13 de octubre de 2019

El astronauta de vuelta: consideraciones humanistas desde un punto de vista estrictamente terrestre

Deploro la suerte de la humanidad: por decirlo así, no puede estar en peores manos que las suyas (Julien Offray de La Mettrie)
Por José María Agüera Lorente

Abundan en Ad astra: Hacia las estrellas los primeros planos del protagonista, el astronauta Roy McBride interpretado por Brad Pitt, en los que se muestra a un hombre en agónica brega sentimental consigo mismo. El uso de la voz en off acentúa el punto de vista íntimo de una historia que bebe de los elementos básicos de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, por lo que no es de extrañar que se haya visto cierto parecido con Apocalypse now, la magistral película de Francis Ford Coppola inspirada en la misma obra literaria. En ambos casos, el personaje principal es un alma atormentada a quien envían a una misión a lo desconocido relacionada con un personaje heroico pero al que la soberbia (la hybris que decían los antiguos griegos) le ha colocado al margen de la humanidad. 
No recuerdo dónde me tropecé hace tiempo, a propósito de una reflexión que leí acerca de la experiencia del viaje, con la distinción entre viaje horizontal y viaje vertical. El primero es el que consiste en el desplazamiento por el espacio geográfico; el segundo corresponde a ese movimiento interior que conlleva el sondeo de la propia alma. Uno no implica necesariamente el otro, aunque se tiene por verdad indiscutible que si uno quiere abrir la mente tiene que viajar mucho. Viajar hoy es un elemento irrenunciable del ciudadano que quiere pasar por sofisticado. Pues bien, Ad Astra es el último exponente de una especie de subgénero cinematográfico que en ciertos casos entraría en el género de la ciencia ficción y en otros no. Llamémoslo -a falta de mejor denominación- el género de los astronautas, es decir, el de las películas protagonizadas por personajes que para desarrollar la acción que se narra han de ir enfundados en sus trajes presurizados y con sus escafandras; son, evidentemente, los exploradores de la nueva última frontera de la humanidad, que se decía en la introducción de la serie Star Trek, es decir, viajeros en el doble sentido antes mencionado. Aquí podemos incluir filmes, junto con el susodicho, muy recientes como First man (El primer hombre, 2018), The Martian (aquí, en España, Marte, de 2015, dirigida por Ridley Scott), Interstellar (2014, de Christopher Nolan) y Gravity (2013, de Alfonso Cuarón).
¡Qué lejos queda el destino cósmico de sus protgonistas de aquel al que se entrega el astronauta de 2001: una odisea del espacio! En el clásico de Stanley Kubrick, toda una obra maestra del séptimo arte, punto de inflexión innegable en la evolución del género de la ciencia ficción, hasta entonces permanentemente encuadrado en la serie B, digna en algunos casos -como Vinieron del espacio exterior-, pero serie B al fin y al cabo, el astronauta protagonista de la última parte del ambicioso filme interpretado por Keir Dullea, se entrega consciente y voluntariamente al cosmos. En este particular, el título de la película, con evocaciones clásicas a la aventura del Odiseo (Ulises) de Homero, no es fiel en su desenlace a la aventura del rey de Ítaca, pues el astronauta de 2001 no parece angustiarse por su imposibilidad de volver a su planeta de origen. Es más, diríase que tenía asumido desde su misma partida que no iba a regresar. Es muy significativa a este respecto la secuencia en la que el personaje, aún en la nave que le lleva a Júpiter en busca del origen de la señal del enigmático monolito, establece comunicación vía ordenador central (HAL) de a bordo con sus padres a los que ve en una pantalla mientras está comiendo. Ellos le felicitan porque es su cumpleaños, sin embargo, el explorador espacial no muestra emoción observable mientras conversa con ellos. Es una notable desafección, trasunto de la desafección que, en el desenlace, muestra respecto de su hogar en el universo, la Tierra. Así, llegado el momento de abandonar la nave que le ha llevado hasta prácticamente los confines del sistema solar, el astronauta -del que, por cierto, desconocemos todo en lo que a su vida personal se refiere salvo su nombre Dave (Bowman)- lo hace de manera fría y sin vacilación aparente, como si nada le vinculara al planeta del que procede y nada que mereciese la pena le aguardase allí. Su ser es la crisálida cósmica que quiere eclosionar en una nueva forma de existencia desarraigada, casi abstracta, al margen de coordenadas espaciotemporales. Esto es compatible con el significado simbólico que puede inspirar la imagen del feto del final flotando en el infinito vacío azabache entre cuerpos celestes.
Frente a este final, recuperemos para el contraste el desenlace de la mencionada Gravity, película protagonizada, para empezar, no por un hombre sino por una mujer astronauta. Podriamos afirmar sin miedo a exagerar que su desenlace es el opuesto al de la película de Kubrick. En éste el hombre concreto se transforma en una entidad cuya dimensión corpórea es mero símbolo de una mutación que va más allá de la forma física; de hecho, destaca la ingravidez de un cuerpo, el del susodicho feto,  que, naturalmente, tiene su hábitat en el vientre de la hembra humana -que, por cierto, cuando está embarazada se dice que está en estado de gravidez-. Por contraste, la película dirigida por Alfonso Cuarón termina con el regreso de la astronauta a la madre Tierra, que la acoge en su seno tras caer, arrastrada por su gravedad en una nave de salvamento, en un lago; es decir, el personaje que interpreta Sandra Bullock también es trasunto de un recién nacido, que vuelve a la vida (terrestre) en un medio acuático, como cualquier bebé dado a luz, y que se encuentra con todas las consecuencias en la Tierra trocando el cordón umbilical del útero por el de la gravedad terrestre.
Si de Dave Bowman, el astronauta de 2001, lo ignoramos todo -como se ha dicho-, de la Doctora Ryan Stone, la astronauta de Gravity, tenemos conocimiento de sus experiencias más dolorosas, de sus miedos más íntimos. No es fría como aquél, lucha por su supervivencia desde las pulsiones vitales que todos reconocemos en nosotros como miembros de la misma especie, y entendemos y compartimos su angustia ante la perspectiva de verse engullida por el vacío cósmico, inerte y mineral. Por eso destaca con potente luz la secuencia final de su retorno a la superficie de nuestro planeta, su bautizo agónico en el agua, su victoria vitalista al pisar tierra incorporándose de pie y respirando aire sin necesidad de una escafandra, sosteniendo de nuevo su cuerpo gracias a su estructura ósea, perfectamente adaptada a la gravedad del hábitat del que forma parte, libre de todo el artificio que le permitía sobrevivir en el medio inhóspito del espacio exterior.

La reciente Ad Astra, sin duda, abunda en el mensaje del reconocimiento de lo humano como todo lo que nos vincula a todas las personas en la pertenencia a esa fraternidad que nos define como hijos de la Tierra. Enseñanza que es el precioso poso que queda en el alma tras el viaje vertical que para muchos no es posible sin el viaje horizontal, en ocasiones con la posibilidad de no volver jamás. Es lo que ocurre con el personaje interpretado por Brad Pitt, el astronauta Roy McBride, de algún modo remedo del Dave Bowman de 2001, ya que, al comienzo de Ad Astra, el heroico Mc Bride se define a sí mismo mediante la voz en off -recurso que siempre otorga un componente personal a la narración- como eso, precisamente, un astronauta, como si quisiera hurtar al espectador el conocimiento de esas circunstancias orteguianas que completan el retrato de todo sujeto. Es escogido para la misión justamente porque es un hombre que domina sus emociones, las cuales por cierto sólo parece compartir con un ordenador que hace las veces de psicoanalista y único confidente. Pero en esta historia el astronauta sí se parece a Ulises por cuanto vuelve a su Ítaca, a la Tierra, que es ensalzada como ese extraordinario lugar, producto de un frágil equilibrio cósmico, preñado de belleza, de la que al final el astronauta McBride reconocerá que forma parte todo lo que conforma la vida humana, especialmente los afectos que la llenan de significado.
Parece que esto es algo que caracteriza a la humanidad en esta fase de máxima sofisticación tecnológica que está atravesando; como al personaje de Brad Pitt, nos cuesta reconocer lo evidente: que somos terrestres. Es como si hubiésemos olvidado el significado de la palabra «humano», término de origen latino que proviene de «humus», que quiere decir precisamente tierra; y por eso al que se entierra se le in-huma y al que se ex-huma, se le desentierra. La palabra existe tal cual también en castellano; una rápida búsqueda nos dice que humus es la sustancia que se crea a partir de la descomposición de materias orgánicas presentes en la capa superficial de un suelo. Paradójicamente, es lo que le otorga la virtud de ser fértil, como a nosotros, en continua descomposición por mor de la ineluctable entropía.
Las películas que más arriba he mencionado constituyen -a mi modo de ver- una nueva mirada sobre las promesas que antaño parecía encerrar el viaje de nuestra especie más allá de la frontera gravitatoria terrestre. ¿Es porque hemos dejado de mirar a las estrellas, ocultas para una buena parte de los humanos, habitantes de grandes urbes, a causa de la contaminación lumínica? ¿O acaso porque los asombrosos avances en la tecnología de la información y la comunicación han hecho posible la génesis de un universo virtual que se materializa en las pantallas de nuestros dispositivos informáticos y absorbe nuestra atención desviándola de la realidad material? ¿O quizá por ventura, al fin, estamos tomando conciencia, lenta pero imparablemente, de la gravedad de los problemas medioambientales que afectan de manera muy perjudicial a las condiciones de vida de nuestra especie en este planeta, haciendo destacar ante nuestros ojos su inapreciable valor?
Seguramente nadie como el astrónomo y divulgador de la ciencia Carl Sagan consiguió expresar, con esa contundencia que otorga la poderosa unión del conocimiento riguroso  con la belleza poética, la mirada que comparten esas recientes odiseas fílmicas de astronautas, una mirada que destaca la preciosa singularidad de un planeta vivo en el insondable silencio del espacio cósmico; allí donde fue enviada la sonda espacial robótica Voyager 1 cuando fue lanzada desde nuestro planeta el 5 de septiembre de 1977. Entre los elementos que la integran se encuentra un disco con sonidos de la Tierra, plasmación material -podría decirse- de nuestro deseo de comunicarnos con otros seres conscientes allende nuestro planeta. Aquí tropezamos de nuevo con la paradoja de la comunicación que la película con la que empezábamos, Ad Astra, toma como hilo conductor de su argumento, pues el padre en cuya búsqueda parte el protagonista, hombre incapaz de comunicarse con sus seres queridos al igual que su progenitor, se perdió en los confines del sistema solar en misión de búsqueda de vida extraterrestre. ¿La humanidad tratando, inconscientemente, de dar con alguien que la salve de sí misma, de su invalidez para comprenderse?
A esta paradoja de impotencia apunta lúcidamente Carl Sagan cuando escribe su libro Ese punto azul pálido. La idea que fue su germen es producto de esa mirada del astronauta, del hombre fascinado por el espacio inconmensurable que todo lo contiene, también mundos y civilizaciones adelantadas por nuestra ávida imaginación, magno objeto de conocimiento para la ciencia paciente. Sagan quiso que ese mensaje de náufrago existencial que es la sonda robótica Voyager tomara una foto de la Tierra. Tras una primera petición que no fue atendida por la NASA en 1980, el 14 de febrero de 1990, una de las dos cámaras del ingenio espacial, que se hallaba entonces a unos 6.050 millones de kilómetros de distancia, tomó varias imágenes con distintos filtros del ya lejano cuerpo celeste. La foto que se obtuvo carecía por completo de valor científico; pero el empeño de Sagan por que se tomase no respondía a un interés epistémico, sino humanista.
Como el astrónomo norteamericano, otro sabio que representa a la perfección la simbiosis entre el conocimiento científico y la reflexión humanista es el filósofo Bertrand Russell. El que fuera premio Nobel de literatura nos legó antes de su muerte en 1970 las más inspiradoras palabras acerca del valor de lo que sabemos sobre el universo. En su ensayo Las funciones de un maestro, escrito hace casi un siglo, afirma el insigne pensador a propósito del cumplimiento del papel de guardián de la civilización que otorga al profesor: «Adoptando un punto de vista más amplio aún, [el maestro] tendría que tener conciencia de la vastedad de las eras geológicas y de los abismos astronómicos; pero tendría que tener conciencia de todo esto, no como un peso para aplastar el espíritu humano individual, sino como un vasto panorama que ensancha la mente que lo contempla».
Esta misma mirada  es la que adopta Carl Sagan a través de la cámara del Voyager 1. Plasmación de la misma es el libro mencionado (That pale blue dot en inglés) de 1994. Así llama el científico a nuestro planeta, pues así es como aparece en la referida fotografía que tomó la sonda espacial a petición suya. En un extracto del texto que se encuentra en internet declamado por el propio autor, generalmente asociado a la imagen fotográfica, encontramos la misma idea ya adelantada por Russell: «se ha dicho que la astronomía es una formadora de humildad y carácter», recuerda el astrónomo.
Desde Nicolás Copérnico, hace casi quinientos años, era cuestión de tiempo que la creencia en ser la especie predilecta de la creación, que la certeza (también moral) de que ocupamos una posición privilegiada en el universo, acabara diluyéndose ante la cáustica evidencia en contra que arroja el desarrollo de la cosmología. No vale autoengañarnos agarrándonos al clavo ardiendo del principio antrópico, el cual trata de justificar que las constantes de la física tengan los valores que tienen, compatibles con la vida, porque así se da lugar a la existencia de seres inteligentes como el ser humano. En su versión fuerte, presenta las leyes de la física según un pseudoaristotélico esquema teleológico (cómplice de cualquier visión teológica) que concibe el Universo entero como una conspiración para la aparición del ser humano. En su versión débil no es en realidad ninguna explicación física -pues nunca ha conducido a predicción científica alguna de algo no previamente sabido-, sino una inferencia lógica correcta: si para que haya homo sapiens (y mejillones) los valores de las constantes del universo tienen que ser unos determinados, y es el caso que existe homo sapiens (y mejillones), entonces, en efecto, esos son los precisos valores de las constantes cósmicas.
En estos días de anuncios de premios Nobel de física para tres científicos que han dedicado sus vidas precisamente al estudio del Universo, la enseñanza de humildad que debemos asumir a partir de las evidencias que arroja la investigación en el ámbito de la cosmología no tiene por qué conducirnos de forma trágica a un nihilismo autodestructivo. De este riesgo nos salvan las palabras de Carl Sagan que acompañan, junto a las anteriormente citadas, la imagen de esa -como él la llama- «mancha en la gran y envolvente penumbra cósmica». Su conciencia humanista se levanta a partir de las verdades de la ciencia y se revela mandato ético de esta forma casi poética: «La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. [...] Tal vez no hay mejor demostración de la locura de la presunción humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos mejor los unos a los otros, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido».​

15 de septiembre de 2019

¡Seamos emprendedores! Ideología, planes de estudios y librepensamiento

El propagandista no desea que sus discípulos observen el mundo y que escojan libremente un propósito que a ellos les parezca valioso. Desea, como un artista jardinero, que su crecimiento esté dirigido y se deforme para adaptarse a sus fines. (Bertrand Russell: Las funciones de un maestro)

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Por José María Agüera Lorente

Empieza el nuevo curso académico y seguimos instalados en un interminable limbo. Funcionando en las enseñanzas no universitarias con un marco legal –la LOMCE, también conocida como ley Wert– que está como en suspenso, pero medio en vigor, entre contradicciones (el currículum que se lee en el BOE para la asignatura de historia de la filosofía de segundo de bachillerato no se puede impartir con la recortada carga horaria que se le otorga) y despropósitos (hay asignaturas optativas la mar de interesantes que no se imparten por no alcanzar el mínimo de alumnado estipulado, pero la religión católica hay que impartirla cueste lo que cueste). En este contexto, cada autoridad educativa de cada una de las autonomías que en este reino nuestro son, hace de su capa un sayo y dicta instrucciones a mansalva y de lo más variado para mejorar lo que no tiene mejora posible y sólo consigue incrementar la confusión.
René Descartes dejó escrito hace casi cuatro siglos en la segunda parte de su Discurso del método que «la multiplicidad de leyes frecuentmente sirve para los vicios de tal forma que un Estado está mejor regido cuando no existen más que unas pocas leyes que son minuciosamente observadas». Más razón que un santo. Si no, que se lo digan a los editores de libros de texto, quienes reunidos hace unos días con la ministra de Educación, Isabel Celaá, se quejaban amargamente de las diferencias tan abismales que existen en los contenidos que los alumnos tienen que estudiar dependiendo de su comunidad autónoma. En un informe reciente de la Asociación Nacional de Libros de Enseñanza (Anele) se denunciaba los mecanismos, cada vez más políticos, para que los libros de texto recojan «lo que quieren (los políticos) y no lo que dice la ciencia». Ahí queda eso.
Con la educación de este país habría que hacer lo que Descartes se propuso con el edificio entero del conocimiento: echarlo abajo por completo y construirlo de nuevas empezando por sus cimientos. Lo mismo cabe aplicar a la institución de la educación en España, llena de remiendos y sufridora de mil y una chapuzas que no hacen sino acrecentar sus achaques. ¿Será esta una manifestación más de esa mediocracia que rige los designios del mundo según el filósofo canadiense Alain Deneault, y que –según él– fomenta al profesor que, independientemente de su valía, no critica el programa educativo? El compañero Andreu Navarra respondería afirmativamente a tenor de la tesis que desarrolla en su libro elocuentemente titulado Devaluación continua y que, en sus propias palabras, se resume así: «La educación actual ha convertido al docente en un monitor de tiempo libre». Como titular de impacto no está nada mal. Habría que leer el libro. 
Lo cierto y verdad es que el asunto de la educación –pilar fundamental de toda sociedad que quiera considerarse civilizada– viene siendo tratado desde hace ya demasiado tiempo como la pobre bestia de la La vaquilla, la vitriólica y esperpéntica película del genial José Luis García Berlanga. En ella, una enclenque res acaba muriendo víctima de las irracionales porfías entre soldados enfrentados en la Guerra Civil que la quieren por motivos distintos, siendo devorada por las moscas y gusanos sin poder ser aprovechada ni por unos ni por otros. Enésima prueba irrefutable de que existe esta refriega, más o menos activa pero siempre latente, por el control ideológico de la educación es la orden dada por la Consejería de Educación de Murcia estableciendo la obligatoriedad de pedir permisos expresos a los padres o tutores para actividades de sus hijos en las clases. Sobre lo que pienso a este respecto, léase este mi artículo (no quiero repetirme); en cualquier caso, se trata de una burda tutela de la labor del profesorado, el cual requiere de la confianza de los padres en la institución educativa para desarrollar su trabajo.
Como en Murcia, también en Andalucía tenemos nuestra autonómica panoplia de incontables órdenes, directrices e instrucciones de la más variopinta laya. Quiero detenerme en estas líneas en una de fecha de veintisiete de junio pasado en la que nos recuerda la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía (CEJA) la obligación de ofrecer por parte de los institutos un cierto número de asignaturas en los tres primeros cursos de la educación secundaria obligatoria (ESO). Pongo mi atención en la asignatura de Iniciación a la actividad emprendedora y empresarial, asignatura de libre configuración autonómica dotada de dos horas semanales (como la historia de la filosofía, que sólo aparece en segundo de bachillerato). Al recordársenos en la referida instrucción que se trata de una materia «de oferta obligatoria para los centros» se destaca en las observaciones respectivas lo siguiente: «La materia Iniciación a la actividad emprendedora y empresarial debe ocupar un lugar preponderante porque contribuye a educar ciudadanos emprendedores, capacitados para ser innovadores, tener dotes de persuasión, negociación y pensamiento estratégico, asumir riesgos, etc. Las cuales son capacidades muy demandadas en la sociedad actual». Tienen que ser muy demandadas ciertamente y lo consideran de importancia nuestras autoridades educativas («debe ocupar un lugar preponderante») pues en el currículum de la filosofía de 1º de bachillerato se le ha hecho un huequito al emprendimiento y la empresa mediante la inclusión de un bloque de filosofía y economía, en el que la filosofía y la empresa quedan identificadas «como proyecto racional» (orden de 14 de julio de 2016 de la CEJA). Más o menos una década antes, siendo presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, la misma asignatura dejó de llamarse por un tiempo «Filosofía» para denominarse «Filosofía y Ciudadanía». Otros tiempos, otro Gobierno, otro sesgo ideológico sobre los planes de estudios.
Debo confesar que mis tres décadas largas en este oficio de la enseñanza me colocan del lado de las tesis de la psicóloga Judith R. Harris, quien en su libro El mito de la educación aplica de forma admirable el escepticismo científico para someter a una muy necesaria cura de humildad a la institución social de la educación, tanto escolar como familiar. Ojalá todos los problemas y necesidades de una sociedad se resolviesen poniendo una asignatura ad hoc en todas las escuelas e institutos (ya puestos, ¿por qué no una asignatura llamada «iniciación a la actividad agrícola y de protección del territorio rural» que nos resuelva el grave problema de la así llamada «España vaciada»?). Los que trabajamos en esto –y entiendo que todos los padres y madres realistas y sensatos– sabemos que los jóvenes no son pizarras en blanco sobre las que los educadores imprimimos caracteres indelebles moldeando a placer sus mentes; de lo contrario, debido a mi intensiva y prolongada educación católica, recibida por todos los de mi generación en este país, yo debería ser el más conspicuo devoto parroquiano de comunión diaria. Y les aseguro que no es el caso.
Bertand Russell iba más lejos en esta visión escéptica sobre la educación –sobre todo, cuando se pone al servicio de ciertos fines políticos– en su magnífico ensayo Las funciones de un maestro, escrito hace más o menos un siglo, pero de una actualidad pasmosa. En él se refiere el filósofo inglés a una asignatura por entonces existente en los Estados Unidos de Norteamérica de nombre «Instrucción cívica» (si es que no hay nada nuevo bajo el sol) de la que habla en los siguientes términos: «Se enseña a los jóvenes una especie de relato modelo sobre cómo se supone que deben conducirse los asuntos públicos, y se les aleja cuidadosamente de todo conocimiento acerca de cómo se conducen en realidad. Cuando los jóvenes crecen y descubren la verdad, el resultado es con frecuencia un completo cinismo en el que se pierden todos los ideales públicos, en cambio, si se les hubiese enseñado la verdad con cuidado y con comentarios adecuados, en una edad más temprana, podrían haberse convertido en hombres capaces de combatir males que, de este modo, aceptan con un encogimiento de hombros» (p. 219-220)
Una cuestión de fondo nada baladí que subyace a esta necesidad de organizar el conjunto de asignaturas que el alumnado ha de estudiar es la que cabe formular mediante la pregunta ¿qué merece la pena saber?, pregunta que da título a uno de los capítulos del libro Escuelas creativas de Ken Robinson, heterodoxo pedagogo británico que lleva años abogando por un cambio de paradigma en la educación. En efecto, como él lo define en el citado libro, «el plan de estudios es un esquema estructurado de todo aquello que los alumnos deben saber, entender y poder hacer» (p. 182). Es un asunto enormemente controvertido en el ámbito de la política educativa y sujeto a criterios de índole diversa y muy discutible, sujeto siempre a las circunstancias históricas (piénsese solamente en lo que se enseñaba en las scolae medievales y lo que se enseña ahora en nuestras escuelas). Considero, además, que un plan de estudios dice mucho de cuáles son los valores verdaderamente apreciados en una sociedad y momento determinados, qué fines persigue y qué medios son los considerados adecuados para alcanzarlos.
¿Qué nos revela la presencia de la asignatura Iniciación a la actividad emprendedora y empresarial? Según se infiere de los documentos, incluidas las programaciones didácticas elaboradas por los departamentos de economía de los institutos, cultivar ese espíritu emprendedor que nos lleve a tener más empresarios y empresas que nos permitan ser más competitivos a nivel nacional e internacional, como viene a decirse en una de las programaciones que he consultado. Porque, claro, ¿quién crea empleo? El empresario, esa persona que, contra viento y marea, tiene un sueño preñado de prosperidad para todos y que, a pesar de los riesgos que ha de asumir en solitario, lo realiza para beneficio de la sociedad en su conjunto. El opuesto de esta figura es el funcionario, elemento gregario, anónimo y gris, que no crea riqueza ninguna limitándose a cumplir con una función que le asigna el Estado, el cual aparece en gran número de ocasiones como el leviatán que, lejos de alentar la iniciativa empresarial, la castiga con burocracia desalentadora y cargas fiscales que acaban por ahogarla.
En 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo, el economista Ha-Joon Chang nos muestra de forma didáctica que hay ciertas creencias asumidas como verdades sobre la economía de libre mercado por la opinión pública que conviene someter a examen crítico. Entre ellas está el axioma según el cual el espíritu empresarial es el que da aliento al dinamismo económico. Así lo enuncia el profesor Chang: «Si no hay empresarios que busquen nuevas oportunidades de ganar dinero generando nuevos productos y respondiendo a una demanda insatisfecha, no se puede desarrollar la economía. De hecho, uno de los motivos que explican la falta de dinamismo económico en una serie de países que van desde Francia hasta todos los estados del mundo en desarrollo es la falta de iniciativa empresarial» (p. 183).
Si los Estados Unidos de Norteamérica es la gran potencia económica que es, ello se debe a las altas dosis de espíritu emprendedor que bulle en el pecho de sus ciudadanos. En Europa se ve que andamos escasos de eso y así nos va, que no prosperamos. Pero el caso es que, según datos de la OCDE, en los países en vías de desarrollo hay emprendimiento e iniciativa empresarial a espuertas; de hecho, una persona de un país en vías de desarrollo tiene más del doble de posibilidades de ser empresaria que el habitante de un país desarrollado (el 30 por ciento frente al 12,8). Los emprendedores de los países ricos no alcanzan el punto de heroísmo de los de los pobres dado que éstos se enfrentan a problemas constantes derivados de infraestructuras defectuosas, corrupción política crónica, inseguridad galopante, escasez de mano de obra convenientemente formada, etc. El mundo en desarrollo cuenta comparativamente con más espiritu de emprendimiento en cantidad y en calidad, pero no por ello consiguen salir de su estado de pobreza. «La iniciativa empresarial se ha convertido –nos explica el profesor Chang– en una actividad colectiva, sobre todo, en el último siglo; por eso la pobreza en organizaciones colectivas se ha erigido en un obstáculo aún mayor al desarrollo económico, y no las deficiencias individuales en cuanto a espíritu emprendedor» (p. 184). No basta con la iniciativa individual y heroica para que un país prospere. Tal visión individualista de la empresa se ha vuelto obsoleta con la evolución del capitalismo. Ahora, un emprendedor tocado por los dioses de la iniciativa empresarial requiere de toda una infraestructura institucional, producto de un esfuerzo colectivo, que sólo puede proporcionar un Estado que funcione para alcanzar ese éxito soñado; instituciones educativas, científicas, tecnológicas, de seguridad, legislativas, etc. Por eso concluye Chang: «Hoy en día, la capacidad colectiva de crear y gestionar organizaciones e instituciones eficaces es mucho más determinante para la prosperidad de un país que el empuje, y aún que el talento, de los individuos que la integran» (p. 193).
Me opongo por completo a cualquier forma de adoctrinamiento en el aula. Por eso considero necesario el máximo escrúpulo a la hora de establecer las asignaturas que conforman la estructura de los planes de estudios de nuestros jóvenes, no sea que a través de ella se nos cuele algún sesgo ideológico. No se trata de compensar adoctrinamientos justificando, por ejemplo, la presencia en las escuelas de la religión ofreciendo como alternativa «valores éticos» (¿para cuándo una escuela pública laica?). La actividad medular en las aulas debiera ser siempre el cultivo del conocimiento (científico o basado en las ciencias) y el librepensamiento. Recelo de esta clase de asignaturas, supuestamente bien intencionadas, a las que pertenecen la educación para la ciudadanía y la iniciativa al emprendimiento por el pecado original que tienen de haber pensado por los alumnos lo que les conviene. Por supuesto que deben conocer los rudimentos de la política que permiten a un ciudadano ejercer su papel de tal responsablemente y claro que deben saber de economía y cómo funcionan las empresas, pero sin abandonar jamás la perspectiva crítica; son ellos y sólo ellos los que por sí mismos han de escoger sus valores, decidir cómo priorizarlos, establecer sus fines vitales y juzgar qué medios son los más apropiados para alcanzarlos.
A todo esto, y dado que se trata de fomentar el espíritu emprendedor de nuestra patria para «dinamizarla», que empiecen nuestros políticos dando ejemplo (no hay mejor recurso educativo que la ejemplaridad) mostrando  esas mismas virtudes que quieren para nuestros jóvenes según reza en los objetivos de la susodicha asignatura de la ESO, demostrando su capacidad para ser innovadores, sus competencias para la negociación y para el pensamiento estratégico, sacándonos a todos de una vez por todas de este limbo en el que se halla encallada la Educación de nuestro país. ¡Sean emprendedores! De lo contrario, –Russell sabiamente advierte– crecerán el cinismo y la merma de los ideales políticos en la ciudadanía. Letal para la democracia de un país (además de para su economía, por supuesto).

BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA:
  • CHANG, HA-JOON: 23 cosas que no te cuentan del capitalismo. Debate. Barcelona, 2012.
  • RUSSELL, BERTRAND: Ensayos impopulares. Edhasa. Barcelona, 2003.
  • ROBINSON, KEN Y ARONICA, LOU: Escuelas creativas.  Debolsillo (Punto de Lectura). Barcelona, 2016.


22 de agosto de 2019

LAICIDAD, ARTE, CENSURA Y FEMINISMO (a vueltas con C. Tangana)



22/08/2019

Nota: La publicación del texto “C. Tangana, heavy metal, censura y feminismo” tuvo una réplica que es el pretexto de este. Pretexto porque la réplica en sí tiene poca sustancia que responder (en la mayor parte de la réplica estoy de acuerdo, creo que la autora se confunde) pero sí me parecía interesante aclarar la relación de aquel texto con el laicismo (puesto que se cuestiona en la réplica) y de paso retomar la reflexión sobre lo que dice el título: la laicidad, el arte, la censura y el feminismo.

Recuerdo una conversación, hace años, con otros profesores, en la que uno se quejaba de que una serie entonces de moda, Física o Química, no reflejaba para nada la realidad de los institutos de secundaria. Yo le dije que ni lo hacía, ni tenía porqué hacerlo, y que era mejor que fuera así. Si una serie pretendiera reflejar fielmente la realidad de un instituto no la vería nadie, más que nada, porque sería un aburrimiento. La realidad cotidiana de un instituto es muy sosa: normalmente, y salvo contadas excepciones, en un instituto no pasa nada del otro mundo. Para hacer una serie ambientada en un instituto y que tenga gancho para la audiencia, hay que incluir en los guiones elementos exagerados, extraños, llamativos, etc. Pero es que una serie es ficción, y no hay que olvidar eso al verla. Comentando con conocidos del ámbito sanitario, la queja de aquel compañero mío aparecía también entre ellos, en su caso referida a otras series ambientadas en hospitales: House y Hospital Central. Y supongo que pasará algo parecido en cualquier serie o película contextualizada en otro campo: no reflejan el día a día, la realidad cotidiana, pero es que debe ser así al tratarse de ficción. También recuerdo la anécdota de un actor que hacía de malvado en una telenovela de las de hace mil años, no recuerdo cuál ni al actor, que decía que a veces había quien le reprochaba por la calle lo que hacía su personaje en la serie, confundiendo a la persona con el personaje.

12 de agosto de 2019

Escuela versus Fortnite: 0-1.




12/08/2019

La noticia ha suscitado estupor: un padre ha sacado a su hijo de 15 años del instituto para que se dedique exclusivamente a entrenarse para jugar Fortnite profesionalmente. El chico entrena 10 horas diarias, no va al instituto, come enfrente del ordenador, no sale por ahí con amigos, y su padre se ha gastado 30.000 euros en comprarle el mejor equipo informático para jugar Fortnite. El objetivo explícito del padre es que su hijo logre ganar dinero suficiente para poder vivir sin trabajar. Por ahora lleva 60.000 euros, aunque el ojo está puesto en los primeros premios del Mundial de Fortnite: el primer premio es de 3 millones de euros, que en su última edición lo han ganado dos chicos de 16 años.

10 de agosto de 2019

C. TANGANA, HEAVY METAL, CENSURA Y FEMINISMO





10/08/2019

El veto (o la censura, según se mire) de C. Tangana en Bilbao ha reabierto el debate sobre la libertad de expresión y la letra de las canciones (y por extensión, en el mundo del arte). Y la polémica es sin duda más difícil en la izquierda que en la derecha. Que la derecha censure es algo que va con ella, por eso la reciente censura de Luis Pastor o de Def Con Dos por parte de las derechas madrileñas, aun siendo reprobable, es coherente: son fachas, ¿qué esperabas que hicieran? El asunto es más difícil en la izquierda porque, en principio, la izquierda defiende la libertad de expresión y censura a la censura. Un ejemplo es la contradicción de Podemos, que en Bilbao incitaba al veto de C. Tangana mientras que su líder nacional, Pablo Iglesias, lo rechazaba, al igual que Clara Serra.

6 de agosto de 2019

¿Es el escepticismo una moda?



06/08/2019

¿El escepticismo está de moda? Parece que sí. Si hasta hace poco lo más cool era presumir de homeopatía, reiki y feng-shui, ahora lo es denunciarlos como bulos o mitos. Parece haber un giro de 180º desde la aceptación entusiasta de las pseudociencias y pseudoterapias a la “caza de brujas” contra ellas. Un ejemplo es la reciente campaña del gobierno llamada #coNprueba (campaña y más información), y en la que se nota la influencia del ministro de Ciencia, Pedro Duque, que ya se las vio con un terraplanista. Además, prolifera la tendencia a buscar, encontrar y denunciar mitos y bulos utilizando la metodología científica. Uno de los mejores ejemplos es la web “Maldito bulo”.

4 de agosto de 2019

Sobre la inteligencia de nuestros políticos

Y así la ciudad nuestra y vuestra vivirá a la luz del día y no entre sueños, como viven ahora la mayor parte de ellas por obra de quienes luchan unos con otros por vanas sombras o se disputan el mando como si éste fuera algún gran bien. (Platón: República, libro VII) 
Por José María Agüera Lorente

En estos días por los que pasa nuestra atribulada patria, densa resaca de las últimas convocatorias electorales, ante tanta muestra de postergación de las luces de la inteligencia achacable a nuestros políticios y aireada en lo medios de comunicación con morbosa fruición, me reconforta evocar la figura, aunque sea ficticia, de un personaje que debería constituir la clase más numerosa de seres humanos dentro de la masa de ciudadanos que componen un país como el nuestro. 
El personaje al que yo acudo en rescate de mi sosiego particular, como antígeno para inmunizar mi intelecto ante tanto discurso –o relato como se ha puesto de moda decir ahora– tóxico, no es otro que Atticus Finch, un padre de familia y abogado cuya personalidad es producto de la imaginación de la escritora Harper Lee, quien lo concibió como portagonista de su muy exitosa novela Matar un ruiseñor, publicada por primera vez en 1960. Yo lo conocí a través de su versión cinematográfica del mismo título de 1962, en la que Atticus Finch es interpretado por el grandioso Gregory Peck. 
Se me dirá que es hacer trampa acudir a un ser imaginario para hacer frente a las miserias de la condición humana, que es una táctica evasiva propia de un carácter inmaduro que cree en utopías, lo que es impropio de un cincuentón como yo. Pero el caso es que se conoce que la autora de la novela original se inspiró para la construcción del personaje al que nos referimos en una persona real, a saber, su propio padre, un abogado de la entonces muy racista Alabama que, como Finch, defendió a varias personas negras en varios casos criminales de notable repercusión mediática en su momento, la época de la gran depresión del veintinueve. Además, ¿cómo demonios mejora el ser humano sus condiciones de vida si no es a través de imaginar justamente lo que es posible pero no es y de conocer los medios mediante los cuales tal posibilidad deseable, por justa, se puede convertir en realidad? Es el principio de ejemplaridad, que no deja de tener su alto componente utópico, a través del cual se plasman concretamente valores que, si no, quedan confinados al mundo más bien abstracto de los ideales. Y lo que es peor, el ciudadano queda abocado al más estéril de los cinismos y el oficio político, al desinterés más desintegrador.
Por eso, me resulta moralmente reconstituyente el recuerdo de Atticus Finch, por lo mismo que utilizo de vez en cuando la película de Robert Mulligan en mis clases de filosofía, porque en ella se muestran la honestidad e inteligencia caracteristicas del personaje. Me sirve su poder conmovedor para inocular en los alumnos la preocupación por cuestiones fundamentales; particularmente, la cuestión de los vínculos entre ética, o más precisamente virtud e inteligencia, ya planteada en los albores de la filosofía hace dos mil quinientos años por el mítico filósofo ateniense Sócrates. 
La filosofía es culpable, sin duda, de haber enfatizado la versión cognitiva de la inteligencia, componiendo la corriente más caudalosa de su historia un modelo en exceso racionalista de la misma, quedando justificada incluso la acusación de haber dado pábulo a un estereotipo antropológico basado en una verdadera fantasía racionalista (se abre aquí todo un frente que nos llevaría a una crítica del paradigma filosófico triunfante y sus consecuencias que dejo para mejor ocasión). Ello se percibe en la impronta reconocible en la psicología, materializada en los procedimientos de evaluación de la inteligencia de los últimos dos siglos. El filósofo José Antonio Marina, muy dado a echar mano de la psicología a la hora de dotar de musculatura argumentativa a sus ensayos, denomina «atrincheramiento en el campo cognitivo» a una reducción engañosa de la complejidad que encierra eso que llamamos inteligencia identificándola en exclusiva con aquellas capacidades que son reconocidas en los ya tradicionales tests de inteligencia, por ejemplo, percibir, relacionar, aprender, argumentar, etc. Este filósofo, actualmente muy preocupado  –y ocupado activamente– por los temas pedagógicos, dedica el capítulo titulado «la inteligencia malograda» de su libro La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez a armar todo un modelo de la inteligencia que la rescata de ese miope reduccionismo cognitivo y la coloca en la realidad de las interacciones humanas, dotándola de un significado ético.
Por ello no puedo evitar percibir cierta vinculación con el enfoque, ya clásico, de Carlo Maria Cipolla plasmado en su teoría de las leyes fundamentales de la estupidez. Su «ley tercera (de oro)», tal como aparece enunciada en su delicioso ensayo titulado Allegro ma non troppo reza tal que así : «Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio». Mucho me temo que este enunciado es perfectamente aplicable a muchas de las acciones de nuestros políticos, particularmente durante este último período poselectoral y respecto de las negociaciones  y pactos que eran su objetivo.
Coinciden, pues, Cipolla y Marina en cambiar el planteamiento teórico-cognitivista, heredero seguramente de la tradición del intelectualismo ético socrático, por una perspectiva eminentemente práctica que define la inteligencia a partir de los resultados del comportamiento humano, alejándose así de modelos abstractos. La clave –nos dice Marina– de la inteligencia reside en «la capacidad de un sujeto para dirigir su comportamiento, utilizando la información captada, aprendida, elaborada y producida por él mismo» (p. 16). Eso sí, distingue entre la inteligencia computacional, que es lo que hemos dicho miden los tests de inteligencia, por un lado, y el uso de la inteligencia o –lo que es lo mismo– «la inteligencia en acción, es decir, lo que un sujeto hace con sus capacidades» (p. 20). Éstas, en esencia operaciones computacionales diseñadas filogenéticamente, se tornan, por así decir, humanamente inteligentes cuando son operadas desde la consciencia. Quiere decirse que esos módulos autónomos que, de manera espontánea, inconsciente e incluso contradictoria, pueden determinar en un principio nuestra conducta, deben someterse a lo que Marina llama los grandes sistemas unificadores, como son el lenguaje, la razón, la capacidad de planificar y decidir, si es que queremos comportarnos humanamente, o sea, con sentido ético.
Esto lo representa de forma luminosa el aludido personaje evocado al inicio de este artículo, Atticus Finch. Su conducta en la historia narrada en Matar un ruiseñor es la ilustración perfecta de lo que Marina etiqueta –siguiendo su teoría de la inteligencia– como inteligencia ejecutiva, «cuya misión es iniciar, dirigir y controlar, hasta donde pueda, las maquinaciones de la inteligencia computacional» (p. 23). Es lo que hace Atticus Finch, dueño de sí, sobreponiéndose a la ira cuando es provocado por un energúmeno ante la mirada de sus hijos para los que sabe que nada tiene mayor poder educativo que su propio ejemplo. Congruentemente, «la causa del fracaso de la inteligencia es la intervención de un módulo inadecuado, que ha adquirido una inmerecida preeminencia por un fallo de la inteligencia ejecutiva» (ibidem). Para ilustrar esta cara perdedora de la inteligencia nos sirven muchos de los comportamientos de nuestros políticos, cuando son incapaces de controlar ambiciones, soberbias y temores que obstaculizan la consecución de los fines propuestos.
Pero no caigamos en el error de limitar la inteligencia a  mera eficacia o aplicación de la información al logro de ciertas metas. Perdería la inteligencia humana un elemento esencial y su rasgo específico si de ella excluimos la elección de los objetivos. Acierta de nuevo Marina cuando destaca: «Inventar fines es la característica más propia de la inteligencia humana. Y si se equivoca en los fines se equivoca en todo» (p. 25). Aquí se plantea el problema del marco, decisivo para hacerse una idea completa de la inteligencia humana: ¿cómo saber qué información o conocimientos son relevantes en función del problema a resolver? ¿Cuál es el tema pertinente en cada situación al cual atenerse a la hora de plantear los problemas para cuya solución habrá que escoger la información relevante? Esto, ciertamente, es lo primordial: saber en cada caso qué es lo que importa. Que sepamos, por el momento, esto es algo definitorio de la inteligencia humana que la inteligencia artificial no sabe resolver. Es lo que Marina llama «principio de la jerarquía de los marcos» que explicita así: «los pensamientos o actividades que son en sí inteligentes, pueden resultar estúpidos si el marco en el que se mueven es estúpido» (ibidem). Es lo que también se conoce como buen juicio.
En consecuencia, evaluar una conducta como inteligente es una tarea que se lleva a cabo con referencia a un marco, aunque no se sea consciente de tal referencia. Me atrevo a decir que la mayoría de las veces el marco de referencia no se explicita dando por supuesto su validez, tomándolo como premisa de partida indiscutida y hasta indiscutible. De esto tenemos un ejemplo paradigmático en el caso de la economía, cuyo marco imperante actualmente es el definido por la teoría neoclásica y el enfoque monetarista. De acuerdo con sus premisas, lo inteligente para el gobierno griego de Tsipras es hacer lo que hizo después del referéndum de 2015, esto es, no hacer caso a la voluntad popular que rechazaba las condiciones impuestas por la troika para la salvación económica de su país; porque ese marco manda, por encima de todo, pagar la deuda nacional a toda costa. Claro que cabían otras opciones, pero dentro de otro marco económico-político con prioridades muy distintas.
Aquí reside, ciertamente, la clave de la inteligencia, en el acierto a la hora de establecer la correcta jerarquía de marcos. O como dice Marina de nuevo: «Para evaluar la inteligencia de un comportamiento, tenemos que justificar previamente la jerarquía de marcos que establecemos, y evaluar desde el superior» (p. 28). De este modo, entramos de lleno en el reino de la ética. Porque, en la mejor tradición eudemonista aristotélica, Marina establece el siguiente principio: «La inteligencia fracasa cuando se equivoca en la elección del marco. El marco de superior jerarquía para el individuo es su felicidad. Es un fracaso de la inteligencia aquello que le aparta o le impide conseguir la felicidad» (p. 29).
Lo que, a mi juicio, vemos en Matar un ruiseñor es justamente la historia de una persona inteligente, Atticus Finch, que parece haber resuelto el problema del marco y que juzga, aún a pesar del perjuicio que le pueda causar a corto plazo, lo que debe hacer en función de lo que ha establecido como verdaderamente importante en su vida y que es lo que le motiva a actuar como lo hace. Ante todo demuestra ser un padre absolutamente comprometido con la educación de sus hijos. Cuando toma la decisión de aceptar el encargo a principios de los años treinta del siglo pasado de defender a un joven negro acusado de violar y agredir a una joven blanca en un pueblo del sur de Estados Unidos, por supuesto racista, Atticus Finch escoge como marco de referencia el mundo justo en el que él desea que vivan sus hijos, ante los que él sabe que su conducta ha de ser ejemplar.
Por más que trato de comprender los acontecimientos políticos de nuestro país de las últimas semanas no detecto esa misma inteligencia en nuestros políticos. ¿Qué uso hacen de su inteligencia? Porque son inteligentes, es decir, poseen esas capacidades cognitivas que miden los tests y que constituyen esa inteligencia computacional a la que nos hemos referido con José Antonio Marina (si no, ¿cómo han logrado desarrollar su carrera política?). Sin embargo, parecen desnortados, como si no hubiesen resuelto el problema del marco; por eso su conducta resulta errante, más resultado del reflejo nervioso dictado por los módulos automáticos e inconscientes de nuestra psique que por ese poder de control y dirección que otorga lo que hemos llamado aquí inteligencia ejecutiva, y que es la que puede orientarnos hacia la consecuicón de los fines que importan.
Recibamos ahora la venida del mes de agosto con alegría porque se nos concede temporalmente la gracia de olvidarnos de todo y refugiarnos en el sitio de nuestro recreo, aunque ciertamente sería bien estúpido convertir ese estado en permanente, pues la estupidez es como la realidad, mucha, mala y tozuda.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
  • CIPOLLA, CARLO M.: Allegro ma non troppo. Planeta. Barcelona, 2012.
  • MARINA, JOSÉ A.: La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez. Anagrama. Barcelona, 2004.