sábado, 28 de mayo de 2016

Kapila (s. V a. C), filósofo ateo de la India.



 28/05/2016.

Roberto Augusto ha publicado recientemente un texto provocador criticando la historia de la filosofía estándar por considerarla eurocéntrica en tanto que meramente occidental y que ignora la filosofía oriental. Daniel Galarza ha respondido a su artículo, recibiendo otra respuesta del propio Roberto Augusto.

martes, 24 de mayo de 2016



La primera NOVELA de Roberto Augusto

Contra el sistema

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Texto de la contraportada

Germán lleva dos años en paro y bebe demasiado. Su mujer lo abandona y acaba solo, durmiendo en la calle. Un día se encuentra por casualidad con Samael, el jefe de un grupo antisistema que le invita a unirse a su organización. Así inicia un nuevo camino en su vida que le transformará completamente. Se convertirá en un líder despiadado que no se detendrá ante nada para lograr sus metas en su lucha contra una sociedad que desprecia.


lunes, 23 de mayo de 2016

Confucio

Afirma en un interesante texto Daniel Galarza que no existe la filosofía oriental. Siguiendo la versión oficial que se enseña en las facultades, dice que el pensamiento filosófico nació en Grecia. Esto, según mi parecer, no es cierto. La filosofía occidental nace allí pero, por suerte, esa no es toda la filosofía que existe. Confucio es anterior a Sócrates, aunque por pocos años. Tampoco disponemos de fuentes fiables. Hablar del “nacimiento de la filosofía” y situarlo en un lugar o fecha determinada me parece algo demasiado aventurado.

Su primer argumento es que los pensadores orientales “están desconectados por completo del desarrollo cultural e histórico de Occidente”. Mi respuesta es esta: ¿y qué? Es cierto que Lao-Tse no nos ayuda mucho a entender a Descartes. ¿Pero por eso este autor deja de ser un filósofo relevante? Esta posición es tan eurocéntrica que cae por su propio peso. Esto no quita que hay que reconocer que Occidente ha sido en gran parte de la historia la punta de lanza de la humanidad. Aquí se han hecho la mayoría de los descubrimientos más importantes a nivel científico y de pensamiento. Pero no creo que por eso debamos concluir que no existe filosofía en Oriente.

Segundo y tercer argumento de Daniel Galarza: “No es posible hablar de sistemas filosóficos elaborados por estos pensadores”. Y que “la historia de la filosofía es en realidad la historia de los sistemas filosóficos”. Afirma también que en los filósofos orientales su obra está mezclada con la de sus partidarios, con el misticismo y la religión. En primer lugar, no es cierto que estos autores no tengan un sistema filosófico. El budismo, por ejemplo, que es más una filosofía que una religión, al menos tal como lo concibió originalmente Buda, es un pensamiento perfectamente sistemático.

Tampoco creo que la filosofía deba reducirse a la creación de “sistemas”. Esa es una visión hegeliana reduccionista. En mi opinión sistematizar una filosofía es petrificarla y, por lo tanto, asesinarla, aunque ese es un tema demasiado complejo para tratarlo aquí. Hay más misticismo en Hegel que en Confucio, aunque el primero presuma de tener un sistema. Schelling, autor al que conozco bien, es más místico que Krishnamurti, y no por eso deja de ser considerado un gran filósofo.


Según Galarza la historia de la filosofía es “la disciplina que se ocupa del estudio de los sistemas filosóficos que se sucedieron en la historia hasta la formación de las disciplinas filosóficas modernas”. Esta definición, heredera de la tradición impuesta por Hegel, es, para mí, demasiado limitada. Considero que la filosofía es el intento por dar respuesta a los grandes interrogantes que desde siempre se hace la humanidad y que, por lo tanto, sí podemos hablar de una filosofía oriental. 

domingo, 22 de mayo de 2016




Artículo publicado en la revista Filosofía Hoy (número 52)



En las universidades y en los institutos españoles se enseña historia de la filosofía, pero, en realidad, lo que se imparte es historia de la filosofía occidental. Esto sucede porque hemos asumido la idea convencional de que toda la gran filosofía es europea, algo que es, según mi parecer, totalmente falso.

Una historia de la filosofía que olvide las aportaciones hechas en Oriente y en otras regiones del mundo es fraudulenta por ser sesgada. Sin las aportaciones de Buda, Confucio o Lao-Tse, ninguna supuesta historia de la filosofía merece tal nombre. En este sentido me parece honesta la decisión de Bertrand Russell de poner el adjetivo “occidental” a su historia de la filosofía. Lo que necesitamos es una historia de la filosofía universal, no occidental ni oriental.

¿Por qué no se ha escrito? Por dos razones: ignorancia y prejuicios. El pensamiento oriental apenas se estudia en las universidades. Faltan especialistas conocedores del tema. Se cree, además, que “filosofía” es solo lo que se hace en Occidente y que todo lo demás es religión o ética de segunda fila. Se desprecia aquello que se desconoce. Y el hecho de que muchos autores orientales se hayan vendido como gurús New Age tampoco ayuda nada. Se asocia Oriente con el mito, y pensamos que no merece entrar dentro de la categoría del logos, del pensamiento filosófico.

La historia oficial de la filosofía es falsa por muchas razones. La primera de ellas es que hablamos de los filósofos “presocráticos”, una etiqueta nada acertada. Algunos fueron contemporáneos de Sócrates o murieron después de él. Desde un punto de vista cronológico es muy discutible esa ruptura que se nos quiere vender. En realidad no deberíamos hablar de “presocráticos”, sino de filósofos preplatónicos.
¿Es Platón tan importante como dicen? Todos los que nos dedicamos a la filosofía conocemos la famosa frase de A. N. Whitehead: "Toda la filosofía occidental se reduce a una serie de notas escritas al margen de las páginas de Platón". ¿Es esto verdad o es una completa exageración? En mi opinión, existe una sobrevaloración de la obra platónica, tomada como canon supremo de la filosofía, algo que ha hecho mucho daño al desarrollo del pensamiento en Occidente. Ya le convenía al cristianismo apostar por Platón y no por Demócrito o Epicuro. El idealismo que domina la filosofía occidental ha sido, a mi juicio, un obstáculo para el progreso de la humanidad.

Otro de los grandes manipuladores de la historia de la filosofía es también idealista: Hegel. Él consideraba que el pensamiento antiguo de la India y China es prefilosófico, es decir, que no es filosofía. De la filosofía medieval solo habla del argumento ontológico de San Anselmo y muy poco de Santo Tomás. Crea la famosa división en tríadas entre racionalistas (Descartes, Leibniz y Spinoza) y empiristas (Locke, Berkeley y Hume). A continuación vendría Kant y luego la tríada final: Fichte, Schelling y todo culminaría con el señor Hegel y su megalómano fin de la historia. Lo que vendría después ya sería posthegeliano. Esta visión la encontramos, por ejemplo, en la Breve historia de la Filosofía de Justus Hartnack.

Sobre la filosofía del siglo XX hay mucho que decir. En mi opinión en el pensamiento continental hay un abuso de un idealismo estéril como el que encarnan Husserl o Heidegger. Estos dos autores, ¿son realmente grandes filósofos? ¿Merecen toda la atención que se les da en las universidades? En mi opinión no. Heidegger es probablemente el filósofo más sobrevalorado de la historia moderna. Es sobre todo un literato oscuro, más que un filósofo. Su prosa es sofisticada e hipnótica, puro estilo carente de sustancia real. Eso no lo podemos decir de su maestro Husserl, un escritor pésimo donde los haya. Déjeme el lector que lance otra pregunta provocadora: ¿si Husserl o Heidegger no hubieran sido catedráticos en importantes universidades alemanas les hubiéramos dado tanta atención? ¿Qué hubiera pasado si estos dos pensadores hubieran sido, por ejemplo, catedráticos en una universidad española o italiana? El estatus de un autor en la comunidad académica puede explicar el éxito y el fracaso de muchos filósofos.

Hay que reescribir toda la historia de la filosofía. Lo que estudiamos está completamente obsoleto. Debemos replantearnos el canon oficial y superar visiones del pasado. No podemos seguir enseñando lo mismo en el siglo XXI que en el siglo XIX. El mundo globalizado de hoy precisa una historia universal del pensamiento capaz de integrar todas las corrientes y civilizaciones. Esa es una tarea pendiente. 


José Luis Ferreira

En una entrada anterior, y a modo de introducción para esta de hoy, hablé del problema de la inducción. Como prometí entonces, esta segunda será sobre "el nuevo problema de la inducción", que intentaré resumir a continuación.

Pongamos que tenemos unas observaciones y queremos construir una teoría basándonos en ellas. Por ejemplo, hemos observado las posiciones de los planetas en el cielo y formulamos el modelo heliocéntrico gobernado por las leyes de Kepler. Con ese modelo hacemos predicciones y encontramos que estas se cumplen con mayor precisión que las predicciones hechas con un modelo alternativo, por ejemplo, con el modelo geocéntrico con epiciclos.

Entendiendo la inducción como inferencia estadística, y usando, dentro de ella, el modelo bayesiano, diremos que, si partíamos de ambas teorías, a las que asignábamos ciertas probabilidades a priori de ser ciertas (p para la primera y 1-p para la segunda), la información de los nuevos datos, que eran más esperables con la primera que con la segunda, hace que nuestras nuevas probabilidades de aceptación de las teorías sean p' y 1-p', donde p' > p. Es decir, los nuevos datos, que son más compatibles con la primera teoría nos llevan, por la regla de Bayes, a aumentar nuestra confianza en esa primera teoría.

Hasta aquí la explicación bayesiana del principio de inducción, y a partir de aquí tenemos "el nuevo problema de la inducción". Todo el truco está en que hemos partido de dos teorías suficientemente distintas, pero podíamos haber tenido un punto de partida distinto, manteniendo las dos teorías anteriores y añadiendo una tercera: un modelo heliocéntrico gobernado por las leyes de Kepler hasta el solsticio de invierno de 2012. Si, como antes, asignamos unas probabilidades a priori para cada una de las tres teorías (q para la heliocéntrica de antes, r para la heliocéntrica hasta el solsticio y 1-q-r para la geocéntrica), los nuevos datos nos harán dar más probabilidad a las dos primeras (q' > q y r' > r) y quitársela a la última. Y ahí está la clave: los datos no distinguen entre las dos teorías heliocéntricas, solo entre ellas y la geocéntrica. Si hubiéramos tenido r (ambas igual de probables a priori), tras los datos tendríamos q' r' (ambas igual de probables a posteriori).

Sin embargo, muy pocos científicos tendrán por igual de buenas ambas teorías y desdeñarán la heliocéntrica con final a la profecía maya. ¿Por qué? La razón no puede estar en la aplicación del teorema de Bayes con los nuevos datos (por lo menos, no hasta el solsticio de invierno), sino en la especificación de las probabilidades a priori, que asignará muy poca probabilidad a la teoría heliocéntrica con final en el solsticio. La pregunta parece ser: ¿por qué preferimos asignar un bajo valor a priori a esa teoría? Al fin y al cabo, no tenemos datos que nos permitan decir que una de las dos teorías heliocéntricas es mejor que la otra. ¿O sí?

Pero la entrada se alarga. Dejaremos la discusión para una muy próxima ocasión. De momento, vayamos entendiendo y digiriendo este nuevo problema de la inducción.

sábado, 21 de mayo de 2016

En los últimos años ha habido una explosión de películas apologéticas cristianas. Por lo general, son de pésima calidad, y no tratan sobre los eventos fundacionales del cristianismo, sino sobre las fantasías apocalípticas del siglo XXI. La resurrección de Cristo, dirigida por Kevin Reynolds, tiene la típica calidad hollywoodense (mucho mejor que las mediocres películas apologéticas cristianas), y sí trata sobre los eventos fundacionales del cristianismo. Pero, no es nada del otro mundo.
            Narra la historia de Clavio, un tribuno romano que recibe de Pilato la orden de hacer aparecer el cuerpo de Jesús, para refutar a quienes están proclamando que Jesús ha resucitado. Pilato teme una sublevación, y presiona a Clavio para que cumpla su labor. Clavio empieza a investigar, pero eventualmente se da cuenta de que el sepulcro de Jesús estaba vacío y de que nadie robó el cuerpo. Al final, se encuentra con el propio Jesús resucitado, y se convierte a la naciente religión cristiana.

            Si yo fuera Clavio, habría hecho lo mismo. Clavio hizo bien en indagar, y al final, hizo lo correcto en hacerse cristiano. Si a un tipo lo crucifican y muere, luego aparece vivo ante mí, desaparece repentinamente de las habitaciones, y me aseguro de que eso no es ninguna confusión o truco, yo me tomaría muy en serio su mensaje religioso. Pero, lamentablemente, los datos históricos no coinciden con muchas de las cosas que se asumen en la película.
            En primer lugar, es muy dudoso de que el sepulcro de Jesús estuviera vacío. Pablo, el autor más temprano del Nuevo testamento, no hace ninguna mención del sepulcro vacío, a pesar de que sí habla mucho de la resurrección. Eso es un fuerte indicio de que la tradición de la tumba vacía es bastante posterior. En la película, se asume también que, en concordancia con los evangelios, Jesús fue enterrado en una tumba privada de José de Arimatea. Pero, de nuevo, los historiadores dudan mucho de esto. Ni siquiera podemos estar seguros de que se trate de un personaje real. No hay ninguna evidencia de que existiera la localidad de Arimatea, y además, la forma progresiva en que el personaje de José se va haciendo más cristiano desde el evangelio más temprano (el de Marcos) hasta el evangelio de Juan (el más tardío), hace sospechar que, en realidad, es un personaje inventado para decorar la tradición del sepulcro vacío. Lo más probable, es que Jesús fue enterrado en una fosa común, o devorado por los perros.
            En la película, Clavio encuentra varios cadáveres que son supuestamente Jesús, pero luego logra identificarlos con otros reos ejecutados. Esto reposa también sobre otra asunción errónea. En la película, la investigación de Clavio empieza inmediatamente después de la muerte de Jesús, porque ya hay gente proclamando que Jesús ha resucitado. Pero, esto contradice el propio relato de Hechos de los apóstoles, el cual postula que esa proclamación empezó cincuenta días después de la supuesta resurrección. Para ese momento, si alguien como Clavio hubiese adelantado una investigación, habría tenido muchísima dificultad en identificar cadáveres, pues ya estarían totalmente descompuestos.
            El éxito del cristianismo estuvo en su apertura al mundo gentil. Y, por eso, los autores más tempranos procuraron asegurarse de que se incluyeran a personajes romanos que, de algún modo, reconocieran la grandeza de Jesús. En los evangelios, incluso Pilato es parcialmente exculpado; se narra que él estaba muy reticente a matar a Jesús, y que sólo lo hizo cediendo a la presión de los judíos, que querían matarlo por cometer blasfemia. La película reafirma esta versión. Esto es históricamente muy dudoso. Declararse el mesías (como sucede en el juicio a Jesús en los evangelios) no era ninguna blasfemia para los judíos. Y, tampoco había en los judíos la expectativa de que el mesías sería un personaje que resucitaría. Por ello, Jesús, que probablemente sí se creía el mesías, no anunció su propia resurrección. La película, no obstante, asume ingenuamente que Jesús sí hizo esos anuncios.
            En los evangelios, hay varios militares romanos piadosos. La fe de un centurión hace que Jesús cure milagrosamente a su esclavo. Cuando Jesús muere, otro centurión romano lo reconoce como el hijo de Dios. El primer gentil converso formalmente al cristianismo es Cornelio, un centurión. Esta película da continuidad a esa tradición del centurión romano que se hace cristiano. Y, en la resolución de la trama, los discípulos felizmente lo aceptan como parte de los suyos (en cierto sentido, reemplazando a Judas, para así completar el número doce).
            Pero, de nuevo, históricamente, esta aceptación inmediata de cristianos romanos (especialmente si eran militares) es muy dudosa. En Antioquía, Pedro y Pablo tuvieron una amarga disputa porque Pedro no quería comer con los gentiles. Seguramente, Pedro obedecía a Santiago (el propio hermano de Jesús), quien era el jefe de la temprana comunidad cristiana, y era aún un judío muy piadoso que habría visto en los romanos a personas impuras. Hay firmes razones para pensar que el propio Jesús despreciaba a los romanos, y que no los habría aceptado en su movimiento. En alguna ocasión, Jesús consideró a los gentiles personas tan degradadas como los perros, y su mensaje, en concordancia con la ley de Moisés (la cual Jesús defendía férreamente, al punto de decir que no venía a abolirla, sino a cumplirla), era típicamente nacionalista.

            Hacia el final de la película, Jesús ordena a sus discípulos a divulgar su mensaje entre todas las naciones, y esto sirve para que Clavio empiece su vocación como misionero. Esa orden de Jesús, efectivamente, tiene base en la escena final del evangelio de Mateo. Pero, de nuevo, es muy históricamente dudosa. ¿Cómo un predicador que era tan nacionalista, de repente quiere que su mensaje vaya a todos los pueblos del mundo? Si ese mensaje universalista era tan claro, ¿por qué el propio hermano de Jesús, Santiago, era tan renuente a aceptar gentiles en la temprana comunidad cristiana?
            En fin, La resurrección de Cristo es entretenida, no es sermoneadora, y tampoco es demasiado mística. Pero, sigue siendo muy complaciente con la historia tradicional del cristianismo. Las películas críticas con la versión tradicional de los orígenes del cristianismo suelen presentar historias igualmente místicas (como La última tentación de Cristo), o tremendamente disparatadas (como El código Da Vinci). Que yo sepa, la única película que se acerca bastante a presentar la versión correcta de los orígenes del cristianismo es la española El discípulo, pero esta película es cinematográficamente muy pobre. Aún estamos a la espera de que Hollywood se tome en serio la crítica neotestamentaria, y haga una película con buena trama, actuaciones y efectos especiales (como, sin duda, lo es La resurrección de Cristo), y a la vez, informe correctamente al público sobre qué fue lo que realmente sucedió con un predicador apocalíptico galileo ejecutado en el siglo I.

viernes, 20 de mayo de 2016

El cartel del Epic Rap Battles History en el que
los filósofos occidentales rapean contra
los filósofos orientales, disponible
en YouTube.
Esta será solo otra gran parrafada que espero se convierta en un estimulante diálogo-debate con mi facebook-friend, el filósofo Roberto Augusto (y con quien quiera aportar cualquier cosa valiosa sobre el tema).
De acuerdo a este breve artículo de Augusto en la revista Filosofía Hoy, la historia de la filosofía es un fraude porque (principalmente) no se suele incluir a la filosofía oriental dentro de la misma. Además, como acertadamente nos dice el buen Roberto, en la historia de la filosofía se ha seguido al idealismo para dividir las distintas etapas, doctrinas y autores. No discutiré ese último punto. Lo que sí voy a sostener es que la razón por la que (usualmente, más no siempre) no se incluye la filosofía oriental en la historia de la filosofía es porque, definido claramente, no existe la filosofía oriental. Me explico.
No tengo duda alguna de que existen filósofos orientales en la actualidad (chinos, rusos, japoneses, indios, vietnamitas, árabes...) con temas y propuestas interesantes qué ofrecer, que además sí llegan a ser estudiadas y debatidas en muchas (si no es que en todas) facultades de filosofía. Oriente siempre ha llamado la atención a los que estamos "del otro lado". Tampoco dudo que existieron figuras notables que podemos identificar como grandes pensadores. Confucio, Lao Tzu o Mozi, me parecen ejemplos paradigmáticos. Esto es algo parecido cuando sostengo que no existe la filosofía latinoamericana. Hay filósofos en Latinoamerica, importantes, interesantes e irrelevantes también. Hubo en otros tiempos pensadores también.
Sin embargo, la filosofía es una disciplina que sabemos bien nació en occidente, más en específico en Grecia. La razón por la que la historia de la filosofía que se muestra en los cursos no suele incluir a pensadores orientales, es porque estos:
1) Están desconectados por completo del desarrollo cultural e histórico de occidente. Las ideas de Confucio o de Lao Tzu son de enorme importancia para entender la historia de China, pero irrelevantes para comprender cómo se llegaron a formar los grandes sistemas filosóficos de la historia, como los de Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Kant, Marx, etc. La historia de estos sistemas filosóficos, en cambio, sí se encuentran íntimamente ligadas. No podríamos comprender de qué habla Kant sin antes saber qué dicen Hume, Leibniz, Descartes y Spinoza. A su vez, no entenderíamos bien a estos sin ver quiénes están detrás.
2) Podemos otorgarles la categoría de "grandes pensadores" a personajes como Confucio, Lao Tzu, Mozi, Charvaka, Buda, etc. También podemos reconocer que estos se plantean problemas importantes con una innegable conexión entre sus preguntas y las problemáticas de la realidad (social y natural). Sin embargo, no es posible hablar de sistemas filosóficos elaborados por estos pensadores. Su obra se encuentra mezclada con la de pupilos y partidarios de ellos, al igual que buena parte de ésta es indistinguible del misticismo y la religión. La historia de la filosofía es en realidad la historia de los sistemas filosóficos (aunque parte de la historia de la filosofía tiene mucho de cuestionable como lo señala Roberto en su escrito), o lo que Jesús Mosterín llama "Gran filosofía".
3) La filosofía en su historia se caracterizó por ser una disciplina que, si bien apela a la reflexión y la contemplación, también hace uso de la razón. Antes de la "independización" de las ciencias, la filosofía buscaba brindar tanto respuestas a cuestiones éticas, metafísicas y gnoseológicas, como cosmológicas, biológicas y naturalistas. Luego de su división en el camino de la madurez científica, la filosofía se ocupó (y se ocupa hasta nuestros días) del estudio de los fundamentos y problemas generales de las distintas partes que componen los sistemas sociales y culturales. Los problemas ontológicos, éticos, gnoseológicos, epistemológicos, axiológicos, semánticos y lógicos, se examinan hoy día a la luz de sistemas filosóficos acorde con el conocimiento científico actual. Nada de eso se observa en cualquier propuesta moderna basada en las ideas de cualquier místico oriental (que es lo que son justamento los que suelen ser llamados "filósofos orientales": en realidad fueron místicos, que como todo místico de épocas antiguas, cuestionaba sobre problemas importantes, pero sus propuestas eran insuficientes o desconectadas de dichos problemas).
Para mi, estas son las principales razones por las que no existe la filosofía oriental como tal. Existe el misticismo y las religiones de oriente; también existen filósofos en la actualidad en oriente (titulados en filosofía, con papel en mano), lo mismo que en cualquier parte del mundo; existieron pensadores notables y (hasta cierto punto) admirables en la historia de oriente, los cuales dieron forma en gran medida a las culturas de aquella parte del globo. Si definimos la filosofía de forma trivial como sinónimo de pensamiento como "amor a la filosofía", entonces sí podríamos afirmar que existe las filosofías orientales.
Pero si somos más precisos y definimos la historia de la filosofía como la disciplina que se ocupa del estudio de los sistemas filosóficos que se sucedieron en la historia hasta la formación de las disciplinas filosóficas modernas, y a la filosofía la definimos como la disciplina académica que se ocupa del estudio de los fundamentos y problemas generales de las manifestaciones culturales (ciencia, arte, política, religión...), podemos asegurar entonces que la historia del pensamiento de oriente antiguo (rama de la historia por demás fascinante) es una parte de la historia de la humanidad separada de la historia de la filosofía y de la filosofía moderna.

domingo, 15 de mayo de 2016

Por José María Agüera Lorente

Hemos llegado ya al punto en que la loa a la racionalidad se considera como señal de que un hombre es un viejo oscurantista, lamentable superviviente de una era pasada.
Bertrand Russell: Esbozo del disparate intelectual

El currículum de religión islámica para los distintos niveles educativos de nuestro sistema de enseñanza ha sido publicado en el BOE, donde se hace carne el verbo de la ley para que ésta habite efectivamente entre nosotros. Así caminamos con paso firme hacia el Estado multiconfesional. Es una forma ciertamente espuria de interpretar la aconfesionalidad reconocida en nuestra constitución como forma de definir la relación entre las instituciones civiles y las religiosas en el espacio público (y la escuela es parte esencial del mismo). En vez de tender hacia un efectivo cumplimiento de la laicidad, que es condición sine qua non para conformar un verdadero Estado democrático capaz de garantizar la libertad de conciencia de sus ciudadanos, convertimos el aula en altavoz de los dogmas de las distintas confesiones religiosas que conviven en nuestro territorio. Sabemos que vivimos en un criptocatolicismo de facto; ahora se trata de justificarlo mediante la coartada de que no es excluyente de otras creencias que entre los españoles –grey tradicionalmente propiedad de la franquicia del Vaticano– han venido a habitar; especialmente el islam, al que se teme en la misma medida que se dice respetar, porque así lo manda el manual del político correcto y el ciudadamo progresista posmoderno. Claro, claro, puesto que quedamos en que todas las opiniones –y dogmas, por ende– son respetables. De modo que criminalicemos cuanto queramos el terrorismo –ente satánico de turbia naturaleza, pero no a la religión, no a las creencias. Éstas no son la causa de que los hombres maten; lo es el virus del fanatismo, que no se sabe muy bien cómo ni de dónde viene. ¡Cuantísimos creyentes hay de todos los monoteísmos que no son fanáticos homicidas! 
En consecuencia hay que procurar que el islam se modernice, tratar de inmunizarlo contra el contagio del delirio fundamentalista, como de hecho se hizo históricamente con el cristianismo. Es lo que propugnan algunos de quienes han reflexionado sobre el complejo fenómeno yihadista, como es el caso de Eva Borreguero, profesora de ciencia política en la Universidad Complutense de Madrid, que defiende esta tesis en su artículo titulado Modernizar el islam. Se trataría, en su opinión, de apoyar a aquellos musulmanes moderados que trabajan, ejerciendo una siempre amenazada libertad de expresión en sus ámbitos de dominio musulmán, para que triunfen en su propósito de que se imponga una exégesis por así decir ilustrada frente a la interpretación literal de la palabra sagrada, la cual es central en el salafismo que, a su vez, justifica ideológicamente el movimiento yihadista. Dice que «ello implica contextualizarla (la dimensión belicista de los textos sagrados) en su dimensión histórica, respetando la construcción teológica de valor universal». Confieso que no entiendo muy bien a qué se refiere con lo último, con eso de la «construcción teológica de valor universal». ¿En qué consiste una construcción así? ¿Cuáles son las construcciones de valor universal de las diversas religiones? ¡Pero si desde que se dio el cisma de oriente hace un milenio se le viene dando vueltas al dichoso ecumenismo en el solo ámbito del cristianismo sin apenas avances!
A no ser que admitamos la imposición por la fuerza como procedimiento válido de alcanzar la universalidad de ciertos valores (muy congruente, por cierto, con el componente belicista de todos los textos sagrados), sólo cabe el diálogo para lograrlo. El diálogo únicamente es fructífero a ese respecto si nos colocamos trabajosamente en un espacio de entendimiento que trascienda las convicciones personales, esto es, que sea objetivo, común, interpersonal y firme; un territorio, en definitiva, que no sea propiedad de nadie y que acoja a cualquiera que venga con el pasaporte de las buenas razones; el mismo que se torna imposible de cohabitar cuando es invadido por los dogmas. En su libro La inteligencia fracasada José Antonio Marina acierta a expresarlo luminosamente cuando dice:
En esto consiste el uso racional de la inteligencia, en usar toda su operatividad transfigurada, incluido por supuesto el razonamiento, para buscar evidencias compartidas. El hombre necesita conocer la realidad y entenderse con los demás, para lo cual tiene que abandonar el seno cómodo y protector de las evidencias privadas, de las creencias íntimas. Sopesar las evidencias ajenas, criticar todas, las propias y las extrañas, abre el camino a la búsqueda siempre abierta de una verdad y de unos valores más firmes, más claros y mejor justificados. La irracionalidad, el encastillamiento en la opinión personal, lleva irremisiblemente a la violencia. Popper decía: «Conviene que combatan las ideas para que no tengan que combatir las personas». El uso racional de la inteligencia, indispensable para convivir, se concreta en dos grandes dominios de evidencias universales: la ciencia y la ética.
Aquí considero que reside el punto clave de la imbricación de la religión en el nuevo paradigma de civilización que se inauguró con la edad moderna, y en el que se tiene que integrar el islam: ¿cómo se articula la relación entre el criterio de la fe (propio de las religiones) y el de la razón en el seno de una sociedad multirreligiosa que se ordena conforme a los principios democráticos consolidados a partir de la modernidad? De acuerdo con lo que afirma Marina: no es la religión dominio de «evidencias universales», es decir, que puedan compartir quienes no sean creyentes de esa religión. Si se alcanzan tales evidencias es porque se trasciende el ámbito creencial de la confesión particular para hacer comunión en el dominio de la ética, en el que no la fe, sino la razón constituye su primordial fundamento.
Tampoco hay que pasar por alto que es intrínseco al ser de las religiones una cierta soberbia respecto de la verdad, que es lo que convierte a sus creencias en evidencias para el creyente, lo que las excluye de la palestra del debate racional. De modo que la mera crítica de sus contenidos es fácilmente tenida por una falta de respeto en el mejor de los casos o de un ataque en el peor de ellos (piénsese si no en esa rocambolesca figura penal del delito contra los sentimientos religiosos; ¿y por qué no un delito contra los sentimientos estéticos, de manera que se multe o encierre a todo aquel que atente contra el buen gusto en el vestir, pongamos por caso?). Seguramente no exagera Sam Harris en su libro de improbable título, El fin de la fe, cuando afirma:
La fe religiosa supone un mal uso tan intransigente del poder de nuestra mente que es como una especie de perverso agujero negro cultural, con una frontera más allá de la cual se vuelve imposible cualquier discurso racional. 
Esto en esencia es lo que significa la palabra wahi, perteneciente al universo lingüístico que apuntala las creencias del islam: revelación divina dada a la humanidad a través de sus profetas. Es considerado un fenómeno misterioso y enigmático que no cabe en el marco del intelecto común del ser humano. Es un tipo de alocución celestial e inmaterial que no puede ser concebida a través de los sentidos ni la reflexión intelectual, sino que es otra percepción que a veces se manifiesta en algunas personas por la voluntad de Alá. He aquí un elemento que no resistiría la prueba del algodón de la modernidad –¡que no es otra que la de la razón!– y que no representa una de esas construcciones teológicas de valor universal, de las que cree la arriba mencionada Eva Borreguero que hay que salvaguardar en todas la religiones. Pero ¿cuáles la resistirían, si el valor universal, precisamente, se levanta sobre el suelo de ese territorio común que decíamos fertiliza el uso racional de la inteligencia, el mismo que con la fe se abotarga?


Hay quien dirá que es mejor que el islam, como el resto de religiones (¿todas? ¿sólo las mayoritarias? ¿las que alcancen pactos educativos con el Estado en virtud de arbitrarios criterios? ¿estamos ante el inicio del famoso «café para todos» para el adoctrinamiento religioso en la escuela pública?), esté en la escuela moderna, precisamente para contribuir a su modernización, que aquí equivale a moderación. El creyente moderado de cualquier fe es el que no renuncia a vivir en el mundo moderno y, para ello, no tiene más remedio que interpretar alegóricamente o incluso ignorar lo que no dejan de ser cánones constitutivos de la palabra divina en la que, por otro lado, dice creer a pies juntillas (esto es la fe). A esa moderación contribuye no poco la ignorancia de la mayoría de los creyentes de la cantidad de barbaridades que en verdad contienen sus sagradas escrituras por no haber dedicado un tiempo a la lectura de lo que es, en definitiva, la prístina fuente de sus creencias (esto lo ilustra espléndidamente una secuencia de la serie El ala oeste de la casa blanca que seguidamente inserto al atento lector). Dicho de otro modo: para ser un musulmán o un cristiano o un judío moderados hay que ser necesariamente un negligente lector de la letra de la ley divina, lo que equivale, lógicamente, a ser un mal musulmán o un mal cristiano o un mal judío. Para explicarlo con contundencia: el joven transexual cordobés que ha pretendido hace unos días confirmarse para apadrinar a un niño, y que ha recibido un rotundo no del párroco, obediente a la consigna del obispado de Córdoba, quería un contradiós (nunca mejor dicho), pues, con el catecismo en la mano, el transexual es inapelablemente un mal católico, y como tal ha de sufrir las consecuencias, igual que los homosexuales y demás colectivos de moral pecaminosa. ¡Lo contrario supondría que la Iglesia Católica Apostólica y Romana renegase de sus principios! 
Sea como fuere, si se trata de modernizar el islam –o lo que es lo mismo, contribuir al crecimiento de un islam moderado– de nada sirve introducirlo en nuestras aulas para adoctrinamiento de nuestros niños y adolescentes. Porque, como taxativamente explica Sam Harris en el libro citado:
Las puertas que nos llevan a renunciar a la literalidad de las escrituras no se abren desde dentro. La moderación que vemos entre los no fundamentalistas no es señal de que los credos han evolucionado, sino, más bien, de que es producto de los muchos martillazos que la modernidad ha propinado a ciertos dogmas de la fe exponiéndolos a la duda. El menor de estos progresos no es la aparición de una tendencia a valorar las evidencias y a dejarnos convencer sólo por propuestas respaldadas por la evidencia. Hasta los más fundamentalistas se mueven a la luz de la razón; la diferencia está en que sus mentes parecen haberse compartimentado para acomodar las abundantes afirmaciones de certeza que conlleva su fe.
Lo prueba la historia. Al cristianismo lo fue poniendo en su sitio la modernidad conforme el librepensamiento se fue abriendo camino, y una ilustración militante fue construyendo, no teológicamente sino filosóficamente es decir, sobre el pensamiento crítico y el conocimiento, los valores universales que conforman el marco dentro del que los individuos pueden aspirar a una vida buena. Toda religión es –repitámoslo– intrínsecamente soberbia y en la idiosincrasia del creyente está la pulsión –latente o no– del proselitismo (¿cómo no si se hallan en posesión de la verdad? ¿Y no querría todo el mundo que se le diese la oportunidad de conocerla? Más aún, ¿no es deber del creyente darla a conocer, es decir, hacer profesión de fe?). Así que la moderación le vino impuesta al cristianismo cuando la razón le ganó la partida histórica a la fe en la cultura europea. Ahora bien, no se debería incurrir en la ingenuidad de confiar en que esa victoria sea definitiva. Ni mucho menos.
En la escuela está uno de los frentes de una guerra que se libra contra el fanatismo todos los días. La posmodernidad nos ha vuelto más tolerantes a un relativismo que desincentiva el debate racional y crítico (inteligente) que hoy más que nunca precisamos en la aldea global, donde convivimos codo con codo con quien respira una atmósfera cultural distinta a la nuestra, pero forma parte del mismo organismo social. A ese debate también hay que someter a las religiones, en torno a las que no tiene justificación establecer cordones sanitarios contra el librepensamiento. Lo expuso con claridad meridiana Bichara Khader, profesor de la universidad belga de Lovaina, palestino de origen y fundador del Centro de Estudios e Investigaciones sobre el Mundo Árabe Contemporáneo, en una entrevista emitida recientemente por una cadena de radio. Al respecto de la cuestión de la incompatibilidad de la democracia y el mundo árabe dijo: 
Lo que es necesario, y los musulmanes tienen que entenderlo, es que hay que separar el espacio religioso del espacio político. Esta separación es la laicidad, es la neutralidad del Estado de cara a las creencias y a la no creencia... El futuro del mundo musulmán reside en la separación de lo religioso, que tiene que ser algo privado, y de lo público, de la gestión del Estado y de los asuntos oficiales, que tienen que ser separados del impacto de las interferencias nefastas de la religión. Entonces, no hay una incompatibilidad de principio, pero estas interferencias constantes de la religión en nuestros Estados perjudican la búsqueda de un mundo árabe secular.
Y lo que vale para el islam vale para cualquier otra religión.

José Luis Ferreira

El argumento que presenta el problema de la inducción es, históricamente, el siguiente:

Observamos salir el sol cada día y presumimos que seguirá saliendo. Esto es un argumento inductivo y lo aceptamos porque ha funcionado bien en muchos otros ejemplos y aceptamos que seguirá funcionando. El argumento que justifica la inducción es, pues, circular.

En una entrada pasada me he referido a los argumentos circulares y he alertado contra meter en el mismo saco a los aparentemente circulares que a los circulares de verdad. ¿De qué tipo es la circularidad de la inducción? Sostendré que es solo aparente y para ello usaré un modelo formal en el que se justifica la inducción. Ya he hablado de él en más de una ocasión, pero creo que solo en comentarios o en las discusiones del Otto Neurath, se trata de la inferencia estadística.

Expliquemos un caso sencillo. Tenemos una urna con bolas. Sacamos una bola, que resulta ser blanca. Sacamos otra, que también es blanca. Seguimos así y a la enésima, que sigue siendo blanca decidimos que todas son blancas (es decir, que la siguiente que saquemos será también blanca). La inferencia estadística no dice que la siguiente será blanca con probabilidad 100%, sino que a medida que sacamos bolas y resultan ser blancas, la probabilidad de la hipótesis "todas las bolas son blancas" aumenta. Esto ocurre con los modelos de inferencia estadística clásico y bayesiano y ocurre con todo el rigor matemático. No hay circularidad.

Repasemos. El ejemplo es un modelo de aplicación de la inducción. La urna es la realidad (esa desconocida), la muestra de bolas son los datos (reales o aparentes) observados y la hipótesis "las bolas son blancas" son nuestra teoría acerca de esa realidad.

La inducción a que se refiere el problema que encabezaba la entrada es de la misma índole. No se afirma que la proposición "el sol saldrá mañana" esté establecida sólidamente por el argumento inductivo, sino que significa que la hipótesis "el sol saldrá mañana" cobra más valor (más probabilidad). Pero en realidad, en ciencia, tampoco es exactamente eso, sino que lo que dirá es que "el modelo o teoría científica que explica el movimiento de los astros del sistema solar" tiene más probabilidad de ser cierto gracias a los datos de que el sol ha salido cada día tal como el modelo predice y según ese modelo el sol saldrá también mañana.

Que el modelo de inferencia estadística sirva o no para entender la realidad es algo que no podemos deducir lógicamente y, como siempre, lo único que nos queda es mostrar su utilidad (inductivamente, claro). No hemos resuelto el problema del conocimiento, algo imposible lógicamente, pero sí hemos establecido que la inducción no tiene por qué ser un argumento circular e inválido.

Para una entrada posterior dejamos el problema de distinguir entre distintas teorías compatibles con los datos y que algunos llaman "el nuevo problema de la inducción".

jueves, 12 de mayo de 2016



por David Osorio (@Daosorios)

Esta semana El Tiempo reportó que la Comisión de Expertos Tributarios contempla empezar a cobrarle impuesto del IVA a a los libros — la reacción instintiva es oponerse a la medida y hasta indignarse, pero analicemos las cosas por un momento.

La exención tributaria a la industria del libro parte de la base de que los libros son una puerta a la cultura y el conocimiento, pero los escépticos sabemos mejor que eso. Existen muchos tipos de libros, con diversos contenidos: así como los hay de divulgación y cultura, también los hay, de hecho abundan, sobre pseudociencias, de superación personal, de dietas que no sirven, politiqueros, de proselitismo religioso y —tal vez los más molestos— de 'ciencias' sociales cuyos autores parecen tener alguna alergia a la rigurosidad.

Así que los libros pueden ser ventanas al conocimiento y la cultura... pero también pueden ser portales para expandir la ignorancia y la incultura. Asumir que cualquier libro, por el hecho de serlo, incrementa automáticamente los niveles de cultura en la sociedad es cuando menos ingenuo.

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