21 de mayo de 2018

¿Por qué Perséfone se resiste a volver?


Cada año se celebra la llegada de la primavera con júbilo y alegría, pues nacen las plantas y los campos se llenan de flores y de colores. Quizá, tengamos que echar la vista atrás y entender que la llegada de la primavera va mucho más que el nacimiento de la naturaleza. Haciendo un breve recorrido por la mitología, Deméter es la diosa de la vida, de la agricultura y de la fertilidad. Descuidó sus deberes con la humanidad mientras buscaba a su hija Core (después se le llamó Perséfone cuando fue raptada por Hades), por lo que la tierra se heló y la humanidad pasó hambre: fue el primer invierno. Durante ese tiempo Deméter enseñó los secretos de la agricultura y los Misterios de la vida. Finalmente, se llegó a un acuerdo por el que Perséfone permanecería con Hades durante un tercio del año, omitiendo el otoño, y con su madre pasaría los restantes meses del año.
Su renacimiento es un símbolo del florecimiento de toda la vida vegetal durante la primavera y de toda la vida sobre la tierra. Lógicamente, detrás hay una gran carga espiritual, pues los Misterios sobre Deméter y Perséfone nacieron en la ciudad de Eleusis, cuna del misticismo griego. Para ampliar más información sobre el mito de Perséfone y Deméter os emplazo al siguiente enlace: los misterios de Eleusis.
Según la teoría, la primavera en el hemisferio norte del globo terráqueo empezó el martes, 20 de marzo, a las 17:15, hora peninsular. Pero, recuerdo que al asomarme por la ventana aquel martes arrancó con unos copos de nieves débiles, acompañado de frío. Ese día, Perséfone estaría resfriada, pensé para mí. A partir de ese día, los días han ido alternándose con sol, lluvia y frío.
El himno a Deméter, Hades, esposo de Perséfone, le dice: “Perséfone, debes volver con tu madre y que te vea contenta (..)”.

El mito es una realidad demasiado rica y compleja como para reducirla a una simple receta o a un cliché, a una única lectura. En la mayoría de los trabajos que tratan de interpretar el mito de Deméter y Perséfone hay aspectos interesantes; cada uno incide en detalles concretos y descubre nuevas facetas de extraordinario valor, aun cuando podamos considerar erróneo alguno de ellos. Hoy día, viendo el panorama de nuestra sociedad, voy a adaptar el mito a nuestro tiempo, sin perder la esencia. Por ejemplo, el cambio climático es evidente, pero desde el punto de vista metafísico se puede trascender otro mensaje: la mediocridad de la vida humana y su pobre y efímero tránsito por el mundo. Así, Deméter y Perséfone están acelerando nuestro aprendizaje sobre la tierra con un máster intensivo. El propósito de Deméter y Perséfone es, sin mayor dilación, el de enseñarnos que no podemos dar la espalda a la naturaleza y de no valorar la riqueza que hay alrededor nuestra. El resultado físico es palpable y a la vez una enseñanza, pues el cambio climático afecta a todas las regiones del mundo. Sólo hay que observar de qué manera se derriten los polos y la subida del nivel del mar; en otros lugares, los fenómenos meteorológicos son extremos con inundaciones cada vez más frecuentes; en otras zonas, se registran olas de calor y sequías. Es cierto que el hombre puede manipular cualquier objeto, incluso a personas, para alcanzar su egoísmo. También, el hombre piensa que puede manipular la naturaleza a su antojo. Esto último tiene unas gravísimas consecuencias, más de lo que podemos imaginar.

La primavera está siendo, desde el punto de vista meteorológico, muy inestable y con cambios bruscos de manera generalizada. Deméter está avisando, no es un castigo, pues nosotros formamos también parte de la naturaleza y del entramado del universo, y somos nosotros mismos los que lapidamos la esencia de la naturaleza.
Tengo que recordaros que los dioses son los garantes del orden del universo y es por ello que harán todo lo que estén en sus manos para restablecer el equilibrio y la armonía en nuestro mundo. Ellos tienen una máxima: la calamidad siempre se alterna con la prosperidad. Los dioses conocen perfectamente la desmesura del hombre y saben que la mano del hombre trae consigo la propia calamidad, sin que ellos muevan un ápice de sus pensamientos más elevados hacia nosotros.
En el himno de Deméter, Perséfone, al salir del Hades, hace brotar el fruto en los campos y la tierra, que antes era estéril, la convierte en un hermoso jardín. Pero Deméter, ahora, se ha quedado muda, incluso, junto con su madre, observa que el hombre está maltratando a la naturaleza ¡su propia naturaleza! siendo responsable de las lamentables y devastadoras consecuencias: sequías, huracanes, hambre, pobreza y destrucción. Pensábamos que los dioses “con sus caprichos inmorales” eran los culpables de la inestabilidad de la naturaleza. Estamos equivocados: la soberbia del hombre, la avaricia, el poder, el egoísmo de querer ser dioses, va camino de destruir la madre naturaleza siendo un reflejo de su mundo interior sobre la propia naturaleza. Es decir, todo lo que somos interiormente termina manifestándose.

Cicerón cuenta que «los Misterios nos dieron la vida, el alimento; enseñaron a las sociedades las costumbres y las leyes, enseñaron a los hombres a vivir como tales». Todo apunta a una experiencia tan breve como intensa, donde el aspirante a iniciación era introducido al «término» y al «comienzo» de la vida, a morir y renacer, purificando así su concepto de lo real y evitando, a toda costa, vivir en el espejismo de la vida, en un reflejo ilusorio, construido mentalmente por el propio hombre. El hombre, definitivamente, se ha soltado de la mano de la divinidad.
Como bien reflejaba Cicerón no sólo la naturaleza aporta los frutos de la vida, tan necesarios en nuestras vidas…hay algo mucho más elevado.

La enseñanza primera es que las apariencias están vacías y la verdad está por encima de las apariencias donde no existe la corrupción ni apego, ni tan siquiera objeto o sujeto. Nosotros vivimos en la versión más grosera de la naturaleza. Pero no solamente vivimos bajo este estrato de basura, sino que nos alimentamos de ella y estamos sedientos de querer más inmundicias y excrementos. La enseñanza segunda es que hay que aprender a valorar la esencia, pero sin aferrarse a la forma. Y, por último, vivimos en un mundo engañoso, siempre en la búsqueda de algo, siempre en las costumbres. Todos los fenómenos están vacíos, no contienen nada que valga la pena desear realmente. Deseamos un reflejo cuando podemos vivir la realidad con total plenitud. Así, por ejemplo, en los Misterios consagrados a Deméter y a Perséfone no se podría conocer la mente real mientras te engañabas a ti mismo. Por lo tanto, si te enredas con las formas carentes de la vida, si estás embelesado por las cosas inútiles de la vida, nunca serás libre. La base espiritual estaba clara y definida. ¿Cómo hemos ido retorciendo a nuestra propia naturaleza que ni Perséfone quiere volver?

Nosotros podemos moldear nuestra propia naturaleza a través de la mente y dirigirla hasta lo interior de lo más sagrado. Pero, ¿Por qué se veneran ilusiones nacidas de la mente? ¿Qué nos arrastra hasta lo más bajo? La génesis de nuestra naturaleza es pura, así como nuestra mente, pero la llenamos de basura para terminar materializando nuestros deseos en este mundo en el que padecemos y sufrimos. Todos los seres vivos comparten la misma naturaleza, que no es aparente (que no se ve) porque está envuelta por el pensamiento ilusorio. Somos Narcisos reflejándonos en nuestro propio engaño, viviendo una vida ilusoria, de contornos efímeros que van y vienen, y uno no sabe de quién se aleja de quién. Lo que estoy seguro es que nos hemos alejados de Deméter, cerrándole las puertas del Hades a Perséfone para que no vuelva. Y Deméter descarga su ira con las calamidades que vemos en la naturaleza cada día. Es decir, nos hemos hocicados en ignorar nuestras raíces, en arrinconar a los dioses, sepultarlos en lo más bajo y mísero de nuestro ser. Hemos renunciado a alinearnos con las fuerzas sutiles de la naturaleza, en trabajar en pro de un mundo mejor y en soterrar la herencia de nuestra cultura matriz. Es como si entráramos en un orfanato por nuestros propios pies y hemos decidido, unilateralmente, abandonar a nuestros padres y a nuestras madres. Asimismo, al abandonar nuestra herencia, también abandonamos el contacto directo con el alma donde una nube, densa y oscura, se instala en nuestra mente y el resultado final ya sabemos cuál es, pues no hace falta que os diga lo que podéis leer en la prensa de vuestra localidad. Mientras  la naturaleza humana no cambie, la naturaleza tampoco variará. De hecho, hemos sepultado en el Hades a Perséfone y la naturaleza está respondiendo severamente.

¿Es Perséfone la que se resiste a salir o somos nosotros que nos resistimos a que no salga? Así está Deméter, agitada es poco…

El hombre ignora y lo peor de todo quiere ignorar los propósitos divinos a pesar de que los vislumbre cada día. Además, el hombre continúa en su soberbia a oponerse a ellos de mil formas, plantando cara a la naturaleza, desafiando sus fuerzas cósmicas, alterando el equilibrio armónico establecido por la naturaleza, en un suicidio que va aumentando cada día más. Tan sólo hay que ver la irresponsabilidad del hombre en sus actos como estúpido y culpable. El hombre crea sus propias leyes y pasa por encima de ellas, pero también quiere torcer las íntimas y sagradas leyes de la naturaleza, sin saber que forma parte de un Todo, y que dañando el vínculo hombre-naturaleza se pierde a sí mismo y a la propia naturaleza. El desastre ecológico y hasta la misma destrucción del planeta no se quieren evitar, y a su vez, el hombre está borrando su lado espiritual, esa parte íntima y sagrada, única e irrepetible. Imaginaros un puente entre el universo y el hombre, una correspondencia que nos alimenta mutuamente. Pues bien, ese puente se ha descolgado y no se puede derivar los influjos astrológicos hacia nosotros. Esto se traduce, de manera muy simple, a que el hombre ya no puede determinar su propio destino. Nos hemos convertido, en suma, en la versión más burda de la naturaleza. La otra cara de la moneda, desde el punto de vista de los dioses, es clara y rotunda: si el hombre causara una destrucción de la naturaleza capaz de alterar los planes divinos previstos, las fuerzas sutiles o numens reaccionarían destruyendo todo lo que se opone a la realización de dichos designios, si fuera necesario hasta la eliminación de la raza humana física sobre la tierra, para poder restablecer, en un plazo de miles de años, el equilibrio natural original. Revisad las fuentes arqueológicas y observad cómo han ido desapareciendo civilizaciones enteras sobre la faz de la tierra y de qué manera el planeta ha ido cambiando constantemente. ¡No sería la primera vez!

Por eso a los griegos les resultaban de suma importancia conocer los misterios mayores, aquellos que persistían en conseguir un estado de equilibrio y manifestarlos en la propia naturaleza, determinando un progresivo desarrollo vital que se expresaba como un orden, prudencia, templanza y equilibrio. Para ellos, la llegada de Perséfone simbolizaba el renacer, la conexión con su madre Deméter a la armonización o sintonización que, bajo el concepto esotérico, es el AMOR. En otras palabras, nosotros, podemos participar, de una manera u otra, en emitir esas energías con el mundo exterior, a través de nuestro yo más sagrado.

Enlaces de interés sobre la misma temática:

13 de mayo de 2018

Trump, el Mesías del sionismo cristiano

«El cetro no se apartará de Judá, ni el bastón de mando de entre sus piernas, hasta que llegue aquel a quien le pertenece y a quien los pueblos deben obediencia». (Génesis 49:10)

Por José María Agüera Lorente

La noticia es que Trump anuncia que Estados Unidos abandona el pacto nuclear con Irán, restableciendo las sanciones económicas contra la república islámica. Fue uno de los mensajes promesa de su campaña, lanzado en 2016 en la convención anual de AIPAC (Comité de asuntos públicos EEUU-Israel) donde dijo: «Cuando sea presidente, los días en que los israelíes son tratados como ciudadanos de segunda clase habrán terminado (...) Os prometo que desmantelaré ese acuerdo». Nunca ha disimulado su postura proisraelí –a finales del año pasado reconoció a Jerusalén como capital de Israel– llegando a afirmar que no hay una «equivalencia moral» entre los israelíes y los palestinos, por lo que no concibe un proceso de paz en igualdad. No es de extrañar, pues, que la administración Trump diera en seguida por cierto el supuesto «plan secreto nuclear» iraní que el presidente Netanyahu denunció en comparecencia del pasado 30 de abril aportando pruebas cuando menos discutibles y, en ningún caso, capaces de demostrar su denuncia.
Ese compromiso moral del Presidente de los EEUU tiene un fundamento religioso que se halla inscrito en el imaginario colectivo de una parte significativa de la ciudadanía estadounidense. Cuando hablamos de aquello que conforma la identidad de una comunidad de individuos que se reconoce como nación no hay que perder de vista que en su núcleo siempre se halla el mito. Como animales mitogenéticos que somos por naturaleza la creencia en una genealogía que nos conecta con un origen que certifica nuestra superioridad moral es esencial para mantener inquebrantable la fe en un destino común que trasciende nuestra contingente existencia de seres mortales (léase a este respecto este mi ensayo). Seguramente sea el más ancestral –por efectivo– autoengaño colectivo. Religiones y nacionalismos compiten entre sí para ver cuál de sus múltiples y diversas versiones promete un más dichoso paraíso a cambio de un más heroico repertorio de luchas y sacrificios. Todas ellas contribuyen a la generación y mantenimiento de un clima ético que convierte en algo natural la asimetría moral entre un nosotros, siempre los merecedores de lo mejor, y un ellos, de los que siempre habrá que desconfiar. (De lo cual resulta espeluznantemente ilustrativo los tuits «objeto de arrepentimiento» del Señor Quim Torra).
¿Qué mito convierte la decisión de Trump con respecto a Irán en algo moralmente justificable ante sus votantes? Todos sabemos que Israel no podría tratar a sus vecinos como lo hace sin el apoyo incondicional de la superpotencia mundial; pero ¿qué fondo creencial sustenta ese apoyo más allá del derecho internacional y de los intereses geoestratégicos? En su libro La insensatez de los necios el profesor Robert Trivers señala al sionismo cristiano, un movimiento activo en los Estados Unidos de Norteamérica ya en 1810, antes de que  naciera el sionismo judío en la década de 1880. Como tantos rasgos constitutivos de la idiosincrasia norteamericana tiene su origen en la Europa del siglo XVI. «Se trata de un movimiento –nos explica Trivers– que ha sufrido diversas mutaciones pero su puntal es la Biblia y una historia compartida de expansión y limpieza étnica sacralizada como la voluntad de Dios». El escritor Hermann Melville lo sintetizó en unas frases que expresan una creencia que a buen seguro se trasluce en la conducta histórica de su patria: «El pueblo estadounidense es especial, es el pueblo elegido: el Israel de nuestra época; somos los depositarios del arca de las libertades del mundo».
El vínculo sagrado entre Israel y Norteamérica es la Biblia, claro está, texto en el que se celebra el genocidio de pueblos vecinos, se anima a la ocupación de nuevas tierras; todo lo cual se justifica moralmente mediante la evidencia de la superioridad racial de los ocupantes. No hace falta decir que todo esto ya valió a los pioneros norteamericanos para perpetrar el genocidio indoamericano. En fin, un credo compartido, que se basa nada menos que en la palabra de Dios, que elimina toda razón de censura a lo que ahora los israelíes ejecutan en suelo palestino.
Fue en 1891 cuando cuatrocientas personas firmaron una petición elevada luego al presidente norteamericano Benjamin Harrison para que ejerciera su influencia a fin de que el Imperio Otomano devolviese Palestina a los judíos.  Los firmantes eran todos cristianos; todos integrantes de las élites política, periodística, económica y clerical, deseando devolver la tierra prometida al pueblo que perdió su condición de elegido por Dios, pues no supo reconocer en su momento al verdadero Mesías. Aquí cabría llamar la atención sobre una cierta ambigüedad del sionismo cristiano en la motivación de su interés por el retorno del pueblo hebreo a su cuna bíblica, ya que para sus seguidores siempre fue deseable tener la menor cantidad de judíos a su alrededor. En ello incide el filósofo Sam Harris desde la perspectiva actual en su libro El fin de la fe cuando dice: «La política  estadounidense en Oriente Medio se ha visto mediatizada durante muchos años por los intereses que tienen los cristianos fundamentalistas en el futuro de un estado judío. El "apoyo a Israel" cristiano es, de hecho, un ejemplo de cinismo religioso en nuestro discurso político, tan trascendental como casi invisible. Los fundamentalistas cristianos apoyan a Israel porque creen que la consolidación del poder judío en Tierra Santa –concretamente, la reconstrucción del templo de Salomón– propiciará la segunda venida de Jesucristo y con ella la destrucción final de los judíos».
Justamente ahora en mayo de este año se cumple setenta años de la declaración unilateral del Estado de Israel, lo que supuso la burla del plan inicialmente aprobado por la ONU para la partición de Palestina. A partir de aquí se inicia el conflicto palestino-israelí y décadas de guerra y actos terroristas, todo ello acompañado de un proceso de limpieza étnica que ha permitido a los israelíes la conformación de un Estado en gran medida homogéneo, con un territorio 50% más grande que el previsto en un principio por el organismo internacional. Pues bien, la creación de este país al margen del consenso y casi que del sentido común fue tomada como empeño personal por un sionista cristiano, el presidente estadounidense Harry Truman. Él fue quien, después de la Segunda Guerra Mundial, en contra del criterio de su propio Departamento de Estado y en contra de la potencia colonial de la zona, Gran Bretaña –que aportó bastante al desbarajuste inicial–, trabajó incansablemente para lograr la creación del Estado de Israel. Tenía que cumplirse la palabra de la Biblia, supuesto que del texto sagrado no cabía según Truman interpretación que no fuese la literal, y el Antiguo Testamento decía que los judíos debían estar en Israel.
Esa preocupación por Israel constituye una seña de identidad de la política internacional de EEUU. En su libro El futuro es un pais extraño, Josep Fontana denomina el tema de Irán con estas palabras: «un proyecto de guerra para el futuro». En él destaca la ciberguerra emprendida por Estados Unidos e Israel, conocida como «Olympic Games», «que empleaba un virus, Stuxnet, capaz de interferir en las centrifugadoras empleadas para el enriquecimiento de uranio, y de destruirlas en la práctica». Sin embargo, el antiguo secretario de Defensa Robert Gates considera que una guerra con Irán «sería una catástrofe», mientras que no son muchos los que se dan cuenta de la irracionalidad que supone considerar que un arma nuclear iraní, desarrollada para defender al régimen de un ataque exterior, se deba tomar como una amenaza mundial. Como dijo Ahmadinejad: «¿Quién sería tan insensato como para combatir contra 5000 bombas norteamericanas con una sola bomba?». Pero Israel se siente amenazado.
El sionismo cristiano es parte constitutiva de la concepción teológica de la historia que para Georges Corm convierte a Occidente en una «mitideología», según defiende en su libro titulado Europa y el mito de Occidente. Dentro de esta concepción, que dota de una identidad homogénea a la civilización que tuvo su cuna en las antiguas Grecia y Roma, el Estado de Israel es un esqueje supuestamente de  la modernnidad y la ilustración injertado en medio de un entorno islamofascista, la única democracia consolidada de la región según la aparente percepción de los líderes del antaño autoproclamado «mundo libre». Como advierte el profesor Corm, muy atinadamente a mi modesto entender: «A pesar de la vitalidad del pensamiento crítico, moral, ético y político tanto en Europa como en Estados Unidos, el mundo de los responsables políticos a ambos lados del Atlántico parece afectado de autismo, tanto más narcisista y arrogante  cuanto que el pensamiento está aquí afectado de anemia y de entropía, lo que engendra esta retórica a la vez vacía, obsesiva y agresiva. Por ello la paz del mundo nunca ha sido de nuevo más frágil». Esperemos que estas palabras, que fueron escritas antes del advenimiento de Trump y que expresan un temor fundamentado, tengan que ser matizadas si se confirman esos indicios de rebelión de Europa con respecto a la ruptura del acuerdo con Irán.
Con la decisión del presidente estadounidense se ha dado un paso más en la senda histórica de irracionalidad aquí expuesta. Ahora el sionismo cristiano tiene su Mesías posmoderno, un magnate de la globalización económica que en su fulgurante carrera política utiliza como combustible los más añejos prejuicios tribales. Los designios del Señor son siempre inescrutables.

7 de mayo de 2018

Destino Vs Libre Albedrío


El pasado 28 de abril en el Teatro Auditorio Roquetas de Mar (Almería) la compañía teatral “Miseria y Hambre Producciones” representó el mito de “Eco y Narciso” de Pedro Calderón de la Barca. Calderón recoge una versión de “Eco y Narciso” narrada por Ovidio, dejando a la posteridad uno de sus dramas mitológicos más hermosos y sugestivos. En esta versión mitológica, Calderón reescribe el mito de una manera delicada, sensible y bella, manteniendo a su vez  la esencia del mito de Ovidio: la reflexión que trasciende de lo que somos y lo que reflejamos ser.
Sin la conjunción de los dioses olímpicos sobre el escenario, pues Calderón se centra en el triángulo Eco, Narciso y Liríope (madre de Narciso), el autor da un giro limpio y muestra, de manera magistral, cómo la apariencia oculta la verdadera esencia. No es casualidad la ausencia de Zeus y Hera, pues Calderón de la Barca poseía estudios religiosos (Teología y Derecho Canónico) y estos los reflejó por ejemplo, con su talento natural, en crear autos sacramentales, género teatral con una gran carga de simbologías teológicas. Pero es en el campo de la mitología cuando el autor saca a relucir dramas filosóficos o teológicos, a veces influido por el neoplatonismo. Calderón de la Barca le da mucho valor en sus obras al significado profundo de la luz y la oscuridad, la superficialidad y la interioridad;  la realidad y el espejismo; el  irrealismo de un mundo idealizado y opuesto a la esencia misma del ser.  El autor da un cambio de rumbo o de punto de vista al mito, pues los mitos, según su sentido oculto, tratan de dos temas: la causa primera de la vida (la metafísica) y el comportamiento sensato de la vida (lo ético). El autor destaca la línea de lo que es ético y moral, el sentido de la vida, lo que realmente es importante, eliminando aquellas barreras ilusorias y mentales que acaban engullendo al hombre con su peor fobia.
Hay que subrayar que sin la participación de Zeus y Hera el espectador observa que la culpa del trágico desenlace entre Eco y Narciso recae sobre Liríope, madre de Narciso. Es la madre, desde el día del nacimiento de su hijo Narciso, la que modela e influye directamente en la personalidad de Narciso. La tragedia se va mascando desde el comienzo de la obra, pues la relación madre-hijo es conflictiva e irreparable, pues la madre se enfrenta a un impulsivo, joven y enamorado Narciso. Es la propia Liríope la que arrastra a su hijo a conocer sus debilidades, sus temores, sus miedos, a encerrarse en una burbuja y vivir una vida irreal y carente de valores. Ese vacío interior de Narciso es el punto más álgido de la obra, pues Narciso acaba consumiéndose hasta que muere. Liríope queda marcada, pues es la responsable del proceso involutivo de Narciso. Desde la perspectiva de la obra de Ovidio, la esencia es la misma, sin embargo los protagonistas sobre el escenario son Zeus y principalmente Hera, pues es la diosa la que teje una maldición para que el amor de Eco y Narciso nunca llegue a fraguarse y  Eco terminase sus días consumida y extenuada por el dolor y la tristeza.  La relación de amor de Narciso y Eco es derrotada por fuerzas superiores a ellos, fuerzas cuya comprensión íntegra no está a su alcance, ni mucho menos se puede vencer por la pasión de ambos.
Hay que destacar que esta visión humana, ese desenlace trágico y abismal no desemboca en el total pesimismo, sino que conlleva la existencia de un orden y un equilibrio superior, pues los dioses son los garantes del orden del universo y por encima de ellos sólo los dominan el destino, pues el hado de Narciso ya estaba escrito desde el día de su nacimiento, pues el adivino Tiresias así lo predijo.

La muerte de Narciso es inevitable en ambas versiones, pero  con Calderón hay un ingrediente que cambia con respecto a Ovidio: el libre albedrío.  El arte español del Barroco, una de las más altas expresiones de nuestra historia cultural es un arte contrarreformista, y su máximo representante es Calderón. Pues bien, si hay un tema que sea importante para los teólogos en el siglo XVII es sin duda la cuestión del libre albedrío. La madre de Narciso, sabiendo lo que el adivino Tiresias le alertó (que tendría una larga vida si no se contemplaba a sí mismo) decidió señalar el camino de su hijo, según sus criterios como buena madre. Su elección y no la decisión de los caprichosos dioses, es lo que marca el trágico final de la obra.
El problema doctrinal era importantísimo en la época de Calderón, pues sostenía que Dios quería que todos los hombres se salvaran, y que a todos les dieran la gracia necesaria para conseguirlo, y el único camino era realizando buenas obras, usando correctamente la libertad que les ha sido dada. En síntesis, Ovidio presenta, por un lado, la predestinación, el destino como fuerza superior a los dioses y al hombre limitado y, por otro lado, Calderón expone el libre albedrío y la libertad.
Para concluir, debo subrayar, a todo esto, que, bajo la dirección de Miseria y Hambre y a su elenco de artistas, el trabajo es sobresaliente. Una obra con mucha enjundia y cargada de mensajes que hoy día están muy vigente en nuestras vidas.

6 de mayo de 2018

Atmósfera moral

«Nuestra alma obra ciertas cosas, pero padece ciertas otras; a saber: en cuanto tiene ideas adecuadas obra necesariamente ciertas cosas, y en cuanto tiene ideas inadecuadas padece necesariamente ciertas otras.» (Baruch de Spinoza, Ética, 3, proposición I)



Por José María Agüera Lorente

Seguramente a algún lector le pueda parecer  que ando algo pesado últimamente escribiendo sobre sentimientos, moral, política, esos asuntos que vienen a conformar el territorio de los «jardines filosóficos», parcelas de suelos pantanosos en las que quienes se atreven a adentrarse transportados por sus cavilaciones a buen seguro acabarán engullidos por un pozo sin fondo de arenas movedizas. Será mi caso también, pero confieso que no lo puedo evitar; es cosa de la atmósfera moral que en este nuestro país se respira.
En otros textos míos (por ejemplo, este) he empleado la expresión «atmósfera mental» para referirme al medio en el que vivimos envueltos los humanos que no es físico sino mental, y que está compuesto por el conjunto de ideas y creencias –o memes, utilizando el vocablo acuñado por Richard Dawkins– que hacen el mundo para el ser humano. Es análogo a la atmósfera física en el sentido de que, igual que respiramos los gases que la componen, cada uno de nosotros no puede sino pensar a partir de las ideas y creencias que componen la atmósfera mental que le ha tocado en suerte «respirar» en términos intelectuales. Esa atmósfera mental varía en su composición de época a época y de sociedad a sociedad. Los pensamientos de los encéfalos que la «respiran» pueden modificar esa composición por medio de una producción y trasiego dinámico de ideas. Algunas, en determinadas épocas, pueden ser muy tóxicas y estáticas, viéndose sometidas en otras a turbulentos cambios que las renuevan. Piénsese, por ejemplo, en el caso de Revolución Francesa. En fin, creo que todo lo que puede decirse de la atmósfera física puede ser aplicado, mutatis mutandis, a la atmósfera mental, no siendo lo menos relevante su paradójica invisibilidad teniendo en cuenta que nos hayamos inmersos en ella. Es como lo de esos dos jóvenes peces que van nadando tan a gusto en lo profundo de su mar y se cruzan con uno mayor  que les saluda así: «buenos días, chicos, ¿qué tal está el agua?». Los dos peces siguen su camino callados un rato hasta que uno de ellos mira al otro y le pregunta: «¿qué demonios es el agua?». Igual pasa con la atmósfera (física), que nosotros no vemos inmersos como estamos en ella, pero que los astronautas declaran contemplar desde el espacio describiéndola como una especie de tul entre gaseoso y líquido que envuelve nuestro planeta. Lo mismo vale para las otras «atmósferas», la mental y, por ende, la moral; sólo pueden ser vistas a condición de contemplarlas desde afuera.
Tengo que confesar que la idea de atmósfera mental no es original mía, sino que la encontré en un artículo de Juan José Millás titulado Destrozos, en el que el singular escritor consigue decir mucho y muy interesante con muy pocas palabras. Su sospecha de que pudiéramos ser presos de una idea –dice él– «dominante» que no podemos pensar entronca con la teoría de José Ortega y Gasset sobre las ideas y las creencias. En ella el filósofo español señala que mientras que una idea puede ser pensada y razonada, una creencia no; porque a ésta no la tenemos nosotros, sino que es ella la que nos tiene. Es el sentido de la expresión «estar en la creencia de algo». Esta tesis tiene para mí un alto grado de verosimilitud a la vista de las experiencias cotidianas y el aval que le otorgan las teorías de la psicología cognitiva entre las que cabe destacar la de la disonancia cognitiva de Leon Festinger.
Es razonable colegir de lo recién expuesto que tiene sentido hablar de atmósfera moral como dimensión integrante de la atmósfera mental, que, por supuesto, estamos en ella –en el sentido orteguiano antes aludido–, respirándola sin ser conscientes porque la damos por natural, tanto como la física. Se puede decir que últimamente nos hemos vuelto muy sensibles respecto del medio ambiente (bueno, unos más que otros, y no siempre esa sensibilidad tiene su correspondiente reflejo en nuestras conductas); sabemos que dependemos de él y que podemos deteriorarlo, perjudicándonos a nosotros mismos consecuentemente y con toda probabilidad arruinando la vida de las futuras generaciones. El filósofo inglés Simon Blackburn duda de que se tenga la misma sensibilidad respecto de lo que él denomina «moral or ethical environment», y que podemos traducir precisamente por «medio ambiente moral o ético». En la introducción de su libro de 2001 titulado Ethics. A very short introduction lo define como lo que (traduzco yo) «determina lo que encontramos aceptable o inaceptable, admirable o despreciable. Determina nuestra percepción de cuándo las cosas van bien o mal. Determina nuestra concepción de lo que nos es debido y lo que a los otros con los que nos relacionamos les debemos. Da forma a nuestras respuestas emocionales, estableciendo lo que es causa de orgullo o vergüenza, de indignación o de gratitud, o qué puede ser perdonado y qué no. Establece nuestros modelos, nuestros modelos de comportamiento».
Qué fácil me resulta aplicar esta feliz definición de Blackburn a la atmósfera moral de nuestro país, y todos los parámetros en aquélla indicados a los sucesos concretos de las últimas semanas, o quizá meses, o quizá años. Porque en un artículo de Emilio Lledó de hace casi nueve años titulado Pandemia y otras plagas, ya nos advertía su autor de lo que llamaba «plagas sociales», que calificaba de crónicas en nuestra sociedad. Denunciaba en ese texto Lledó la inconsciencia que convierte en impotente a los ciudadanos, cuyos cerebros y comportamientos estarían en proceso de deterioro como consecuencia de vivir inmersos en un ambiente moral incompatible con los ideales propios de una sociedad saludable. Señalaba en su artículo –de hace ya casi una década, no lo perdamos de vista– a la corrupción política como la principal pandemia; un gas tóxico en la atmósfera moral de cualquier sociedad con poder para corromper la mente, la conciencia y la sensibilidad de todos aquellos que la respiran. «Eso supone –según el veterano filósofo– no sólo la impunidad de la desvergüenza sino, lo que es más grave, el deterioro y podredumbre del propio cerebro, de la propia personalidad». No es de extrañar, pues, que se haya negado recientemente a recibir la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid tras los recientes y bochornosos acontecimientos; era lo coherente según el δαίμων (daimon) de la virtud socrática, que no del triunfador de nuestros días. Modelo de virtud también admirablemente plasmado en el personaje de Atticus Finch de la película Matar a un ruiseñor –que por sí misma merece un extenso comentario– basada en la novela del mismo título, en la que se muestra con sobrada elocuencia lo que significa ser un héroe en el sentido ético, sin alharaca, manteniéndose íntegro en su vida cotidiana en una sociedad equivocada desde el punto de vista ético.

Como ilustración de ese deterioro y podredumbre de la personalidad por efecto de una atmósfera moral tóxica puede valer un artículo de Rafael Argullol publicado en 2005 bajo el elocuente título de El prestigio de los necios. En él Argullol diseccionaba, a partir del análisis ético del fenómeno social del abuso escolar, un elemento que a su juicio emponzoñaba el medio ético ya en aquel entonces al considerarse un modelo de comportamiento normal el que representa el necio. La valoración de lo necio como algo mejor que lo noble conlleva a su juicio la extensión de la vulgaridad, la estupidez  y la preferencia del gracejo a la inteligencia y de la picardía a la cultura.  La verdad se torna irrelevante en una sociedad tal frente a la capacidad  de persuasión, y ridiculizar –y humillar– otorga más dividendos que argumentar. El efecto sobre el medio ambiente ético es la merma de competencia moral y la degradación de la autoridad moral, lo que tiene su más conspicua manifestación en el escenario político donde campan a sus anchas la coacción y el servilismo. ¿Es inverosímilmente negativo Argullol en su análisis? Lo que uno oye en las noticias de cada mañana da que pensar, porque son una fuente casi continua de casos que muy bien podrían servir de ejemplos con los que ilustrar sus afirmaciones. 
Tengo para mí que el descuido de la atmósfera moral, el comportarse como si no existiese, es consecuencia de la desvinculación de la conducta individual respecto de sus efectos sobre el cuerpo comunal. El individualismo y el colectivismo son dos planteamientos extremos y reduccionistas de la compleja realidad que supone la relación entre el individuo y la sociedad en la que se integra. Uno de los epifenómenos a que da lugar es precisamente esto que estamos llamando atmósfera moral o ambiente ético. Una cultura hiperindividualizada como la que ahora impera en nuestra sociedad, una concepción de las relaciones entre el individuo y la colectividad que reduce a la insignificancia esa dialéctica que los conecta fomenta la creencia en una libertad desvinculada, de gran toxicidad para la atmósfera moral y degradación del medio ambiente ético. Deshecha la conciencia de ese vínculo pasa lo que con el medio natural cuando nos olvidamos de nuestra condición de organismos pertenecientes a la naturaleza: cada cual se sentirá libre para polucionar todo lo que la satisfacción de sus egocéntricas apetencias requiera con el consiguiente efecto pernicioso para la salud de todos los que convivimos en el mismo entorno respirando el mismo aire.
Cae de suyo que convivir en un ambiente ético degradado lleva necesariamente al fracaso de una sociedad; así tiene que ser por el deterioro de los elementos que han sido mencionados más arriba (básicamente de los criterios por los que juzgamos qué es aceptable o inaceptable, admirable o despreciable). ¿Qué es una sociedad fracasada? José Antonio Marina nos lo dice muy clarito en su libro titulado Las culturas fracasadas de 2010: sociedad fracasada es la que «crea más problemas de los que resuelve, destruye capital comunitario y entontece o encanalla a sus ciudadanos»; una sociedad fracasada –añado yo– equivale a una sociedad desmoralizada. ¿Podemos reconcer alguna que cumpla con esos tres funestos rasgos señalados por Marina? ¿O estamos demasiado inmersos en su atmósfera para percatarnos de ella igual que los peces de nuestro cuento?

29 de abril de 2018

Filosofía de la Economía: que 20 años no es nada

Querides lectores:

A partir de esta semana dejaré de publicar un artículo semanal. No me despido porque espero seguir participando en este blog, pero será sin una frecuencia fija y más esporádicamente. De momento, os dejo un anuncio que puede ser de vuestro interés. Se trata de un pequeño simposium en la UNED (Madrid) al que se puede acudir como oyente.


LUNES 7 DE MAYO, Sala de juntas de la Biblioteca Central (Senda del rey 5, 7ª planta)

20 years is nothing: a symposium with Uskali Mäki (TINT, Helsinki)

10:00 Jesús Zamora Bonilla (UNED): "Economics of Scientific Knowledge: 20 years is nothing".

11:00 Coffee break.

11:30 Uskali Mäki (University of Helsinki): ”Still chasing the essence of economics”.

13:00 María Jiménez Buedo (UNED): "The last 20 years of the Dictator Game".

14:00. Lunch.

16:00. José Luis Ferreira (Universidad Carlos III). "Justice and Utilitarianism".

17:00. David Teira (UNED). "Milton Friedman, realisticness, 20 years later".

22 de abril de 2018

Doscientos años de Frankenstein y cincuenta de 2001

¿Acaso te requerí yo, Hacedor, para que de mi arcilla moldearas un hombre, te pedí que me sacaras de la oscuridad? (John Milton, El paraíso perdido)
Por José María Agüera Lorente

Este año se cumple el doscientos aniversario de la publicación por primera vez de de la novela Frankenstein o el moderno Prometeo, y medio siglo del estreno de la película 2001: una odisea del espacio. Estos dos aniversarios redondos y coincidentes de dos obras para muchos maestras y para casi todos inspiradoras ofrecen un buen motivo para reflexionar acerca de todo el trascendental significado que ambas dos contienen y que se ramifica en multitud de cuestiones a cada cual más sugerente y profunda. Son el resultado del trabajo de dos genios que brotaron en contextos muy diferentes, dos seres sin duda singulares y de rara sensibilidad, que, a pesar de haber alumbrado las mencionadas obras en momentos muy distintos de sus respectivas vidas y trayectorias creativas, están unidos a través de ellas; no desde luego de una manera pretendida mas tampoco casual. Porque a la novela de 1818 y a la película de 1968 las inspiraron el mismo aliento filosófico surgido de la inquietud fundamental del ser humano por tratar de atisbar el brumoso horizonte de su destino. 
No hay más que reparar, sin ir más lejos, en sus títulos para que se evidencie el vínculo. En la novela aparece en su poco aireado segundo título («el moderno Prometeo») la referencia al titán de la mitología griega, a la que también nos remite el título del filme a través de la alusión a  la obra eterna de Homero. Que lo esencial no cambia ya fue establecido precisamente por los pensadores de aquel mundo que, aun fenecido en la noche de los tiempos, nos dejó su indeleble impronta. De lo que se trata esencialmente en esas historias es de medir la condición humana con la divina a través de ese rasgo nuestro que es el ingenio; el ingenio de Prometeo (nombre que atendiendo a su etimología significa «el que piensa con anticipación», no se olvide), y el de Ulises (en griego, Odiseo), el artífice del famoso caballo de madera con el que los griegos por fin acabaron victoriosos con la interminable guerra de Troya. Prometeo y Odiseo no son personajes ficticios sin más –como tampoco son meros cuentos fantásticos Frankenstein y 2001–. En ellos hay una vocación consciente y reflexiva de trascender la mera narración hacia un universo simbólico de significado sempiterno por esencial. Por eso se decide la presencia en el título de esos nombres míticos que representan arquetipos al modo en que Carl Gustav Jung los entendió, y que hunden sus raíces en las inquietudes primordiales del ser humano, aunque no tengan siempre y en todas las culturas la sofisticada elaboración que han alcanzado en otras.
En efecto, la autora de la primera de las obras que nos ocupan, Mary Shelley –que empieza a escribir su novela en junio de 1816 ¡a la edad de dieciocho años!– plasma en la figura de Víctor Frankenstein el afán por trascender los límites de la humana naturaleza en una heroica gesta plena de insolencia. Su soberbia, que es otro rasgo del joven personaje, le impide que llegue a ser doctor, lo que es de remarcar dado que en el imaginario colectivo –y por culpa de las mil y una versiones que de este clásico se han fabricado– Frankenstein es el doctor Frankenstein. Así nos enfrentamos a una de las imágenes especulares que la adolescente autora nos ofrece de lo que define al espíritu humano, y que corresponde a una visión evidentemente romántica que tan bien representa el personaje de Fausto o el transhumano (Übermensch) –más conocido en castellano como «Superhombre»– de Nietzsche. Es, en definitiva, la idea del artífice que no se resigna a los límites que le impuso el Deus sive natura y que, desobediente, corre el riesgo que conlleva dejarse embriagar por la atracción del abismo en cuyo borde quizá se encuentre la experiencia de lo sublime. Aquí escojo un fragmento del texto de Mary Shelley de 1818 que muestra ese ímpetu romántico de su personaje tras escuchar las palabras de un filósofo natural (así se llamaban todavía los científicos de la época): «y pronto mi mente fue ocupada por un único pensamiento, una única idea, un único propósito. Se ha logrado tanto –exclamó el alma de Frankenstein–; más, mucho más lejos llegaré yo; siguiendo las huellas de los pasos ya dados me convertiré en el pionero de una nueva senda, exploraré ignotos poderes, y revelaré para el mundo los más profundos misterios de la creación». Estas palabras muestran al protagonista de la historia como un sujeto que bien podía ser juzgado como irreverente por la Inglaterra culta previctoriana, cuya moral conservadora se hará vehementemente explícita al reaccionar a la publicación de El origen de las especies de Charles Darwin. Seguramente esto permite entender que Frankenstein se publicase anónimamente por primera vez en 1818, sobre todo teniendo en cuenta que su autora había tenido ocasión de constatar en la figura de su padre, William Godwin –para muchos el precursor del pensamiento anarquista–, hasta qué punto de agresividad podían llegar los ataques de los que querían conservar a toda costa las esencias de la moral religiosa tradicional y del statu quo, amenazado por los aires reformadores, cuando no revolucionarios, de la modernidad. El escritor Thomas de Quincey dio testimonio de ello en 1837: «a la mayoría de la gente el señor Godwin le hacía sentir el mismo rechazo y horror que un demonio, o un vampiro exangüe, o el monstruo creado por Frankenstein». Luego los conservadores apreciarán el libro en lo que tiene de advertencia sobre las peligrosas ínfulas de los que desean innovar a toda costa.
El conocimiento nunca es inocente. Ciertamente puede transformar el mundo, pero también puede perturbar el alma humana. En él siempre anida el pecado o la locura como un peligro cierto. Precisamente uno de los clichés que hemos heredado de la historia de Frankenstein y que es parte integrante de nuestro imaginario colectivo es el del científico loco, que de forma hilarante plasmó Mel Brooks en El Jovencito Frankenstein. En El mundo y sus demonios mi muy admirado Carl Sagan reconoce con cierta perplejidad la fascinación que ejerce el estereotipo del mad scientist en la gente a pesar de los indiscutibles beneficios que la ciencia ha proporcionado a la humanidad. Hay una creencia irracional en que lo natural, por sistema, es mejor que lo artificial, lo que indica la desconfianza que genera lo que es producto del artificio científico, que es la tecnología. Para el científico norteamericano y divulgador ya fallecido los peligros tecnológicos que la ciencia trae, su desafío implícito a la sabiduría tradicional, son razones que pueden explicar que haya gente que desconfíe de ella y la rechace; la figura del científico loco, que forma parte ciertamente de la cultura popular, es resultado de la caricatura de los personajes literarios como Fausto o el propio Frankenstein.
Hay en estos personajes, eminentemente románticos, un exceso heroico y sacrílego a un tiempo, la ὕβρις (hýbris) que decían los antiguos griegos; un término no específicamente mitológico que, no obstante, designa una idea que aparece a menudo en los relatos míticos. Se suele traducir por desmesura, y más específicamente se puede entender como el orgullo que empuja a los hombres a querer emular a los dioses o incluso a rivalizar con ellos. Este concepto tendrá su versión judeocristiana en la soberbia, o sea, el pecado de orgullo. Por extensión, el término griego también puede significar la insolencia y el furor, consecuencia de ese mismo orgullo. Qué sugerente que la palabra «híbrido» tenga su etimología precisamente en hýbris, pues el ser híbrido nace con el pecado original de la violencia ejercida sobre la naturaleza para engendrarlo, de una unión contra natura de dos o varios elementos diferentes que no están concebidos inicialmente para unirse.
La criatura de Frankenstein, fronteriza y crepuscular, es materialización de esa hýbris, muestra paradigmática del monstruo, criatura siempre singular y trágica por desafiar el orden de las cosas, condenada a una permanente soledad. Hay en ella, asimismo, una mácula de desmesura, en la que hunden sus raíces tanto la locura como el genio. Es el precio a pagar por la transgresión que conlleva la soberbia de Prometeo, pecado que nos deja en herencia a la estirpe humana y que determina que nuestro conocimiento sea en potencia locura. Reconozcamos a este respecto el germen del patético personaje del científico loco.

Frankenstein, llevado por su desmesurada ansia de penetrar en los arcanos de la naturaleza, y más concretamente en los principios de la vida, no reconoce los límites que los humanos no hemos de traspasar. Mary Shelley, como la mayoría de los románticos, era una persona muy interesada por los grandes avances de la ciencia, y le conmovían al poner de manifiesto que el universo era más, y no menos, misterioso de lo que previamente se había supuesto. De hecho, los descubrimientos inmediatamente anteriores de Luigi Galvani sobre la naturaleza eléctrica del impulso nervioso seguramente estimularon la imaginación de la joven escritora a la hora de concebir el prodigio de alumbrar vida de manera artificial, que constituye el núcleo dramático de su obra. Y sabemos que esa cuestión fue objeto de las alucinantes conversaciones que tuvieron lugar en aquellas veladas suizas que compartieron Lord Byron, Polidori y los Shelley.
Este interés por el conocimiento del mundo físico se encuentra asimismo en el arte de la época. El gran paisajista romántico John Constable, compatriota y prácticamente coetáneo de la autora, entendía la pintura como ciencia, como investigación de la leyes del la naturaleza; y se preguntaba: «¿por qué no considerar el paisajismo como rama de la filosofía natural, de la que los cuadros no son sino experimentos?», (Aprovecho para llamar la atención sobre el notable peso dramático que tiene en la novela que nos ocupa los paisajes; la variedad de ellos que –y no vamos a entrar en más detalles, porque nos alejaría del hilo temático que no sinteresa seguir– son verdaderos potenciadores de los diversos estados anímicos por los que pasan Frankenstein y su creador).
Era evidente para la sensibilidad romántica que la ciencia no iba a desentrañar los misterios del universo, sino que, muy al contrario, demostraria cuán insondables eran. Por eso, el crítico de arte norteamericano James Jackson Jarves sostuvo en su libro The art Idea (1864)  que, como la naturaleza es el «arte» de Dios, así la ciencia es esa divina filosofía que tiene en el arte una de sus formas. Entonces el saber de los hombres parecía respetar aún los tabúes religiosos; como el de la vida. Frente a una ilustración que parecía haber resucitado el espíritu insolente de Prometeo, dando una idea de hacia dónde apuntaba la razón cartesiana mediante el modelo antropológico ofrecido por Julien Offray de La Mettrie en su El hombre máquina, Mary Shelley recoge en su texto el reverencial respeto romántico por lo que se percibe como el producto de un milagroso equilibrio de elementos que la intrusión humana no puede sino desbaratar con consecuencias irremediablemente catastróficas; y en el caso del ser humano, el artificio nos remite siempre a nuestra naturaleza huidiza. Seguramente en todas estas ideas cabría reconocer algún antecedente genealógico del actual ecologismo en su versión menos científica y más mística.
La pregunta es, entonces, insoslayable, tanto como persistente, desde los orígenes de la consciencia de la condición humana: ¿hay cosas que no debiéramos saber? Cuando Roger Shattuck la plantea en su inquietante libro titulado Conocimiento prohibido, nos recuerda que todas las religiones occidentales, así como la mayoría de los credos orientales, responden afirmativamente; hay cosas que no podemos, que no debemos y que no nos hace falta conocer. En palabras de Shattuck: «Sondear con temeridad más allá de lo que Dios nos ha revelado y explorar cuestiones últimas sólo con la razón nos desviará de nuestra responsabilidad de vivir nuestras vidas de acuerdo con un código moral establecido». Es la vieja idea judeocristiana de que el saber es pecado, y que incurrir en él no puede tener otra consecuencia que ser expulsados del paraíso. Al menos, más allá de un cierto límite; y desde luego si toma la forma del conocimiento arrogante apuntado por Francis Bacon. No, si la ciencia se cultiva como medio de admirar la obra divina y someternos a ella. Pero la pasión por el conocimiento definitoria de la filosofía, que es la que alienta toda investigación científica,  tiende a romper los diques de contención de ese planteamiento prudente. Es la hýbris prometeica, la desmesura de una soberbia muy del estilo varonil –sobre todo del de comienzos del XIX– que, ciertamente, la hija de quien fuera una de las primeras intelectuales feministas, la malograda Mary Wollestoncraft, denuncia en la novela que comentamos. En efecto, hay algo de violación perpretada por Víctor Frankenstein a través del acto creador de su monstruo (así denominado por la escritora, amén de «desventurado» y «cadáver demoníaco»). Recordemos que, tras insuflarle vida, su «padre» se refugia en su dormitorio y sueña que abraza a Elizabeth, su hermanastra y verdadero amor; pero entonces la joven se transforma en el repugnante cadáver de su madre. Para Roger Shattuck sólo cabe una interpretación simbólica: «Frankenstein, queriendo lograr un milagro científico merecedor de admiración, descubre que ha violado a la propia Madre Naturaleza».
¿Acaso –cabe preguntarse– el idealismo del científico encierra necesariamente la soberbia de quien se cree más listo que los demás, y acaba por impulsar el poder de una tecnología con alma demoníaca? Algo de esto parecía temer Mary Shelley, que en su libro The last man publicado en 1826, se pronunció a través de Verney, su autobiográfico personaje, como sigue: «¡Esto –pensé– es el poder! No tener unos miembros fuertes, o ser duro de corazón, feroz y osado; sino ser amable, compasivo y tierno». Atributos estos últimos indiscutiblemente característicos de la femineidad. En esta actitud, que se podría considerar débil, se coloca la autora tal como lo confiesa en las páginas de su diario, respecto del proyecto ilustrado en su versión más radical, que en gran medida conduce a la reacción romántica: «(...) verdaderamente deseo el bien y la ilustración (enlightenment) para mis semejantes (...) pero no soy partidaria de los extremos violentos que inevitablemente conllevan una reacción perjudicial»; y añade que no quiere tener nada que ver con los radicales («the Radicals») por considerarlos «violentos sin ningún sentido de la justicia, egoístas hasta el extremo, charlatanes sin conocimiento, rudos, envidiosos e insolentes». Ahí es nada.
Ya se sabe que el final de Frankenstein es trágico, pero es el que correponde al héroe romántico, nunca exento de un ingrediente de patetismo. El escenario donde tiene lugar está a la altura, como mandan los cánones estéticos románticos; acontece en los yermos parajes árticos. Aquí, en su agonía, se despide con este postrer discurso: «¡Adiós Walton! Busca la felicidad y el sosiego y huye de la ambición, aun de la ambición en apariencia inocente de distinguirte en la ciencia y en los descubrimientos. Mas, ¿por qué digo esto? En mi caso estas esperanzas se han malogrado, pero otro podría triunfar». De esta forma, con esta expresión de arrepentimiento que se trunca en lamento por el fracaso, diríase que Mary Shelley reconoce que hay un Victor Frankenstein potencial en cada uno de nosotros, que la hýbris creadora de monstruos es componente esencial de la especie humana, la cual en su devenir evolutivo siempre oscilará entre la demencia y la sabiduría.


Manual de Filosofía Barata en 13 lecciones


Hace unas semanas tuití unas cuantas ocurrencias bajo el título "Manual de Filosofía Barata". Aquí las recojo.

1/13
Manual de Filosofía barata.
Tales de Mileto: El principio de todas las cosas es el agua. A ver si pensabas que iba a ser el oro.
Anaxímenes: ¿cómo que agua? Aire, que es más barato.

2/13
Pitágoras: El presupuesto no nos da más que para números racionales. Bueno, ni para eso ni para carne. Ni siquiera para habas.
Heráclito: No podemos entrar en el mismo río dos veces. Te vuelven a cobrar.

3/13
Parménides: Cuando la pobreza entra por la puerta, el ser salta por la ventana y deja de ser.
Zenón de Elea: Antes de llegar al final, tienes que pasar por la mitad, y antes por la mitad de la mitad, y así sucesivamente. ¿Sabes en cuánto se te pone todo eso?

4/13
Atomistas vislumbrando la entropía: Todo está compuesto de átomos ganchudos, pero no son de buena calidad y a veces no se enganchan bien y se rompen las cosas.
Sócrates: Solo sé que sé poco.

5/13
Platón: Los turistas observan baratijas made-in-China y se ríen de quien les dice que son copias de artesanías de verdad. De hecho, serían capaces de matarlo si les dijera el precio de esas verdaderas.

6/13
Diógenes: El movimiento se demuestra andando, que no estamos para taxis.
Aristóteles: Todo cuerpo en movimiento tiende al reposo a medida que se acerca a fin de mes.
Epicúreo: Busca el placer, pero sin gastar mucho.
Séneca: Acepta el momento, sobre todo el que puedas pagar.

7/13
Tomás de Aquino: Todo cuesta, y la causa de que todo cueste tiene que costar más que cualquier cosa causada.
Sigerio de Bravante: ¿Por qué solo una verdad, si podemos tener dos por el mismo precio?

8/13
Maquiavelo: El fin justifica los medios, siempre y cuando paguen los demás.
Erasmus de Rotterdam: Me hago el loco para no pagar.
Descartes: La duda módica.
Pascal: ¿Qué te apuestas?

9/13
Utilitaristas: Compremos la mayor felicidad al menor precio.
Kant: Es imperativo que cambiemos la regla de oro por la regla de bronce. En lugar de andar calculando las consecuencias en cada conflicto moral, tengamos una “todo incluido” que valga para todas.

10/13
Nietzsche: Bien por el Eterno Retorno, pero no te flipes, que es al 0%.
Hegel: Nadeamos todos, que no tenemos un maldito céntimo en el bolsillo.
Dialéctica: Tesis + remiendo -> Síntesis de aquella manera.

11/13
Wittgenstein: De lo que no se puede comprar, mejor es ahorrar. Todo lo que se puede comprar, se puede regatear claramente.
Gödel: Cualquier sistema formal contendrá proposiciones cuya verdad no podrás demostrar. Eso que te ahorras.

12/13
Interpretaciones de la mecánica cuántica: La interpretación de los poco-versos frente colapso de onda por no tener una mejor.
Sartre: El ser y las rebajas.

13/13
Rawls: Entre dos sociedades, la más justa será aquella que tenga de oferta los productos básicos.
Feyerabend: Todo vale, coge lo más barato.