2 de diciembre de 2018

Sombras en la caverna de Platón

Represéntate hombres en una morada subterránea en forma de caverna (...). En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor la cabeza. (...) ¿crees que han visto de sí mismos, o unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que tienen frente a sí? 
(Platón: República, libro VII)
Dani Mateo es un actor simulando. Nuestro rey es el Jefe del Estado; su inclinación ante el poder eclesiástico es real


Por José María Agüera Lorente
En una democracia cada vez más emocional y con menos espacios para el ponderado ejercicio de la racionalidad, los grandes manipuladores de sombras en la caverna platónica, los vehementes retóricos del rencor y el resentimiento, triunfan en la lucha sin cuartel por ganar la atención de los alienados, que confunden la realidad con la apariencia, y acaban por perder pie a la hora de buscar un suelo estable en el que sustentarse para ejercer un juicio responsable.
Las sombras en el fondo de la caverna frente a la realidad. El símbolo frente a lo que representa. Un cómico finge limpiarse los mocos en una bandera. El sentimiento patrio enardece ciertos espíritus y nubla sus razones. Un actor sufre un calvario judicial por expresar su desprecio por vírgenes y procesiones. Se ofenden los que dicen tener sentimientos religiosos, que -lo que quiera que sean- tienen por más valiosos que el derecho constitucional a la libertad de expresión, dejando claro que nuestro estado aconfesional es, como poco, minusválido. Distracciones para los alienados que se hallan sin esperanza mirando las sombras del fondo de la caverna, encadenada su atención a fruslerías que, por ser su principal objeto, alcanzan la importancia necesaria para que adquieran el peso ontológico que, por naturaleza, no les corresponde.
¡Qué grande Platón! Cuán sugerente su eterno texto conocido como el mito de la caverna, en verdad una alegoría plagada de símbolos, preñada de sugerencias significativas sin fin, tan vigente como el mismo día en que Platón la escribió hace ya 2500 años. La habré leído como poco un centenar de veces, y con cada lectura se me revelan nuevos detalles; pero es que, conforme ha ido pasando el tiempo y el mundo en el que me ha tocado vivir ha ido cambiando, este pasaje clásico de la historia de la filosofía ha acrecentado su poder de ofrecer ideas a través de las cuales pensar críticamente. No importa cuánto haya innovado el ser humano, cuánto haya ganado en recursos tecnológicos, en lo esencial el mensaje del gigante del pensamiento sigue siendo verdad. Verdad, una palabra maltratada por la posmodernidad y que actualmente se adultera de mil formas a cual más sofisticada, quedando relegada en aras de una posverdad en la cresta de la ola política. No hay verdad; hay intereses. ¿Platón perdió la batalla contra los sofistas entonces?
Tiene uno la tentación de responder que sí cuando ve en los medios (¿la pared del fondo de la caverna?) las sombras y comprueba que se cae en la confusión, que se muestra una y otra vez un debilitamiento del juicio que permite discernir realidad de apariencia. Ésta ha creado su propio mundo diríase más potente que la realidad misma. Hay síntomas; demasiados. Si un cómico representa un gag en el que hace como que se suena los mocos en la bandera del Reino de España no ocurre de verdad; no es la realidad. Ahora bien, mediante esa representación sí que puede denunciar algo real, a saber, la falta de respeto que muestran ante el ordenamiento legal que constituye la realidad institucional del Estado aquellos que, mediante acciones -estas sí reales-, contravienen los valores democráticos que constituyen el fundamento sobre el que se asienta y que afectan a la vida de los ciudadanos concretos, y no a animales metafísicos como la nación o la patria. Lo dijo Dani Mateo, camino de convertirse en el mártir español del humor, cuando declaró en una entrevista radiofónica que estamos poniendo a los símbolos por encima de las personas. Les hemos dado vida autónoma, desvinculada de los hechos; les estamos convirtiendo en monstruos que nos exigen de forma insaciable más y más idolatría. Fascinados por las sombras, encadenada nuestra atención a las imágenes de las mil y una pantallas de las que vivimos cotidianamente rodeados, la realidad queda literalmente apantallada, suplantada -como advirtió Baudrillard hace algún tiempo- por el simulacro. Simulacro de la transparencia. Èste es capaz de generar su propia lógica, que es la lógica inconexa del tuit, la del fogonazo que es más efectivo cuanto más emocional es su carga. Ni el contexto, ni la memoria, ni la estructura argumentativa tienen especial relevancia en ese discurso, perdiéndose incluso la exigencia de aplicar el juicio de realidad y el cuestionamiento intelectual. Y así, como ya mostrara Platón, confundimos  las cosas y personas con su representación, nuestro modelo del mundo con el mundo mismo, lo que determina nuestra relación con él. Esto vale para la política; especialmente para la política, en la cual gana peso porgresivamente su dimensión virtual amenazando con fagocitar la realidad política en su totalidad.
El ya fallecido Carlos Castilla del Pino, en la linde entre la psicología y la filosofía y ejerciendo más de intelectual que de psiquiatra -que es lo que era de formación-, se detuvo en este asunto en su libro titulado El delirio, un error necesario. En él analiza los presupuestos lógicos del juicio de realidad que se definen en la aplicación de lo que llama «predicado diacrítico», la cual se traduce en la resolución correcta de dos interrogantes (los dos momentos del juicio de realidad); primero: ¿es el objeto cuya existencia afirmo percepto o representación? Dicho de otra manera, ¿del espacio exterior o del espacio íntimo (mental)?; segundo: la interpretación que suelo hacer con el reconocimiento de ese objeto, ¿la considero subjetiva en todo momento o, por el contrario, en alguno que otro la estimo propiedad del objeto? Del análisis de estos presupuestos lógicos concluye Castilla del Pino: «El predicado diacrítico correcto de los dos momentos del juicio de realidad da, pues, a la realidad externa lo que es de ella y a la realidad interna lo que le pertenece. Pero si la barrera diacrítica (una metáfora de la frontera virtual que separa ambos espacios, externo e interno) se permeabiliza para determinados objetos internos (uno de ellos, la interpretación), éstos emergen en el exterior y pasan a formar parte de los objetos externos y se los trata con la lógica que les corresponde». El trasunto político de este craso error conlleva difuminar la frontera entre el espacio público y el íntimo, lo que tiene como consecuencia el debilitamiento de la capacidad para distinguir lo que es representación de lo que es hecho. Así, los sentimientos, que son elementos propios del espacio íntimo y que dentro de sus límites han de gestionarse, irrumpen en el escenario político, el de los derechos y libertades, y se entienden legitimados para  condicionarlos. Es lo que ocurre con el nacionalismo y la religión.
¿O cómo si no de delirio pueden ser calificados el llamado proceso independentista de Cataluña y la concesión de medallas y otros reconocimientos institucionales a imágenes religiosas? Porque la clave está en la suspensión del juicio de realidad, aplicado tanto a la realidad de los nudos hechos materiales como la que se construye institucionalmente, que comparten por igual el ámbito extramental. Al respecto es muy revelador lo que en estos días está aconteciendo en el territorio en el que no parece importar sino la exhibición de esteladas y lazos amarillos; ¿son las huelgas y manifestaciones de médicos, bomberos y demás funcionarios del maltrecho estado de bienestar un rayo de esperanza realista? He ahí la plasmación concreta e ineludible de lo que importa: el bienestar concreto de los ciudadanos, que como seres humanos, como seres vivos, requieren una atención sanitaria como es debido, y los profesionales que se ocupan de ella, unas condiciones dignas de trabajo. Pero siempre están esos que mueven las sombras, que las nutren, ya representados por Platón en su aludida alegoría, a los que podríamos calificar de engañadores, probablemente ellos mismos engañados. Repárese como ilustración en las recientes declaraciones de Eduard Pujol, portavoz de Junts per Catalunya en el parlamento autonómico, que califica de «cuestiones no esenciales» las que llevan a protestar a los trabajadores públicos. Según él, nos distraen de lo esencial, que es promocionar por doquier una república inexistente invirtiendo todos los recursos que sean menester. Habrá quienes asientan a sus palabras; son los que miran las sombras que él proyecta en el fondo de la caverna.
El juicio que se celebra en Cádiz por la concesión de la medalla de oro de la Ciudad a la Virgen del Rosario es sencillamente un atentado contra los sentimientos ilustrados (qué pena que tal delito no exista en nuestro Código Penal) y que muestra otro exponente de ese fenómeno de delirio no patológico -pero no por ello menos alienante- que constituye el denominador común del caso del cómico Dani Mateo y de la ya aludida situación político-social en Cataluña. La concesión de la dichosa medalla por parte del ayuntamiento gaditano nos enfrenta a la otra categoría de delirio quizá más común y más potente: el religioso(-folclórico). Al analizarlo ingresamos en el reino del absurdo, en esa lógica que sólo puede compartir y entender quien ha abandonado la exigencia de coherencia racional y el respeto por los hechos objetivos, y que hunde sus raíces en la más oscura sentimentalidad tribal (intimidad colectiva, al fin y al cabo), pero que tiene un efecto pernicioso cierto que no debemos despreciar, y que no es otro que el debilitamiento de la democracia, la rendición del poder político, el representado por el ayuntamiento (para más inri de gobierno de izquierdas supuestamente laicista) ante la trampa que le tendió el sector más rancio de la sociedad gaditana. Aquí ni se respeta la evidencia empírica (se trata de un fenómeno de idolatría), ni la institucional, con base en la cual Europa Laica planteó su demanda; pues la Virgen no es persona física ni jurídica, como exige la norma, la cual ordena el ámbito institucional otorgándole objetividad y poniéndolo a salvo de interpretaciones subjetivas y exabruptos sentimentales, da igual que sean de mayorías o de minorías. 
Debido a los hechos que aquí he escogido para mi reflexión y a otros que no mencionaré porque no hacen sino abundar en lo mismo, temo que la barrera diacrítica a la que antes me he referido y que  permite el sano ejercicio del juicio de realidad se halle en una coyuntura de debilidad; prestamos una atención inmerecida a las sombras, es decir, a los símbolos y demás representaciones a los que otorgamos así la importancia y densidad ontológica que no les corresponde. ¿Pudiera ser que la explicación de este fenómeno resida en el modo en que se relaciona con la verdad la que el filósofo Byung-Chul Han llama «sociedad de la transparencia», o sea, la nuestra? De ella se habría desterrado toda negatividad, es decir, toda resistencia que opone el ser material para que, así, todos quedáramos libres de  la disciplina racional y de la exigencia de indagación de la verdad. En ella está justificada la mordaza al librepensamiento si éste hiere aquellas sensibilidades socialmente sacralizadas, así como la protección a toda costa de los símbolos, pues éstos absorben toda la gravidez de la realidad al tiempo que, paradójicamente, levantan un muro de sombras que obstaculiza la tan humana búsqueda de sentido.                                                                      

18 de noviembre de 2018

De (in)justicia, bancos e hipotecas

«El crédito -decía siempre mi padre- es el primer paso hacia las deudas, es el principio de la vuelta a la esclavitud» (Malcolm X)
«Si el ahorro vende el presente para comprar el futuro, la deuda vende el futuro para comprar el presente» (Santiago Alba Rico: Ser o no ser (un cuerpo))
 Por José María Agüera Lorente
El ciudadano lo percibe como una injusticia; más aún, como una burla. La actuación del Tribunal Supremo respecto de la sentencia sobre el impuesto de actos jurídicos documentados aplicado a las hipotecas echa más leña al fuego de la indignación de quienes todavía nos hallamos convalecientes tras el último y cuasiapocalíptico crac financiero.
Ante la enésima injusticia aunque únicamente fuese procedimental esta vez de una institución primordial en un estado de derecho, las gentes endeudadas sienten más que piensan. Y una ciudadanía que siente herida su dignidad puede por esa herida contraer cualquier infección que a la postre puede ser letal para el espíritu democrático sin el cual queda la democracia reducida a una cáscara retórica desvinculada de la verdad.
Lo ocurrido estos últimos días con la susodicha sentencia, así como lo sabido tras la novedad legislativa impuesta desde el ejecutivo sobre la probable reacción de los bancos que llevaría a encarecer las hipotecas, me trae  a la mente las palabras de Dante ante la misma boca del infierno tal como aparecen en su inmortal Divina Comedia: «Abandonad toda esperanza quienes aquí entráis». ¿Sería muy exagerado que los bancos colocaran esta frase literaria en el frontispicio de todas sus sucursales? ¿Es el rasgo definitorio de nuestra flamante economía global siglo XXI lo que Georges Corm llama «fetichismo monetarista»? (Véase Europa y el mito de occidente, p. 301-2).
Si se le pregunta a cualquiera con qué tiene que ver la economía, seguramente responderá que con el dinero. Pero el dinero sólo «es un símbolo -como dice el economista Ha-Joon Chang- de lo que otros en nuestra sociedad nos deben, o de nuestro derecho a cantidades particulares de los recursos de la sociedad» (Economía para el 99% de la población, p. 33). El fetichismo monetarista supone que el dinero pasa de ser un medio de representación (símbolo) a un fin en sí mismo. En una economía en la que el cáncer extractivo del sector financiero ha hecho metástasis en todo el sistema, el poder lo tienen aquellas instituciones con acceso ilimitado a lo que ya no es símbolo, sino recurso; y recurso más importante que el aire limpio o el tiempo libre. Es la perversión esencial de una economía en la que la producción de bienes y servicios está supeditada al poder omnímodo del dinero. De la misma forma que en las sociedades del antiguo régimen estamental el poderoso  era el terrateniente que obtenía la riqueza de los demás mediante un sistema extractivo de rentas, hoy en día los rentistas institucionales son los bancos, los gestores de fondos de cobertura, que saquean empresas y vacían sus reservas de pensiones; también los propietarios que abusan de sus inquilinos (amenazándolos con el desahucio si no cumplen con unas demandas abusivas y desorbitantes), así como los monopolistas que extorsionan a los consumidores con precios no justificados por los costes reales de producción. A partir de los acuerdos de Bretton Woods de 1944, el dinero rompe definitivamente con su nexo material haciéndose posible la alquimia monetaria hasta entonces metafísicamente imposible; el dinero será capaz de crear dinero por sí mismo. Es la magia de las matemáticas del interés compuesto que nadie osa discutir. Merced a ella los bancos crean dinero a través de las deudas (como las hipotecas), las cuales son a su vez instrumentos de una nueva forma de esclavitud, la propia no ya del mundo feudal, sino del libre mercado. En él la aristocracia rural de la Europa feudal es en nuestros días el sector financiero. Y como  antaño esos señores tenedores de las tierras eran favorecidos por un sistema político injusto a todas luces, en este siglo que apenas echó a andar los bancos tienen a las instituciones jurídicas y políticas de su lado. Lo prueba de manera sangrante que como hemos constatado con el episodio protagonizado por el alto tribunal español cualquier intento de gravar su negocio se vuelve en contra de los usuarios a los que siempre se acaba amenazando  con el encarecimiento de costes o –lo que es peor, pues equivale a la muerte– con la negación del crédito. Como denuncia el economista norteamericano Michael Hudson: «Las dinámicas financieras de hoy en día están llevando de nuevo a desplazar la presión fiscal hacia el trabajo y la industria, mientras que los bancos y tenedores de bonos, lejos de haber visto recortados sus títulos de deuda, han obtenido rescates» (Matar al huésped, p. 122).                                                                 
El enseñoramiento de la economía financiera de la que forma parte principal la banca en detrimento de la productiva es consecuencia de la mutación del paradigma clásico y su sustitución por el modelo neoliberal, que en nuestro siglo se tiene por ortodoxia económica y como corpus definitivo de la ciencia económica. Parte esencial de ese modelo es un sistema financiero global que opera con su propia lógica y que financiariza la vida cotidiana de todas las personas «como muestra la penetración de las tarjetas de crédito y la organización de la vida presente –subrayan los profesores Antonio Ariño y Juan Romero– empeñando la de las generaciones futuras (vivir a crédito y generar deuda a futuro mediante la vivienda, la educación o las vacaciones)» (La secesión de los ricos, p. 125). Hace décadas la economía dejó de ser una política, como venía siendo desde los mercantilistas del siglo XVI, para ser considerada una ciencia, acentuando de este modo su carácter utópico y abstracto; es decir, de implantación de un modelo de capitalismo de libre mercado uniforme para todas las comunidades humanas y para el que queda proscrita la búsqueda de alternativa.
El origen de este triunfo del neoliberalismo anglosajón cabe situarlo en la década de los ochenta del siglo pasado siendo de naturaleza esencialmente ideológica. La pareja política que lo encarna es la que constituyeron Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Quien le otorgó su fundamento «científico» fue Milton Friedman y su Escuela de Chicago, enemigos radicales de la intervención del Estado, la cual desde entonces se tiene por peligrosa para la libertad. La ideología que impulsa este capitalismo de tercera generación –así bautizado por el economista Anatole Kaletsky– se sustenta en dos pilares que nada tienen de científico, a saber: la supuesta racionalidad absoluta de los mercados, los consumidores y los productores, que exige, para que florezcan en plenitud los beneficios de su acción, la desregulación; y una concepción de la libertad más abstracta y racionalista que la de los filósofos de la Ilustración. Es el principio del fin del Estado del bienestar, el que fuera gran logro político europeo de los «treinta gloriosos», las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando el viejo continente, a pesar de la herida histórica del «telón de acero», parecía progresar en paz. Durante ese tiempo aún regía la política de regulación pública del siglo XX, fundamentada en las ideas de la Ilustración y de la reforma política. Desde ellas, el valor, el precio y la renta se definen para orientar una filosofía fiscal progresiva, una regulación de precios antimonopolio, leyes de usura y controles de renta. Se trataba así de favorecer el crecimiento económico y unos precios e ingresos más justos y eficientes.
Este modelo de economía mixta congruente con los principios ilustrados ha ido cediendo en las últimas décadas ante la presión contra el sector público, que busca –según el ya citado Michael Hudson– «crear una economía unilateral cuyo control esté centralizado en Wall Street y en centros financieros similares en todo el mundo» (Matar al huésped, p. 70). El asunto de la dichosa sentencia del impuesto de las hipotecas es la prueba de la fortaleza de esa «economía unilateral», de naturaleza extractiva (de riqueza) frente a los poderes del Estado democrático. Que no es un hecho aislado carente de significado político lo demuestra el antecedente que sobre un asunto similar se dio en Estados Unidos  en la primavera de 2009, cuando el senador de Illinois Dick Durbin había intentado cambiar la legislación sobre quiebra para que los propietarios de viviendas con dificultades financieras pudieran modificar sus hipotecas. Se trataba de revertir la sentencia unánime del Tribunal Supremo de 1993, favorable a los bancos, que impedía que los propietarios pudieran utilizar la quiebra como instrumento para reducir sus hipotecas. El Congreso también venía demostrando su connivencia con la banca, cuya seguridad entendía prioritaria para garantizar los flujos de capital. Llegado el momento de debatir la propuesta de Durbin, la administración Obama se opuso; porque aceptó el argumento de las entidades financieras de que reconocer un derecho a la quiebra de los propietarios de vivienda incrementaría el coste de los préstamos hipotecarios y generaría inseguridad jurídica.
«El "producto" de los banqueros es la deuda» (p. 382), sostiene Hudson. Ofrecen cada vez préstamos más grandes con la garantía de valores de renta y patrimonio, préstamos que publicitan como «más fáciles», y  beneficiosos porque amplían el mercado de la vivienda en propiedad. Ahora bien, para el conjunto de la economía tales condiciones de crédito tienen el efecto de aumentar los precios de los bienes raíces (terrenos, inmuebles...) y los compradores se ven obligados a endeudarse cada vez más para tener casa propia. «Los bancos terminan quedándose con la parte más importante del valor de la renta inmobiliaria, que se paga en concepto de intereses» (p. 383), subraya Hudson. La ideología financiera de la banca es contraria a los impuestos jutificándolo en la ilusión, que fomentan entre los potenciales compradores, de que la menor presión fiscal liberará renta para el mayor acceso a la vivienda en propiedad; pero en verdad lo que buscan es que queden más libres de carga impositiva las rentas del trabajo para que eso que no pagan en impuestos lo paguen a los bancos en forma de más intereses. En la práctica es una forma de impuesto privado mediante el que todos los hipotecados enriquecemos a la banca, todo un poder dentro del Estado al que resulta muy difícil controlar. Sobre todo desde la desregulación de las finanzas promovida políticamente a partir de la década de los ochenta del siglo pasado, la cual tuvo seguramente su momento triunfal en 1999 con la derogación de la Ley Glass-Steagall, la Ley de Bancos (Banking Act) de los EEUU, en vigor desde el 16 de junio de 1933. Tal ley se concibió como instrumento de control para la especulación que cuatro años antes había llevado a la hecatombre económica de 1929, de terribles consecuencia para todo el mundo dado que tuvo su incidencia en el ascenso del nazismo. En virtud de esa ley quedaban separadas la banca de depósito y la banca de inversión. Su derogación bajo la presidencia del demócrata Bill Clinton nos puso en la senda para la crisis de 2008, prima hermana de la del 29, al permitir en la práctica la especulación casi sin límites mediante la creación verdaderamente maravillosa de «productos» financieros a cual más enrevesado en su naturaleza abstracta y su plasmación jurídica (CDO, swaps y demás derivados).
En efecto, así los llama el empleado de banca que lo atiende a uno en la sucursal de turno; las hipotecas son «productos», como si fuesen algo que se fabrica trabajosamente, a partir de una costosa materia prima de ardua obtención que luego ha de ser sometida a un laborioso proceso de manufactura. Pero las hipotecas son entes abstractos, convenciones de los hombres mediante las que se genera deuda, merced a la cual de la nada se crea dinero que es el deudor quien tiene que producir de verdad mediante su muy material y concreto trabajo.
La mayoría del dinero en circulación no es en metálico, sino que es bancario; y de éste, en el eurosistema, el 90% fue creado por la banca privada en 2013. Como nos advierte Christian Felber en su libro Dinero, de fin a medio respecto de los beneficios obtenidos por la banca vía préstamos: «Estos beneficios son ilegítimos, porque hay actores privados que se enriquecen accediendo a un bien público [el dinero]» (Dinero, de fin a medio, p. 81); además: «La práctica de crear dinero privado incrementa el volumen crediticio de la economía nacional y con ello el grado de endeudamiento sistémico. Conduce a la inflación y formación de burbujas por un lado y, por el otro, al sobreendeudamiento sistémico. Actualmente, el grado de endeudamiento general del sistema financiero y la economía nacional es mayor de lo que ha sido nunca en la historia» (p.81). Lo que Felber considera «el problema crucial del orden monetario actual» (p. 153) lo identifica Michael Hudson como un factor decisivo en la guerra (política) que se libra entre la economía financiera, de corte extractivo, y la economía real (creadora de riqueza material), y que por ahora conduce al desmantelamiento de la producción industrial y a vivir en el corto plazo financiero. Ese problema radica en que la riqueza financiera privada crece más rápido que el rendimiento económico (según cálculos recogidos por Felber en su libro véase en la página 154, 3,7 veces el rendimiento global en 2012). Y posee la voracidad del predador insaciable, por lo que no para de presionar con el fin de obtener más y más beneficios, de los que las hipotecas son una fuente importante. ¿Pueden los asalariados invertir lo que debieran en elevar sus niveles de vida si cada vez tienen que dedicar una mayor cantidad de sus ingresos a atender las exigencias de sus deudas?
La UE establecíó por medio de los tratados de Maastricht y de Lisboa el 60% del PIB como el máximo de endeudamiento permitido a los estados. Ya en 2014 la Eurozona apuntaba a un promedio de cuota de deuda pública del ciento por ciento del rendimiento económico (en España es prácticamente del 100% del PIB). Ello es debido al exceso de riqueza privada disponible en perpetua búsqueda de revalorización, lo que conlleva que se influya políticamente para que la deuda siga aumentando. Este estado de cosas, que irá a peor de acuerdo con el actual marco de política económica global, es absurdo tanto para Felber como para Hudson. Escojo unas palabras del primero que lo expresan meridianamente: «Así como en las décadas de la posguerra los deudores, a veces desesperados, buscaban acreedores, hoy los acreedores, cada vez más desesperados, buscan deudores (de ahí las estrategias de privatización, globalización y especulación)» (p. 155). Es como si todos, incluidos los estados, tuviésemos como primer mandamiento el ser buenos deudores; axioma, al mismo tiempo, de una economía extractiva que a decir de Michael Hudson se ha convertido en el parásito que merma la salud de la economía real, la de producción de bienes y servicios, la que da vida a los seres humanos. No es esta economía, la real, la que debe estar al servicio del dinero, sino éste, que es un medio no el fin, el que debe servirla.
Hoy por hoy, la banca y las así llamadas altas finanzas constituyen el sector rentista más importante, el corazón de la economía extractiva, el parásito que mata al huésped. Porque la mayoría de los préstamos bancarios no se orientan a producir bienes y servicios, «sino a transferir los derechos de propiedad de bienes raíces, acciones (incluyendo las de compañías enteras) y bonos» (Matar al huésped, p.142). Se trata de una permanente transferencia de riqueza desde el sector productivo y del patrimonio del Estado al sector financiero vía pago de intereses de la deuda en sus muchas versiones. Su masiva expansión ha favorecido a una reducida minoría  que se ha enriquecido enormemente, generando un crecimiento de la desigualdad. Lo que ganan en concepto de intereses los bancos lo prestan como nuevos créditos hipotecarios a compradores de recursos generadores de renta. Y a esto se juega con recursos (materiales, no abstractos como el dinero) tan imprescindibles para una vida digna como lo es la vivienda.
Miremos en la para muchos intocable por sagrada constitución de 1978. Busquemos su título I: de los derechos y deberes fundamentales; en su capítulo tercero, de los principios rectores de la política social y económica, artículo 47, y leamos: «Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos».
Se suponía que el fin de la historia quedaba certificado por el hecho indiscutible del éxito de la democracia liberal, fruto del pensamiento illustrado y de su compleja elaboración a través de la modernidad. Ese éxito no puede ser compatible con la sombra de injusticia que se arroja desde la esfera económica; algo que la política no debe eludir. Nos enfrentamos al riesgo cierto de un vaciamiento de la democracia y que su vacío lo llene la plutocracia global.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
  • ARIÑO, A. Y ROMERO, J: La secesión de los ricos. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2016
  • CORM, G.: Europa y el mito de Occidente. Ediciones Península. Barcelona, 2010 
  • FELBER, C.: Dinero. De fin a medio. Ediciones Deusto. Barcelona, 2014
  • HUDSON, M.: Matar al huésped. Cómo la deuda y los parásitos financieros destruyen la economía global. Capitán Swing Libros. Madrid, 2018

30 de septiembre de 2018

La proscripción del silencio (Google y la sobrecarga de información)

Tal vez el inconsciente colectivo de Jung o las ideas sintéticas a priori que, según Platón, flotan en las esferas como arquetipos no eran otra cosa que el Internet. Esos pensamientos y sueños comunes forman nubes compactas en suspensión que pueden ser descargadas de nuevo como una lluvia sobre otros cerebros apretando otra tecla. Quien sepa manipularla tendrá todo el poder de este mundo. (...) Al final de la historia quedará una sola verdad con una sola tecla bajo el impulso de un solo dedo. Esa verdad nos hará libres. Enter.       (Manuel Vicent)
Por José María Agüera Lorente

Lo celebran con uno de sus simpáticos doodle; ya saben, esa imagen animada mediante la que el archifamoso motor de búsqueda de internet señala algún acontecimiento digno de ser remarcado. Esta vez les ha tocado a ellos, o a él, a Google, la en la práctica monopolística puerta de entrada al ilimitado universo de la world wide web, con ocasión de su vigésimo cumpleaños. 
Carl Sagan, en uno de los capítulos de su ya clásica serie de divulgación científica Cosmos, el titulado «La persistencia de la memoria», pronunció una frase que a mí siempre me ha parecido un prodigio a partes iguales de síntesis y verdad. Venía a decir que el viaje evolutivo de la especie humana empezaba en los genes, continuaba en el cerebro y terminaba en los libros. En el encéfalo, más precisamente en la corteza cerebral o neocórtex, la información innata en la que estaban escritos los programas de respuesta de nuestro organismo para sobrevivir en el medio mutaba en información  que ya no podía ser transmitida ni conservada mediante los genes. Para lo primero, el homo sapiens contaba con el instinto del lenguaje (léase a Steven Pinker) y para lo segundo la evolución nos dotó de una nada despreciable memoria. Pero esta facultad cognitiva, conforme el ser humano fue produciendo más y más cantidad de información que convenía fuese compartida y almacenada para que la especie prosperara, se reveló insuficiente. Homo sapiens inventó la escritura, incrementando con ella su potencial de almacenamiento y de acceso a nuevos depósitos de información, mejorando en variedad y cantidad sus repuestas a los desafíos medioambientales y poniendo  las bases para la creación de un medio social que mejoraba ostensiblemente sus posibilidades de supervivencia. La aparición del libro fue un hito de una relevancia inconmensurable que se multiplicó exponencialmente con la imprenta. 
Desde entonces, la cantidad de información que producimos no ha hecho sino crecer y crecer, y cada vez a un ritmo mayor. Uno de los críticos de internet con mayor predicamento en la actualidad, Nicholas Carr, señala la aparición del invento de Gutenberg como el origen de lo que él denomina «mentalidad literaria», todo un modelo de pensamiento asociado al hábito de la lectura de libros. En su libro titulado Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? alude a dos testimonios  de hace siglos que ya destacaban la abrumadora avalancha de información generada por la imprenta. La primera referencia corresponde a Richard Burton quien, en su obra maestra de 1628 Anatomía de la melancolía, describe «el vasto caos y la confusión de los libros» a que se enfrentaba el lector del siglo XVII: «Su peso nos oprime, nos duele la vista de leerlos, y los dedos de pasar sus páginas». Años antes, en 1600, Barnaby Rich, otro escritor inglés, se había quejado: «Una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo es la proliferación de libros que abruma a un mundo incapaz de digerir la abundancia de materias ociosas que todos los días se dan a la imprenta».
Con el paso del tiempo y el consiguiente aumento exponencial de la producción de información, el problema de dar con un método eficaz para su almacenamiento y eficaz recuperación para su pertinente uso se convirtió en un asunto de principal importancia. Durante el siglo XX se desarrollaron soluciones cada vez más elaboradas, sistemáticas y tendentes a la automatización. Las mismas máquinas que habían agravado la sobrecarga de información se contemplaban a partir de la segunda mitad del siglo pasado como el mejor recurso para aliviar el problema. Ya entonces hubo quien temía que el avance científico se pudiese ver frenado por la incapacidad humana para estar al tanto de toda la información relevante que se producía en relación con un determinado ámbito de investigación. El ingeniero electrónico, Vannevar Bush, asesor científico de F.D. Roosevelt, plasmó esa preocupación en un visionario artículo, no exento de polémica, publicado en 1945 en la revista Atlantic Monthly y titulado «As we may think» (Como pudiera pensarse). ¿Su solución? Un nuevo tipo de máquina de catalogación personal a la que puso de nombre «Memex», útil para cualquiera que se rigiese por «los procesos lógicos del pensamiento». Nos asegura Carr que la máquina de Bush es un antecedente del ordenador personal y su sistema lógico de procesamiento de la información predice el sistema hipermedia de la World Wide Web. «Estamos rodeados de la descendencia del Memex», afirma el autor norteamericano, pero niega que estemos siquiera aproximándonos a resolver el problema de la sobrecarga de información.
En su libro de hace cuatro años titulado La señal y el ruido, el exitoso estadístico Nate Silver repara por su cuenta en dicho problema, cuya esencia radica en que la cantidad de información aumenta diariamente en 2,5 trillones de bytes, mientras que la cantidad de información útil no lo hace: «La mayor parte de esa información es sólo ruido y el ruido aumenta mucho más rápido que la señal. Hay una cantidad creciente de hipótesis que analizar y de información que desbrozar, pero la cantidad de verdad objetiva se mantiene relativamente constante». Nuestro cerebro no está filogenéticamente configurado para manejarse en un medio en el que el silencio está literalmente proscrito, y tiende a simplificar y filtrar aquella información que viene a confirmar nuestros prejuicios. Igual que la ingente producción bibliográfica que hizo posible la imprenta no impidió un largo período de enseñoramiento de los sectarismos religiosos que se tradujo en sucesivas guerras de religión en Europa culminadas con la devastadora Guerra de los Treinta Años, hoy sabemos que internet solo por sí mismo no nos salvará de los fanatismos y las pseudociencias (léase mi artículo El secuestro de la mente y la paradoja de internet). Diríase que a sus veloces lomos se propaga con notable éxito la mentalidad de la posverdad. Esto ya lo predijo Alvin Toffler en su libro El schock del futuro (1970).
Según cree Nicholas Carr, la solución no se encontrará nunca en un dispositivo de computación automático, sino en el tiempo que nos demos para pensar. Se requiere paciencia para decantar el tesoro de conocimiento que resulta de la criba del tiempo. Ahora bien, el autor es muy consciente de que corren malos tiempos para pararse a pensar: «Inundados en todo momento por información de interés inmediato, sin más remedio que recurrir a los filtros automáticos, otorgamos instantáneamente privilegios de validez a lo más nuevo y popular. En la Red, los vientos de la opinión se han convertido en un torbellino».
En el enjambre es el elocuente título de un ensayo de hace cinco años del filósofo Byung-Chul Han, en el que aborda, de un modo más propiamente filosófico, la sobrecarga de información. Aquí alude a la enfermedad psíquica que genera en el sujeto sometido a ella, el information fatigue syndrom o IFS, reconocido en 1996 por el psicólogo crítico David Lewis. Quien lo padece «se queja de creciente parálisis de la capacidad analítica, perturbación de la atención, inquietud general o incapacidad de asumir responsabilidades» (88). Difícil pensar si la capacidad analítica se paraliza, pues ¿cómo distinguir lo esencial de lo no esencial? O, en terminología de Nate Silver, la señal del ruido. Para Byung-Chul Han, «el pensamiento es siempre exclusivo», en el sentido de que excluye toda información que no aporte conocimiento. Porque para conocer es menester reflexionar sobre la información recibida, jerarquizar su importancia significativa y buscar principios generales para ordenarla.  Concluye este filósofo:
Más información no conduce necesariamente a mejores decisiones. Hoy se atrofia precisamente la facultad superior de juicio por la creciente cantidad de información. Con frecuencia un menos de información produce un más. La negatividad de la omisión y del olvido es productiva. Más información y comunicación no esclarecen el mundo por sí solas. Y la transparencia tampoco lo hace clarividente. El conjunto de información por sí solo no engendra ninguna verdad. No lleva ninguna luz a la oscuridad. Cuanta más información se pone a disposición, más impenetrable se hace el mundo, más aspecto de fantasma adquiere. En un determinado punto, la información ya no es informativa, sino deformativa; la comunicación ya no es comunicativa, sino acumulativa.
Google -según señala Nicholas Carr- trabaja para que sus usuarios tengan veloz acceso a la mayor cantidad de piezas de información de modo que puedan extraer a la mayor rapidez su esencia y seamos, así, más productivos como pensadores. Todo se sacrifica al dios de la eficiencia a cuyo servicio se ponen los más potentes algoritmos, para los cuales no existe lo que no es cuantificable. Confiamos en su criterio, que nos es opaco, porque ignoramos esos algortimos, los cuales en todo caso premian a los sitios más visitados del universo de internet, que -claro está- como son los más buscados serán los que aparecerán en los primeros puestos de los resultados de búsqueda, lo que hará que sean los más visitados por los internautas alimentándose el bucle de retroalimentación y la polarización entre la información que es visible y la que no. La cuestión es si todo criterio verdaderamente relevante es cuantificable.
Lo que hizo Frederick W. Taylor para el trabajo manual, lo hace actualmente Google para el trabajo mental. Y según declaraciones de sus muy ricos creadores, de lo que se trata al final es de la construcción de una inteligencia artificial a gran escala. Según refiere Carr, en una entrevista de 2004 Sergey Brin ya tenía claro que «ciertamente, si tuvieses toda la información del mundo incorporada en tu cerebro, o en un cerebro artificial que fuese más listo que tu cerebro, sería una mejora para ti».
¿Cómo sería ese mundo mental en el que se habría proscrito definitivamente el silencio? ¿No se vería dramáticamente afectada la conciencia de un yo inundado permanentemente de información, flotando sin elección en la superficie de un flujo incesante de bits tan denso que le impedirían sumergirse en las profundidades de un pensamiento contemplativo y lleno de posibilidades creativas?

 

16 de septiembre de 2018

Hace cien años en París o la banalidad del mal económico

Ya has estado allí, Neo. Conoces ese camino. Sabes exactamente donde acaba, y yo sé que no es donde quieres estar. (The Matrix, película de 1999)
 Por José María Agüera Lorente

En el mes de noviembre se cumplirá el siglo de la firma del armisticio de Compiègne con la que se trataba de poner fin a las hostilidades en el frente occidental de la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial. Los aliados y Alemania daban por terminado así el conflicto bélico más devastador que, hasta el momento, había sufrido el continente; y ciertamente llevaba sufridos unos cuantos a lo largo de la historia. 9 millones de soldados muertos, 21 millones los heridos, 10 millones de civiles fallecidos. Pero aún faltaba por redactar un tratado de paz que hiciese oficialmente definitivo el final de la guerra, en el que se plasmaran punto por punto las condiciones que habían de satisfacer las potencias vencidas, Alemania y el Imperio Austrohúngaro. Ello llevaría varios meses, y no sería materializado hasta junio de 1919 mediante el conocido como tratado de paz de Versalles. Un documento que, según amplio consenso historiográfico, sembró las semillas en gran medida para el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
John Maynard Keynes, el archiconocido y singular economista inglés, estuvo presente en París a partir de enero del mencionado año en que comenzaron las negociaciones para la firma del tratado. Quien tenga interés por conocer los detalles de lo allí ocurrido durante el proceso, puede leer el capítulo titulado «Europa agoniza: Keynes en Versalles» perteneciente al libro La gran búsqueda. Una historia de la economía de la escritora germano-estadounidense Silvia Nassar. A través del cuadro, magníficamente compuesto por su autora, uno contempla un acontecimiento en el que el espíritu humano, y particularmente la civilización europea, se enfrentó a uno de esos momentos decisivos de la historia, una de esas encrucijadas en las que pudo marcar un punto de inflexión para enderezar su camino hacia una mayor acercamiento al ideal de humanidad. Lejos de eso, ganó la sed de revancha, representada sobre todo por la delegación francesa, frente a quienes, como el propio Keynes, entendía que no se debía exigir a Alemania y Austria que asumieran en solitario el pago de todas las indemnizaciones de guerra, máxime teniendo en cuenta el alto endeudamiento que habían alcanzado como consecuencia de afrontar durante tanto tiempo un descomunal gasto bélico.
La coyuntura económica de entonces era terrorífica. El exponente más patético de ello eran los Kriegskinder, los «niños de la guerra», que sufrían dramáticos problemas de crecimiento como consecuencia de la alimentación deficiente con la que se estaban criando. Pero es que, además de toda la inconmensurable destrucción material y humana, los antiguos canales del comercio y el crédito se habían desmoronado. Había sed de venganza en París, pero también una necesidad de cargar a los otros las facturas de la aniquiladora guerra. Por eso el capítulo económico de las negociaciones del tratado era de vital importancia. De esto era muy consciente el todavía joven Keynes, la estrella ascendente del Ministerio de Hacienda británico, miembro integrante de la delegación de su país. Su posición respecto de las reparaciones de guerra había quedado clara desde diciembre de 1918, cuando entregó al ministerio un informe en el que, básicamente, venía a defender la moderación en los niveles de exigencia. Para que se vea claro: si la comisión interaliada encargada de evaluar las reparaciones recomendaba que Alemania pagase 40000 millones de dólares, el economista británico sostenía que no se le debían exigir más de 3000. También discrepaba de la mayoría de políticos y opinión pública de los países vencedores en la forma mediante la que Alemania debía pagar, ya que creían que debía ser despojada de sus bienes transportables, públicos y privados, mientras que Keynes prefería que se dejasen más o menos intactas las propiedades del país derrotado, suministrarle materias primas e imponerle un tributo anual sobre los futuros ingresos de la exportación. No tenía sentido imponerle condiciones que lo incapacitasen para la producción y consiguiente generación de riqueza. Dicho de otro modo: para la reactivación de la economía europea era un absurdo mantener a Alemania como una nación depauperada, que, por ende, no iba a ser capaz de pagar las altas reparaciones que se le exigían desde los sectores mas revanchistas.
La historia es la que es, y ya se sabe: el tratado de paz de Versalles fue inmisericorde con las potencias derrotadas. Sobre ello escribió meses después John Maynard Keynes en Las consecuencias económicas de la paz, el libro que publicó sobre su breve pero intensa experiencia política:
Jamás ha traicionado el espíritu de un Tratado de Paz tan brutalmente las intenciones que se dijo habían guiado su concepción como en el caso de este Tratado (...) en el cual toda decisión se permite con rudeza y falta de piedad, en el que no se encuentra un soplo de simpatía humana, que ultraja a todo aquello que une al hombre con el hombre, que es un crimen contra la humanidad misma, contra un pueblo doliente y torturado.
El primer ministro británico David Lloyd George, que había intentado sin éxito suavizar las exigencias del tratado frente a franceses y norteamericanos a última hora, predijo sombríamente al final: «Dentro de veinticinco años tendremos que repetirlo todo y nos costará tres veces más». Espeluznante.
En el libro citado –terroríficamente derrotista, por cierto– Keynes ve en aquel momento histórico una oportunidad perdida para «aliviar el conflicto civil de la familia europea», lamenta que no se hiciera de la rehabilitación económica de Europa el instrumento privilegiado para convertir al conjunto de sus países en una comunidad de «buenos vecinos» y niega cualquier tipo de progreso automático. «Una vez aprendida la lección, Keynes –destaca Silvia Nassar– no podía entender cómo un gobierno podía seguir ignorando sus responsabilidades para restaurar la prosperidad».
Ya en el presente, las voces de los noticiarios y los titulares de prensa en los últimos días nos hacen caer en la cuenta de que, por estas fechas, se cumplen diez años del inicio de la última gran crisis económica. También han hecho saber al común de los mortales que Grecia ha expiado en primera instancia sus pecados financieros con la conclusión oficial el mes pasado del rescate europeo de su economía. No he podido evitar acordarme de Keynes en París al volver a todo ello. Porque esa expresión de «pueblo doliente y torturado», tan certera y preñada de compasión, que el economista británico aplicó a la nación germana, muy bien se podría aplicar a las gentes de Grecia.
El caso de Grecia, como el anterior de las reparaciones de la Primera Guerra Mundial o lo ocurrido tras la guerra civil de Estado Unidos o después de las guerras napoleónicas, es un ejemplo concreto de algo que viene ocurriendo a escala global desde hace décadas, a saber, la «polarización entre acreedores y deudores». Este es el sintagma que utiliza el economista norteamericano Michael Hudson en su libro de reciente publicación en castellano titulado Matar al huésped; una voluminosa y prolija obra mediante la que trata de advertir de cómo la deuda y los que él llama «parásitos financieros» destruyen la economía global.
El calvario económico de Grecia es dolorosamente paradigmático; por eso mismo Hudson le dedica muchas páginas de su libro, siendo como es una de las manifestaciones de lo que él llama «el golpe de Estado de 2008» –ahí es nada– por el que se salvó a los bancos, no a la economía. En sus palabras:
En lugar de eliminar las malas deudas acumuladas con anterioridad a 2008, se las ha mantenido en su lugar. Esto, unido a los recortes en los programas de gasto público, reduce el mercado interno provocando que los precios de la vivienda y de otros activos pierdan su sostén y los salarios caigan. Los bancos fueron rescatados, no así la economía.
Aclaremos, por si acaso, que cuando él dice «economía» se refiere a la economía productiva, la real, frente a la financiera, creadora de dinero pero no necesariamente de riqueza. Quiere decirse que el sistema mutó en 2008 fortaleciendo al capitalismo financiero frente al industrial, pues hasta entonces los cracs financieros tenían de bueno que provocaban la eliminación de sobrecarga de deuda a fin de que las economía pudieran recuperarse. Esto es lo que remarcó con ocasión del término oficial del susodicho rescate griego el mediático economista Emilio Ontiveros, cuando declaró en una emisora de radio que los mercados tenían que haber asumido parte de la deuda con quitas porque fueron responsables del excesivo endeudamiento del Estado heleno. Con estas palabras lo exponía en declaraciones a un informativo radiofónico recientemente:
En este caso ha sido un salvamento a los acreedores. Son los contribuyentes, los ciudadanos griegos, los que están soportando en gran medida parte de esos trescientos mil millones de euros de salvamento. Hubiera sido razonable que los acreedores, que prestaron en su momento en exceso a Grecia, hubieran de alguna forma sufrido en mayor parte las consecuencias a través de renunciar a cobrar lo que prestaron en exceso. Cuando hay efectivamente una situación de insolvencia, hay un problema del que debe, pero también hay un problema de insuficiente control de riesgos por parte del que prestó.
En el caso de Grecia –como también en el de Irlanda y España– la así llamada Troika –FMI, Comisión Europea y Banco Central Europeo–, en contra de lo tan sensatamente expuesto más arriba, decidió salvar a los tenedores de bonos ampliando el crédito del rescate lo suficiente para que no perdieran un solo céntimo de todo lo que prestaron a los sucesivos gobiernos sin tener en cuenta la capacidad de éstos para pagar. Consecuencia, como señala Hudson: «Los tenedores de bonos y los depositantes de los bancos tomaron su dinero y corrieron, mientras que la gravosa deuda externa la tuvo que pagar la población a través de enormes impuestos, a una escala hasta entonces conocida solo en situaciones de emergencia bélica». Nada que ver con la idea de la economía como instrumento privilegiado para realizar el bien común, como ya propugnara John Maynard Keynes hace un siglo y que en nuestros días defienden economistas de la talla del premio Nobel francés Jean Tirole. Es precisamente este economista quien, en su libro titulado La economía del bien común a cuenta de la situación de Grecia justamente, vuelve a las preocupaciones éticas e históricas que ya asaltaron a Keynes tras su experiencia en París. Entre las inquietudes que destaca está la relativa a las relaciones europeas:
Las relaciones entre los pueblos de la Unión Europea, concebida por los padres fundadores para fomentar la paz en el continente, cada vez están más deterioradas. (...) asistimos a una resurrección de viejos y tristes clichés sobre los pueblos, especialmente sobre los alemanes y los griegos; y los populistas antieuropeos de izquierdas y, sobre todo, de derechas aumentan en número de electores días a día. 
Un siglo después de que Keynes clamara por «aliviar el conflicto civil de la familia europea», y que demostrara compungido, a partir de lo que contemplaba con impotencia, que hay una economía para el bien común –y, por ende, para la paz– y una economía para el enfrentamiento entre los grupos sociales y las naciones –es decir, para la guerra–, la historia inquiere: quo vadis, Europa? Pensar esta pregunta se torna una necesidad acuciante estos días cuando sabemos que en el parlamento europeo se debate si sancionar o no al gobierno húngaro de Víctor Orban por incumplir las leyes de la UE, esas mediante las que se trata de asegurar el respeto a los valores democráticos y humanistas que conforman el ideal de Europa y que se pretenden universales.
El homo economicus, que dice el economista francés Daniel Cohen, le está ganando la partida al homo moral. Ambos son incompatibles, y para según qué propósitos hay que escoger muy bien quién es el que se debe sentar a tomar las decisiones: si el que coloca la competitividad y la consecución del máximo beneficio a corto plazo –el primero– o el que trata de salvaguardar un estado de cosas lo más propicio posible para que la mayoría de personas traten de alcanzar su ideal de vida buena.
El antes aludido Michael Hudson ve en lo que llama «banalidad del mal económico» el atroz síntoma del enseñoramiento de ese homo economicus de la mano del paradigma actualmente dominante en el capitalismo. Quien tenga algo de cultura filosófica contemporánea seguramente sepa que el concepto de banalidad del mal se lo debemos a la filósofa de origen alemán Hannah Arendt. Ella es uno de esos intelectuales a cuyo pensamiento no dejó indiferente ese otro apocalipsis europeo que fue la Segunda Guerra Mundial y, particularmente, el horror del holocausto, el cual, además, le atañía especialmente por su condición de judía exiliada de su patria. La expresión fue acuñada por esta pensadora cuando hizo de corresponsal para The New Yorker en 1961 informando desde Jerusalén del juicio por crímenes de guerra a Adolf Eichmann, el oficial nazi responsable operativo de que millones de judíos y de otras personas de diversos colectivos estigmatizados por el régimen totalitario fuesen enviados a varios campos de concentración de acuerdo con la así llamada «Solución Final». ¿Por qué Eichmann, un tipo normal a todas luces, pudo ser agente en la realización de tamaño mal? Esto se preguntó la filósofa. Su respuesta fue que ese hombrecillo mediocre sencillamente no pensaba en lo que estaba haciendo, no alcanzó a tener nunca verdadera conciencia de ello, de cuáles eran sus consecuencias; debido, principalmente, a su incapacidad para pensar desde el punto de vista del otro, de aquel al que estaba metiendo en aquellos lúgubres vagones que se dirigían directamente a la más terrible de las muertes.
La sombra de la banalidad del mal se proyecta en las decisiones y acciones de muchos de los agentes económicos actuales que vienen a dar cuenta de la deriva que ha seguido durante las últimas décadas el sistema financiero ahora vigente. Gentes como Eichmann, inconscientes de las consecuencias para muchos otros de una forma de proceder tanto en política como en  economía beneficiosa a corto plazo y para quienes están al mando, pero de gran perjuicio para muchos otros, inermes sin la protección de una política económica que no pierda el norte del bien común. Así como la banalidad del mal definida por Hannah Arendt contaba con la ideología nazi como ingrediente necesario para apantallar el pensamiento de quienes la ejercían, así la banalidad del mal económico tiene en la ideología neoliberal y particularmente en el dogma del libre mercado sus justificantes plenipotenciarios.


En La gran apuesta (The big short), película estadounidense de 2015, su director Adam Mckay nos ofreció una cruda narración, no exenta de sus buenas dosis de espectáculo hollywoodiense y de didáctica financiera, de lo que fueron aquellos aciagos meses de hace una década, cuando la burbuja financiera nos estalló en la cara. En una de sus más lacerantes secuencias dos jóvenes aprendices de brujo de Wall Street que acaban de pegar un pelotazo que les va a convertir en multimillonarios, lo celebran con gesticulaciones y gritos de adolescentes ante un sobrio Brad Pitt que interpreta al veterano broker que les ha hecho de mentor y llevado su negocio al éxito. He aquí el diálogo (minuto 81 del filme):
Ben Rickert (interpretado por B. Pitt): ¡Parad ya, basta!
Jamie: ¿Qué?
B. Rickert: ¿Tenéis idea de lo que habéis hecho?
Charlie: Venga, acabamos de hacer el trato de nuestra vida. ¡Tenemos que celebrarlo!
B. Rickert: Habéis apostado contra la economía norteamericana.
Jamie y Charlie: ¡Jóder, sí señor!
B. Rickert: Y eso significa, significa que si tenemos razón muchos perderán sus casas, perderán sus empleos, perderán todos sus ahorros, perderán sus pensiones. Lo que más odio de la banca es que reduce a la gente a cifras. Por cada uno por ciento que aumenta el paro mueren cuarenta mil personas, ¿lo sabíais?
Charlie: No, no lo sabía.
Jamie: Nos hemos dejado llevar, no...
B. Rickert: ¡Pero no baliléis, coño!
Es el diálogo antagónico entre el homo economicus y el homo moral; o –lo que viene a ser lo mismo– la descarnada faz de la banalidad del mal económico. A decir de Michael Hudson su modo de operar es bien patente:
La primera incursión se hace en el Poder Ejecutivo, a través de los bancos centrales y los Ministerios de Hacienda. La estrategia consiste en imponer leyes a favor de los acreedores  para regular la quiebra, la ejecución bancaria, la regulación y tributación de las actividades bancarias y la propiedad. Con este fin, el capital financiero ahora opera en gran medida a través de instituciones financieras supranacionales. (...) el FMI y el Banco Mundial, seguidos por la Comisión Europea y el Banco Central Europeo, tratan de imponer la austeridad y unas privatizaciones a precios de saldo, mientras cargan las economías con un lastre de deuda interna y externa que hace hoy las veces de principal palanca de mando. Mientras, se afirma que todo esto hará las economías más ricas y elevará los niveles de vida.
De aquellas palabras de hace diez años de Nicolas Sarkozy, cuando el estallido de la crisis, proclamando la necesidad de refundar sobre bases étias el capitalismo hemos pasado al atronador golpeo de pecho de un imponente King Kong que, desde su altura, ni siquiera ve a aquellos que aplasta con cada paso que da. Ojalá no lleguemos a retroceder hasta encontrarnos de nuevo como Keynes en París hace cien años.