sábado, 24 de septiembre de 2016

¿Recuerdan a Cecil? Era el león cazado por un dentista estadounidense en 2015 en Zimbabue, y su muerte causó un gran escándalo en todo el mundo. Un gran número de organizaciones conservacionistas y de derechos de animales protestaron. El presidente de Zimbabue, Robert Mugabe también se unió al coro: condenó enérgicamente a Walter Palmer (el cazador), y exigió que se le extraditara a Zimbabue para enfrentar cargos.
En ese momento, una gran cantidad de comentaristas señaló que Mugabe no estaba en posición moral de predicar a nadie. De hecho, decían los comentaristas, Mugabe aprovechó el escándalo con el fin de desviar la atención frente a las numerosas violaciones de derechos humanos en Zimbabue. En lugar de preocuparse acerca de los leones, se decía, Mugabe debería estar preocupado por los zimbabuenses.

No nos equivoquemos: Mugabe es un dictador brutal. Sin embargo, es un argumento muy falaz afirmar que, puesto que un déspota se preocupa por los animales, entonces no debemos preocuparnos por los animales. Hitler amaba a su perro y era vegetariano. ¿Debemos, entonces, odiar a los perros y condenar el vegetarianismo? La respuesta parece obvia.
Sin embargo, también sería erróneo afirmar que, puesto que Mugabe condenó el asesinato de un león del año pasado, ahora es un hipócrita por proponer permitir la caza de elefantes en Zimbabue. Tal vez los elefantes y leones son diferentes, y no hay que aplicar las mismas normas éticas. Los leones están en peligro de extinción, los elefantes no.
De hecho, los gobiernos de Zimbabwe, Namibia y Sudáfrica, han elevado recientemente una propuesta para legalizar la caza de elefantes. Su argumento es muy simple: hay suficientes elefantes en esos países (27.000 en Sudáfrica, 82.000 y 20.000 en Zimbabwe en Namibia). La caza regulada plantea ningún riesgo para las poblaciones de elefantes en esas naciones. Y, dada la creciente demanda de marfil en países como China, ésta sería una buena oportunidad para que los tres países obtengan ganancias muy necesarias.
¿Es una buena idea? Los expertos en ética de tendencia libertaria han pensado durante mucho tiempo que sí. Su argumento es el siguiente: si la caza es legalizada como un negocio, las especies estarán protegidas. Los capitalistas ven en la caza una gran oportunidad para obtener ganancias, y así, se asegurarán de que las especies no se extingan (a través de programas de cría y conservación), precisamente porque es la fuente de sus ganancias.
Al igual que con muchas ideas libertarias, ésta parece tener una lógica poderosa. Pero, también como es habitual en el libertarismo, coloca demasiada esperanza en la racionalidad económica. Los capitalistas no siempre actuarán como los libertarios esperan que lo hagan. Y, si la historia sirve de guía, es bastante obvio que la mayoría de las especies se han extinguido debido precisamente a la caza excesiva.
Sin embargo, con 82.000, la población de elefantes es bastante sólida en Zimbabue, y al menos en el corto plazo, que la especie esté en peligro de extinción no es una preocupación. Por lo tanto, ¿es éticamente aceptable legalizar la caza en ese país? No nos apresuremos. Puede haber algunas otras objeciones.
¿Por qué debemos considerar a los animales como criaturas con menos derechos? Si la película Los juegos del hambre provoca terror en nosotros, ¿no debe también resultar aterradora la caza de un elefante? El filósofo Singer ha denunciado desde hace mucho tiempo el “especismo”, a saber, la idea de que los individuos de otras especies no tienen algunos derechos (incluido el derecho a la vida). No hace mucho tiempo, se creía que las personas con piel oscura no tenían el derecho a ser libres, y por lo tanto podían ser esclavizados. Ahora condenamos eso como racismo. ¿No deberíamos, entonces, también condenar el especismo? A juicio de Singer, el especismo es tan inmoral como el racismo.
Sin embargo, Singer es también un filósofo utilitarista. Bajo el utilitarismo, si un acto genera en balance buenas consecuencias, entonces debería ser éticamente aceptable. Por lo tanto, si un mayor número de vidas humanas y animales podrían salvarse matando a un menor número de elefantes, entonces Singer se vería obligado a admitir que, sí, debemos permitir la caza de elefantes.
¿Podría ser éste el caso en Zimbabue? Es muy dudoso. Si bien es cierto que los elefantes y los seres humanos pueden competir por algunos recursos (especialmente agua) en áreas remotas de Namibia y Zimbabue, hay muchas alternativas tecnológicas relativamente simples para satisfacer las necesidades de los seres humanos y los elefantes. Con buenos sistemas de distribución, hay suficiente agua para todos.

Y, ¿qué hay de los beneficios del tráfico de marfil? ¿No podría ayudar a alimentar a los niños hambrientos en esos países? Una vez más, no es probable. Zimbabue es un país notoriamente corrupto, y con toda seguridad, las ganancias del comercio de marfil se destinarán a las cuentas bancarias suizas de Mugabe y sus compinches.
Por otra parte, existe una gran preocupación planteada por Botsuana, un país vecino con una población de elefantes más frágil. Si la caza se permite en Sudáfrica, Namibia y Zimbabue, existe un mayor riesgo de que los cazadores eventualmente crucen la frontera con Botsuana, y pongan en peligro su población de elefantes.

En resumen: la legalización de la caza de elefantes en Zimbabue, Namibia y Sudáfrica no es una buena idea. Afortunadamente, la mayoría de las otras naciones están de acuerdo, y están endureciendo el control sobre la caza de elefantes.

martes, 20 de septiembre de 2016


Por miguelángelgc (@miguelangelgc)


Nos encontramos, querido lector, en nuestra cita semanal; primero antes que nada te quiero agradecer el honor de tu lectura, y sobretodo, hacer una mención especial a quiénes se han tomado la pequeña-gran molestia de comentar e iniciar una fabulosa y enriquecedora charla. 

El día de hoy quiero aprovechar un suceso que vivimos, o más bien recordamos,  ayer en México. Un evento que cambió a todo el país y que impactó de muchas maneras a la Nación. 

Me refiero al tristemente célebre sismo de mil novecientos ochenta y cinco qué afectó a las 07:17 (hora local) con una escala de Ritcher de 8.5 grados la capital del país. 

Yo no había nacido aún pero la historia nos dice que ante una carente cultura de atención a emergencias y a una falta de la protección civil en una zona por naturaleza sísmica (gran parte de la capital mexicana descansa sobre un antiguo río) dieron comoresultado una cifra incierta de muertos y miles de pesos (dólares) en pérdidas materiales. 

Una de las consecuencias del Terremoto fue la fundación del Sistema Nacional de Protección Civil México y la consecuente encomienda nacional en difusión, desde la educación básica, de la cultura de protección y actuación en caso de desastres. 

Todos los años, al medio día, los edificios públicos y/o gubernamentales tienen por obligación realizar un simulacro de evacuación más por recuerdo a las víctimas que por el hecho de la formación de cultura cívica ya que ésta, afortunadamente, puede decirse que está medianamente asentada en la idiosincrasia mexicana. Repito, se supone que así está. 

¿A dónde quiero llegar? 

Por asares del destino me tocó participar en uno de estos simulacros. Estando en el, al acompañar a la gente a mi lado, analizaba el entorno siempre en afán de "criticón". Pude ver como, aunque dentro de un ambiente relajado, recordaban y acataban con respeto el simulacro. 

Había gente que como yo no había vivido o sentido el sismo y también gente que lo recordaba "en carne propia" ... todos sin excepción y con respeto rendían un tributo con su gesto a aquellos desconocidos que la naturaleza con su furia asesinó.

Y esto se ha conseguido gracias a que la historia nos enseña acontecimiento. Gracias a que desde pequeños se inculcan los simulacros en las escuelas y se analiza con detalle lo que se sabía y ahora se sabe del terremoto que despertó a la Ciudad de México

Dice un viejo refrán que recordar es volver a vivir... yo diría más bien que recordar nos lleva a no olvidar, a hacer presente aquello que se trae al hoy para aprender de el. 

Recordando no solo conmemoramos a las víctimas de un hecho trágico. Recordando logramos que sus voces y gritos nunca cesen de resonar en la conciencia colectiva; sus palabras nos pueden guiar para evitar que acontecimientos de tal magnitud nos arrebaten tantas vidas logrando con cada una de sus sílabas reforzar la cultura de protección civil y, aunado a ellos, mejorar protocolos de atención a emergencias. 

Si dejamos que tan solo una voz de esas miles se silencie iniciaremos un camino hacia la perdición. Las tragedias nacionales -sobretodo- no deben nunca ser olvidadas, ya sea por fenómenos naturales o consecuencia de actos humanos, puesto que no hay mejores maestros para evitar nuevas tragedias que aquellos que ya se han ido



>> También puedes leerme en mi blog. Gracias. 


La imagen la obtuve La voz de Sexta Azcapotzalco, fue captada en septiembre del 85´. 

domingo, 18 de septiembre de 2016


José Luis Ferreira

Dos animales de la misma especie compiten por un recurso (una pareja, comida, un refugio,...). Ninguno es más grande ni más fuerte que el otro, ¿qué hacer? ¿Luchar? ¿Amagar, pero ceder si hay lucha?

Si evolutivamente están programados para luchar, uno se llevará el recurso, pero si el coste de luchar es muy alto (tanto que no se ve compensado por la ganancia del recurso) será una mala estrategia. En un mundo de luchadores, un individuo que no luche evitará esta pérdida y tendrá un éxito mayor.

Pero el mundo de esa especie tampoco podrá haber seleccionado la estrategia de no luchar. En un mundo de mansos, un individuo que desarrolle una estrategia luchadora tendrá una ganancia, puesto que en cada encuentro en que se compita por un recurso saldrá vencedor sin tener que llegar a luchar.

Hay varias maneras de encontrar una estrategia evolutivamente estable. Una implica que cada individuo luche solo con cierta probabilidad. Otra requiere que los animales puedan identificarse como Jugador 1 y Jugador 2 en cada encuentro. Si ambos reconocen cuál es cuál, pueden usar la estrategia que consiste en "luchar si eres el Jugador 1 y retirarse si eres el Jugador 2". Una manera de decidirlo puede ser el tamaño: el más grande y más fuerte es el 1. Pero hemos comenzado la entrada diciendo que eran parecidos.

También puede decidirse que el Jugador 1 sea quien llegó primero. Y esto lleva a una situación de mucho interés: se trata de un equilibrio muy estable y, de hecho, se observa muy a menudo en la naturaleza. Sin embargo, uno no encuentra razones claras por las que esto tenga que ser así si solo mira a ambos animales y a sus posibilidades de luchar por el recurso. Al fin y al cabo, estar identificado como Jugador 1 o Jugador 2 de esa manera no altera las fuerzas de cada uno. En cambio, la Teoría de Juegos explica perfectamente bien la situación, como sabemos desde Maynard Smith.

¿Qué fuerza es esa que conduce al equilibrio? ¿Está determinada por las leyes de la Física?

Claro que lo está, pero hay que buscar la relación, que es muy sutil y que se aclara en cuanto entendemos eso de la selección del mejor adaptado y que una estrategia es una adaptación.

martes, 13 de septiembre de 2016


Por miguelangelgc (@miguelangelgc)

Sábado para amanecer domingo. Noche en casa con un plan de dormir desde temprano hasta lo más tarde que me permita mi cuerpo del día siguiente. ¿Suena hermoso?, ¿no?

Ahora, agregémosle que todo se viene abajo porque uno de mis vecinos decide estrenar su bocina llegada desde China que compró porque según leyó que contaba -¡vaya que si no!- con un sonido potente. Y para colmo la prueba desde las veintidos horas hasta las diez de la mañana... resumen: una noche completamente en vela por culpa de terceros.

Mi primera reacción fue, a eso de las tres de la mañana, salir a mentarle la madre... pero me detuve. Respiro profundamente para dar una oportunidad a su prudencia pero no, la fiesta sigue y sigue... hasta que apaga la bocina a las diez a.m. del domingo. 

Ya medio zombie por el desvelo mi mente comienza a imaginar posibles escenarios; uno de ellos fue pegar la bocina a la pared contigua [que da a su casa] a todo volumen para cuando presumiblemente él intentara dormir no dejarlo pero luego de un rato de pensarlo decido no hacerlo. 

¿Por qué? 

Reza un dicho que "quien a hierro mata, a hierro muere". ¿Qué quiere decir ésto? Que la venganza nunca es buena, que la violencia no hace otra cosa más que engendrar más violencia cayendo en un círculo vicioso de nunca acabar.

Y, por ende, si yo caía en la tentación de contraatacar a mi ruidoso compañero de colonia generaria, como mínimo, que él lo volviera a hacer una y otra vez con su contraparte mía. 

Por eso opté, no por miedo sino por prudencia y sobretodo inteligencia, no agredir de la misma manera. La siguiente opción fue -es, al día de hoy ya que todavía no lo consigo- hablar con él, educadamente, para buscar y mediar un volumen decente y prudente para sus largas noches.

La enseñanza de todo es la diplomacia y, más relevante aún, la no violencia. En un mundo donde las agresiones y los conflictos están a la orden del día tenemos que apostar por contener nuestro ímpetu de "el que me la hace la paga" versus el ser civilizados. 

Para tener paz debe de empezar uno de los bandos involucrados.



La imagen del artículo la obtuve en Que

domingo, 11 de septiembre de 2016


Por José María Agüera Lorente
Richard Leakey, el veterano paleoantropólogo, tomando prestada la expresión de un teólogo, lo llamaba «la inquietud fundamental». Él lo tiene por un sentimiento específicamente humano del que brota el deseo inveterado de indagar sobre nuestros orígenes. Cuando nos planteamos en la actualidad dentro de los dominios de la neurociencia cognitiva las cuestiones propias de este vanguardista ámbito de investigación sobre la mente también nos impulsa, desde lo más profundo de nuestra condición humana, la susodicha inquietud. Ella nutre ese trasfondo filosófico que subyace a toda investigación científica que, al final, apunta a las grandes cuestiones que conforman el horizonte trascendental del conocimiento humano, y que reconoce el fundador de la sociobiología, Edward O. Wilson, en su libro titulado La conquista social de la Tierra. En él nos encontramos con que las partes segunda, quinta y sexta llevan por títulos, respectivamente, ¿qué somos?, ¿de dónde venimos? y ¿adónde vamos? Creo que es prueba suficiente de que la ciencia toma consciencia, conforme va expandiendo sus dominios epistemológicos, de que, más pronto que tarde, tendrá que abordar explícitamente esas cuestiones radicales (es decir, filosóficas).
Y podría uno atreverse a decir que ya ha empezado a hacerlo. Desde unos primeros planteamientos más generales se ha ido ganando en precisión. Gracias, indiscutiblemente y en primer lugar, al poderosísimo paradigma teórico que supuso la aportación de Charles Darwin hace siglo y medio, que colocaba al ser humano en el marco de referencia adecuado para su estudio dentro de los estrictos límites gnoseológicos de la ciencia positiva. Pocas obras intelectuales llevadas a cabo por el ser humano han demostrado tener un mayor poder de inspiración en tan diversos campos de investigación. La teoría de la evolución ha sido fértil humus, en términos generales, tanto en el trabajo correspondiente a las llamadas ciencias de la naturaleza como en el que se desarrolla en las ciencias sociales. Esto –al margen de las sempiternas refriegas ideológicas y de propuestas pseudocientíficas como la que representa la teoría del diseño inteligente– no lo niega nadie en nuestros días, si es que cuenta con un mínimo de seriedad intelectual.
En este punto resulta muy oportuno traer a la memoria un viejo artículo de Pedro Laín Entralgo –humanista que edificó su pensamiento sobre las bases del conocimiento científico–, que es una elocuente muestra de la síntesis entre las fundamentales cuestiones filosóficas y los problemas más concretos que abordan las ciencias.
El texto lleva por título Cajal y el chimpancé, título con el que el autor vincula la inteligencia del sabio pionero en la neurociencia con la de los simios con los que trabajó el psicólogo de la Gestalt Wolfgang Köhler en los años de la Primera Guerra Mundial, sirviéndose del concepto de la evolución para establecer la conexión a partir de las reflexiones a las que conducen los hallazgos fósiles. En palabras del propio Laín Entralgo extraídas del susodicho artículo: 
Dos problemas, pues, íntimamente conexos entre sí, el paleontológico y el psicológico-experimental. El primero: ¿cuándo y cómo unos restos óseos permiten concluir que la figura y la presumible conducta del animal a que pertenecieron eran todavía antropoides o eran ya humanas? El segundo: ¿en qué medida y de qué modo las ocurrencias resolutivas y las invenciones técnicas de los antropoides son equiparables a las ocurrencias resolutivas y las invenciones técnicas de los hombres? En definitiva: ¿es homogénea o no lo es la conversión evolutiva del género Australopithecus en género Homo? Por tanto: ¿en qué se asemejan y en qué difieren la revelación que iluminó a Cajal ante ciertas preparaciones micrográficas de tejido nervioso y la vivencia del ¡ajá! que experimentaba el chimpancé Sultán ante sus cañas empalmadas? Fascinantes preguntas, tanto para la ciencia positiva como para la especulación antropológica, e incluso para cualquier hombre preocupado por saber lo que como hombre es.
Es aquí donde interviene de manera decisiva la neurociencia cognitiva, ofreciendo ese enfoque desde la encrucijada interdisciplinar que se enriquece con las aportaciones de la neurología, de la psicología cognitiva y de las ciencias de la computación y de la inteligencia artificial. En la actualidad tenemos suficientes pruebas de que así es considerado por quienes destacan en la exploración de este apasionante universo interior que apenas recién hemos empezado a comprender. Es el caso del psicólogo norteamericano Steven Pinker que, en su libro Cómo funciona la mente, no ahorra loas a la teoría computacional de la mente. Como muestra, un botón: 

¿Por qué debemos confiar en la teoría computacional de la mente? Ante todo, porque ha resuelto problemas filosóficos que tenían milenios de antigüedad, porque ha supuesto el inicio de la revolución informática, porque ha planteado preguntas relevantes a la neurociencia y ha proporcionado a la psicología un programa de investigación magníficamente fructífero. 
¡¿Qué más se puede pedir?!
Efectivamente entre esos problemas filosóficos que tenían milenios de antigüedad no es el menos importante y antiguo el que hemos referido al comienzo, y que fue planteado por el padre de la teoría de la evolución, consciente de que sus tesis tenían importantes implicaciones para el susodicho problema, de cuya complejidad era víctima –por así decir– el propio Darwin; pues es el mismo sabio inglés el que afirma en 1871 en su libro The descent of man, and selection in relation to sex tanto que «no puede haber duda de que la diferencia entre la mente del hombre más primitivo y la del animal más avanzado es inmensa» como que «sin embargo, la diferencia en mente entre el hombre y los animales superiores, grande como es, es ciertamente de grado y no de clase». A la misma cuestión trata de dar respuesta concluyente el neuropsicólogo norteamericano Michael S. Gazzaniga siglo y medio después de publicadas esas palabras por primera vez. Léase el primer capítulo de su libro titulado ¿Qué nos hace humanos?, donde aparece el siguiente encabezamiento: «¿son únicos los cerebros humanos?». Así que diríase que algo hemos ganado en el camino; hemos precisado la pregunta y la hemos replanteado en un terreno lo suficientemente fértil como para que nos dé los frutos del conocimiento que tanto ansiamos. En palabras de Gazzaniga: 
Pese a que es obvio para todo el mundo que los seres humanos somos físicamente únicos, también es obvio que diferimos de otros animales en aspectos mucho más complejos. Creamos arte, pasta boloñesa, y máquinas complicadas, y algunos entienden la física cuántica. No necesitamos que un neurocientífico nos diga que nuestro cerebro es el que manda, pero sí necesitamos uno que nos explique cómo lo hace. ¿Hasta qué punto somos únicos y en qué modo lo somos?
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