurando el gusto estético, mucho envuelto en profusión de envases y plásticos, lo que da apariencia de artificio a lo que ha sido parido por las entrañas de la tierra. Niños crecen en las urbes ya sin apenas contacto con la tierra, en un mundo que se halla en las antípodas del que describe Miguel Delibes en su deliciosa novela El camino. En ella cuenta la historia del niño Daniel, «el mochuelo», al que su padre ha decidido enviar a la ciudad para que progrese. A través de las vivencias que el joven evoca la víspera de su partida y su anticipación traumática de la experiencia del desarraigo en aras del progreso, el escritor nos muestra lo que es la vida sentida a través del apego a un lugar, de la pertenencia a un suelo. 
Una de las nociones criticables adheridas al concepto de progreso intrínseco al paradigma histórico de la modernidad es ese juicio (mayormente inconsciente) que tacha de reaccionario el deseo de permanecer en un sitio, cuidando de él. La modernidad, acríticamente entendida, queda así asociada en el imaginario colectivo con la movilidad, la rapidez, el artificio sofisticado que escapa a las servidumbres naturales de la realidad material. La modernidad, entonces, crea su propio universo en el que no hay polvo ni la temperatura se revela en contra de nuestro confort ni el olor de los cuerpos ofende nuestro sentido del olfato. Es el espacio del aeropuerto, donde se refuerza la ilusión de que podemos librarnos de la gravidez de nuestros cuerpos y que, en consecuencia, carecen de compromiso alguno con el lugar. ¿Hay imagen más certera de modernidad y progreso, de sofisticación, que esos espacios que reniegan del vínculo con el suelo?
Correlación económica de ese no-lugar (utopía) es el mercado, que no es ese sitio de antaño donde acontece el intercambio de cuerpos, ya sean los productos o los productores, y donde se comunican comerciantes y consumidores. En la actualidad, el mercado o «los mercados» son más bien entes metafísicos a los que se puede adjudicar voluntad, intenciones y hasta emociones, porque «los mercados» acusan los miedos, se resienten ante las amenazas, y mediante sus reacciones condicionan las decisiones políticas y pueden confrontar con lo que las democracias mandan, pero siempre sin dejar de responder a la lógica propia del modelo matemático que los representa. Así, sin darnos cuenta, hemos normalizado el error categorial y hemos sustituido la realidad radical (es decir, material) y su experiencia humana (es decir, la vida) por un juego de signos.
Es quizá, junto con la financiarización de la economía, la expresión más conspicua de lo que el filósofo Santiago Alba Rico denomina en su libro Ser o no ser (un cuerpo)«la desmaterialización del mundo antropológico» (p. 249) a la que contribuye de manera decisiva una tecnología que confiere mayor peso fenomenológico a la representación ideal de las pantallas que a la sucia realidad de lo que es material y sucede. La economía enteramente reducida a finanzas es decir, a número, a fetichismo de la monedaes esencialmente abstracción y, por tanto, es congruente su completa desconexión de la materia. Ésta es finita y sujeta a la entropía; el número, no, por lo que es concebible en el universo financiero que el PIB pueda crecer sin límite. Como en los aeropuertos, en lo que al crecimiento economico se refiere, aspiramos a que el límite sea el cielo.
El correlato epistemológico de esa negación ontológica de la materia está inserto en los límites de nuestra psique, en uno de los sesgos cognitivos contra los que se tropieza el cabal ejercicio de la racionalidad. Se trata de la ilusión de la profundidad explicativa. A diario damos por supuesto que sabemos exactamente lo que queremos decir cuando usamos palabras como «justicia», «vida», «dignidad», «libertad»; pero cuando se nos pide que las expliquemos nos hacemos conscientes de que en verdad la idea que significan se nos oculta en un imprecisa bruma de supuestos inciertos. Con esto contaba Sócrates hace siglos cuando filosofaba, y de esto era él bien consciente, por lo que hizo de «sólo sé que no sé nada» su primordial punto de partida dialéctico.
Emulemos nosotros al maestro ateniense y reflexionemos modestamente sobre uno de esos conceptos cuyo significado todos damos por sabido. Es el que, a mi parecer, merece atención cuando tratamos de comprender radicalmente la coyuntura tan difícil que motiva las protestas de los agricultores que estos días manifiestan su desesperación. Me refiero al concepto de valor. (Sí, es verdad que aludía a él en un anterior artículo mío que titulé Economía y vida: paradigma del cuidado frente a extractivismo. Las reflexiones que aquí desarrollo forman parte de un cuadro crítico del actual modelo económico, en el que destacan como ya se ha insinuado el libre mercado sobre todo, libre de la naturaleza y de la política y la convalidación financiera de todo lo que en él circula.)
El conflicto que la rebelión de los agricultores revela es el resultado de esa desconexión entre la economía (financiarizada) y el mundo material, entre la esfera (cabría decir platónica en tanto que meramente inteligible, es decir, no objeto de ponderación sensible) de los precios de mercado (ente metafísico) y el suelo material y tangible que produce lo concreto de lo que nuestros cuerpos se nutren, lo que le otorga valor (juicio moral).
Hay que saber que, como tantos otros conceptos económicos que parecen haber sido esculpidos en piedra desde el principio de los tiempos para quedar plasmados para siempre en el libro sagrado de la economía ortodoxa, la noción de valor está sujeta a una teoría que ha experimentado cambios a lo largo de la historia definiendo distintos modelos económicos. Esto lo expone con discurso clarividente la economista Mariana Mazzucato en su reciente libro titulado El valor de las cosas, y que lleva por subtítulo en la edición en castellano «Quién produce y quién gana en la economía global». A este respecto, en el caso de las cuitas de los agricultores que nos han servido de inspiración para estas reflexiones, parece evidente quién produce y quién gana. 
El valor se define como la creación de nuevos bienes y servicios. Cuestiones clave en la definición del valor económico son su producción, cómo se comparten (su distribución) y qué se hace con las ganancias que generan (su reinversión). Según la profesora Mazzucato, está en el origen del estudio de la realidad económica la controversia acerca de lo que es el valor. En un principio la cuestión se dirimía dentro de parámetros objetivos, tales como el trabajo necesario para producir los bienes, su tasación de acuerdo con la oferta y la demanda, las relaciones entre el capital y la mano de obra. Con el tiempo tomaron protagonismo la escasez y las preferencias de los actores económicos, con lo que la noción de valor se tornó algo subjetivo. 
Esa mutación fue síntoma de la purga que la ciencia económica quiso hacer de sus precedentes genealógicos filosóficos y políticos en el cambio del siglo XIX al XX, emulando al mismo tiempo a la física en la adopción de un lenguaje cada vez más matematizado. Si antaño al estudiante de economía se le hacía consciente a lo largo de su formación académica de lo controvertido del concepto en cuestión, de la diversidad de tesis al respecto asociadas a las diversas escuelas de pensamiento económico, hoy sólo se le enseña que el valor viene determinado por las dinámicas de precios sujetas a la escasez y a las preferencias. Y lo que es una de entre otras teorías del valor pasa por ser la única definición de valor por ser considerada la científica y, por ende, canónica. De acuerdo con la concepción actualmente dominante, no es el valor el que determina el precio, sino el precio el que determina el valor, y los precios se fijan por la oferta y la demanda.
Nadie sensato puede negar el valor esencial de los productos agrícolas para la vida humana; nadie tampoco puede no reconocer el esfuerzo, dedicación y desvelos que implica la labor agrícola. Sin embargo, como sociedad rica que somos en términos generales, estamos sujetos a la ley de Engel. Esta ley es resultado de la observación empírica llevada a cabo por primera vez por el estadístico alemán Ernst Engel (1821-1896). Cabe enunciarla tal que así: dado un conjunto de gustos y preferencias, si aumentan los ingresos del consumidor, la proporción del ingreso gastado en alimentos disminuye, aun cuando es probable que el gasto real en alimentación aumente en términos absolutos; o sea, que los consumidores, proporcionalmente, incrementan menos su gasto en alimentación de lo que suben sus ingresos. Una consecuencia de esta ley es la pérdida de importancia de la agricultura a medida que un país se enriquece, cuando la demanda de los productos alimenticios no crece al mismo ritmo que la renta nacional. Lógico, asumido que el valor viene establecido por el precio y éste por la oferta y la demanda, lo cual está en función de las subjetivas preferencias. Inferencia que se refuerza desde el punto de vista psicológico al ponderarse el valor en términos de percepción de la importancia de las cosas. Lo que rara vez se hace de forma reflexiva y crítica, sino según hábitos mentales en gran medida conformados por las circunstancias que determinan nuestro estilo de vida.
A juicio de la profesora Mazzucato, «si no se cuestiona la idea de que el valor depende de una percepción subjetiva, algunas actividades serán consideradas creadoras de valor y otras no, solo porque alguien por lo general, con un interés personal lo asevera, quizá de manera más elocuente que los demás» (p. 40). Así entramos en el dominio de la ideología mediante la cual se justifica que actividades menos productivas es decir, menos generadoras de valor o claramente improductivas puedan generar más ingresos que las que, como la agrícola, son evidentemente productivas. Y no digamos si se trata de actividades extractoras de valor, como es el caso de muchas de las financieras asociadas con la gestión de deuda, constituyendo un verdadero parásito que se alimenta de la riqueza generada por la actividad económica que sí que es verdaderamente productiva (léase mi artículo De (in)justicia, bancos e hipotecas).
Todo queda justificado por la generación de ingresos, lo que conforma un razonamiento circular, al cual la profesora Mazzucato califica de «bucle cerrado»: «Los ingresos se justifican por la producción de algo que tiene valor. ¿Pero cómo medimos el valor? En cuanto que genera ingresos. Puedes generarlos porque eres productivo y eres productivo porque generas ingresos. De modo que, con un toque de varita mágica, el concepto de "ingresos no ganados" desaparece. Si tener ingresos significa que somos productivos, y nos merecemos ingresos siempre que lo seamos, ¿cómo puede considerarse que los ingresos no son ganados?» (p. 41).
«Es el mercado, amigo» dijo un personaje patéticamente ilustre. El mercado pone el precio y, según la lógica expuesta, sentencia cuán valioso es lo que produces, aunque eso implique que acabe valiendo menos que aquello requerido para producirlo, que es precisamante lo que padecen los agricultores según no se cansan de repetir en las protestas que vienen protagonizando. 
En su conciso pero no por ello menos provechoso libro titulado Economía y pseudociencia, que se presenta en la misma portada como «una crítica a las falacias económicas imperantes», el economista José Luis Ferreira llama la atención sobre lo que él denomina «los sesgos económicos más extendidos», prejuicios que dificultan el juicio objetivo de los diversos elementos que conforman el sistema económico. El primero que presenta es el sesgo antimercado, el error más común según él consistente en infraestimar las virtudes del mercado. Ahora bien, tales virtudes sólo pueden florecer si se garantiza la competencia, lo que nos advierte José Luis Ferreira le toca hacer a la política económica. Ello implica que los agentes que operan en los mercados han de hacerlo siempre sujetos a la ley. Se trata, en definitiva, de disminuir el riesgo de manipulación del mercado, que puede llevar a provocar una depreciación de lo que tiene un valor real (material y vital) que ya no es reconocido por aquél.
No debe olvidarse tampoco que toda intervención política a través de la ley se esté dispuesto a reconocerlo o no se hace desde la asunción de un cierto sistema de valores, ya no económicos sino éticos. Desde los años ochenta del siglo pasado y a la luz de los datos disponibles (de estos tenemos una soberbia recopilación en el libro El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty) el que ahora se tiene como paradigma económico ortodoxo ha demostrado suficientemente su eficiencia en promover que aquellos que ya son suficientemente ricos, a través de su control del capital y de la tierra, incrementen aún más su riqueza, mientras que no ha sido así en lo que a distribución de riqueza se refiere (léase mi artículo Desigualdad y el mito de la meritocracia).
Como todo paradigma, económico o no, sus teorías y leyes, aunque se formulen matemáticamente, se sustentan sobre supuestos que se asumen como verdaderos, a pesar de ser discutibles por su raíz ideológica. Es el caso de este concepto de valor que nos ha ocupado a lo largo de estas reflexiones y que creo está en lo profundo del problema de los agricultores. 
Al francés François Quesnay (1694-1774) hay bastantes que le tienen por el padre de la economía. De formación médica comprendía la economía como un sistema metabólico: la riqueza debía proceder de alguna parte e ir a alguna parte. Esta idea la desarrolló en su obra seminal titulada Tableau économique de 1758. En ella dejaba claro que la tierra representaba la fuente de todo valor, pues al final todo lo que nutría a los humanos procedía de la tierra. ¿Qué había más valioso que eso?
Según este planteamiento, sólo hay una clase generadora de valor, o sea, productiva; a saber, la conformada por los granjeros y todos los ocupados en las labores de la tierra y el agua. Todas las demás actividades, industriales y comerciales, no añaden valor, sino que mantienen en circulación el producido en el seno del sector primario. O son clase distributiva o meramente estéril  en el caso de los terratenientes, nobles y clérigos.
Qué favorable concepto de valor económico para la causa de nuestros agricultores, pero qué lejano del actualmente en vigor como ya ha quedado dicho. Hoy por hoy no es la cultura productiva para la vida sino la monetaria, que ha tiempo fundó su propio reino de abstracción matemática independiente de la materia, la que rige nuestro destino.

BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA:

ALBA RICO, SANTIAGO: Ser o no ser (un cuerpo). Seix Barral. Barcelona, 2017
FERREIRA, JOSÉ LUIS: Economía y pseudociencia. Díaz & Pons editores. Madrid, 2015

CLARK, GREGORY: De la sopa de pan al sushi. Universidad de Valencia. Valencia, 2014
MAZZUCATO, MARIANA: El valor de las cosas. Taurus. Madrid, 2018

11 de febrero de 2020

Verdad y educación (o de la virtud del profesor)

No hay educación si no hay verdad que transmitir, si todo es más o menos verdad, si cada cual tiene su verdad igualmente respetable y no se puede decidir racionalmente entre tanta diversidad. (Fernando Savater: El valor de educar)
Por José María Agüera Lorente

Hace años que le leí a mi admirado Bertrand Russell la idea de que el único compromiso que le debe el profesor a sus alumnos es con la verdad. Lo escribió hace un siglo más o menos en su ensayo Las funciones de un maestro perteneciente a la colección titulada Ensayos impopulares. Basándome en mi experiencia profesional de décadas (no revelaré cuántas para no sobrecogerme), tengo para mí que tal compromiso no es difícil de cumplir cuando se trata de la enseñanza de las matemáticas, la física... Es decir, aquellas materias cuyo objeto de estudio quedan lejos del ámbito valorativo humano. Si ya hablamos de historia, filosofía, y no digamos si se trata de esa asignatura comodín (al menos aquí en Andalucía) que lo mismo vale para un roto que para un descosido y que se conoce por el largo nombre de «Educación para la ciudadanía y los derechos humanos», el solemne compromiso de tanto valor para Russell se torna cuando menos de arduo cumplimiento. No porque lo menosprecie el docente, sino porque lo que se trata de conocer, es decir, aquello respecto de lo cual se trata de decir verdad es contemplado con mirada contaminada de intereses, expectativas, creencias y valoraciones que enturbian el sentido de objetividad de quienes abordan su estudio. Como le oí decir no hace mucho a una compañera profesora de matemáticas a quien le tocó encargarse de la susodicha asignatura comodín (por eso la asignatura tiene en realidad el valor que tiene: a cualquiera puede asignársele impartirla para completar su horario lectivo), «en matemáticas soy dogmática, en ciudadanía, no». Claro, ¿cómo serlo si en el territorio de lo social, ético y político campan las opiniones de toda laya que han de ser respetadas todas sin excepción de acuerdo con el sacrosanto principio de las democracias posmodernas según el cual todas las opiniones son respetables? 
Este corrosivo dogma ya fue criticado de modo irrefutable por Fernando Savater antes de que acabase el siglo pasado en un artículo que tituló precisamente Opiniones respetables. En él distinguía dos usos del opinar. El correcto, según el cual la expresión «yo opino que...» es una fórmula que implica que quien la usa está asumiendo que lo que sostiene es una tesis tentativa, provisional, pues no está totalmente seguro de su solidez ni mucho menos que tenga la robustez epistémica que exige el reconocimiento de que se dice verdad, por lo que el opinante deja una puerta abierta a modificar su opinión ante las evidencias en su contra que se le presenten. El uso «espurio de la opinión», en expresión de Savater, no avala la opinión dada mediante argumentos, sino mediante la dignidad de la propia persona, de modo que cualquier discusión de aquélla se toma por una afrenta personal. Así, el derecho a opinar conlleva la obligación de respetar lo que se diga, por disparatado que sea y contrario a toda evidencia y sentido lógico, so pena de que se pueda acusar al crítico de faltar al respeto del opinante.
El uso genuino de la opinión nunca le pierde la cara por así decir a la verdad. Anida en la mente del opinante la duda, porque sabe que la verdad de lo que dice requiere un trabajo de la razón que él no ha podido completar, y al que pueden contribuir  las opiniones de otros, sean o no favorables a la propia. Aquí el ego no es obstáculo para el reconocimiento de la verdad, aunque suponga la admisión de haber incurrido en error. El seguimiento del ideal normativo de la razón vence las espontáneas inclinaciones psíquicas que sesgan malamente nuestras naturales capacidades cognitivas.
Entre esos sesgos perniciosos destaca la cognición protectora de la identidad, como lo denomina el psicólogo canadiense Steven Pinker en su libro En defensa de la Ilustración, un vicio natural que nos inclina a asumir como verdaderas las tesis que más favorecen las posturas tribales  y la propia situación del individuo que se siente adscrito a  ellas.
Yo veo en la apasionada polémica de estos días en torno al así llamado «pin parental» una oportunidad para volver a reflexionar sobre la relación de la institución educativa con la verdad, las opiniones y creencias, la ideología y la política. Las escuelas y los institutos son lugares en los que todos esos elementos con los que el ser humano conforma su mundo –es decir, otorga sentido al entorno en el que su vida se desenvuelve– se encuentran obligatoriamente, porque se constituyen, de principio, en espacios en los que la cultura es materia prima y objeto del que se toma consciencia. Dicho de otra manera: la mirada que se adopta por todos los que en ella interactúan es una mirada específica de toma de consciencia colectiva de lo que es el mundo en el que vivimos. Esa es mi vivencia personal de la escuela y del instituto, sobre todo de éste último; la vivencia del conocimiento, en definitiva. Vivencia a la que otorgaba sentido la aprehensión de la verdad, tesoro precioso para una mente joven a la que se le daba la oportunidad de reconocer su ignorancia y detectar sus prejuicios como punto de partida para empezar a aprender.
No cabe renunciar al compromiso con la verdad. Él mismo es un mandato de la propia ética ciudadana tal y como la encarnó hace siglos Sócrates. Lo que, por cierto, no implica dogmatismo alguno, pues ésta es una actitud relativa a las creencias y no al conocimiento, que intrínsecamente es un ejercicio de crítica y escepticismo. Ese espíritu socrático es el que debiera inspirar la acción de todos los docentes cuando traten con sus alumnos aquello que los currículos educativos –no elegidos por el profesorado por cierto, sino resultado siempre de imposiciones políticas– establecen en el ámbito de aquellas materias susceptibles de ser causa de trifulcas ideológicas, donde hallan su asiento los asuntos para los que los que abogan por el «pin parental» exigen su derecho a objetar .
Creo que es valor irrenunciable de la ética docente la militante oposición del que enseña a toda ideología. Ésta necesariamente conlleva la imposición de un rígido corsé al pensamiento. No entiendo que pueda caber el libre pensamiento donde impera la ideología. Todo es susceptible de convertirse en ideología; incluso la ciencia, como demuestra el mencionado Pinker en el libro citado cuando refiere ciertas investigaciones en las que se evidencia cómo es posible asumir como verdaderas afirmaciones científicas sin comprender las razones que las demuestran. Ocurre con la teoría de la evolución, exponente donde los haya de la cosmovisión científica, a la que el estudiante puede dar crédito simplemente porque la avala la ciencia, pero sin entenderla conceptualmente. Por eso el propio Pinker, al final casi del capítulo que titula Razón del referido libro, destaca que lo primero con lo que se ha de comprometer la institución educativa es con la práctica de la razón crítica, la cual considera prerrequisito ineludible para pensar sobre cualquier cosa.
¿Se puede pensar sobre cualquier cosa en la escuela? ¿Y de qué manera se ha de hacer? Esta es una de las cuestiones básicas que subyace a la tarea que se lleva a cabo en las aulas y que se torna polémica cuando, en un contexto epistémico muy contagiado de los planteamientos posmodernos y socialmente muy complejo a causa de la multiculturalidad de nuestra sociedad, se decide el modelo de educación para los jóvenes ciudadanos de la moderna democracia liberal, que es el marco político en el que se desenvuelve nuestra convivencia.
Por lo que a mí respecta, confieso mi incomodidad cuando, a partir de la década de los noventa del siglo pasado y con ocasión de la entrada en vigor de la LOGSE (Ley Orgánica General del Sistema Educativo), se nos empezó a decir en los claustros  de los institutos que no debíamos considerarnos profesores de una determinada materia, sino educadores, que nuestro trabajo no se reducía a la mera impartición de conocimiento, sino que debíamos promover determinadas actitudes y «educar en valores». Esta reorientación del paradigma educativo se sustentaba en una serie de ideas pedagógicas de evidente inspiración posmoderna desarrollada por teóricos de la educación de los departamentos universitarios. De uno de ellos, perteneciente a la Universidad de Málaga, tuve oportunidad de escuchar en carne mortal en unas jornadas organizadas por la fundación CIVES (de fomento de la educación cívica) que el carnicero del barrio podía ser mejor educador que un profesor. Recuerdo que, perplejo, cuando al concluir su exposición se abrió un turno de preguntas, le confesé la estupefacción que me había causado su discurso pues con él atacaba lo que yo tenía por fundamento de mi autoridad en el aula, a saber, el conocimiento que yo tan esforzadamente había atesorado a lo largo de mis muchos años de estudio, y que claramente, al menos en mi materia presente en los programas de enseñanza, me colocaba por encima del carnicero del barrio –por otro lado, figura muy respetable y hasta imprescindible si se quiere– a la hora de ejercer el oficio de profesor. El conocimiento, es decir, el trabajo de la verdad, la labor modesta y disciplinada que busca el desvelamiento del ser, en expresión del ancestral Parménides de Elea, es un quehacer que por sí mismo civiliza al que lo practica. Es sobre las universales verdades de la razón que para mí tiene sentido desarrollar el trabajo educativo. Y no quiere decir que estén dadas y acabadas, pero el supuesto de que algunas se hallan ya bastante bien perfiladas y a partir de ellas y porfiando en el estudio y el pensamiento crítico, cabe atisbar otras y al mismo tiempo aligerarse de prejuicios y falsas creencias, me parece irrenunciable para salvaguardar la dignidad de la tarea de enseñar.
En cuanto el conocimiento y la verdad pasan a un segundo plano frente a otras funciones políticamente adjudicadas a la institución educativa, se abren las puertas de los centros académicos a los contagios ideológicos de todo pelaje y el profesor queda al pairo de las opiniones de políticos, familias y confesiones religiosas sobre lo que debe y no debe ser su labor; y, por supuesto, todas son muy respetables como dicta el dogma posmoderno objeto del artículo de Savater antes recordado. Precisamente este mismo filósofo, en otro de sus innumerables artículos titulado La laicidad explicada a los niños, recordaba su estupefacción ante el ex secretario de la ONU Butros Gali cuando éste le subrayó la importancia de la astrología en el Egipto actual, lo que los europeos no valoramos como se merece. Savater le replicó que cómo valorarla dada su falsedad al margen de relativismos culturales, lo que el señor Gali se apresuró a tachar de prejuicio eurocéntrico.
Probablemente no sea casualidad, sino síntoma de un cierto hartazgo gremial, la aparición en corto plazo de tiempo de dos libros que reicuerdan la dignidad del oficio de profesor (de profesor, no de educador, porque en tanto que profesor no tiene por qué interferir en su labor ningún educador o agente socializador; que seguramente aquí radique otra de las causas que alimentan la polémica del dichoso «pin parental», que se entiende que se solapan las labores igualmente educativas del docente y el progenitor,,, Y el cura). De 2018 es El culto pedagógico: crítica del populismo educativo del profesor de filosofía José Sánchez Tortosa autor hace algunos años de El profesor en la trinchera. En su nuevo libro Sánchez Tortosa denuncia –como yo hago aquí– la ideologización en España de la enseñanza desde los años noventa del siglo pasado. Según él, mediante las sucesivas innovaciones legislativas sustentadas en discutibles principios pedagógicos, se ha ido empobreciendo el contenido científico, académico, técnico e intelectual de la educación. El profesor ahora tiene que entretener y contener a los niños y adolescentes en ausencia de sus progenitores y tutores legales (en muchos casos dimisionarios de su responsabilidad) ante los cuales –añado yo– el docente siempre ha de responder, objeto como es muy a menudo de sus suspicacias.
Por su parte, el filósofo de la educación de la Universidad de Barcelona Jorge Larrosa es el autor de Esperando no se sabe qué. Sobre el oficio de profesor, libro publicado a finales del años pasado. En el texto de su presentación encontramos estas palabras: «Un homenaje a los profesores y a las profesoras que, contra viento y marea, continúan haciendo bien su trabajo y levantando diques en escuelas, institutos y universidades públicas para que el mundo no se deshaga y el suelo en el que crecen los niños y los jóvenes no sea del todo hostil. Esperando no se sabe qué es un libro que ama, dignifica y defiende el noble y milenario oficio de profesor y, por ello, está escrito a contracorriente de la transformación de la escuela en una empresa; de la reconversión de los profesores en gestores emocionales y animadores de aula; del programa educativo del capitalismo cognitivo, ese que se fundamenta en el aprender a aprender, en las competencias y en las inteligencias múltiples».
Me atrevo a decir que existe un síndrome de la mala conciencia del profesor que padece un buen número de docentes. Se trata de un cuadro sintomático que se asemeja a una especie de complejo de culpa. En términos fenomenológicos, es un cierto estado anímico, de desmoralización por cuanto el docente experimenta que su trabajo no es apreciado por quien en primera instancia es su beneficiario, a saber, su alumnado, el cual muestra demasiado a menudo y en un porcentaje preocupantemente significativo que para él carece de valor lo que se le enseña, llegando en algunos casos, incluso, a mostrar desprecio. Entonces el profesor se culpa a sí mismo, cree que no lo hace bien, que aburre y que no motiva lo suficiente a sus pupilos; porque hay todo un discurso instalado en los distintos ámbitos a los que concierne el desarrollo de la tarea docente –administrativo, pedagógico, familiar– que explica en gran medida el fracaso escolar por la falta de competencia docente.
En esto pienso cuando leo el comienzo de la introducción de Filosofía en la calle, reciente libro del compañero, profesor de filosofía también, Eduardo Infante. En ella narra el autor el episodio que lo llevó a revolucionar su forma de enseñar. Refiere algo muy común en clase: mientras él explica la filosofía de Aristóteles una alumna sentada al fondo del aula junto a una ventana mira distraída al exterior. Se acerca a ella y le pregunta qué es eso tan interesante que capta su atención en vez de prestársela a la lección que entra en el próximo examen. «La vida», responde la chica. Declara Eduardo infante que esas dos palabras le cayeron encima «como una bomba de napalm que lo arrasara todo a su paso», y que entendió entonces que había convertido su clase en una especie de caverna de Platón, un lugar donde lo que enseñaba poco tenía que ver con la vida, con la realidad.
No entraré en un análisis psicológico de las motivaciones que explicarían la actitud de la alumna protagonista de la anécdota, arquetípica representación de miles de estudiantes; plantearé, en cambio, la cuestión de qué clase de vida, de vida humana, es la que se desarrolla sin conocimiento y sin reflexión crítica. Dicen que Sócrates, al que se le atribuye la autoría del adagio según el cual no hay vida que merezca ser vivida sin examen, era un personaje por muchos temido en su pueblo, porque aquellos con los que entablaba conversación eran apartados por el filósofo de sus asuntos cotidianos, de su vida, para dedicar un tiempo a reflexionar. Esa muchacha miraba la vida mientras su profesor explicaba a Aristóteles, pero ¿cuál era su mirada? ¿Era una mirada lúcida o adocenada? ¿La vida que ella contemplaba era la de un ser consciente de su complejidad, de la riqueza de sus dimensiones, del universo de significados que entraña? ¿O la vida entregada a las distracciones, dispersa en una maraña de frívolos estímulos y reflejada superficialmente en un sinfín de pantallas, y representada por opiniones malamente argumentadas tomadas de aquí y allá?
A veces, la mejor experiencia vital, la más digna de ser llamada humana, es la de un maestro enseñando a sus alumnos, pero tiene que haber virtud en el mensaje de aquél y en la mirada de éstos. Un aula (un teatro, un cine, una sala de conferencias) puede ser el mejor refugio cuando nos empeñamos en hacer pasar por vida un mero simulacro de realidad. Una clase magistral, de esas de las que ahora abomina la posmoderna pedagogía y que no soporta un alumnado asaeteado en su vida cotidiana por una cacofonía de estímulos multimodal e incesante, puede ser un precioso regalo muestra de la sabiduría atesorada por alguien que ama aquello que ha estudiado y que lo ofrece en su versión mejor elaborada.
Vendrán gobiernos de un signo y su contrario, se pondrán de moda ideologías que dictarán qué visión del mundo es la verdadera, unos progenitores querrán que sus hijos sean fervientes creyentes de la fe de sus padres y otros desearán que se les anime a convertirse en librepensadores, alumnos exigirán que se les respete sus opiniones en igualdad de consideración que las enseñanzas de sus maestros. De sectores diversos de la sociedad se presiona constantemente para hacer del profesor el intrumento del que servirse para conformar la mente de los jóvenes según su particular concepción de lo que es la educación.
Si el profesor quiere defender la dignidad de su oficio no debe renunciar a aquello de lo que se nutre su virtud, es decir, su fuerza frente a todos esos factores que la erosionan causando su desmoralización. Su virtud reside en su conocimiento, en su compromiso con las verdades que ha aprendido a través del estudio y el pensamiento crítico. De ellas tiene que dimanar todo lo que enseñe a su alumnado; también lo que corresponde al ámbito de la formación cívica y humana que forma parte de esa «educación integral» a la cual se dice que tienen derecho nuestros jóvenes, y que no tendría por qué sufrir merma ninguna si desapareciesen asignaturas como Educación para la ciudadanía y los derechos humanos, Valores éticos, Cambios sociales y de género y no digamos Religión (de presencia absolutamente injustificable en la educación pública de un Estado que a la fuerza tiene que ser laico si quiere ser democrático). Porque las verdades no son un fruto que sólo crece en el campo de las ciencias positivas, sino también en las ciencias humanas, escasamente presentes en los actuales planes de estudio. Cuánto tiene la historia que decirnos acerca de lo que al ser humano le sienta bien, cuánto la sociología acerca del lugar a donde nos pueden conducir según qué procesos grupales, y la psicología sobre el resultado de determinados comportamientos y la antropología sobre el poder de las culturas para modelar la vida de las gentes, y la economía para atender a lo que verdaderamente tiene valor.  A partir de estos conocimientos hay que sacar las consecuencias, pensar sobre la base de cómo las cosas son y cómo es el ser humano, partiendo de la verdad de la que los profesores somos portadores y transmisores, no de consignas ideológicas sujetas a la moda política de turno.







19 de enero de 2020

Cordones sanitarios, trincheras y tribalismo político

Guárdate tu miedo y tu ira, porque hay libertad, sin ira libertad. Y si no la hay, sin duda la habrá. (Libertad sin ira. Jarcha, 1976)
De lo único que debemos tener miedo es del propio miedo. (Franklin D. Roosevelt: Discurso de las cuatro libertades, Debate del estado de la Unión de 1941) 
Por José María Agüera Lorente

Ya está constituido el dichoso gobierno de coalición. Se ha iniciado, por tanto, la cuenta atrás para que tenga lugar el apocalipsis español, la destrucción de la democracia en nuestro país; España se va a romper. Este es el mensaje de muchos desde tribunas políticas y mediáticas. El exmilitar ahora dirigente de Vox en Mallorca Fulgencio Coll expresaba en los días de debate de la investidura su fuerte preocupación por que Pedro Sánchez alcanzara un acuerdo con ERC. «Aún se puede evitar el suicidio de un gran país», llegó a declarar al tiempo que advertía de que Sánchez había traspasado «todas las líneas rojas» y manifestaba su esperanza de que «no haya tragedias en forma de paro y crisis». El cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, pidió «orar por España» ante la stuación «de verdadera emergencia». Son exponentes representativos de lo que podríamos catalogar como discurso del miedo.
Siendo testigo de todo este comportamiento, en el que se abusa de un alarmismo rayano en la histeria, no puedo evitar acordarme de lo que se decía cuando el PSOE ganó por primera vez las elecciones generales con una sobrada mayoría absoluta el 28 de octubre de 1982 (a este respecto puede ser de interés un artículo de hace años del historiados Sergio Gálvez Biesca titulado La campaña del miedo: el papel del ABC en las elecciones de octubre de 1982, disponible para su lectura en internet). Ciertamente el ambiente social era bien distinto y había tantas ganas de cambio e ilusión que el discurso de miedo de entonces, basado de modo parecido al actual en –digamos– el terror rojo, no caló en la opinión pública tanto como parece estar haciéndolo en estos días. (De paso recordemos que el miedo al socialismo fue la palanca de la que se sirvió el genuino fascismo, el italiano de Mussolini –él mismo socialista revolucionario en su juventud–, para abducir la voluntad general de su país).
La opinión pública actual, tal y como aparece plasmada en una reciente encuesta publicada por el diario El País, muestra una evidente división en la ciudadanía entre los votantes de la así llamada izquierda y los de los partidos de derecha. Más del ochenta por ciento de los votantes tanto de Ciudadanos, PP y Vox valoran negativa o muy negativamente el Gobierno de coalición; por contra, prácticamente los mismos porcentajes expresan la valoración en este caso positiva o muy positiva de quienes votaron a PSOE y Unidas Podemos.
Tengo la sensación de que no es casualidad que nuestro cine patrio haya producido a finales del recién concluido año dos excelentes películas que evocan el siniestro fantasma de la guerra civil; me refiero a Mientras dure la guerra de Alejando Amenábar y La trinchera infinita de Jon Garaño, Aitor Arregi y José María Goneaga. Las dos, por cierto, narran el destino de dos personas que realmente existieron y vivieron el desgarro de una convivencia que dejó de poder ser en paz, personas que terminaron por ser víctimas de una polarización que las acabó arrastrando al abismo insondable del odio sectario.
Miedo y odio y mucha, mucha sinrazón. Sentimientos de un poder corrosivo sin límite para una democracia que quiera ser útil con vistas a garantizar a cada ciudadano las condiciones que le posibiliten su personal búsqueda de la felicidad, esa idea que apareció en la Constitución norteamericana inspirada directamente por el ideal ético de la Ilustración, y que constituyen el pilar de la moderna democracia liberal, hasta entonces mera utopía. Ya expuse en mi último artículo, que titulé precisamente Con razón y sin razón en democracia, que el conocimiento de nuestra naturaleza, de cómo funcionan nuestras pulsiones irracionales, componentes sustanciales de nuestro psiquismo, debe llevarnos a velar por que las condiciones en las que se desenvuelva nuestra convivencia en democracia sean las más favorables para evitar todo lo posible los enfrentamientos pasionales y favorecer la práctica del diálogo razonable.
A la vista de lo ya referido sobre la coyuntura política de nuestro país no puedo por menos que sentir preocupación por la retórica promovida por portavoces de partidos y medios conformadores de opinión pública. Y creo que no es injustificada mi preocupación cuando personas que han mostrado moderación y talante dialogante y razonable se ven abocados a cesar en su actividad política. Es el caso, conocido hace unos días, del ya expolítico vasco del PP Borja Sémper. En la rueda de prensa en la que confirmó su decisión declaró: «Me incomoda mucho un clima de confrontación permanente en la política. Tengo la amarga sensación de que la política transita por un camino poco edificante. Convendría prestigiarla y que vuelva el respeto». Llamó a cuidar tanto el fondo como la forma en la retórica política y recordó lo que en democracia supuestamente no habría que explicitar porque, en teoría, se cuenta entre sus virtudes, y es que «un partido político no es una secta», aunque en la práctica tenemos muchas evidencias de lo contrario.
Esto lo dice un hombre con una carrera política de tres décadas buena parte de la cual se desenvolvió en un clima de odio y de miedo, el del País Vasco del terrorismo etarra, acusado no hace mucho por la portavoz de su partido de haberse moderado, o sea, de ser blando con sus adversarios. Lástima que no haya más blandos como él, más  políticos dialogantes y razonables, conscientes de la enorme importancia que tiene la clase de retórica que deciden practicar, que tiene un efecto sobre la atmósfera intelectual, moral y emocional que envuelve a toda la ciudadanía en su convivencia diaria y que puede incidir decisivamente en las actitudes con las que se afrontan los inevitables conflictos a los que una sociedad plural y diversa como es la nuestra necesariamente se ha de enfrentar.
En estos momentos, en esa atmósfera que todos respiramos y que posee gran poder de contagio, predomina la emotividad sobre la racionalidad, un discurso de la indignación, una indignación irreflexiva con raíces en el sectarismo y que alimenta y se retroalimenta de la confrontación social y el tribalismo. A todo ello se da pábulo mediante esas profecías apocalípticas, en las que se mezclan el miedo a la pobreza, a la pérdida de identidad nacional o religiosa, a que la sociedad en que vivimos se desplome.
Cuando más necesitamos de la cooperación de todos, que exige un entendimiento racional, adoptan nuestros representantes políticos, al menos en una parte decisiva, la actitud sectaria, y la retórica predominante en el foro político se llena de agravios y desagravios, plagada como está de expresiones como «líneas rojas» y «cordones sanitarios», que tienen connotaciones que implican reacciones primarias como el rechazo y la  repugnancia y que nos empujan por la pendiente resbaladiza que conduce directamente a las trincheras.
Hace tiempo ya que escribí sobre dos formas de vivir la democracia: la romántica y la ilustrada. La primera predomina actualmente por todo lo expuesto hasta el momento, por el auge de esa retórica de la emotividad, que tiene puesta –como escribió la periodista Soledad Gallego-Díaz hace más de una década– a la razón contra las cuerdas. Ya expliqué en mi anterior artículo que se ha de conocer cómo funciona nuestra psique si se le quiere dar una oportunidad a la lógica. Por eso, nuestros responsables políticos, si es que quieren pasar por sujetos inteligentes, harían muy bien en adoptar la templanza como su virtud ejemplar contagiando así la atmósfera que respira toda la ciudadanía con aires más propicios para el entendimiento. Nuestra política, pues, requiere menos pasión y más método y sosiego.
Pero no es por esta senda, que a fin de cuentas es la racional y la razonable, es decir, la apropiada para que la razón discurra, por la que transita la cosa pública. Ésta más bien es zarandeada por las tensiones generadas por lo que parece según todos los indicios una creciente polarización política, que se correlaciona con una creciente desigualdad y, aparentemente, con una también creciente ideologización de la opinión pública.
Soy consciente de que la racionalidad es un ideal, no un don dado a los hombres por Dios o por la naturaleza. También critiqué en mi anterior artículo ese prejuicio tan filosófico que llamé fantasía racionalista consistente en la creencia según la cual lo que define al ser humano es la razón. La realidad es muy otra a la luz de la investigación psicológica de los últimos años de la cual es una muestra lo que encontramos en el libro de Jonathan Haidt titulado La mente de los justos. Al hilo de la exploración de las raíces psíquicas de nuestro comportamiento moral así como de nuestras tendencias políticas el autor –mire usted por dónde– denuncia la polarización que ha experimentado en los últimos tiempos la política norteamericana. (En todos los sitios cuecen habas, que diría el castizo.)
En un epígrafe que titula de forma bastante elocuente «Hacia una política más cívica» (p. 438), Haidt denuncia el maniqueísmo creciente que invade las instituciones democráticas de Washington desde 1990 y que ha intoxicado su atmósfera con una acritud que tiene como efecto el estancamiento a la hora de buscar soluciones de compromiso a los problemas que afectan a la ciudadanía. Según él, esa polarización de la clase política es trasunto de la de la sociedad. «La tecnología y el cambio en los patrones residenciales –asegura– nos han permitido a cada uno de nosotros aislarnos dentro de burbujas de individuos con ideas afines» (p.440). No creo que sea casualidad que la imagen de la burbuja sea también la escogida, ya hace algunos años, por el también norteamericano Eli Pariser a la hora de valorar la evolución que ha experimentado la implantación de internet y, particularmente, de las redes sociales, en el tejido de la comunidad. Su libro, The filter bubble (El filtro burbuja en su versión en castellano), señala los riesgos que para la salud democrática presentan ciertos aspectos técnicos de la conformación que ha ido adoptando la red de redes. (Para más sobre esta cuestión, léanse mis artículos El secuestro de la mente y la paradoja de internet y Posverdad, transparencia y personalización en internet.)
En su libro titulado La verdad de la tribu, publicado el año pasado, el joven periodista Ricardo Dudda, llama la atención sobre la noción de corrección política a la que él encuentra múltiples aristas y contradicciones. Una idea que es ya –como creencia en el sentido que definió Ortega y Gasset– un elemento constitutivo de la atmósfera intelectual, moral y política que todos respiramos, y que está en el origen de cierta autocensura que ya empiezan a reconocer, entre otros comunicadores, los humoristas. Dudda lo expresa así: «En nombre de una supuesta pluralidad o tolerancia hacia las minorías, muchos de los defensores de la corrección política acaban proponiendo un modelo de sociedad muy cerrado, limitado y compartimentado. El impulso es a veces autoritario: lo que defendemos es innegociable, y no se puede debatir sobre ello. (...) Hay temas que no pueden cuestionarse, y quien los cuestiona es rápidamente etiquetado como intolerante» (p. 16). A este respecto, sirva como muestra el caso del autobús del sexo de la asociación Hazte oír (léase mi artículo El autobús del sexo o la teoría mamawawa) cuya presencia fue vetada en algunos municipios en un evidente acto de censura e intolerancia justificado, paradójicamente, en la defensa de la tolerancia hacia la diversidad sexual. Pero estas actitudes de rechazo, que adoptan formas dogmáticas pues no admiten discusión, se sustentan en la mentalidad tribal de determinadas comunidades que se ven a sí mismas como virtuosas. Aquí afloran de nuevo esos reflejos morales de los que da cuenta la psicología que nos explica el aludido Jonathan Haidt y que disparan lo que él denomina «el interruptor de colmena».
En nuestras modernas democracias liberales todo ello se traduce en la política de la identidad o, si se prefiere, en el tribalismo político, seguramente la versión más potente del sectarismo político que ha llevado al mencionado Borja Sémper a abandonar la vida pública. Esa política, según indicios que no se deben soslayar, va acompañada de una creciente compartimentación de la sociedad. En esta coyuntura tiene sentido que la libertad de expresión, particularmente el debate sobre los límites del humor y de la expresión artística, sea uno de los temas de debate más frecuentes en los foros de opinión pública. La estructura de burbuja que adopta la circulación de ideas revela un cuadro fuertemente polarizado. El opinador sabe que dentro de su burbuja, al amparo del consenso unánime, de «los suyos», nada ha de temer; y que desde su trinchera puede disparar a placer a «los otros», que por supuesto están equivocados y son moralmente perversos. La libertad de expresión queda así capitidisminuida, pues justamente donde denuestra su vigor es en aquellas situaciones en las que no existe consenso entre los opinadores, pero la discrepancia no es objeto de virulento anatema. Que lo contrario pueda darse en una cena navideña puede no tener mayor trascendencia, pero que ello se convierta en crónico en la familia política sí que la tiene.
Se ha proclamado desde muy diversas y cualificadas tribunas, que nuestro país (y diría que el mundo en su totalidad) ha menester de la toma de decisiones y de proyectos que permitan afrontar inteligentemente los retos que el cada vez más acelerado devenir histórico nos impone. Hay paleoantropólogos que nos aportan indicios suficientes para pensar que lo que permitió que homo sapiens saliese adelante en términos evolutivos fue su notable capacidad de cooperación. La cultura -y la política es un producto cultural- puede potenciar artificialmente nuestras potencialidades naturales o bien estrangularlas.
Entiendo que el esencialismo identitario reduccionista, aliado del tribalismo político, no contribuye a que esa capacidad filogenética para cooperar se active. Hay que superarlo mediante la introducción en la atmósfera intelectual moral y política de un pensamiento que convierta en creencia asumida la evidente complejidad de las identidades, contriguyendo así al socavamiento de las trincheras. Ese pensamiento debe destacar el hecho cierto de que nadie es sólo y de una pieza de derechas o de izquierdas, homosexual o heterosexual, cisgénero o transgénero, autóctono o extranjero, o cualesquiera otras dicotomía antitéticas imaginables que tanto abundan en al retórica de la animadversión, y que asume irracionalmente el dogma según el cual si no estás con nosotros, estás contra nosotros. Como escribió el filósofo político Michael Oakeshott el siglo pasado según cita de Dudda en su libro: «Pero la identidad de un hombre (o la de una comunidad) no es más que una repetición de contingencias, cada una a merced de las circunstancias y significativa en proporción a su familiaridad. La identidad no es una fortaleza en la que nos podamos refugiar» (p. 204).
De modo que un ciudadano español que es políticamente conservador y católico también puede darse el caso que sea homosexual y que sea padre y que viva en un pequeño pueblo en el que quiere criar a sus hijos y que desee que la única escuela que existe en su entorno de vida cotidiano permanezca abierta; y frente a la amenaza de que sea cerrada por decisión política coopere con una vecina, que emigró de su patria, también madre, aunque heterosexual y feminista de izquierdas  y atea, pero que persigue lo mismo que su paisano, una vida buena. Semejanza fundamental por encima de todas las diferencias contingentes.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
  •  DUDDA, RICARDO: La verdad de la tribu. Debate. Narcelona, 2019.
  • HAIDT, JONATHAN: La mente de los justos. Ediciones Deusto SA. Barcelona, 2019.

12 de enero de 2020

¿Ley o conciencia?



12/01/2020

Fanny Beerepoot y su hermano Rembertus, ambos misioneros en Tasmania (Australia) llegaron en 2011 a la conclusión de que pagar impuestos iba en contra de la ley de Dios. Así que dejaron de pagarlos y tal cual se lo comunicaron por carta, nada más y nada menos, que a la reina Isabel II y al primer ministro tasmano. Finalmente, han sido juzgados y condenados a pagar 1.400.000 euros entre los impuestos que no habían pagado y la multa por no hacerlo. Puede leerse la historia completa aquí.