martes, 23 de septiembre de 2014







lunes, 22 de septiembre de 2014

Reflexiones de un científico-ciudadano es el subtítulo de este libro en el que se recogen las tres conferencias que el físico Richard Feynman dio en la Universidad de Washington en 1963. Tituladas "Ciencia y futuro de la humanidad", "Ciencia y valores humanos" y "Esta era acientífica".

Seguramente te hayas preguntado cómo llegamos a saber las cosas que sabemos acerca del mundo que nos rodea. Por ejemplo, cómo podemos saber que las galaxias -incluida nuestra Vía Láctea- se alejan unas de otras o cómo hemos podido descubrir, desde hace tiempo ya, que la Tierra es (casi) esférica y que gracias a la gravedad se mantiene "unida" al Sol, nuestra estrella, mientras rota a su alrededor. Preguntárselo no es algo banal o estúpido. Los antiguos (y por antiguos me refiero a algunos de los hombres más modernos que jamás hayan existido) pensaban, como explicaba Feynman en la primera conferencia, que la Tierra era el lomo de un elefante sostenido sobre una tortuga que flotaba en un mar sin fondo. Hoy nos parece una chorrada, pero las explicaciones científicas, bien miradas, pueden ser lo más antiintuitivas que imagines. Es cierto, sí, algunas teorías científicas son puro sentido común, pero no la mayoría. Estas reflexiones que Feynman nos transmite parecen ir en contra de aquella reflexión del gran T.H. Huxley:
La ciencia no es más que sentido común entrenado y organizado; se diferencia de este solamente en lo que un veterano se distingue de un recluta. Y sus métodos difieren de los del sentido común únicamente en el modo en que las técnicas de combate de un soldado de élite difieren del modo en que un salvaje esgrime su garrote.
Pero si lo examinamos más a fondo, no existe tal contradicción: Huxley se refería a los métodos de la ciencia, no a sus conclusiones; y Feynman a estas últimas. Las conclusiones pueden ser sorprendentemente antiintuitivas. Hoy el elefante y la tortuga se han desvanecido porque sabemos que la Tierra es una bola que da vueltas y los seres vivos y los objetos nos sostenemos en toda su superficie, y además giramos a una velocidad enorme alrededor de una bola gigante de "fuego" que se sostiene por la misma razón que nosotros. Ambas teorías suenan, si las escuchas así, a que el que las formuló llevaba encima alguna copa de más. No voy a mencionar siquiera lo antiintuitivo de la teoría cuántica. La ciencia no hace más que sorprendernos.

Pero dentro de todas estas teorías hay unas mejores que otras, unas llegan más lejos que otras en la carrera de obstáculos de la empresa científica. Esto es lo que nos intenta explicar Feynman en su primera conferencia, traducida al español con bastante atino como "La incertidumbre de la ciencia". Una de las dos teorías anteriores es mejor que la otra. La de la tortuga nos lleva a una regresión ad infinitum (¿cómo se sostiene el mar?) mientras que la segunda teoría, la gravedad, lo explica elegantemente, sin recurrir a nada más. Las teorías de regresión no explican mucho aunque parezcan hacerlo, si no me crees prueba a leer las vías tomistas de la existencia de Dios.

Entonces, si muchas explicaciones a lo que observamos en la naturaleza se nos muestran como difíciles para la intuición, pues no son lo primero en lo que pensaríamos, cómo puede ser que las hayamos hallado. Pues gracias a la ciencia. Nos dice Feynman que la ciencia se puede entender como tres cosas diferentes, pero interrelacionadas (lo más parecido a una trinidad que tenemos los científicos). Cuando hablamos de ciencia nos referimos a alguna de las tres. Por un lado podemos entender ciencia como el cuerpo de conocimientos acumulados que explican muchos de los fenómenos del mundo. Por otro lado es utilizada también con el significado de producción de nuevas cosas, lo que se denomina tecnología; mucha gente identifica siempre ciencia con tecnología. Y por último, el significado más importante es un método. El método por el que llegamos a saber cosas de la realidad que está ahí fuera. El método por el que hallamos explicaciones o modelos conceptuales más o menos complejos a hechos naturales. Llamamos método al conjunto de reglas experimentales y lógicas por las que los científicos hacen ciencia, no lo entendamos como un método al estilo de una receta en la que si sigues los pasos obtendrás un apetitoso conocimiento científico. Cuando Feynman habla de método lo hace con este significado.

La primera de las conferencias explica cada uno de estos significados de ciencia. La ciencia cómo método para descubrir cosas se basa en un principio muy claro, que separa las ciencias del resto de áreas de conocimiento humano. El único juez de la verdad, para Feynman, es el experimento. Cualquier idea que se le ocurra a un científico sólo puede ser considerada como cierta (o cómo útil) si explica algo que sucede y puede predecir lo que ocurrirá con bastante atino. La pregunta básica en ciencia es "si hacemos esto, ¿Qué sucederá?" Y no sólo eso, sino que la famosa expresión "la excepción confirma la regla" no tiene cabida en la empresa científica. En ciencia esa sentencia deberíamos reformularla, como dice Feynman: "La excepción pone a prueba la regla" o "la excepción prueba que la regla es falsa". A veces una "regla" funciona perfectamente y no obtenemos una excepción hasta tiempo después, cuando -basándose en las propias "reglas"- la segunda parte de la Ciencia, la tecnología, ha construido aparatos que nos permitan descubrir que allá donde el ojo no llegaba, resulta ahora que la "regla" no se cumple, o al revés: la máquina de Atwood fue inventada un siglo después de Newton para demostrar la segunda ley. Si el grito que oímos es: ¡Una excepción! en vez de ¡Eureka!, en ese momento hay que buscar una mejor explicación, una nueva "regla" que abarque lo anterior y el nuevo hecho observado. Una nueva hipótesis, una nueva teoría.

Pero en general, casi íntegramente a lo largo de la historia de la ciencia son cambios finos, pequeños ajustes en las teorías que producen todo un gran salto en el conocimiento y en la comprensión humana; también hay grandes cambios científicos, hay quien los llama revoluciones o cambios de paradigmas, aunque son mucho menos frecuentes. En el libro no se ejemplifica, puesto que son conferencias, cuya característica suele ser la brevedad, pero podemos escenificar el mil veces repetido ejemplo de la órbita de Mercurio. La teoría gravitatoria de Newton y la relatividad general de Einstein son modelos conceptuales que permiten explicar hechos: ambas predicen de manera casi exactamente igual las órbitas de los planetas. Sin embargo se observaba que Mercurio era un poco distinto a los demás, el díscolo del grupo. Al ser el planeta más cercano al Sol sufre los efectos gravitatorios más fuertes. Pues bien, la relatividad general predice que el eje mayor de su elipse debería rotar alrededor del Sol a un ritmo constante. En este detalle, el modelo conceptual relativista funciona mejor que el newtoniano. Un efecto que requiere una observación aguda, pero ya había sido descrito antes de Einstein, solo que no podía ser explicado. Mercurio amanecía cada día como excepción hasta que la mecánica relativista lo incluyó en sus "reglas", sirviendo además como una de las primeras confirmaciones a la teoría de Einstein. Vamos ajustando nuestros modelos conceptuales que nos permiten comprender, en mayor o menor medida, el mundo.

Sin embargo me parece importante advertir que el experimento -la experiencia- que pone Feynman como único juez de la verdad científica, no está solo en su tarea. Me gustaría comentar algo que considero debería incluirse en esta conferencia. La experiencia está lejos de ser el único juez de las teorías científicas en las ciencias experimentales. Las teorías -las "reglas"- se ponen a prueba con los hechos del experimento y con otras teorías. Cuanto elaboras una hipótesis que explique un hecho no lo haces ex nihilo, sino que tu hipótesis se debe sostener sobre ciertas bases (que forman parte del siguiente significado de la ciencia para Feynman: la ciencia como un corpus de conocimientos) de modo que el propio experimento que ponga a prueba la teoría, si tiene éxito, debe proporcionar confirmación tanto de esta nueva teoría sobre la que estamos poniendo la lupa, como de las ya establecidas. ¿Por qué digo que no vale solo con la experimentación? Pues porque la experiencia de la que dispones al examinar tu hipótesis no es indiscutible o exacta: nuevas experiencias pueden mostrar la necesidad de cambiar las previas y porque cualquier experiencia científica es interpretada en mayor o menor grado. De modo que el juez de las teorías es el experimento -como dice Feynman-, pero además necesita un soporte racional -como lo llama Mario Bunge-. Las teorías científicas deben adecuarse a los hechos (sino la ciencia no sería empírica) pero ningún hecho aislado es aceptado a menos que tenga cabida dentro del propio corpus de explicaciones racionales y empíricas previas. Lógicamente esto no es un dogma, es interdependiente, como dijimos antes: el experimento debería confirmar -si es el caso- la nueva hipótesis y las hipótesis ya establecidas. Si no, algo hay que modificar. Creo que Feynman debería haberse extendido para recalcar este hecho, pero es excusable al tratarse de conferencias someras.

Esas reflexiones nos llevan al que, de acuerdo con Feynman, consideramos el otro significado de Ciencia. El cuerpo de conocimientos. Precisamente por lo que dijimos, hay "reglas" o teorías que es muy posible que cambien porque hay algunas excepciones con las que no funcionan o porque todavía no se ha descubierto la excepción que pondrá a prueba la regla; otras son casi seguras y es muy probable que no aparezcan excepciones. El otro significado de ciencia para Feynman es un corpus de conocimientos con distintos grados de verdad. Mediante el método científico (todas las técnicas metodológicas y lógicas que agrupamos en esa denominación, recuerda) la ciencia nos va mostrando cómo funciona la realidad que existe ahí fuera mediante la elaboración de modelos conceptuales que funcionan -pues deben pasar la regla del experimento que mencionábamos antes- permitiéndonos estar cada vez más cerca de la verdad que existe ahí fuera, sea o no esta alcanzable objetivamente. Es por tanto un cuerpo de conocimientos con un grado variable de certezas; no lo sabemos todo, por lo que no debemos afirmar como si lo supiésemos. De esta conferencia me quedo con la importancia de la duda en la ciencia.

¿Qué podemos deducir de estos significados de ciencia que nos ha comentado Feynman? Que la ciencia no es propiedad privada de los científicos, sino que pertenece a la humanidad, pues todos (seamos científicos o no) empleamos la ciencia varias veces al día, no solo los conocimientos incluidos en el corpus, sino mientras examinamos y comprobamos escépticamente las rotundas afirmaciones del vendedor de coches o, mediante hipótesis-ensayo-error encontramos la explicación al por qué la lavadora ha dejado de funcionar. La base es idéntica a la que se usa en grandes centros científicos: un examen escéptico y experimental de las explicaciones naturales propuestas a lo que observamos.

Esto nos lleva a las otras conferencias. Quizás, la idea clave del libro de Feynman podríamos resumirlo en aquella frase del propio físico y que nos la recordaba Carl Sagan en El mundo y sus demonios: "Mantén tu mente abierta, pero no tanto como para que el cerebro se te caiga de ella". Me explico. Richard Feynman proclama el valor de la duda y la incertidumbre en la cultura humana. Nos lo acaba de recordar Neil DeGrasse Tayson en el segundo episodio de Cosmos: A Spacetime Odyssey: "No nos asusta admitir aquello que no conocemos, no hay por qué avergonzarse. Lo único vergonzoso es fingir que tenemos todas las respuestas. Quizá alguien que está viendo esto sea el primero en resolver el misterio". Dudar y no estar seguro de algo es bueno, lo peor surge cuando afirmamos algo sin estar seguros (William K. Clifford diría que no sería ético) porque ahí tienen su semilla las afirmaciones religiosas y dogmáticas y las pseudociencias. En su tercera y última conferencia -"Esta era acientífica"- se dedica a destruir por completo la "autoridad", analizando pormenorizado la falacia ad baculum:
Además, por si acaso ustedes estuvieran empezando a creer algunas de las cosas que yo dije antes son verdaderas simplemente porque soy un científico o porque les han dicho que yo gané algunos premios, en lugar de considerar las ideas en sí mismas y juzgarlas directamente -en otras palabras, ustedes tienen cierto respeto hacia la autoridad-, voy a acabar con eso esta noche.
Visto esto, nos surge una pregunta: ¿La era en la que vivimos es una era científica o acientífica? Decir que vivimos en la era de la ciencia es muy común. De hecho, la ciencia nunca ha estado en mejor estado de salud; si entendemos como era científica una era en la que la ciencias se desarrollen rápida y sólidamente, entonces podemos considerar, sin miedo a equivocarnos, el momento en el que vivimos como una "era científica". La ciencia como fuerza importante comienza con Galileo, y por tanto existe desde hace sólo unos tres siglos. Pero la velocidad con la que la ciencia se ha desarrollado en este corto período no ha dejado de aumentar: en biología y medicina, en física y en química, y por supuesto también en la tecnología, o allá donde la vista te alcance, todas las disciplinas científicas han evolucionado a velocidades tremendas; muchas de ellas son incluso disciplinas nacidas dentro del propio desarrollo de estos últimos años. ¿Es entonces nuestra era una era científica? En ese sentido, sí, lo es.

Pero la cuestión no termina ahí. Para Richard Feynman esta, sin embargo, sería una "era acientífica" si entendemos como una "era científica" aquella donde la ciencia desempeñe un papel destacado en las actitudes y conocimientos de la gente. En la "edad heroica" de los griegos se llenaba la literatura de las hazañas de los héroes militares. En la edad media las actitudes de la gente y el arte estaban impregnadas de un profundo punto de vista religioso: una "era religiosa". En este sentido, la ciencia no constituye una era pues no forma parte integral, no toca, como un pulpo con sus brazos, todas las ramas de la cultura humana. Pero también nos dice Feynman que ello a priori no es motivo de pesar. Que algo sea acientífico no implica que sea malo, lo "científico" queda para definir exclusivamente a lo que podemos conocer por ensayo-error, por el método experimental de la ciencia. No es malo que la literatura, la música o en nuestros momentos de diversión no seamos científicos, no hay razón alguna para serlo, nos explica Feynman. El problema de la era acientífica es otro, y sobre ello caerá el peso de la conferencia.

Hay cosas, en su mayoría banales, que son innecesariamente acientíficas y la metodología de la empresa científica es indudablemente útil en otras disciplinas. Con estas dos premisas pasa Feynman a ejemplificarlo: ¿Te imaginas un político que para probar sus afirmaciones no recurra a citas, discursos retóricos -sabiendo que es indudable que forman parte de la política- o a la falacia ad hominen, sino que las contraste con datos certificables y estadísticos? El método de la ciencia debería emplearse en toda empresa humana en que la razón y la experiencia deban ir juntos, creo que es la enseñanza que podemos extraer de esta conferencia. La democracia no debe ni puede ser "científica", pues perdería su sentido, pero hay asuntos y decisiones que necesitan indudablemente a la ciencia y la filosofía, y no se les puede dar la espalda.

Como supongo que notes, la extensión del método científico fuera de la ciencia, nos avisa también Feynman, camina todavía en pañales. Esta es una era acientífica en el sentido de que la gente, aunque mucha de ella conoce -y desde luego usa- los avances más recientes en ciencia, no tiene interiorizado el método (o las herramientas lógicas y metodológicas que lo constituyen). Siguen existiendo personas, que, por usar el mismo ejemplo que Richard Feynman en su conferencia, pretenden probar sus afirmaciones con uno o dos sucesos: "Pepe se curó con estas pastillas o después de tomar tal remedio casero". No, no y no, nos insiste en recordar Feynman, que a esto se refería con "era acientífica": todo tiene que ser comprobado con mucho cuidado. Astrología, adivinos y otras pseudociencias y charlatanes tienen cabida en esta feroz y eficaz -aunque somera- crítica de Feynman.

La tercera y la segunda conferencia -titulada "La incertidumbre de los valores"- se relacionan. En ambas se habla de la metodología científica. Si bien en la tercera, como ya vimos, el problema es que este conjunto de reglas y consejos científicos no están interiorizados en la población, en la segunda habla del conflicto entre el riguroso pero a la vez flexible método de la ciencia y su relación con el dogma, lo opuesto al escrutionio escéptico y experimental de la empresa científica. Feynman habla aquí de la relación entre la ciencia y la religión. ¿Puede ser un científico creyente al mismo tiempo que trabaja escépticamente en la empresa científica? Poder puede. También un político puede clamar contra la corrupción para después ser pillado in fraganti con un maletín de cuero caminando hacia Suiza. O yo mismo puedo recomendar tomar pescado cuando yo, personalmente, no lo pruebo mucho. Puede darse ambos al mismo tiempo: puede un científico ser creyente, pero al menos se le plantean algunos problemas, como los que describe Feynman en el libro. Problemas relacionados con el escepticismo y la confirmación de cualquier afirmación, pertenezca esta al ámbito que pertenezca, máxime cuando hablamos de la respuesta a la pregunta última de la ciencia: ¿Cómo se creó el universo?

Con este libro tienes una oportunidad única: ¡puedes asistir a las conferencias de un genio! El resumen tal vez sea que Feynman nos insta a aprender de la ciencia, no solo sus resultados, sino su metodología, con la que ha conseguido todos sus grandes logros.

Borja Merino.

Este artículo se publicó originalmente en el blog 'Destejiendo el Mundo'.

DATOS DEL LIBRO:
Título: Qué significa todo eso
Autor: Richard P. Feynman
Editorial: Crítica (Drakontos)
Idioma: Español
Fecha de publicación: 2010
ISBN: 9788498921021

BIBLIOGRAFÍA:

  • Bunge, Mario. (2013). La ciencia. Su método y su filosofía. Editorial Laetoli.
  • Chalmers, Alan. (1997). Qué es esa cosa llamada Ciencia. Siglo Veintiuno de España Editores.
  • Dawkins, Richard. (2009). Evolución. El mayor espectáculo sobre la Tierra. Espasa.
  • -. (2000) Hall of mirrors. Publicado en Forbes ASAP. 2 de octubre de 2000. 
  • Feynman, Richard. (2010). Qué significa todo eso. Drakontos.
  • Gross, P. y Levitt, N. (1994). Higher Superstition: The Academic Left and Its Quarrels with Science. John Hopkins University Press.
  • Hawking, Stephen. (2011). Historia del tiempo. Drakontos.
  • Kuhn, Thomas. (2008). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica.
  • Russell, Bertrand. (1931). El panorama de la ciencia. Revista de Occidente.
  • Sagan, Carl. (1997). El mundo y sus demonios. Editorial Planeta.
  • Sokal, Alan y Bricmont, Jean. (1999). Imposturas intelectuales. Ediciones Paidós. Barcelona.
  • Wolpert, Lewis. (1994). La naturaleza no natural de la ciencia. Acento.

domingo, 21 de septiembre de 2014


Hay quien cree que hay algo así como un mundo platónico de derechos que solo tenemos que aprender a ver para reconocerlos. Otros creen que los derechos están otorgados por un ente superior y que, en escritos a él atribuidos, ha dejado dicho cuáles son. Otros, aún, creen que la sola existencia de ese ser implica también la existencia de derechos, que uno va desgranando con buena Teología. Finalmente está quien cree que los derechos podrán deducirse usando la razón, estando escondidos en ella y de donde razonando adecuadamente podremos sacarlos, esta vez con buena Metafísica. No es muy distinta esta última de la postura platónica inicial, ni es distinta la manera en que cada cual cree haber atisbado lo deducido por la razón. El que ninguna de estas posturas haya conseguido avanzar en su agenda sino más bien haya corroborado las propias intuiciones y prejuicios las hace igualmente inútiles.

Frente a lo anterior propongo la simple consideración de que no existen más derechos que los que nos concedemos unos a otros o a los demás. Ciertamente podremos usar tanto la historia como las preferencias morales y la razón para decidir qué derechos queremos otorgarnos a nosotros y a los demás. La historia nos viene dada, aunque la interpretemos a nuestra manera; las preferencias morales se moldean por múltiples interacciones genéticas o ambientales y la razón, bueno, la razón no siempre vence a los prejuicios y deducimos cosas sin darnos cuenta de las falacias y sesgos que traemos.

Todo esto quiere decir que nuestras cartas de derechos serán provisionales, chapuceras y que reflejarán las preferencias de los más poderosos. ¿Tienen las mujeres los mismos derechos que los hombres? En algunas sociedades, sí (o casi) y en otras claramente no. Llegados a este punto suele reinar la confusión y a veces se quiere sacar una conclusión errónea de esta postura, como que entonces hay que aceptar como bueno el estado de derechos que prevalece en una sociedad. No es así, la postura que planteo solo recoge lo que es el caso, sin establecer juicios morales. Cada uno, o cada grupo de personas afines, tendrá su valoración sobre la distribución de derechos y podrá aceptarla o no, y podrá querer hacer algo para cambiarla o no.

La cuestión que sigue es de qué manera cambia la asignación de derechos. La respuesta es variada, y en ella influyen presiones varias. Por ejemplo, la razón puede abrirse paso: en un primer momento reconocemos que todos los seres humanos deben ser iguales en derechos y en un segundo momento nos damos cuenta de que los homosexuales también son seres humanos y, venciendo inercias históricas y prejuicios, aplicamos la deducción lógica de que deben tener también los mismos derechos que los heterosexuales. También pueden abrirse paso teorías normativas sobre cierta manera en que la asignación de derechos debe ser coherente. Por ejemplo, no se puede otorgar un derecho sin una obligación o responsabilidad como contrapartida. A veces se hace caso a una arbitrariedad histórica, como cuando se reconoce el derecho de secesión a los habitantes de un territorio y no a los de otro, o se llega a un compromiso entre sensibilidades distintas como cuando se permite el aborto hasta cierta semana de embarazo, pero no unos días después. Estas últimas arbitrariedades no tienen por qué ser consideradas irracionales, a no ser que uno piense que los compromisos entre humanos son irracionales solo por el hecho de ser compromisos. De hecho pueden ser perfectamente racionales si con ellos, como con la razón y las teorías normativas, conseguimos cada vez mejores modos de convivencia.

Y esto último es la clave, resolver disputas entre gentes que opinan de manera distinta. Aunque la resolución no signifique estar de acuerdo sino aceptar compromisos, esto no impide que sí podamos convencernos de que ciertas instituciones y ciertas maneras de debatir nos permiten mejores resultados que otras para llegar a esos compromisos y mejorar la convivencia. Libertad de expresión, reconocimiento de derechos humanos básicos, democracia, educación, respeto al otro (y a los otros), distinción entre lo privado y lo público, centrar la atención en las consecuencias,… son algunas de las pautas que ayudan.

Pongamos un ejemplo para finalizar. Hay quien opina que los animales tienen ciertos derechos y quien opina lo contrario. Partir de que tienen o no esos derechos no lleva a ningún lado, puesto que todo el argumento de ambas partes caerá en la falacia de “petición de principio” en la que se asume lo que se quiere demostrar. Fácilmente la falacia se viste con algún tipo de argumento que le da apariencia racional, como cuando se dice que los animales no pueden tener derechos porque no tienen obligaciones ni responsabilidad, apelando al principio normativo señalado más arriba, o como cuando se dice que sí deben tener los mismos derechos que los humanos porque no hay en la naturaleza ninguna predilección por una u otra especie, intentando con esto un silogismo. Ambos argumentos siguen siendo falaces, el principio normativo aceptado y al que se apela en el primer caso solo implica que alguien, no necesariamente el animal, tiene que asumir cierta responsabilidad u obligación que garantice el derecho reconocido. Lo mismo hacemos al otorgar derechos a los niños o a personas mayores a las que se ha incapacitado por su deterioro mental. La falacia del argumento que denuncia el especismo es más patente, al colocar a la naturaleza como dadora de derechos, cuando en el planeta Tierra y en este siglo somos los humanos quienes los otorgamos y quienes actuamos en consecuencia con ese otorgamiento.

Si aceptamos que solo existen los derechos que reconocemos la discusión evitará las anteriores falacias y se planteará en términos de qué derechos queremos reconocer a los animales y con ello podremos llegar más fácilmente a una situación de compromiso entre las distintas preferencias morales sobre el tema (y si alguien no quiere llamar a esto derechos sino protección u otra cosa me parece bien, no cambia el razonamiento aquí hecho, aunque las palabras empleadas sí tengan distinta fuerza de convencimiento para la otra parte).

Como ejemplo final he usado este de los derechos de los animales porque creo que levantará menos pasiones, de manera que asomarán menos prejuicios en su consideración por parte del lector, por lo menos, comparándolo con otros ejemplos, y en él se entenderá mejor mi postura. En un futuro podremos hablar de temas más candentes, como la independencia de territorios de Europa, el aborto o los sistemas económicos.

José Luis Ferreira
“Hemos preparado una civilización global en la que los elementos cruciales dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos dispuesto las cosas de modo que casi nadie entienda la ciencia y la tecnología. Eso es una garantía de desastre. Podríamos seguir así una temporada pero, antes o después, esta mezcla de combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara." Carl Sagan.


En el siglo XXI es básicamente indiscutible que nuestras vidas (tal como lo dice Carl Sagan en la anterior frase) se encuentran dominadas por las comodidades y ventajas que la ciencia y la tecnología han dado a la sociedad. También es indiscutible que la cantidad de personas conscientes de la responsabilidad de estas herramientas son pocas. De esas pocas personas, es indiscutible que la gran mayoría sabe que la filosofía y la tecnología no se mezclan... esperen, ¿qué?

Aunque es cierto que la gran mayoría de tecnólogos, técnicos e ingenieros consideran que conocer de filosofía les resultaría poco redituable para su profesión (en más de un caso tienen razón), también es cierto (aunque no me lo crean) que la filosofía no solo puede ayudar a comprender mejor qué es y para qué sirve la tecnología, sino que además es necesario filosofar cuando de tecnología se habla, pues no existe proceso racional que no presente un contenido de fondo filosófico. O sea, no hay disciplina que no presente problemas del conocimiento, del deber, del ser (no, no me refiero a "ser" de una forma mística, sino a cómo se define algo), de la lógica, de la metodología y de las implicaciones para la vida diaria.

Es por estas razones que en las últimas décadas, dándose cuenta de la importancia social e histórica de la tecnología, muchos filósofos (y tecnólogos con intereses filosóficos) voltearon a ver de qué trataba dicha manifestación humana y por qué no podemos hablar de humanidad sin tecnología, descubriendo de paso que no es posible (o mejor dicho, no es deseable) tecnología sin humanidades. Así es como surge la filosofía de la tecnología, en principio como reflexiones más o menos sustentadas sobre lo poco que los filósofos sabían sobre tecnología, y después volviéndose toda una rama de la epistemología.

Aunque el uso del conocimiento con fines prácticos y de innovación ha estado presente en toda nuestra historia, lo cierto es que el asunto de la tecnología no fue considerado por la filosofía sino hasta el siglo XIX, y bien entrados en el tema, hasta el siglo XX. (Algunos pensarán: "¿Y por qué diablos los filósofos no se quedaron tal como lo habían hecho por siglos, ignorando y dejando en paz a la tecnología?" La respuesta se puede resumir en una frase de Terencio: un filósofo puede argumentar que se interesa por la tecnología y sus implicaciones porque "nada de lo humano le es ajeno"). Es posible encontrar algunas palabras de pensadores que van de Platón a Hegel sobre la tecnología (de su época y su trascendencia), pero la verdad es que casi todo lo que en filosofía tradicional se ha dicho sobre ciencia y tecnología, sencillamente es erróneo, ya que no cuadra con el quehacer de estas actividades en el mundo real. Mucho de lo que se entiende por tecnología desde la tradición filosófica resulta ser un montón de ideas actualmente caducas y que, de tomarse con seriedad o aplicabilidad a nuestros tiempos, resultaría en una reflexión filosófica anti-científica y anti-tecnológica.

Fue Karl Marx quien atribuiría por primera vez un papel central a las herramientas y técnicas dentro de sus reflexiones. Tal como nos narra el profesor del Departamento de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universitat de Barcelona, Manuel Medina, en "Tecnología y filosofía: más allá de los prejuicios epistemológicos y humanistas":
"Al <<poner a Hegel sobre sus pies>>, Marx reinvirtió también, de algún modo, el prejuicio del humanismo filosófico acerca de la técnica, emplazándola como motor de la emancipación humana en su teoría del desarrollo histórico. Según esta teoría, el desarrollo de los medios de producción, determinado por las innovaciones técnicas, es el que configura los cambios en las estructuras socio-políticas e ideológicas."
Marx se interesó bastante en el desarrollo de la tecnología industrial de su tiempo, prediciendo incluso las "tendencias hacia la sistematización tecnológica y la automatización de la producción", como nos recuerda Medina. Pero Marx no buscaba crear una disciplina epistemológica enfocada al análisis de la tecnología (de hecho, esto no se hizo hasta bien entrado el siglo XX), sino que investigó sobre los adelantos de su época para poder dar sustento en el quehacer industrial a su crítica de la economía política imperante en el siglo XIX (ejem, ejem, el viejo capitalismo, ejem, ejem).

Pero el término "filosofía de la tecnología" no aparecería hasta 1877 de la pluma del filósofo  y geógrafo alemán Ernst Kapp, con su obra titulada: Principios de una Filosofía de la Tecnología. Aunque bien podríamos decir que Kapp fue el padre de esta disciplina, lo cierto es que también podríamos decir que fue un "no tan buen padre", pues su reflexión neohegeliana se dirigió hacia puntos "extraños", tales como el querer ver a la tecnología y su desarrollo como proyecciones de los órganos humanos, o la idea de que la técnica era la propulsora de la cultura, la moral y el desarrollo intelectual (idea que no está del todo equivocada). El tema vuelve adquirir notoriedad con Friedrich Desauer y su obra Filosofía de la Tecnología.      

Desauer, con una especulación platónica, aseguraba que el ser humano, al continuar actualizando sus herramientas y técnicas, obra como instrumento de Dios para continuar con su creación. Desauer se iba de la tecnología a la teología. Las especulaciones en el campo tradicional continúan hasta encontrarnos con José Ortega y Gasset y Martin Heidegger. Ortega y Gasset es el primero en dedicar un estudio filosófico a la tecnología  con su Meditación sobre la Técnica, obra en la que afirma que  el ser humano está determinado biológicamente (pero no culturalmente) "para el cual, lo superfluo es necesario." O sea, el ser humano es un "ser técnico"  que busca siempre nuevas posibilidades que no existen en la naturaleza. Por su parte, Heidegger presenta la típica filosofía oscurantista y anti-científica de la tecnología en "La Pregunta por la Técnica".

En todo el ensayo, Heidegger no muestra nada de contenido original, pero sí mucho esoterismo (como decir que "...la esencia de la técnica esencie en el acaecimiento propio de la verdad"). Las afirmaciones de Heidegger, oscurecidas por su típica forma de "filosofar" ya habían sido constatadas por físicos como Heisenberg en La Imagen de la Naturaleza de la Física Actual. Lo que es original en Heidegger, tal como Medina nos narra, son sus conclusiones negativas sobre la tecnología, asegurando que ésta, junto a la ciencia, representa "un extremo peligro, no solo para la esencia del hombre, sino para todo desocultar como tal." Es triste saber que tesis como estas influyeron en generaciones enteras de filósofos, en especial en las corrientes de la fenomenología y el humanismo filosófico. 

Los problemas de tipo ético, ontológico y axiológico han sido los inspiradores de obras de ciencia ficción y divulgación científica. La reflexión de fondo filosófico resulta ser uno de los campos más fascinantes para muchos dentro de la ciencia, la tecnología y la ingeniería.

Como vemos, de Marx a Heidegger es posible encontrar reflexiones interesantes tal vez para una buena cultura filosófica, pero poco que nos ayude a comprender de forma correcta y clara a la tecnología, la relación de ésta con la filosofía y con la cultura en general. Por fortuna, la filosofía de la tecnología moderna no siguió ninguna de estas reflexiones. Luego de una serie de eventos con la temática de tecnología y filosofía durante la década de los 60's, en los años 70's se darían los últimos sucesos que permitieron la creación de una disciplina independiente (aunque muy conectada a la filosofía de la ciencia): la filosofía de la tecnología. Paul Durbin (conocido más como "el padrino de la filosofía de la tecnología norteamericana") organizó congresos de filosofía de la tecnología en 1975 y 1977 en la Universidad de Delaware, sobre los cuales se crearon los soportes institucionales de esta nueva disciplina, culminando con la creación de la Society for Philosophy and Technology en 1983.

Es a partir de entonces que podemos decir que surge la filosofía de la tecnología actual, enfocada a los problemas éticos, lógicos, semánticos, metodológicos y ontológicos de la tecnología y la ingeniería (aunque algunos hoy día, ya hacen una diferenciación entre filosofía de la tecnología y filosofía de la ingeniería). Es a partir de entonces que se hacen las preguntas interesantes y los debates apasionantes que tienen que ver con el desarrollo de la tecnología y su impacto en el mundo real. Para adentrarse en esta apasionante disciplina epistemológica, es necesario (como en toda rama de análisis filosófico y social) tener un conocimiento decente de la disciplina analizada. O sea, tener una buena cultura sobre la tecnología, su historia y desarrollo. Preguntas como ¿cuál es la naturaleza de la tecnología? resultan en espléndidos ejemplos de cómo es necesario tal bagaje de conocimientos sobre el tema, pues de otro modo, corremos el riesgo de hacer filosofía basura al estilo Heidegger: vacía y sin originalidad, que además trae consigo una carga de oscurantismo anticientífico que hace de esta reflexión algo nocivo para el diálogo entre humanidades e ingenieros y técnicos.

Por Daniel Galarza Santiago.

sábado, 20 de septiembre de 2014




La Historia de la Filosofía es la asignatura que, como profesor, más que gusta impartir. Se da en 2º de bachillerato, a un alumnado prácticamente adulto, y sus contenidos me encantan: me gusta enseñar cómo surge la filosofía en las colonias de la antigua Grecia, cómo fue la pugna entre razón y fe en la edad media, cómo la razón va ganando autonomía en la modernidad, o la críticas a esa misma razón moderna a partir del siglo XIX. Para mí es un gran placer enseñar las grandes aportaciones de Platón, de Aristóteles, de Tomás de Aquino, Kant, Marx o Nietzsche. Pero en la línea que ya he dicho en otro sitio tengo que reconocer que, tal vez, esta asignatura no debería estar en el currículo de bachillerato. Otras tampoco, pero voy a hablar de la mía. Tampoco soy el único que lo piensa: Roberto Augusto piensa algo parecido.

La Historia de la Filosofía es una asignatura de especialistas, en concreto, de especialistas de la filosofía. No pasa así con la Filosofía que se enseña en 1º de bachillerato. La de 1º tiene un formato sincrónico, más temático: sirve de introducción a la filosofía, mostrando sus grandes áreas de trabajo y las principales ideas y teorías en cada una a un nivel básico. La de 2º tiene un enfoque diacrónico: plantea todo el desarrollo de la filosofía desde sus orígenes hasta la actualidad, destacando los hitos, autores y corrientes principales (los presocráticos, Platón, Aristóteles, la escolástica, el racionalismo, el empirismo…). La de 1º me parece imprescindible en el bachillerato, e incluso en 4º de la ESO, porque también me parece importante para quienes no hagan bachillerato. A mi modo de ver, el objetivo de la enseñanza secundaria y el bachillerato es formar individuos autónomos en el marco de nuestra sociedad, y esa autonomía implica también la reflexión filosófica acerca de la propia sociedad y la realidad, como forma de incidir en el necesario pensamiento crítico que debe tener todo individuo autónomo (pensamiento crítico que necesita de la filosofía pero que no se agota en la filosofía: las ciencias, las humanidades y las artes también aportan su parte en la formación del pensamiento crítico). En otro texto decía que la educación obligatoria y el bachillerato deben enseñar lo básico pero suficiente para que los jóvenes puedan ser individuos autónomos. Aprender la Filosofía de 1º me parece básico, pero la Historia de la Filosofía de 2º me parece más que suficiente: me parece una especialización innecesaria. La Filosofía de 1º ya aporta lo suficiente de historia de la filosofía al explicar las principales teorías en cada tema. De la misma forma pienso de la física o las matemáticas. Considero imprescindible saber lo básico de física o matemáticas para desenvolverse en el mundo actual. Pero me parecería excesivo que todo el mundo estudiase en bachillerato Historia de la Física o Historia de las Matemáticas. Entre otras cosas porque esos contenidos están obsoletos: la física de Aristóteles, hoy día, solo tiene valor anecdótico o, si acaso, valor incalculable pero solo para quien tenga interés académico en la historia de la física. Para ser un individuo autónomo en la sociedad no creo que haga falta conocer la física aristotélica, igual que para sumar, restar… o hacer ecuaciones supercomplejas con las que diseñar aceleradores de partículas no es imprescindible ni siquiera saber quien fue Euclides ni Al-Juarismi. No estoy diciendo que no haga falta en absoluto saber eso, ni que no sea interesante o enriquecedor, para eso están las universidades, lo que digo es que no hace falta que lo sepa un alumno que termina bachillerato.

Y si lo anterior pasa en física o matemáticas, también en filosofía. Muchas de las principales teorías de los filósofos más importantes de la historia de la filosofía son totalmente obsoletas o están directamente equivocadas: la cosmología de Platón o Aristóteles, las teorías asociacionistas de los empiristas respecto de la percepción y la cognición, el dualismo mente-cuerpo de Descartes, etc. Dichas teorías podrían tener sentido si se explicaran como introducción a las teorías actuales sobre esos mismos temas, pero no explicadas así tal cual. Sin conocer el estado actual de la cuestión en neurociencia acerca del cerebro, la conciencia y la voluntad, estudiar el dualismo cartesiano no sirve de nada. Si acaso para confundir e introducir prejuicios que luego dificultan comprender lo que las neurociencias dicen al respecto. Es como estudiar el creacionismo bíblico, o incluso el darwinismo, si luego no te explican la teoría sintética de la evolución. La historia de la filosofía como asignatura podría tener sentido, si acaso, si se reformulara en sentido inverso a como actualmente se enseña. Ahora mismo todo el peso de la asignatura cae en la edad antigua (Platón y Aristóteles, sobre todo), la edad media (Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Ockham) y la edad moderna (Descartes, Hume, Kant). De la edad contemporánea se estudia solo el siglo XIX, y concretamente a Marx y a Nietzsche. Del siglo XX y la actualidad casi nada, porque para entonces no quedan casi días de clase y se ve rápidamente y mal. Es como si el profesor de Física se enredara en Aristóteles, en Galileo y en Newton y dejara para las últimas semanas del curso a Einstein, Bohr, Planck, Heisenberg, Schrödinger, Feynman, etc. Más bien debería ser al revés: dedicar el primer trimestre a toda la filosofía anterior al siglo XIX apuntando sus notas más importantes, y dejar los dos trimestres siguientes a la filosofía más actual: positivismo, utilitarismo, marxismo, vitalismo, filosofía analítica, hermenéutica, marxismo, escuela de Frankfurt, filosofía de la ciencia (Popper, Kuhn, Lakatos), filosofía política (Rawls, Arendt), neurofilosofía, etc. Que el alumnado conociera lo principal de la filosofía de los últimos siglos con la perspectiva de las épocas anteriores, pero no es de recibo que un alumno sepa mucho mejor que pensaba Agustín de Hipona o Averroes que lo que ahora mismo están proponiendo Jürgen Habermas, Daniel Dennet o Patricia Churchland.

Pienso igual de la filosofía de 1º. Aún pareciéndome totalmente necesaria, habría que reformular sus contenidos para traerlos más a lo que actualmente se está haciendo en filosofía que hacia lo que se hizo hace siglos. La producción filosófica en el ámbito de la neurociencia no solo es mucho más actual sino más útil que saber lo que pensaron Descartes o Hume sobre el alma. Los retos que hoy día nos plantean la genética, la clonación, la bioética y las neurociencias en general no pueden abordarse desde Descartes o Kant. Las teorías políticas de Rawls, Nozick o Habermas no tienen nada que envidiar a las de Hobbes, Locke o Rousseau aunque se basen en ellas en última instancia, pero quienes dicen algo sobre el mundo de hoy son aquéllos y no éstos. Lo que de útil haya en Hobbes, Locke o Rousseau ya está en lo que nos dicen Rawls, Nozick o Habermas, pero lo que de útil haya en Rawls, Nozick o Habermas no podemos saberlo con Hobbes, Locke o Rousseau. Salvo que pensemos que el conocimiento no es acumulativo o que la realidad política no ha cambiado lo suficiente desde la época de los contractualistas. Insisto con más ejemplos: es como si el profesor de química se empeñara en enseñar teoría atómica explicando a Leucipo y Demócrito, ¡o a Paracelso!, e ignorando a Rutherford, Bohr, Sommerfeld, etc.

Todo lo anterior no significa que esté proponiendo reducir la filosofía a solamente 1º de bachillerato (o 4º ESO). Al revés, considero que debe haber más filosofía en Secundaria y bachillerato. Porque la filosofía puede aportar mucho más que historia de la filosofía. Para empezar, me parece que las asignaturas de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos (ECDH) y la de Ética Cívica deberían seguir existiendo en vez de desaparecer como va a ocurrir con la nefasta LOMCE. La formación de individuos autónomos implica necesariamente que conozcan, y reflexionen críticamente, nuestro sistema político, la democracia, sus instituciones, los derechos y deberes, así como los principales problemas morales y las principales perspectivas y teorías éticas para abordarlos.

La religión como asignatura confesional debería estar fuera del currículo desde hace mucho tiempo. La educación entendida hacia la autonomía de los individuos es incompatible con el adoctrinamiento religioso. Pero un conocimiento básico del hecho religioso, de las diferentes religiones y teorías hacia lo religioso, incluyendo el ateísmo y el agnosticismo, sí me parece necesario para comprender el mundo actual en su diversidad y complejidad. Y el profesorado de filosofía es el más adecuado para enseñar estos contenidos a un alumnado cuya sociedad, hoy día, es plural y heterogénea, y que necesita marcos de convivencia en la diversidad, marcos que necesariamente pasan por el laicismo. Una complejidad que no se agota en la multiplicidad de religiones e ideologías, sino también de culturas y tradiciones, con el grave problema de dos extremos: el etnocentrismo y el relativismo cultural. Conocer, valorar y articular el pluralismo cultural, y las claves para la convivencia en la diferencia, es otra aportación imprescindible que el profesorado de filosofía puede hacer desde sus conocimientos de la Antropología.        

Una actividad recurrente en las clases de filosofía es la realización de debates. Lo que no tengo tan claro es si con eso estamos enseñando o más bien estropeando al alumnado. En la práctica, lo que el alumnado aprende es simplemente a decir lo que se le ocurre en el ese momento, confundiendo así opinión con ocurrencia. Y llegan a la conclusión (relativista) de que cada uno tiene sus opiniones, tan válidas unas como otras. Lo que no es cierto. Una opinión vale lo que valen los argumentos y pruebas que la sustentan. Y no todas están igual de sustentadas. Si no queremos llegar a un mundo en el que lo mismo valgan las opiniones de médicos que de curanderos, de astrónomos que de astrólogos, parece una necesidad enseñar algo así como Lógica y Argumentación. Enseñar al alumnado los aspectos básicos de la lógica, de la inferencia formal, de la construcción de argumentos, de la detección de falacias y sofismas, etc.
           
La filosofía tiene mucho que aportar en el sistema educativo. Pero no tal y como está planteada ahora mismo. Para acabar, decir que no se trata solo de que la filosofía pueda darse en otras asignaturas distintas a las que ahora mismo se da, sino que la propia concepción de las asignaturas debe replantearse también. No solo las de la filosofía, también otras, pero sigo centrándome en la mía. La función del profesorado en el siglo XXI no puede seguir siendo la del siglo pasado. El mundo ha cambiado. Antes, uno de los problemas en la educación era el acceso a la información. La información estaba en unos pocos textos y en los cerebros de unos cuantos capaces de leerlos, entenderlos y transmitirlos a su vez a otros. El papel del profesor era el de transmisor de conocimientos, intermediario entre el saber y el alumnado.

Hoy día ya no es así, afortunadamente. El acceso a la información, sobre todo por Internet, es universal y directo. Ningún alumno necesita que su profesor concreto le explique la teoría del acto y la potencia de Aristóteles: hay webs que lo explican mucho mejor incluso. El problema ya no es ese, ahora el grave problema es el contrario: el exceso de información y de basura informativa. El reto para el profesorado es enseñar a acceder, filtrar y manejar la información, así como a producir información de cierta calidad, y aplicarla en casos concretos. Enseñar al alumnado a aprender por sí mismo desenvolviéndose con cierta soltura en toda esa maraña informativa. Y lo anterior significa también aprender y enseñar a convivir de forma natural con las nuevas tecnologías. El cuaderno y el bolígrafo, la tiza y la pizarra, deben pasar definitivamente a los museos etnográficos del siglo XX. En vez de rebelarnos contra las tablets, los teléfonos móviles o las redes sociales, debemos incorporarlos al aula. Que el alumnado acceda a wikipedia vía móvil dentro del aula debe parecernos tan natural como que busque una palabra en el diccionario o como que use la calculadora. Añorar el cuaderno y la tiza es como preferir el rollo de papiro una vez inventada la imprenta. Y lo siento por los copistas que se quedaron sin función, pero pienso que la humanidad en su conjunto ganó con el cambio. De la misma forma, la enseñanza de la filosofía y sus contenidos en la educación secundaria y el bachillerato deben reformularse y adaptarse a lo que necesitamos hoy en día. Y la filosofía tiene mucho que decir en todo esto.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.


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