18 de febrero de 2018

Arrow y la imposibilidad de la razón moral


Hay N votantes. Cada uno ordena según sus preferencias a los M candidatos a presidente (o a los M distintos proyectos públicos). El teorema de imposibilidad de Arrow dice que es imposible tener un sistema de agregación de las preferencias de los N votantes (un sistema de votación, p.e.) que nos dé un ránking de los candidatos para cualesquiera preferencias individuales y que cumpla las siguientes características:
  1. No dictadura. Es decir, que el sistema de decisión no se fije únicamente en lo que diga uno de los votantes.
  2. Monotonía. Si un votante pasa de preferir X sobre Y a preferir Y sobre X, entonces el sistema no podrá ahora elegir a X sobre Y si antes no lo hacía.
  3. Independencia de alternativas irrelevantes. El orden de preferencia entre X e Y según el sistema de agregación de preferencias debe depender solo de cómo los votantes ordenan X e Y (y no de cómo ordenan, p.e., Z con respecto a X e Y).
  4. Unanimidad. Si todos los votantes prefieren X antes que Y, el sistema también lo hará.
La demostración es muy ilustrativa: si un sistema cumple 2, 3 y 4 (digamos que un sistema así es coherente), entonces será dictatorial (no cumplirá 1). Hay que optar: o incoherencia o dictadura.

Voy a proponer otro territorio para el teorema. Pongamos que en lugar de N votantes tenemos N fines o ideales que uno quisiera ver cumplidos en una sociedad (libertad, igualdad, fraternidad, seguridad, responsabilidad, solidaridad, justicia, identidad,…) y los M proyectos son los M tipos de sociedades distintas que uno debe valorar. Esto tiene sentido si yo, a la hora de juzgar distintas sociedades, me fijo en cómo de bien aparecen en el ránking de la libertad, la igualdad, la fraternidad,... e intento tener una manera coherente de ponderar cada una de estas propiedades. Es decir, en mi mente estarán votando la libertad, la igualdad, la fraternidad,... para dar una valoración a cada sociedad.

Ahora hay que ver cuánto de cada uno de esos ideales cumple cada tipo de sociedad. Pongamos, por ejemplo, que una sociedad tiene mucho de libertad, poco de seguridad, y anda normal de justicia (y que solo importan estas tres cosas). Si la libertad pesa mucho, estará alta en el ránking, si la que pesa mucho es la seguridad, estará abajo. Si ambas pesan más o menos igual, o si la que más pesa es la justicia, alcanzará una posición media. Pues bien, el teorema de Arrow ahora dice que no es posible ponderar todos esos ideales de una manera coherente (que cumpla los puntos 2, 3 y 4) y que no sea dictatorial, lo que en este contexto significaría juzgar una sociedad por lo que hace en solo uno de esos ideales.

Dado lo anterior, uno puede entender la tentación de la dictadura para aquellas gentes incapaces de aceptar las imperfecciones de la democracia. También se puede entender la tentación de restringir las posiciones morales e identificarse solo con un ideal. De esta forma todo es más sencillo. Si uno identifica la libertad como el bien supremo, con solo ver qué pasa en esta dimensión tendrá una manera sencilla de evaluar moralmente todas las sociedades (y todas las propuestas de cambio de una sociedad). Esta sencillez se tendrá por profunda y superior a otras, al haber conseguido un método de análisis coherente (satisface 2, 3 y 4). Lo mismo ocurre si uno ha escogido la igualdad como valor supremo, la gloria de la patria o cualquier otro fin.

Frente a esos simples (anarcocapitalistas, comunistas, nacionalistas, etc.), víctimas de su propia dictadura moral, estamos los que intentamos tener en cuenta más fines y optamos por la democracia moral, que aquí no significa que lo que se vote sea lo aceptable moralmente, sino que cada uno de nosotros queremos ponderar todos los fines morales. Y optamos por ella a pesar de sus imperfecciones e incoherencias, a pesar de que esto requiere estar ponderando todo constantemente y a pesar de la complejidad que añade al análisis. O tal vez no a pesar de eso, sino por todo eso, porque nos obliga a estar mucho más vigilantes, actitud que uno quiere trabajar siempre en cuestiones de elección moral.

11 de febrero de 2018

Greguerías filosóficas

Debo el título a @ptarra, que así llamó a estas ocurrencias tuiteras de hace un tiempo. Las dos primeras son de Saturday Morning Breakfast Cereal e inspiraron las demás:


-Has leído la paradoja d Zenón?
-No puedo: antes d llegar al final debo pasar x la mitad, y antes, x la mitad d la mitad y así sucesivamente

-Conoces el mito de la caverna de Platón?
-Apenas unas nociones difusas y esquemáticas.

-¿Crees que el método de Descartes es correcto?
-Lo dudo.

-Haznos un comentario sobre el Tractatus de Wittgenstein.
-Mejor me callo.

-¿Me puedes explicar con detalle las tesis de la Dialéctica?
-No. Mejor te hago una síntesis.

-¿Entra Kant en el examen?
-Categóricamente, sí.

-¿Me puedes explicar el existencialismo?
-¿Para qué? Te vas a morir antes de entenderlo.

-¿En qué consiste tu filosofía, Nietzsche?
-Deja de preguntar cosas con esa moral de esclavo y crea tu propia respuesta.

-¿Es correcta la paradoja del gato de Schrödinger?
-Pues sí y no.

-¿Me puedes explicar el utilitarismo?
-Si eso te hace feliz...

-¿Cuál es tu filosofía, Parménides?
-Siempre estás con la misma pregunta, nunca cambiarás.

-¿Me puedes repetir lo del río, Heráclito?
-Ese era el tema de ayer, hoy toca otro.

-Hija, te quiero explicar el libre albedrío.
-Vale, cuando acabe los deberes.
-Es que luego tengo que arreglar la lámpara.
-Pues mañana.
-Ok

-Me gusta la filosofía de Freud.
-¿De ese? ¡Pero si es un inconsciente!

-¿En qué piensas, Hobbes?
-¿Otra vez atosigando? Déjame en paz o te parto la cara.

-Data, ¿te has hecho ya el test de Turing?
-Sí, he dado falso positivo.
-¿Cómo sabes que es falso?
-Ooops!

-Oye, Epiménides, ¿es verdad que los griegos para decir "sí" decís "nai"?
-Nai.

4 de febrero de 2018

Sexo, ideología, escepticismo y naturaleza humana

«No te he dado, oh Adán, ningún lugar determinado... La naturaleza limitada de los demás está contenida en las leyes escritas por mí. Pero tú determinarás tu propia naturaleza sin ninguna barrera, según tu arbitrio y al parecer de tu arbitrio la entrego.» (Giovanni Pico della Mirandola)

Por José María Agüera Lorente

Hay cuestiones respecto de las cuales resulta muy difícil mantener la debida actitud escéptica para abordar su estudio. Por dos razones: la complejidad de la cuestión y la implicación emocional que suscita. Cuando se dan ambas la tentación de abrazar explicaciones simples que satisfagan nuestros prejuicios, deseos y/o intereses se torna irresistible, lo que nos convierte en víctimas propicias del sesgo de confirmación por el que sólo nos fijamos en los casos que refuerzan nuestras creencias subjetivas y nos blindan cognitivamente frente a las evidencias en contra. En todo lo relacionado con el sexo es así. La ideología –como advirtió José Luis Ferreira en su artículo del 28 de enero– puede echar robustas raíces en el siempre polémico terreno de la sexualidad, abonado hasta decir basta con todo tipo de fertilizantes potenciadores del debate estéril por doctrinario como la afectividad, la moral y la política.
Cuando uno se dispone a reflexionar sobre temas de esta estofa, tan fácilmente inflamable, conviene tener muy presentes las palabras de Sir Bertrand Russell, que dejó escritas en su ensayo Las funciones de un maestro, exhortándonos a elevarnos por encima de las controversias «a una región de desapasionada investigación científica». Y no carecemos de pruebas que demuestran que todo lo que se trata de aportar para el esclarecimiento de las cuestiones de sexo –en las que todos estamos tan humanamente implicados– se ve inevitablemente enredado en una inextricable madeja de controversia; que se lo digan si no a Sigmund Freud o Alfred C. Kinsey sin ir más lejos. Más recientemente padecimos en nuestro país las convulsiones ideológicas que provocó el dichoso autobús del sexo de la asociación Hazte oír. Escribí sobre ello y defendí el derecho a expresar su opinión de la mencionada asociación, así como el deber de todos los que nos tenemos por partidarios del pensamiento científico y contrarios al adoctrinamiento ideológico de combatir sus engañifas propagandísticas con argumentos armados de conocimiento. No soy partidario, desde luego, de combatir la ideología con más ideología, ni de reemplazar las verdades obtenidas mediante el honesto esfuerzo de la rigurosa investigación por supuestas verdades doctrinales por muy bien intencionadas que sean y muy respaldadas que estén por la ética de los grandes valores del progresismo. Es cierto. no obstante, que la ideología ofece una sensación de certidumbre que en según qué asuntos la ciencia nos parece negar.
David Hume, el filósofo empirista escocés, se planteó hace casi tres siglos el problema de determinar cuáles son las posibles formas de conocimiento humano en la sección cuarta de la Investigación sobre el entendimiento humano (1748). Inspirado en la distinción previa de Gottfried Wilhelm Leibniz entre verdades de razón (las de las matemáticas y la lógica) y verdades de hecho (las de la física, por ejemplo), el de Edimburgo sostiene que todos los objetos de la razón y de la investigación humana pueden ser divididos en dos grupos: relaciones de ideas y cuestiones de hecho. Simplificando lo que se deriva de esta taxonomía epistemológica, digamos que hay verdades evidentes universalmente, pues lo contrario violaría el principio de no contradicción, las contenidas en las proposiciones de las matemáticas, cuyos objetos se conocen independientemente de lo que exista en cualquier parte del universo; los objetos de investigación propios de las cuestiones de hecho, sin embargo, se hallan siempre en la cuerda floja de la mera probabilidad, ya que sobre ellos no cabe certeza; quiere decirse que su falsedad no se puede demostrar recurriendo al principio de no contradicción, dado que lo contrario de un hecho es, en principio, siempre posible.
En Los problemas de la filosofía, siguiendo la estela del escepticismo de Hume, Russell afirma categóricamente que «la mayor parte de lo que pasa ordinariamente por conocimiento es una opinión más o menos probable». Así expresado, resulta un tanto desalentador; pero inmediatamente tras un punto y aparte añade lo siguiente: «Un conjunto de opiniones cada una de  las cuales sea probable, si tienen una coherencia mutua, llegan a ser más probables de lo que sería cada una individualmente. Lo mismo se aplica a las hipótesis filosóficas generales. Con frecuencia estas hipótesis pueden parecer muy dudosas en un caso particular, mientras que, cuando consideramos el orden y la coherencia que introducen en una masa de opiniones probables, llegan a ser casi ciertas». Esta postura es congruente con la calidad epistémica de las verdades de hecho señalada por Hume, y compatible con la incertidumbre estructural intrínseca a muchos ámbitos de investigación científica. Porque hasta llegar a conclusiones definitivas el método científico impone que se consideren las hipótesis alternativas pertinentes, y que la duda no esté del todo ausente en el proceso de elaboración de conclusiones. Por eso, ocurre que a menudo en esa búsqueda de verdades se encuentra dudas. Esto resulta poco satisfactorio en debates de gran significación en la opinión pública y, por ende, con repercusiones de importancia en la toma de decisiones políticas. Ocurrió hace años con el efecto del tabaco sobre las enfermedades pulmonares. Recuerdo hace un par de décadas largas, cuando en las aulas universitarias se daba una cierta laxitud respecto al hábito de fumar, tanto entre profesores como estudiantes. Tomó su tiempo que el trabajo científico acumulara el suficiente número de evidencias que, por fin, dejara sin excusas  a la industria tabaquera para oponerse a las restricciones legales del consumo. Los efectos del uso de transgénicos o la realidad y causación humana del calentamiento global son otros dos ejemplos que se mueven en ese margen prudencial de las verdades probables y las explicaciones verosímiles. Pero al reconocer que existe un cierto margen para las dudas se deja espacio para aparentes contradicciones, lo que aprovechan quienes tienen sus propias y, a menudo, interesadas certezas; es decir, ese resquicio escéptico siempre obligado para la ciencia, lo tapa entonces el ímpetu doctrinario de la ideología.
Creo que es lo que pasa con las cuestiones relacionadas con el sexo, hoy por hoy muy politizadas e ideologizadas. Efectivamente no sabemos a ciencia cierta por qué a pesar de las políticas educativas no sexistas y promotoras de la igualdad, que tratan de incentivar el acceso a todo tipo de estudios sin discriminación ninguna por razón de sexo, sin embargo se da la conocida como «paradoja noruega de la igualdad». Partiendo del supuesto de que la educación machista que las niñas padecen desde que nacen es la cusa (única) de que sea siempre una minoría de ellas la que escoge los estudios superiores del ámbito de las tecnologías, el Nordik Gender Institute, perteneciente al Consejo Nórdico, tenía entre sus misiones la de hacer que los roles de género desapareciesen de sus países y que las profesiones fuesen elegidas en iguales porcentajes por hombres y mujeres. Como aquí en España, en los países escandinavos, sin embargo, las mujeres tienden a ser mayoría aplastante en los estudios relacionados con la salud, bienestar y educación, y minoría en los tecnológicos.
Ni que decir tiene que el instituto de marras fracasó en su misión de ingeniería social, es decir, que las mujeres nórdicas no vieron mejorada su inclinación hacia las carreras tradicionalmente masculinas; ¿por qué? Porque sus responsables tomaron una hipótesis –Russell diría una opinión más o menos probable– por evidencia, reduciendo así la explicación causal de un un fenómeno tan complejo como la elección por parte de las mujeres de su profesión a la educación recibida, supuestamente sexista.
En casos como este se muestra con toda rotundidad que el tiempo de la toma de decisiones políticas no va a la par ni mucho menos con el tiempo que exige la búsqueda de la verdad científica; lo que favorece la instauración de la verdad revelada –sea de la índole que sea, ideológica, religiosa, pseudocientífica– en el seno de una opinión pública siempre ayuna de respuestas urgentes, claras y taxativas. Hace diez años largos Rafael Argullol denunciaba en un artículo titulado precisamente Contra la opinión pública la preocupación de un amigo científico suyo (no lo nombraba) que investigaba la diferente actividad de los cerebros masculino y femenino por que pudiera ser tachado de determinista o sexista. Él mismo se preguntaba alarmado si no llegaría el día en que se sometiese a votación la verdad científica.
La noción de verdad compatible con el escepticismo que exige la investigación rigurosa es esencialmente probabilística y provisional; y se robustece cuanto mejor responde a lo real de acuerdo con el mayor número de criterios objetivos manejables. Me temo que en el caso de las cuestiones sociales en general y las del sexo en particular no se respeta este principio envueltas como están en la trifulca política y las turbias corrientes que dominan el piélago de la opinión pública. Tampoco ayuda a su tratamiento científico una cierta inercia posmoderna presente en el ámbito de las ciencias sociales que tiende a hacer creer que las únicas causas de las conductas de las personas y de los grupos en los que se hallan insertas son de índole exclusivamente cultural, despreciando así las aportaciones de los trabajos científicos que inciden en las variables naturales. Es algo que se puede apreciar de forma divertida viendo el documental de 2015 titulado La paradoja de la igualdad de género, en el que se constata esa dialéctica de paradigmas entre los científicos que entienden que la clave de todo lo humano está en la educación frente a los que entienden –el psicólogo Simon Baron-Cohen entre ellos– que hay que considerar en su justa medida los factores filogenéticos y ontogenéticos.

Fue el psicólogo norteamericano Steven Pinker el que denunció el modelo de la tabula rasa (blank slate en inglés) en su libro de 2002 titulado en castellano La tabla rasa; la negación moderna de la naturaleza humana. La aparición de la obra –de un inusitado éxito editorial, dicho sea de paso– fue saludada por el filósofo español Jesús Mosterín con un artículo de prensa al que puso por título muy gráficamente Un brindis por la naturaleza humana. En él denuncia la idea según la cual «la especie humana carece de naturaleza, que somos pura libertad e indeterminación y que venimos al mundo como una hoja en blanco (tanquam tabula rasa)». Mosterín considera esta idea una de esas «elucubraciones alucinadas» que han contribuido a enturbiar y distorsionar nuestra autoconciencia. Siendo como es una noción de inveterada tradición filosófica la encontramos en indiscutibles autoridades de la genealogía del pensamiento occidental como el humanista del renacimiento italiano Giovanni Pico della Mirandola, y más cerca de nosotros en los conductistas y existencialistas, sin olvidar a idealistas y marxistas. Noam Comsky fue la voz discordante en esa concepción antropológica de rancio abolengo al mostrar hace medio siglo las insuficiencias teóricas del conductismo a la hora de explicar el desarrollo del lenguaje infantil. Esta nueva propuesta –verdaderamente rupturista en las ciencias sociales– es la que Pinker extendió hace quince años a todas las capacidades humanas. Aquí tenemos un exponente incontestable de lo que decíamos más arriba, en consonancia con el escepticismo presentado de la mano de Hume y Russell y que exige toda investigación científica. Nuestros más recientes hallazgos en los campos de la genómica y las neurociencias revelan una coherencia que refuerza la relevancia de la naturaleza del ser humano cuando se trata de explicar la diversidad de sus conductas en todos los fenómenos sociales. No sería honesto ignorarla.


Matar una discusión (7): «¿Estás comparando el tocino con la velocidad?»


Estás intentando explicar un fallo en una argumentación y, para hacerlo más patente, pruebas con un
ejemplo que te parece más claro. ¿Qué puede salir mal? Al parecer, mucho.

Sabemos que si llueve las calles se mojan. Alguien ve la calle mojada y dice que ha llovido. «No tiene por qué», respondes, pero no convences. Tras mucho explicar dices que de «A implica B» no se puede deducir que «B implica A», de «Si llueve, se mojan las calles» no se puede deducir que «Si las calles están mojadas es porque ha llovido», lo mismo que de «Si alguien es hombre, entonces es mortal» no se deduce que «Si alguien es mortal entonces es hombre», puesto que puede ser una mujer. Llegados a este punto, tu contertulio dirá «¿Estás comparando a la lluvia con los seres humanos?». Bueno, seguramente no, nadie sería tan bruto. Todo el mundo entiende que la analogía que trae el ejemplo está en la forma del argumento, no en el contenido. Sin embargo algo muy parecido pasa a menudo.

Por ejemplo, en numerosas ocasiones he dicho que los supuestos en Economía son simplificaciones para desarrollar modelos tratables y que permitan estudiar una cuestión. El Homo economicus sería una simplificación para estudiar algunos mercados lo mismo que el tratar los planetas como puntos en el espacio lo es para estudiar sus posiciones relativas. Una y otra vez, me contestan «¿Cómo puedes comparar la Economía con la Física?» Cuando aseguro que en ningún momento he hecho eso me señalan que he puesto las dos cosas en un mismo párrafo. Como si hubiera sido yo, y no mis contertulios, quienes han confundido la lluvia con los seres humanos.

¿Hace falta que ponga otro ejemplo o se me dirá que estoy confundiendo el modus ponens con el realismo de los supuestos? ¿O tal vez que no me entero y que planteo una falsa disyuntiva?

El lector avispado se habrá dado cuenta que este tipo de confusión mental tiene su vuelta de hoja. Ocurre cuando alguien te quiere convencer de A y lo pone en analogía con B, que es algo de lo que ya estás convencido. Por ejemplo, «El mercado no busca la justicia, por lo tanto el mercado es malo». Te han metido en la misma frase «mercado» y «no justicia» y ahora te toca a ti ser el malo de la película y decir que «el chocolate tampoco busca la justicia». Para entonces tu contertulio ya no atenderá razones, hinchado de superioridad moral.



(Se admiten comentarios con más ejemplos de este tipo de diálogo de besugos.)

28 de enero de 2018

En cuestión de sexos, más datos y menos ideología


Hay quien cree que las mujeres tienen menos tendencia a decantarse por algunas carreras que por otras, o que son los hombres quienes tienen esa tendencia. Hay quien piensa que, de ser cierto la anterior, la tendencia por fuerza tiene que ser social y no genética. ¿Hay razones tras esas creencias? Una mirada casual a la proporción de hombres y mujeres en las distintas carreras parece indicar que hay, efectivamente, distintas preferencias entre sexos. El hecho de que las mujeres hayan entrado en otras carreras antes también acaparadas por hombres parece dar fuerza a la creencia de que las preferencias innatas pueden no estar explicando el fenómeno observado y que tienen que haber sido moldeadas socialmente. Sin embargo, estas justificaciones de las creencias no están bien fundamentadas. Hay múltiples hipótesis que podrían explicar los datos. Hagamos una lista:
  1. Las mujeres tienen menos inclinación por esas carreras por causa genética.
  2. Las mujeres tienen menos inclinación por esas carreras por causa social.
  3. Las circunstancias específicas en esas carreras implican una dinámica más lenta en la presencia de mujeres que en otras antaño también dominadas por hombres.
  4. Las mujeres aprecian igual que los hombres cada carrera, pero ni a hombres no a mujeres les gusta demasiado estar en minoría (modelo de segregación de Schellling).
Que yo sepa, ninguna de estas hipótesis (ni otras posibles) está probada ni descartada. Proponerlas como líneas de investigación no es machista ni deja de serlo, aceptar alguna de ellas sin estar probada sí puede serlo. P.e., no aceptaremos sin más que a las mujeres les gusta la ingeniería menos que a los hombres solo porque satisfaga la intuición de alguien y porque una mala mirada a los datos así parezca decirlo. Tampoco rechazaremos sin más que haya una diferencia de gustos innata solo porque choca con la intuición de alguien, normalmente porque piensa que la diferencia innata justificaría la discriminación por sexo o, alternativamente, porque haría más difícil igualar la presencia de hombres y mujeres en las distintas carreras que si la diferencia de preferencias tuviera un origen social. Ninguna de las dos cosas se seguiría de ese dato. Lo que necesitamos para dar con la explicación adecuada no es la idea preconcebida de ninguna ideología, sino datos que todavía no tenemos.

Mientras llegan los datos –y pueden tardar mucho en llegar- no debemos dar por buena ninguna hipótesis y actuar en la dirección de menor daño o de más probable beneficio, y yo creo que esta es la de animar a hombres y mujeres a que acudan a las carreras en las que están menos representados.

Cambiemos de tercio y observemos que hay quien piensa que los hombres tienden a interrumpir a las mujeres (manterrumping) o a despatarrarse en el transporte público (manspreading) o a explicar cosas a las mujeres condescendientemente (mansplaining). ¿Están bien fundamentadas estas creencias o pasa como en el caso anterior de las distintas hipótesis sobre la presencia de hombres y mujeres en distintas carreras? ¿Hay algo más que la intuición de alguna ideología? La hipótesis de los distintos gustos entre hombres y mujeres tenía los datos de mayor presencia de uno de los sexos en distintas carreras y ya hemos visto que, incluso existiendo este dato, no es suficiente para aceptar la hipótesis. En los casos de manterrumpting, manspreading y mansplaining, ¿tenemos siquiera esos datos? Yo no los he visto, solo he leído relatos anecdóticos que se refieren como generales, representativos o, por lo menos, como de mayor ocurrencia entre hombres que entre mujeres. No sé si esas cosas ocurren, sino que no se ofrecen los datos.

Por ejemplo, para mostrar el manterrumping, se ofrecen debates entre hombres y mujeres (por ejemplo, entre Clinton y Trump) y se cuenta que Trump interrumpió a Clinton muchas más veces que al contrario. El dato es cierto, pero no sabemos si es general. Habría que hacer, por lo menos, tres cosas más para comprobarlo: (i) que esto ocurre cuando se toma una muestra aleatoria de debates, (ii) que los hombres interrumpen más a las mujeres que a otros hombres y (iii) que las mujeres no se interrumpen más entre ellas que lo que interrumpen a los hombres. Por ejemplo, si (ii) no se da, ¿en qué queda el manterrumping? Será cierto que los hombres interrumpen más, pero no que discriminen por sexo en la interrupción. Algo parecido podríamos pedir a los datos que apoyen el mansplaining. En el caso del manspreading. ¿Alguien se ha puesto a contar qué porcentaje de hombres ocupan más sitio del que deben y lo ha comparado con el de las mujeres? ¿Ocurre siempre o solo cuando hay asientos vacíos? ¿De cuánto sitio ocupado estamos hablando? ¿Se mantiene la diferencia si se controla por el tamaño de la persona o alguna otra circunstancia? Si ocurre, ¿se debe a un deseo de acaparar espacio o hay razones anatómicas?

Yo no tengo ni idea de si estas cosas ocurren y en alguna de ellas tengo curiosidad por saber si es cierta o no. Sobre lo que sí tengo idea es que, mientras lleguen los datos, igual que hacíamos antes, trabajemos sobre la hipótesis de menos daño, aquella que no supone una diferencia donde no sabemos si la hay.

21 de enero de 2018

Salarios (o sobre la tesis del «goteo» o «derrame»)

«Aquel que recibe un beneficio con gratitud paga la primera cuota de su deuda». (Séneca)

Por José María Agüera Lorente

La teoría del trickel-down (literalmente «goteo hacia abajo») tiene su origen en una vieja idea del filósofo y sociólogo alemán Georg Simmel, quien en 1904 entendió que la moda se difunde conforme a un proceso de transferencia de la forma de vestir y de los gustos desde las clases más altas a las más bajas según procesos de imitación y diferenciación; igual que el fenómeno físico del goteo, desde arriba hacia abajo. Ochenta años después la metáfora se trasladó al campo de la economía, dando lugar a la tesis del «goteo» o «derrame», según la cual sólo el crecimiento económico puede erradicar la pobreza. Inserto en esta tesis está el supuesto de que únicamente una política favorable a las capas más ricas de la población (como la relativa a impuestos que pretende implementar el señor Trump,  la misma que impulsa el dumping fiscal en toda Europa) generará los beneficios suficientes que acabarán por descender tarde o temprano –«goteando»– a los estratos sociales más desfavorecidos y finalmente derramando riqueza –aunque sea en diferente medida– sobre todo el mundo.
Esta teoría es congruente con un modelo social definido por la concepción económica de libre mercado de acuerdo con el cual existe una élite de triunfadores sociales que constituyen la locomotora del desarrollo económico; son los empresarios y los grandes inversores, a los que se denomina de un tiempo a esta parte «emprendedores», término que tiene connotación evidentemente meliorativa, cargado de mérito, y que contrasta con el demérito que representa paradigmáticamente la mediocridad del gris funcionario, que más bien obstaculiza el que ese «espíritu emprendedor» dé sus frutos por las resistencias burocráticas que le opone. Ello es un elemento más que refuerza el dogma de la meritocracia. La conclusión de este planteamiento es de una lógica impecable (e implacable); lo enuncia con una claridad meridiana Marco Revelli en su libro contundentemente titulado La lucha de clases existe... ¡y la han ganado los ricos!: «Por consiguiente, al favorecer a dichas figuras, se genera un mecanismo virtuoso que, espontáneamente, crea riqueza añadida, y en parte la redistribuye en virtud de una especie de «fuerza de gravedad» natural, sin que la intervención del Estado llegue a obstaculizar o atascar el mecanismo». Igual que el mito bíblico del maná; aunque en su caso se trataría de una ley de la economía, equivalente a cualquier ley de la física.
Y como no hay nada como una buena fórmula algebraica o expresión geométrica para dar empaque epistémico a una idea, la teoría del trickle-down halló su legitimación matemática en una curva concebida por un migrante bielorruso, Simon Kuznets, nacido en 1901, llegado con su familia a Estados Unidos en 1922 y premio Nobel en 1971. Su curva nos viene a decir que un crecimiento económico acelerado produce en una primera fase desigualdades hasta llegar a un punto de inflexión a partir del cual comienza a generar igualdad (véase imagen más abajo). Ahora bien, el aludido modelo matemático no pretendía ser otra cosa que una representación de los resultados del estudio del ciclo económico a largo plazo que caracterizó a los países de primera industrialización, como nos advierte el mismo Marco Revelli: «Así pues, el modelo no pretendía poseer un valor predictivo (ni mucho menos prescriptivo)». Será entre los años setenta y ochenta del siglo pasado, con el arranque de la ofensiva ideológica neoliberal sacralizadora del capitalismo de libre mercado, que el modelo mutará en axioma con el fin de neutralizar las críticas contra la economía de la oferta por sus efectos acrecentadores de la desigualdad y para, en definitiva, defender ante los gobiernos de todo el mundo el cínico eslogan «grow now, worry about poor later» (crece ahora, y después preocúpate por los pobres).

Es particularmente en los salarios donde se puede constatar que esa riqueza generada por los emprendedores llena los bolsillos de los que no lo son. En el caso de España, sin embargo, la perspectiva de mejora de ingresos para los trabajadores, propiciada desde el gobierno con la tan cacareada recuperación económica, se ha visto defraudada una vez más por el sector empresarial, que no admite una subida superior al  2% cuando se esperaba del 3% en un momento en el que vuelve el incremento de los precios. En Europa en su conjunto ha aumentado la dispersión salarial desde el inicio de la última recesión. Con su fin no ha disminuido. ¿Puede ser debido al desmantelamiento de los sistemas de negociación colectiva y a la estrategia de debilitar a los sindicatos para negociar salarios y condiciones de trabajo? Porque a decir de los profesores Antonio Ariño y Juan Romero, autores del libro La secesión de los ricos, «allí donde se mantienen marcos de negociación colectiva el nivel de los salarios es, en promedio, más elevado». El dato es que, dejado al albur del mero crecimiento económico, la evolución de los salarios en Europa manifiesta un insignifcante incremento desde el año 2000, y en los países del sur son ahora inferiores a los del año 2000 o 2001. Al mismo tiempo se abre una brecha en el seno de la clase trabajadora entre quienes tienen estabilidad en sus puestos de trabajo y mantienen retribuciones dignas (los empleados públicos, y obreros de las grandes empresas industriales, por ejemplo) –que serían los llamados insiders– y el nuevo proletariado de servicios, en precariedad crónica y deficientemente pagado –los outsiders–. Un endiablado nuevo rompecabezas social para los sindicatos y los partidos de la izquierda que en buena medida explica la crisis de sus propuestas políticas (aquí traté esta cuestión). Si centramos nuestra atención en España, a partir de 2013 nuestro país disfruta de un sostenido crecimiento del PIB y de una revalorización del capital en acciones al mismo tiempo que se observa un triple fenómeno que señalan los profesores Ariño y Romero: «una caída brusca de la remuneración de los asalariados, que se manifiesta en el crecimiento de la categoría de 0 a 1 SMI [salario mínimo interprofesional], territorio claro de la precariedad y la temporalidad; un incremento de los salarios que cobran los grupos más altos, muy especialmente los que perciben por encima de 5 SMI, y en consecuencia, un distanciamiento salarial entre quienes se sitúan en el tramo de 0-0,5 SMI  y los que perciben más de 10 SMI».
Algo no cuadra con la tesis del «goteo». Por eso Mario Bunge en su ambiciosa obra Filosofía política la incluye en la lista de «mitos que todavía circulan por la comunidad de las ciencias sociales», mitos que la estadística económica y el análisis económico deben contribuir a erradicar, como he querido apuntar en lo expuesto hasta aquí.
Crecer, crecer y crecer económicamente es la piedra filosofal de la ideología del libre mercado. Pero   ¿hasta dónde debe crecer el PIB para que el cuerno de la abundancia del mercado derrame sus dones en cantidad suficiente en las copas de los más favorecidos de forma que rebosen y dejen derramar algo de riqueza para los menos pudientes? No hay ley natural que lo marque, ya que no es el efecto de causas impersonales, sino de decisiones. Con la promesa de la metáfora de la marea que levanta todos los barcos a la vez la mayoría de países llevan tres décadas poniendo en práctica políticas de libre mercado. Según afirma el economista Ha-Joon Chang en la introducción de su libro 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo el resultado, incluso antes de la última debacle financiera, es un crecimiento más lento, una mayor desigualdad y más inestabilidad en casi todos los Estados. El estancamiento de los salarios acompañado de un aumento de las horas trabajadas, que forma parte de este aciago cuadro, se inicia en los EEUU de Norteamérica en los años setenta; ha sido la eclosión del consumo a crédito –que ha alcanzado categoría de institución universalmente imprescindible en todos los así llamados países desarrollados– la que lo ha disimulado a cambio –eso sí– del incremento notable de la deuda de los hogares, fenómeno que dicho sea de paso forma parte del crecimiento monumental del sector financiero de la economía, y que acontece a escala mundial en detrimento del sector productivo (financiarización de la economía, sobre la que advirtió John Maynard Keynes en estos términos: «cuando el desarrollo capitalista de un país se vuelve un subproducto de las actividades de un casino el trabajo está claramente mal hecho»).
En consecuencia no cree Ha-Joon Chang que el libre mercado por sí solo revierta la actual tendencia a la desigualdad. Tampoco lo prevé Thomas Piketty en su muy leído libro de hace unos años titulado El capital en el siglo XXI. Y un informe de la OCDE de 2015 les da la razón, así como el último de Oxfam Intermón recién publicado con el explícito título de Premiar el trabajo, no la riqueza.  En la misma línea que los dos economistas mencionados, el Premio Nobel de Economía Jean Tirole duda de que en el futuro inmediato existan «suficientes empleos remunerados con unos salarios que la sociedad considere decentes». En su libro publicado en castellano el año pasado y que lleva por título La economía del bien común reconoce la incapacidad del libre mercado para corregir injusticias como la que aquí he expuesto en relación a los salarios. «Esa es la razón –dice– por la que la búsqueda del bien común pasa en gran medida por la creación de instituciones cuyo objetivo sea conciliar en la medida de lo posible el interés individual y el interés general. En este sentido la economía de mercado no es en absoluto una finalidad». O dicho de otro modo: el «goteo» o «derrame» sin más no puede hacer milagros.

Cooperación, complejidad y evolución abren el camino a mayores capacidades cognitivas

Este es el dilema del prisionero, del que ya hemos hablado aquíaquíaquíaquí y aquí: Si A y B cooperan, ambos ganan 5. Si solo uno coopera, el otro gana 6 y el que coopera gana 0. Si ninguno coopera, ambos ganan 1.

Egoísmo

Un comportamiento egoísta implicará que, en una interacción aislada entre A y B ninguno coopere. La tabla siguiente representa el juego, en donde se ve claramente haga lo que haga el otro, cada uno prefiere no cooperar.
 Altruismo

Si el comportamiento no es egoísta, podrán cooperar. Por ejemplo, si la ganancia de una unidad del otro le importa a cada tanto como la ganancia de media unidad para sí mismo, ambos querrán cooperar. Así, por ejemplo si los dos cooperan, ambos disfrutan de su ganancia de 5 más un disfrute por el bienestar del otro que equivalente a ½ de los 5 que gana el otro. La tabla sería la siguiente, donde se observa que cooperar es siempre mejor:
Coacción

No hace falta ser altruista para lograr la cooperación. Si A y B son parte de un clan que castiga con -10 a quien no coopere, en el nuevo juego también se cooperará:
Reciprocidad

Si la interacción entre A y B va más allá de un encuentro ocasional y tienen que decidir si cooperar o no cada día (o cada mes o año) de manera indefinida no hace falta altruismo ni castigos externos, basta con una estrategia de reciprocidad (visualizada en la imagen):
“comencemos cooperando hoy, a partir de mañana seguiremos cooperando si en el pasado lo hemos hecho y no cooperaremos si en el pasado alguien no ha cooperado”.

Esta estrategia sostiene la cooperación como un equilibrio:
  • Si A y B siguen la estrategia, cada uno recibirá 5 cada periodo de tiempo.
  • Si uno la sigue y otro intenta aprovecharse no cooperando, el que no coopera ganará 6 hoy, pero a partir de mañana ganará 1 en cada periodo.
Si los individuos no son muy impacientes, preferirán 5 todos los periodos antes que 6 hoy y luego 1 en cada periodo posterior.

Perdón

En la estrategia anterior, el castigo es muy fuerte. Es posible diseñar otra que permita volver a la cooperación tras un castigo no tan fuerte: “comencemos cooperando hoy, a partir de mañana seguiremos cooperando si el día anterior hemos cooperado y no cooperaremos durante tres periodos a partir del día en que alguien no coopere”. De nuevo, si ambos siguen la estrategia, ganarán 5 en cada periodo. Si alguien se desvía pasará a ganar 6, luego 1 durante tres periodos y luego otra vez 5 cada periodo. Si los individuos no son muy impacientes preferirán 5 durante cuatro periodos antes que 6 y luego 1 durante tres periodos.

Daño

Las estrategias anteriores tienen el problema que castiga tanto al que coopera como al que no. También esto se puede corregir, pero requiere una estrategia más complicada: “comencemos cooperando hoy, a partir de mañana seguiremos cooperando si en el pasado lo hemos hecho y entraremos en una fase de “castigo al no cooperador” durante tres periodos a partir del día en que alguien no coopere”. El “castigo al no cooperador” significa que el cooperador juega “No cooperar” y el no cooperador juega “Cooperar”. La fase de castigo debe repetirse si el que no cooperó también se desvía del castigo.

Estigma

En una comunidad, no siempre se encuentran los mismos individuos en una interacción tipo dilema del prisionero. Es posible que hoy se encuentren A y B, mañana B y C, pasado mañana A y C, luego C y D y así sucesivamente. En estos casos las estrategias anteriores no funcionan, pero otras adaptadas a la situación sí funcionarán si en la comunidad se observa el comportamiento de los demás: cada vez que dos juega, se observa qué hacen, a quien coopera siempre que no sea una situación de castigo se le etiqueta como “cooperador” y al que no lo hace, como “no cooperador”. Ahora la estrategia de cada individuo en la comunidad puede ser: “cooperar frente a un cooperador y no cooperar (situación de castigo) frente a un no cooperador”. Esta estrategia será de nuevo, equilibrio y fomenta la cooperación.

El camino abierto a la mayor capacidad cognitiva

Podemos seguir complicando la situación y así todo encontrar estrategias que permitan la cooperación, que serán también más complicadas. Reducir el periodo de castigo, no castigar sino al que no coopera, volver a la cooperación una vez el castigo ha sido suficiente, tomar nota de quién es cooperador y quién no, tomar nota de quién ha sido perdonado, tomar nota de quién ha participado en los castigos y quién no,… Todo esto requiere de habilidades cognitivas cada vez más complicadas, y esto nos puede decir algo acerca de la evolución.

En la medida que haya ganancias posibles de la cooperación y de diseñar bien la estrategia para recuperar la cooperación o para castigar lo menos posible, ocurrirá que los seres vivos que desarrollen un aparato cognitivo complejo que les permita desarrollar esas estrategias tendrán un beneficio extra respecto a otros seres vivos sin esas capacidades.

Frente a la visión de la evolución como un proceso impredecible, este simple hecho permite anticipar por lo menos una progresión: cada vez aparecerán más especies con estrategias que permitan captar mejor las ganancias por cooperar y por tanto con sistemas cognitivos y sociales más complejos. No quiere decir que todas las especies evolucionen de esa manera ni que se llegue necesariamente al desarrollo de la inteligencia humana o algo parecido, sino que algunas especies acabarán llenando el nicho de la adaptación mediante la cooperación y que eso requerirá de cada vez mayor complejidad.

Esto no tiene nada que ver con dotar a la evolución de una teleología ni, a fortiori, con interpretar como éxito, cumbre o destino lo que se acerca a ese objetivo definido por esa teleología. Simplemente en un proceso evolutivo hay tendencia a que algunos seres vivos (no necesariamente todos) ocupen nichos para los que se requiere cierta complejidad estratégica. Esta puede ser una guerra armamentista, el desarrollo de nuevos órganos o, como he señalado en esta entrada, la capacidad cognitiva.