17 de junio de 2018

Equidad, meritocracia y educación pública


Por José María Agüera Lorente

Ha coincidido la noticia dada por los medios con la realización en Andalucía de las pruebas de evaluación del bachillerato y de acceso a la universidad (PEVAU), antes PAU (pruebas de acceso a la universidad) y, desde tiempo inmemorial, «selectividad». Esta última palabra tiene connotaciones que presupone el valor de la excelencia, esa virtud que identifica a los mejores, y dado que el término se resiste a desaparecer del argot de los estudiantes de bachillerato, diríase que el mencionado valor es elemento constitutivo del por así decir subconsciente colectivo de la comunidad académica. Precisamente la noticia a la que quiero referirme tiene que ver con la excelencia, porque se produjo con ocasión de la entrega de un premio a un alumno de un instituto público (IES Ramiro de Maeztu de Madrid), hijo de profesores de instituto, concedido por sus excelentes calificaciones. Francisco Tomás y Valiente se llama el joven de diecinueve años que se atrevió a decirle a los responsables de la política educativa de la Comunidad de Madrid en el acto de entrega que –cito sus palabras– «la calidad educativa no puede reducirse a la excelencia académica. La calidad educativa comporta otro elemento esencial más allá de la excelencia académica, la equidad».  Nada mal, teniendo en cuenta que la comunidad madrileña bajo gobierno del PP, la que le ha concedido el premio, ha venido practicando desde hace más de una década una política más bien regresiva a este respecto. Bravo por el muchacho.
Según el psicólogo y teórico de la educación Kenneth Robinson (véase el video más abajo), la institución de la educación pública nace históricamente de un proceso político que trata de responder a la demanda de formación de los trabajadores  necesarios para atender las exigencias laborales de la revolución industrial, y bajo el paradigma académico basado en los principios de la ilustración de acuerdo a los cuales ante todo hay que potenciar las capacidades intelectuales y el conocimiento (incluido el técnico). Lo que José Antonio Marina llama «atrincheramiento cognitivo», y que denuncia como un defecto de los tests de inteligencia, se reconoce igualmente en el paradigma educativo que el citado Robinson juzga caduco. La inteligencia admirada, aún hoy, en el ámbito académico es la propia de una visión unidimensional que reduce esta facultad tan compleja a la mera inteligencia computacional o estructural, es decir, la capacidad cognitiva  relacionada con la elaboración de información a partir de información dada mediante la aplicación de determinados procedimientos algorítmicos. Dicho de otro modo: el alumno listo es el que sabe resolver con facilidad problemas de matemáticas; es el «cerebrito» o el «empollón», palabra esta última que equivale al sujeto capaz de absorber toda la información que se vierte en clase por parte del profesor y que contienen los libros de texto para reproducirla cuando le es requerido en el preceptivo examen. No el creativo, no el reflexivo, no el que maneja bien los aspectos emocionales de la vida y de las relaciones sociales.

Partiendo de este planteamiento, claro está que la excelencia que se premia en el acto arriba aludido tiene que ver con ese tipo de inteligencia, cuya cuantificación en forma de calificaciones queda reflejada en el expediente académico del estudiante. Por medio de este procedimiento la institución educativa cumple con uno de los fines que tiene asignado, aunque no reconocido explícitamente, pero que sin duda determina su actividad; se trata de clasificar, seleccionar (sorting) y, por ende, estandarizar. Ya se sabe: «el que vale, vale y el que no...». Esta función del mundo académico deja traslucir el sistema de valores de una sociedad al jerarquizar según qué estudios vinculándolos con según qué nivel de estatus. Un estudiante que decide en nuestro país estudiar el grado de ciencias de la educación (antiguo magisterio) no tendrá que conseguir una nota muy elevada en la llamada «selectividad»; pero –ay– el que desea cursar medicina o alguna ingeniería tendrá que hacerse con un buen expediente. Es sabido que en Finlandia, sin embargo, los estudios que conducen a ingresar en la carrera docente requieren esa excelencia, porque la docencia es socialmente muy valorada en ese país cuya educación –no por casualidad– obtiene magníficos resultados según todas las evaluaciones.
Dice el joven Tomás y Valiente en una entrevista televisada que «la equidad tiene que ser un principio rector de la educación pública», y que así lo establece nuestra constitución y la mismísima LOMCE. De las cinco acepciones de la palabra «equidad» que aparecen en el diccionario de la Real Academia (DRAE) la que mejor cuadra en este contexto  es la quinta, que reza así: «disposición del ánimo que mueve a dar a cada uno lo que se merece», y que es congruente con estas dos que uno se halla cuando busca en Google: «cualidad que consiste en dar a cada uno lo que se merece en función de sus méritos o condiciones» y «cualidad que consiste en no favorecer en el trato a una persona perjudicando a otra». Quiere decirse entonces que la equidad en la escuela pública tiene que materializarse en el establecimiento de todos los medios materiales, humanos, institucionales y procedimentales para que permitan el reconocimiento y lucimiento del verdadero mérito, el cual tiene que reconocerse siempre en conexión con las circunstancias concretas en las que se desenvuelve la vida del escolar. Si esto no es así, nos mantendremos sometidos al yugo del mito de la meritocracia, alimentado por esa élite privilegiada que parte en condiciones de ventaja económica, social y cultural, que suele estudiar en colegios y universidades privadas y que, generación tras generación, acceden a los nichos laborales más premiados en salario y en estatus. Flagrante injusticia (léase aquí).
Ciertamente sólo la educación pública puede desde la equidad erosionar el mito de la meritocracia. Lo expresa muy bien el economista francés Daniel Cohen en su libro titulado Homo economicus, el profeta (extraviado) de los nuevos tiempos con estas palabras: «La educación es un pasaporte para la vida, pero también aquello que tiende a reproducir de la manera más cruel las desigualdades de nacimiento. Nadie aceptaría que se dejase únicamente al arbitrio de las fuerzas del mercado. Los países donde la educación es más competente (...) no son en absoluto aquellos donde la cuota de gastos privados es la más importante. Finlandia, campeona del mundo en el éxito escolar, lo debe principalmente a una pedagogía innovadora, basada en la preocupación por el éxito de todos. La competencia entre alumnos e instituciones no es la solución para el éxito escolar».
Ken Robinson, en su libro Escuelas creativas, ve indiscutible la pérdida de poder del principio de equidad en las escuelas públicas. Ellas fueron durante mucho tiempo la vía de acceso a una vida próspera y plena al margen de la clase social o de las circunstancias de nacimiento (yo mismo doy fe de ello). Pero todos los datos de los últimos años apuntan a que las desigualdades sociales entre pobres y ricos han ido aumentando con el paso del tiempo.  En consecuencia, según destaca Robinson: «Para quienes viven en la pobreza la educación se está convirtiendo cada vez más en una carrera de obstáculos. A menudo, debido al mal empleo de los recursos, a las altas tasas de rotación laboral de los profesores y a los problemas sociales agravantes, las escuelas no son carreteras que conducen al éxito, sino callejones educativos sin salida. El movimiento de normalización no hace nada para abordar estas desigualdades; por el contrario, sólo consigue exacerbarlas». Ese movimiento de normalización, del que en nuestro caso es exponente la PEVAU, atenaza a la mayoría de sistemas de educación pública, haciendo tabula rasa de las desventajas de partida y ajustando a la misma norma la diversidad de condiciones de los estudiantes, fulminando así el principio de equidad supuestamente en aras de la excelencia (léase aquí).
Allí donde degenera la educación pública (el caso de la Comunidad de Madrid), el principio de equidad se resiente. Una muestra de hasta dónde puede llevar esto la ofrecen algunas universidades estadounidenses, especialmente las de la Ivy League –todas privadas, por supuesto–, que admiten estudiantes por la sola razón de que sus padres han donado una importantes suma de dinero a la universidad de turno; nada que ver con la excelencia. Como dice el Premio Nobel de Economía francés Jean Tirole en su libro La economía del bien común: «algunos padres muy ricos están dispuestos a desembolsar muchísimo dinero para «comprar» una admisión, para que sus hijos se diluyan en una masa de estudiantes muy brillantes y para que más tarde se beneficien de un diploma muy prestigioso». Este mismo economista advierte del riesgo que se corre de que la desigualdad vinculada al medio familiar y a la calidad de la educación aumente aún más.
La educación pública es una de esas instituciones imprescindibles para conciliar en la medida de lo posible el interés individual con el interés general. Es un instrumento necesario para la consecución del bien común. Si el interés de un individuo favorecido por las circunstancias familiares, sociales, económicas y culturales que le han tocado en suerte, puede ser la búsqueda de la excelencia en su vida académica, el de uno desfavorecido por la misma clase de circunstancias, será recibir un trato que corrija esa desventaja de inicio. Esta es la equidad a la que apela el joven ciudadano Francisco Tomás y Valiente cuando declara sencillamente como si de un axioma ético se tratase: «quien tiene más dificultades debe recibir más ayudas». Como estudiante de filosofía que es, posiblemente enuncia esta proposición  porque aplica el llamado «velo de ignorancia» incluido en la teoría de la justicia del filósofo John Rawls. El velo de ignorancia es un experimento intelectual por el que uno supone no haber nacido todavía y, por tanto, desconoce las cartas vitales que le va a repartir el azar; no sabe qué lugar ocupará en la sociedad, pues. Con esta premisa pregúntese: ¿en qué sociedad me gustaría vivir, dado que podría igualmente ser un hombre o una mujer, con buena o mala salud, ser el retoño de una familia acomodada o pobre, cultivada o poco instruida, sita en el ámbito rural o urbano, etc.?

10 de junio de 2018

Doscientos años de Frankenstein y cincuenta de 2001 (2ª entrega)

La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso.
F. W. Nietzsche: Así habló Zaratustra
El silencio eterno de los espacios infinitos me aterra, ¡cuántos reinos nos ignoran! (Blaise Pascal: Pensamientos)
Por José María Agüera Lorente

Con este texto quiero completar mi homenaje personal a dos obras que cumplen este mismo año aniversarios de esos redondos. De la primera ya hablé como hace un mes; se trata de Frankenstein o el moderno Prometeo, novela de la prematuramente genial Mary Shelley por primera vez publicada hace doscientos años. A la segunda, la película 2001: una odisea del espacio, dedicaré las líneas que siguen, como recuerdo y expresión de admiración en el cincuenta aniversario de su estreno.
Como la novela de Mary Shelley, la película de Stanley Kubrick encierra una ambición creativa portentosa. Seguramente por eso ambas tienen ese vínculo genealógico con el mito clásico –griego, para más señas– al que ya hice referencia en mi artículo dedicado a la primera de ellas. Del director de 2001 dijo el productivo George Lucas en 1977, cuando estrenó la ahora omnipresente Star Wars: «Ha hecho la película definitiva de ciencia ficción. Va a ser muy difícil hacer una mejor, incluso yo mismo». Aparte de apreciaciones que podríamos hacer sobre la autoestima como creador de quien declara algo así, resulta chocante su referencia a la ciencia ficción, género en el que parece incluir su propia saga cinematográfica, que de ciencia ficción tiene más bien poco. Este género, ya sea en su versión literaria o audiovisual, tiene como seña de identidad el protagonismo temático de la ciencia. No es el caso de La guerra de las galaxias, que casi tiene más esencia de tragedia shakespeariana con tintes políticos y pseudomísticos que de otra cosa. Digamos que esta serie de películas, ya desmadrada por su capacidad de generar beneficios económicos, en términos filosóficos es como esos libros de autoayuda que uno se encuentra en las tiendas de los aeropuertos; mientras que el clásico de Kubrick es la plasmación audiovisual de un sesudo tratado de metafísica.  No hay más que reparar en la representación del espacio cósmico que nos ofrecen las efectistas –por estar plagadas de efectos especiales– películas de La guerra de las galaxias y el que nos presenta 2001. El primero es un espacio empachado de planetas y cuerpos estelares de los más variopinto y abigarrado en el que apenas hay distancias y el silencio queda proscrito en una incesante algarabía de estruendosas explosiones de naves estelares y disparos láser que se imponen inverosímilmente a las leyes de la física que dictan el comportamiento del sonido en el vacío. Nada que ver con el inconmensurable espacio, un inhóspito escenario de densa y profunda negrura en el que reina un omnipresente silencio congruente con el realismo que dicta la verdadera ciencia, sobriamente trasladado a la pantalla por un director que se ve tiene vocación de respetarlo frente al que no se corta al sustituirlo por un rutilante espectáculo de feria.
Metafísica de la buena es la que respira la factura audiovisual de 2001: una odisea del espacio, es decir, de la que tiene sus raíces en el fértil suelo de las potencialidades filosóficas que ofrecen las más revolucionarias verdades científicas, las más sugestivas de las cuales pertenecen al ámbito de las cuestiones antropológica, cosmológica y de la esencia de la materia, a las que hay que añadir las que derivan de los progresos vertiginosos hechos en tiempo relativamente reciente en el territorio de las tecnologías de la computación y la inteligencia artificial (IA).
El amanecer del hombre, la primera parte del filme, es el reconocimiento cinematográfico del hecho evolutivo, de nuestro vínculo genealógico con las especies que nos precedieron en la génesis de la vida inteligente. Aquí hay dos secuencias a destacar a mi modo de ver: la primera de ellas es en la que aparece  el famoso monolito, un bloque ortoédrico negro de perfecta fatura y gran altura que emite extrañas vibraciones acústicas y que provoca cierta confusión y miedo en el grupo de primates que lo descubre. He aquí un objeto icónico que ha hecho correr ríos de tinta en un intento de desvelar su significado concreto en el argumento de la película; ¿es el vestigio de la intervención de entidades extraterrestres?, ¿es el mismo Dios creador?, ¿es «aquello» (lo que quiera que sea) que origina un gran progreso? Personalmente, me quedo con esta última sugerencia. Considero que su indefinición es congruente con la intención de Kubrick de articular un discurso audiovisual más abstracto que discursivo. En todo caso reconozco en el monolito el supuesto implícito de que la condición humana no es resultado sin más de una diferencia cuantitativa respecto de otras especies cercanas evolutivamente, sino que constituye un salto cualitativo, un no sé sabe muy bien qué, que hace al homo sapiens un ser singular más allá de lo que cabe en una mera diferencia de grado. Esta visión antropogénica se torna antropocósmica, es decir, el origen marca la diferencia que se refuerza mediante el apunte de un destino trascendente que ninguna otra especie puede compartir; el que nos convertirá en la conciencia a través de la cual el universo se pueda pensar a sí mismo.
Este es, pues, tema central en la película: la humanidad tiene un destino. No es la misma concepción teleológica de Teilhard de Chardin, en la que el ser humano no es protagonista, pero tampoco es la mecanicista de Jacques Monod según la cual el ser humano viene a ser un mero subproducto del azar (léase este mi artículo). Si el viaje evolutivo humano es llamado odisea, hay una  Ítaca a la que se busca llegar.
La otra secuencia de la mencionada primera parte del filme señala el medio imprescindible del que se ha servido nuestra especie para lanzarse al infinito piélago del espacio y el tiempo, la tecnología. A ella hemos recurrido para enseñorearnos frente al azar o los dioses, para hacernos con las riendas de nuestro destino. Como Prometeo –figura mítica ya evocada en Frankenstein–, Odiseo  (o Ulises) también es un personaje que en mitología griega es exponente de la inteligencia que marca la diferencia a favor de los seres humanos. La tecnología es su materialización, producto también de ese afán tan nuestro por no dejarnos sorprender por lo imprevisto. En la secuencia a la que nos referimos, el ancestral primate (Moon-watcher, según el relato inspirador de Arthur C. Clarke) lanza un hueso, que le ha servido de primitiva herramienta, al cielo, y por obra y gracia de la narrativa fílmica acaba ocupando su lugar en el plano una soberbia estación orbital que gira igual que el hueso, pero en órbita alrededor de la Tierra a ritmo del archiconocido vals El Danubio azul, de Johan Strauss.
Así se da inicio al capítulo de la historia en el que el ser humano abandona su cuna: «Misión Júpiter». El totem de geometría perfecta vuelve a aparecer, en la Luna, emitiendo las mismas extrañas vibraciones acústicas. El enigma que representa exige otro paso evolutivo a la humanidad, pero esta vez no biológico, sino existencial, aunque vinculado a la sofisticación tecnológica plasmada en el famoso superordenador HAL (las letras precedentes en el abecedario a IBM), profetizando de este modo el desafío que ha terminado por suponer el desarrollo tecnológico para nuestra propia identidad específica. En este asunto demuestra la película una vez más la lucidez de quienes la concibieron, rayana con el don de la profecía al apuntar el reto que puede suponer la así llamada inteligencia artificial (IA) fuerte para el devenir de la humanidad. HAL es el personaje mediante el que se pudo adelantar ficticiamente lo que ingenieros actuales como Raymond Kurzwel, de Google, han dado en llamar «Singularidad», consistente en ese salto cualitativo por mor del cual las máquinas superinteligentes serán capaces de mejorarse a sí mismas y de asumir el control de todo. Es la versión hi-tech de la criatura prometeica de Frankenstein. Y como en la novela de Mary Shelley, de nuevo nos encontramos con que el creador puede acabar siendo sometido por su criatura, la cual, al contrario que aquél, parece no estar sujeta a las limitaciones de poder que impone tener una conciencia moral. La tecnología como producto de nuestras potencialidades filogenéticas al tiempo que potenciadora y moldeadora de las mismas otorgándonos la facultad de orientar el propio proceso evolutivo; pero también la tecnología como poder alienante que acaba escapando a nuestro control.
«Júpiter y más allá del infinito», la última parte de 2001, constituye una experiencia audiovisual inefable; es la liberación de los condicionantes técnicos que, sin embargo, han permitido al hombre sobrevivir hasta este momento en la inmensidad del espacio. A través del personaje de Bowman, el astronauta, carente de dimensión biográfica para que represente a la genérica humanidad, rompemos amarras con el espacio y el tiempo y nos entregamos a nuestro destino como especie. De nuevo aparece el monolito como su símbolo, alineado en un sobrecogedor plano con Júpiter y sus satélites. Ya no hay palabras para describir qué puede suponer atravesar el umbral cósmico del autotrascendemiento de la especie. Las frases de Nietzsche de El Anticristo afloran a mi memoria al evocar tan alucinantes imágenes: «Una experiencia hecha de siete soledades. Oídos nuevos para música nueva; ojos nuevos para lo más lejano y una conciencia nueva para verdades que hasta ahora han permanecido mudas». En su libro 2001: la odisea continúa, el estudioso del cine Raúl Alda testimonia la influencia reconocida de la filosofía nietzscheana en el capítulo XIV, que lleva por título precisamente «2001 y Nietzsche». Aquí se llama la atención sobre la música con la que se abre la pantalla, portentoso Así habló Zaratustra de Richard Strauss. Con el título del poema sinfónico compuesto a finales del siglo XIX hay un reconocimiento explícito a la influencia de la obra homónima del filósofo alemán. A fin de cuentas en esta última parte de la película se plasma en imágenes voluntariamente ambiguas la revolución antropológica que implica la muerte de Dios que Nietzsche certificó con estas palabras de La gaya ciencia: «¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros le dimos muerte!(...) ¿La grandeza de este acto no es demasiado grande para nosotros? ¿Tendremos que convertirnos en dioses o al menos parecer dignos de los dioses?».

Parece que hay un cierto consenso en interpretar esa imagen tan impactante del llamado «Niño estelar», ese feto flotando ingrávido en el vacío cósmico, como un trasunto del Transhumano (del original Übermensch) o Superhombre de Nietzsche; es decir, de una nueva fase en la evolución de homo sapiens que rompería con los límites que sobre sus potencialidades impone una moral caduca y enfermiza. Es una exégesis plausible, tanto más cuanto que el mismo filósofo usa la imagen del niño en su Así habló Zaratustra cuando, con su característico lenguaje poético, describe cuál es el destino que ha de seguir la humanidad: «Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí».
2001: una odisea del espacio y Frankenstein o el moderno Prometeo son dos extraordinarias creaciones del espíritu humano unidas no sólo por la genialidad de sus creadores, sino también por que las inspira el mismo hálito de trascendencia que brota de las entrañas de nuestra especie, que se expresa nada más conformarse el pensamiento primigenio  de la humanidad a través del mito. Prometeo y Odiseo son personificaciones de la autoconsciencia y del vértigo que provoca nuestra singularidad en un universo por lo demás indiferente a ella, por mucho que la tecnología nos pueda generar la ilusión de lo contrario.  

3 de junio de 2018

Disquisiciones sobre ética a propósito de una moción de censura

En España no se ha secularizado aún la política. Aquí no se hace política; se hace teología. (Iñaki Gabilondo en A vivir que son dos días, Cadena SER, emisión de 2 de junio de 2018)
Por José María Agüera Lorente

En 1890 fue publicada por primera vez la novela El retrato de Dorian Gray del singular escritor irlandés Oscar Wilde. Antes de leerla conocí la historia que narra a través de su versión cinematográfica de 1945 dirigida por Albert Lewin. Yo era muy joven cuando la vi, emitida por televisión. Aunque eso fue hace ya varias décadas recuerdo que causó en mí una honda y desasosegante impresión. Luego he vuelto a verla ya leída la novela y he podido constatar que mi intenso recuerdo estaba justificado, pues se trata de una adaptación refinada y elegante que recoge lo esencial de su mensaje, así como la profundidad de la cuestión que plantea.
Por si el lector lo ignora o lo ha olvidado, diré escuetamente que la obra de Wilde es su manera de contarnos el archiconocido mito de la venta del alma al diablo. En este caso es un joven muy hermoso, Dorian Gray, quien, seducido por el discurso de un esteta amigo del pintor que le está haciendo un retrato, consiente implícitamente en que el tiempo no pase por él, sino por la plasmación pictórica de su persona. Lo que descubre el lector conforme avanza en la novela es que la imagen del lienzo no sólo es marcada por el natural deterioro que el envejecimiento nos causa a cada uno de nosotros, sino que en ella todo acto ejecutado por el modelo tomado para su ejecución deja una marca de depravación, puesto que Dorian Gray escoge una senda vital jalonada de acciones contrarias a los más elementales principios morales. Es decir, el retrato es la viva imagen de su alma, representada ésta como el trasunto moral de la conducta ejecutada por su cuerpo.
En esta historia hay mucho que rascar en términos filosóficos acerca de cuestiones de orden moral y metafísico. Hay bastantes pasajes en los que se atisba un soplo nietzscheano; por ejemplo este:
Y la belleza es una manifestación de genio; está incluso por encima del genio, puesto que no necesita explicación. Es uno de los grandes dones de la naturaleza, como la luz del sol, o la primavera, o el reflejo en aguas oscuras de esa concha de plata a la que llamamos luna. No admite discusión. Tiene un derecho divino de sabiduría. Convierte en príncipes a quienes la poseen. 
La sombra trágica de la muerte de Dios se vislumbra por momentos en la sugestiva novela. (Tampoco se pierda de vista que Nietzsche y Wilde eran coetáneos, falleciendo ambos relativamente jóvenes y no en buenas circunstancias en el 1900.)
Con todo, yo veo en el retrato del joven Gray la materialización estética de eso que el gran Aristóteles señaló como un elemento esencial de su concepción ética, a saber: la forja del carácter (moral). La palabra griega que escogió el estagirita para darle cuerpo a este concepto fue ethos (ἦθος); y como ocurrió con tantísimas de sus ocurrencias acabó marcando para siempre el devenir de la filosofía. Con la elección de ese término, en lo que a la reflexión sobre la conducta moral de las personas atañe, que ya para siempre se llamará ética. Nos dejó dicho el discípulo de Platón, tan crítico como se sabe con su maestro respecto de su visión en exceso intelectualista, que en lo referente a la vida práctica la clave consiste en lo que hacemos, en nuestras acciones. Es mediante éstas que nos vamos forjando una forma de ser, un carácter (un ethos). Resumiendo mucho, digamos que es la repetición de las buenas decisiones lo que genera en el hombre el hábito de comportarse adecuadamente; y en este hábito consiste la virtud para Aristóteles. El vicio es lo opuesto: la repetición de malas decisiones. Como griego, el genial filósofo no pierde de vista en ningún momento que esa formación  ética se da siempre en convivencia con los otros, en la polis. Se trata la educación del carácter (la Bildung, que dirían los alemanes) de algo natural para el individuo, porque es natural su sociabilidad. He aquí un rasgo idiosincrásico del ethos griego que encontramos igualmente en Platón y aún antes, como apunta Emilio Lledó:
Ese sentido y coherencia (refiréndose al ethos) no es nunca resultado efectivo del individuo que actúa como tal individuo. Una forma suprema de egoísmo que, al afirmarse a sí mismo, hiciese desaparecer al otro, es absolutamente imposible. (...) De esta lucha entre el individuo y el plasma colectivo en el que está sumido, surge el complejo organismo en el que se engarza la vida humana. De las tensiones que modulan el carácter de esa lucha, se harán lenguaje las primeras "recomendaciones" éticas que descubrimos en Homero y Hesíodo. (Véase el tomo I de la Historia de la ética de la que es editoria Victoria Camps.)
Habrá que asumir entonces que si hay un carácter individual tiene que haber asimismo uno colectivo. Siendo así, bien pudiera aplicarse una metáfora como el retrato de Dorian Gray para darle concreción poética. Algo así creo ver yo en un artículo de Víctor Pérez Díaz titulado Cambiar el modo de ser. Publicado hace ocho años creo que su contenido no ha perdido vigencia. Al igual que el artista del fantástico cuadro de la novela de Wilde plasma el alma del joven Gray, este sociólogo hace una semblanza  del carácter de la ciudadanía de este nuestro país en su texto. Coincide con Aristóteles en lo esencial de la visión de la ética al escribir: «El modo de ser, o el carácter, de un grupo social es el poso que queda de las costumbres, virtudes o vicios, que tenga». De ello depende –según cree– el que los individuos que lo integran puedan optar a una vida buena; y en esto vuelve a coincidir con los filósofos de la antigüedad.
Pues bien, el ethos de la sociedad española, a decir del profesor Pérez Díaz, está lejos de facilitar la consecución de esa clase de vida, fin natural de la existencia humana como ya señaló el eudemonismo aristotélico. Porque, según el retrato que nos aporta el sociólogo, este nuestro país no innova lo suficiente, cuenta con un tejido empresarial frágil, sus políticos se bloquean o se pierden en peleas internas, sus medios de comunicación producen demasiado ruido y sus gentes confían poco unas en otras. Padecemos, en definitiva, un «déficit de disposiciones virtuosas (de cultura moral vivida)», leemos en el citado artículo, «lo que se traduce en la fragilidad, la rigidez y el menor dinamismo de la economía, en el carácter derivativo de buena parte de la cultura, en la falta de ecuanimidad del debate público y en la mezcla de desconcierto y timidez de fondo con aires de ordeno y mando de tantas decisiones políticas». Es un cuadro para no sentirse orgullosos, ciertamente, pero no es el destino español, su fatum ineluctable, sino su ethos, y se puede cambiar; pues –recordemos la enseñanza del maestro Aristóteles– esa forma de ser conformada por vicios y virtudes es el resultado de nuestras acciones derivadas de las decisiones que tomamos.
El filósofo norteamericano Robert H. Kane aporta a la reflexión de inspiración aristotélica que hemos desarrollado un concepto de especial relevancia para entender el proceso de modificación de la forma de ser (carácter o ethos) de una sociedad. En su análisis de la decisión y la acción, este pensador contemporáneo se fija en esos momentos de indecisión durante los cuales la gente experimenta, por así decir, corrientes de voluntad contradictorias; desagradable situación en la que todos nos hemos encontrado en más de una ocasión en nuestras vidas. Entonces, cuando en esos momentos tomamos conscientemente una decisión y la ejecutamos, Kane dice que llevamos a cabo una self-forming action o acción autoformativa, es decir, una de esas acciones que forman nuestro carácter al modo aristotélico, que dará forma a nuestras elecciones, razonamientos y motivaciones futuras generadoras de nuestro comportamiento. Las acciones autoformativas constituyen puntos de inflexión éticamente relevantes, ya que a partir de ellas se establecen hábitos e intenciones sobre cuya base se actúa posteriormente de manera ya no tan reflexiva pero aún responsable. Si se pretende cambiar la forma de ser, en estas acciones autoformativas se encuentra la clave.
Percibo en lo ocurrido en estos últimos días en el Congreso de los Diputados un ejemplo de acción autoformativa, con todo lo que ello implica según lo ya expuesto. La moción de censura protagonizada por el señor Pedro Sánchez es un caso de decisión que supone un punto de inflexión respecto de lo que se supone que es nuestro ethos ciudadano, en el que por cierto confiaba el hasta hace unos días presidente del Gobierno, señor Rajoy; una forma de ser que parecía tener como uno de sus rasgos característicos un notable componente de indolencia frente a la corrupción. El voto favorable de la mayoría del Parlamento a la tal moción marca carácter y da esperanzas a quienes creemos que es compatible el progreso moral con la legítima lucha de intereses en la arena política.
Por cierto, que la forma en que ha prometido su cargo el flamante Presidente del gobierno, en ausencia de la parafernalia simbólica religiosa, es otro ejemplo de acción autoformativa con la que nos hemos saludado quienes somos favorables al laicismo. Ojalá que dentro de no mucho tiempo, cuando nos miremos en el retrato de Dorian Gray de nuestros paisanos, nos reconozcamos en una imagen bien mejorada de nosotros mismos como país democrático.

27 de mayo de 2018

Lucha de memes (o de educación, religión y valores)

«¿Es que hemos de tener sólo la codicia del bandido o la del ladrón? ¿Por qué no la del jardinero? ¡El gozo en el cultivo de los demás como en el cultivo de un jardín!.» (F. W. Nietzsche: Fragmentos póstumos
Por José MaríaAgüera Lorente
Leo en el boletín diario del Observatorio del laicismo la noticia publicada por La Crónica el 16 de mayo, cuyo titular reza así: «El presidente de la UCAM (Universidad Católica de Murcia): "No vamos a permitir la barbaridad de que gays y lesbianas den charlas en colegios"». Hay que precisar, porque dicho así da la impresión de que hablen de lo que hablen los homosexuales en un centro educativo estarían vetados para hacerlo; o sea, que un gay dando una charla, pongamos por caso, sobre los beneficios de la práctica de la calistenia no sería admisible para el señor presidente de la UCAM porque es homosexual. Pero –tranquilicémonos– esto no es lo que quiere decir. Dejemos que se explique; en el mismo texto de la noticia leemos una aclaración de lo que quiere decir proveniente de sus propios labios: «No tiene que venir ningún colectivo de fuera a hacer proselitismo de adoctrinamiento de lo que ellos piensen o crean; bajo ningún concepto». Acabáramos; es que vienen grupos de gais y lesbianas a lavarles el cerebro a los indefensos chiquillos para que se conviertan a la ideología LGTB –lo que quiera que sea eso– o, lo que es peor, para que abandonen su natural vida sexual hetero para abrazar las antinaturales conductas homosexuales; que las escuelas y los institutos no están para adoctrinar y hacer proselitismo, como debe de saber muy bien un católico como el señor don José Luis Mendoza, que a este nombre responde el citado. Su iglesia sí puede hacerlo –eso sí– como viene haciéndolo desde tiempo inmemorial; los profesores y profesoras de religión sí que pueden –y deben, faltaría más– adoctrinar en lo que ellos piensan y creen a los infantes y adolescentes desde su más tierna edad. Digo yo que porque esos docentes católicos no son «un colectivo que viene de fuera» y porque lo quieren los padres y la institución educativa lo consiente...  
Uno va curioso a la web de la asociación No te prives, el colectivo LGTB de Murcia que imparte las dichosas charlas, a ver si da con los indicios de ese diabólico plan de adoctrinamiento que se denuncia. Sin embargo tropieza con un programa educativo dirigido, principalmente, a «sensibilizar a la sociedad ante el problema de la lgtbfobia» y a «llevar a cabo una serie de acciones tendentes a impulsar la atención de la diversidad afectivo-sexual e identidad de género y en el fomento de valores entre los jóvenes». Ni rastro de objetivos que tengan que ver con el proselitismo del estilo de «qué guay es ser homosexual». Parece razonable que, en el contexto de una educación cívica acorde con un Estado democrático como dice ser el nuestro, una asociación perfectamente legal, pueda llevar a cabo campañas de fomento de conocimiento y respeto de minorías que se hallan en riesgo de sufrir las manifestaciones de rechazo de grupos intolerantes, siempre contando con la autorización debida de las instancias institucionales correspondientes. De igual manera que una asociación gitana puede acudir a centros educativos para hablar de su realidad y atajar la instalación de prejuicios en las mentes de los jóvenes en periodo de formación. Está bien establecido por la psicología que la mejor manera de modificar las creencias negativas sobre determinado colectivos es el trato directo con personas que forman parte de los mismos.
Pero dislates aparte, lo que este hecho evidencia es la lucha de valores que hace décadas no se daba en la sociedad española dada su homogeneidad y el imperio en el ámbito moral del sistema axiológico católico que todo lo dominaba, desde la educación, pasando por la salud hasta la política por supuesto. Usando la terminología de Richard Dawkins, diremos que los tradicionales adoctrinadores, los de verdad, los que siempre han hecho del proselitismo su principal actividad sin asomo ninguno de sonrojo y que hoy en día andan necesariamente más prudentes, no tienen más remedio que competir en la arena de la educación y de los medios en los que se fragua la opinión pública por hacer que sus memes sean los que se instalen en los cerebros de la mayor cantidad de ciudadanos posible y a la edad más temprana que se les permita. Es un empeño característico de todas las religiones e ideologías (nacionalismos, particularmente) el contar con una presencia temprana en la escuela, donde el niño asimila todo lo que se le dice sin oponer resistencia crítica alguna dada su edad, la necesidad de comprender y la autoridad con la que percibe a los padres y a los maestros, con los que es normal que le una un vínculo de afecto y de confianza.
El filósofo norteamericano Donald Davidson llamó «actitudes pro» a los valores considerados como actitudes positivas del agente; en ellas incluyó los valores tradicionales, los deseos, los caprichos, los fines y objetivos, las ideas morales, los principios estéticos y cualesquiera preferencias y tendencias. Toda instancia capaz de tener poder de influencia, control y/o manipulación sobre este conjunto de contenidos mentales tiene un resorte decisivo para orientar la conducta de los individuos. Se trata de colocarse en la mejor situación posible con el fin de instalar en los encéfalos el programa de fines ideológicamente definido de modo que resulte máximamente eficaz a la hora de que se concrete en los actos de las personas. Volviendo al concepto de meme, al igual que los genes expresan su poder a través de sus características fenotípicas, el meme (el valor, la creencia) tiene entre sus características fenotípicas esas acciones que lleva a cometer a quien lo tiene instalado en su cerebro. En este sentido hay memes más eficaces que otros por ser más fácilmente asimilables por nuestras estructuras psíquicas innatas de origen filogenético más primitivo. A este respecto la mezcla de sexualidad y religión da lugar a un cóctel altamente explosivo, es decir, de un alto efecto motivador. Seguramente nadie protestaría porque una asociación viniese a un colegio a montar un taller sobre reciclaje, a «adoctrinar» en lo relativo a hábitos de tratamiento de los residuos domésticos de acuerdo con ciertos valores ecologistas; pero, amigo, no me toques los valores asociados con el sexo y/o la religión.
El aludido presidente de la UCAM, don  José Luis Mendoza, dice –según se cita en la noticia referida– que el gobierno debe respetar «el derecho de los padres a educar a sus hijos en la fe que ellos profesan»; y añade: «soy católico y no quiero que estas personas le den educación a mis hijos o nietos». ¿Debe entenderse que educar en el fomento del respeto a la diversidad afectivo-sexual de manera que se prevengan conductas de rechazo a quienes no son heterosexuales va contra los valores de la moral católica? Sólo cabe una respuesta en buena lógica y no puede ser sino inquietante. En cualquier caso, las palabras del interfecto expresan una postura muy común en la forma de entender las relaciones en las por así decir jurisdicciones educativas de la familia, por un lado, y de la escuela por otro. ¿Ésta tiene que reproducir en su ámbito los valores que cada familia quiere inculcar a sus hijos respectivos? ¡Pero esto es imposible, sobre todo en sociedades como las nuestras actuales, heterogéneas en su ineludible multiculturalidad! Y tampoco es conveniente.
Entramos en una zona plagada de fricciones entre el espacio público de la educación como institución política, es decir, de vertebración del Estado, y el espacio privado de la familia, célula social que tiende, espontáneamente, a exigir la réplica de ciertos principios morales transmitidos de padres a hijos. Platón fue consciente de la problematicidad que dimana de la convivencia de esas dos estructuras de organización social y política. Por eso, en su República eliminó el problema arrebatando los neonatos a sus progenitores pasando a ser inmediatamente responsabilidad del Estado su crianza y educación. Queda liquidado así el contencioso de jurisdicción pedagógica entre la familia y el Estado. No estoy yo por la propuesta platónica desde luego, que tiene un innegable tufo totalitario; pero tampoco comparto la manera de enfocar el asunto que representa la postura enunciada por el Señor Mendoza. ¿De verdad los padres tienen irrestricto derecho a educar a todos sus vástagos en los valores que consideren los verdaderos? ¿Aunque esa educación vaya en contra de los principios de un Estado democrático, en contra de las verdades más indiscutibles, aunque de facto conlleve el secuestro de sus tiernas mentes?
Entendemos que unos buenos padres tienen que velar por la higiene de sus hijos, pero no parece que tengamos por motivo de censura que puedan contaminar sus mentes con creencias intelectualmente dañinas cuando no provocadoras de emociones tóxicas. Porque, para colmo de males, en nuestras democracias liberales todo eso quedaría cubierto bajo el resplandeciente eslogan de que «todas las opiniones son respetables», y cada padre y madre, por tanto, tendrá derecho a inculcárselas a su prole.
En su libro El espejismo de Dios, Richard Dawkins critica esa visión de los hijos como propiedad privada de sus padres, lo que les da el derecho de nutrir sus mentes con aquellas creencias que consideren válidas, las cuales en efecto pueden entrar en contradicción con los contenidos que les son enseñados en las escuelas, con el consiguiente conflicto de jurisdicciones pedagógicas ya aludido. En su argumentación Dawkins echa mano de un fragmento del discurso del psicólogo inglés Nicholas Humphrey cogido de su conferencia de Aministía Internacional en Oxford pronunciada en 1997. Lo reproduzco a continuación, porque creo que da en el clavo:
Los niños, sostengo, tienen el derecho humano de no ver sus mentes lisiadas por la exposición de las malas ideas de otras personas –sin importar quienes sean esas otras personas–. Los padres, por lo tanto, no tienen licencia divina para adoctrinar a sus hijos en la forma que ellos personalmente eligen: no tienen derecho a limitar el horizonte de conocimientos de sus hijos, criándolos en una atmósfera de dogma y superstición, o el derecho a insistir en que sigan los estrechos caminos de su propia fe.
Quiere decirse que, como propugna la concepción laicista de la educación, es el derecho exclusivo de los hijos decidir qué van a pensar, y no es el de sus progenitores imponérselo. Tal derecho debiera ser protegido por la escuela pública; es asunto no sujeto a discusión que esta institución tiene que proporcionar una educación en valores, los que contribuyen a mantener en buen estado la convivencia democrática de nuestras complejas y heterogéneas sociedades multiculturales en este mundo global. Otra cosa sería suicida; y si parece imposible de justificar racionalmente cuál de los sistemas de valores que compiten entre sí por ganar los nichos encefálicos de las personas que cohabitan en las comunidades políticas, podemos recurrir no obstante al laboratorio de las ciencias sociales que es la historia para constatar qué consecuencias se sigue efectivamente por actuar según qué sistemas de valores morales. Como advierte el mismo Richard Dawkins en el libro citado:
Nuestra sociedad, incluido el sector no religioso, ha aceptado la ridícula idea de que es normal y correcto adoctrinar a niños pequeños en la religión de sus padres y colocarles etiquetas religiosas –«niño católico», «niño protestante», «niño musulmán», «niño judío», etc.–, aunque no acepta otras etiquetas comparables: no se dice niño conservador, niño liberal, niño republicano, niño demócrata. Por favor, por favor, mejoren su conciencia acerca de esto y súbanse por las paredes cuando lo escuchen. Un niño no es un niño cristiano, ni un niño musulmán, sino un niño de padres cristianos o un niño de padres musulmanes.
Pero, eso sí, será un ciudadano que tendrá que convivir con otros ciudadanos de confesiones diversas, compartiendo un espacio político en el que todos tienen igual derecho a vivir sus vidas como ellos consideren que pueden hacerlas buenas. De aquí surgirán inevitablemente conflictos que tendrán que resolverse pacíficamente y en miras siempre al bien común. Una buena educación no puede perder de vista esa realidad ni un solo momento. De esto era muy consciente el filósofo norteamericano John Dewey cuando escribió su libro Democracia y educación, hace ya un siglo largo, como lo prueban estas palabras tomadas del mismo:
El punto a discutir en una teoría de los valores educativos es pues la unidad o integridad de la experiencia. (...), la cuestión de los valores y las normas de los valores es la cuestión moral de la organización de los intereses de la vida. (...) ¿Cómo pueden los intereses de la vida y los estudios que los refuerzan enriquecer la experiencia común de los hombres en lugar de separar a los hombres entre sí?.
No con actitudes como las del señor presidente de la Universidad Católica de Murcia, me atrevo a responder. A él y a tantos como él, padres y madres convencidos de la verdad de sus creencias y valores y de su derecho a inculcarlas en las mentes de sus vástagos, les recomiendo la lectura de un hermoso poema del autor libanés Gibran Khalil Gibran sobre los hijos que me conmueve por su belleza y lucidez. No se me ocurre mejor cierre para este modesto artículo que esta selección de sus estrofas:
Tus hijos no son tus hijos,
son hijos e hijas de la vida
deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti,
y aunque estén contigo,
no te pertenecen.
Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues
ellos tienen sus propios pensamientos.



21 de mayo de 2018

¿Por qué Perséfone se resiste a volver?


Cada año se celebra la llegada de la primavera con júbilo y alegría, pues nacen las plantas y los campos se llenan de flores y de colores. Quizá, tengamos que echar la vista atrás y entender que la llegada de la primavera va mucho más que el nacimiento de la naturaleza. Haciendo un breve recorrido por la mitología, Deméter es la diosa de la vida, de la agricultura y de la fertilidad. Descuidó sus deberes con la humanidad mientras buscaba a su hija Core (después se le llamó Perséfone cuando fue raptada por Hades), por lo que la tierra se heló y la humanidad pasó hambre: fue el primer invierno. Durante ese tiempo Deméter enseñó los secretos de la agricultura y los Misterios de la vida. Finalmente, se llegó a un acuerdo por el que Perséfone permanecería con Hades durante un tercio del año, omitiendo el otoño, y con su madre pasaría los restantes meses del año.
Su renacimiento es un símbolo del florecimiento de toda la vida vegetal durante la primavera y de toda la vida sobre la tierra. Lógicamente, detrás hay una gran carga espiritual, pues los Misterios sobre Deméter y Perséfone nacieron en la ciudad de Eleusis, cuna del misticismo griego. Para ampliar más información sobre el mito de Perséfone y Deméter os emplazo al siguiente enlace: los misterios de Eleusis.
Según la teoría, la primavera en el hemisferio norte del globo terráqueo empezó el martes, 20 de marzo, a las 17:15, hora peninsular. Pero, recuerdo que al asomarme por la ventana aquel martes arrancó con unos copos de nieves débiles, acompañado de frío. Ese día, Perséfone estaría resfriada, pensé para mí. A partir de ese día, los días han ido alternándose con sol, lluvia y frío.
El himno a Deméter, Hades, esposo de Perséfone, le dice: “Perséfone, debes volver con tu madre y que te vea contenta (..)”.

El mito es una realidad demasiado rica y compleja como para reducirla a una simple receta o a un cliché, a una única lectura. En la mayoría de los trabajos que tratan de interpretar el mito de Deméter y Perséfone hay aspectos interesantes; cada uno incide en detalles concretos y descubre nuevas facetas de extraordinario valor, aun cuando podamos considerar erróneo alguno de ellos. Hoy día, viendo el panorama de nuestra sociedad, voy a adaptar el mito a nuestro tiempo, sin perder la esencia. Por ejemplo, el cambio climático es evidente, pero desde el punto de vista metafísico se puede trascender otro mensaje: la mediocridad de la vida humana y su pobre y efímero tránsito por el mundo. Así, Deméter y Perséfone están acelerando nuestro aprendizaje sobre la tierra con un máster intensivo. El propósito de Deméter y Perséfone es, sin mayor dilación, el de enseñarnos que no podemos dar la espalda a la naturaleza y de no valorar la riqueza que hay alrededor nuestra. El resultado físico es palpable y a la vez una enseñanza, pues el cambio climático afecta a todas las regiones del mundo. Sólo hay que observar de qué manera se derriten los polos y la subida del nivel del mar; en otros lugares, los fenómenos meteorológicos son extremos con inundaciones cada vez más frecuentes; en otras zonas, se registran olas de calor y sequías. Es cierto que el hombre puede manipular cualquier objeto, incluso a personas, para alcanzar su egoísmo. También, el hombre piensa que puede manipular la naturaleza a su antojo. Esto último tiene unas gravísimas consecuencias, más de lo que podemos imaginar.

La primavera está siendo, desde el punto de vista meteorológico, muy inestable y con cambios bruscos de manera generalizada. Deméter está avisando, no es un castigo, pues nosotros formamos también parte de la naturaleza y del entramado del universo, y somos nosotros mismos los que lapidamos la esencia de la naturaleza.
Tengo que recordaros que los dioses son los garantes del orden del universo y es por ello que harán todo lo que estén en sus manos para restablecer el equilibrio y la armonía en nuestro mundo. Ellos tienen una máxima: la calamidad siempre se alterna con la prosperidad. Los dioses conocen perfectamente la desmesura del hombre y saben que la mano del hombre trae consigo la propia calamidad, sin que ellos muevan un ápice de sus pensamientos más elevados hacia nosotros.
En el himno de Deméter, Perséfone, al salir del Hades, hace brotar el fruto en los campos y la tierra, que antes era estéril, la convierte en un hermoso jardín. Pero Deméter, ahora, se ha quedado muda, incluso, junto con su madre, observa que el hombre está maltratando a la naturaleza ¡su propia naturaleza! siendo responsable de las lamentables y devastadoras consecuencias: sequías, huracanes, hambre, pobreza y destrucción. Pensábamos que los dioses “con sus caprichos inmorales” eran los culpables de la inestabilidad de la naturaleza. Estamos equivocados: la soberbia del hombre, la avaricia, el poder, el egoísmo de querer ser dioses, va camino de destruir la madre naturaleza siendo un reflejo de su mundo interior sobre la propia naturaleza. Es decir, todo lo que somos interiormente termina manifestándose.

Cicerón cuenta que «los Misterios nos dieron la vida, el alimento; enseñaron a las sociedades las costumbres y las leyes, enseñaron a los hombres a vivir como tales». Todo apunta a una experiencia tan breve como intensa, donde el aspirante a iniciación era introducido al «término» y al «comienzo» de la vida, a morir y renacer, purificando así su concepto de lo real y evitando, a toda costa, vivir en el espejismo de la vida, en un reflejo ilusorio, construido mentalmente por el propio hombre. El hombre, definitivamente, se ha soltado de la mano de la divinidad.
Como bien reflejaba Cicerón no sólo la naturaleza aporta los frutos de la vida, tan necesarios en nuestras vidas…hay algo mucho más elevado.

La enseñanza primera es que las apariencias están vacías y la verdad está por encima de las apariencias donde no existe la corrupción ni apego, ni tan siquiera objeto o sujeto. Nosotros vivimos en la versión más grosera de la naturaleza. Pero no solamente vivimos bajo este estrato de basura, sino que nos alimentamos de ella y estamos sedientos de querer más inmundicias y excrementos. La enseñanza segunda es que hay que aprender a valorar la esencia, pero sin aferrarse a la forma. Y, por último, vivimos en un mundo engañoso, siempre en la búsqueda de algo, siempre en las costumbres. Todos los fenómenos están vacíos, no contienen nada que valga la pena desear realmente. Deseamos un reflejo cuando podemos vivir la realidad con total plenitud. Así, por ejemplo, en los Misterios consagrados a Deméter y a Perséfone no se podría conocer la mente real mientras te engañabas a ti mismo. Por lo tanto, si te enredas con las formas carentes de la vida, si estás embelesado por las cosas inútiles de la vida, nunca serás libre. La base espiritual estaba clara y definida. ¿Cómo hemos ido retorciendo a nuestra propia naturaleza que ni Perséfone quiere volver?

Nosotros podemos moldear nuestra propia naturaleza a través de la mente y dirigirla hasta lo interior de lo más sagrado. Pero, ¿Por qué se veneran ilusiones nacidas de la mente? ¿Qué nos arrastra hasta lo más bajo? La génesis de nuestra naturaleza es pura, así como nuestra mente, pero la llenamos de basura para terminar materializando nuestros deseos en este mundo en el que padecemos y sufrimos. Todos los seres vivos comparten la misma naturaleza, que no es aparente (que no se ve) porque está envuelta por el pensamiento ilusorio. Somos Narcisos reflejándonos en nuestro propio engaño, viviendo una vida ilusoria, de contornos efímeros que van y vienen, y uno no sabe de quién se aleja de quién. Lo que estoy seguro es que nos hemos alejados de Deméter, cerrándole las puertas del Hades a Perséfone para que no vuelva. Y Deméter descarga su ira con las calamidades que vemos en la naturaleza cada día. Es decir, nos hemos hocicados en ignorar nuestras raíces, en arrinconar a los dioses, sepultarlos en lo más bajo y mísero de nuestro ser. Hemos renunciado a alinearnos con las fuerzas sutiles de la naturaleza, en trabajar en pro de un mundo mejor y en soterrar la herencia de nuestra cultura matriz. Es como si entráramos en un orfanato por nuestros propios pies y hemos decidido, unilateralmente, abandonar a nuestros padres y a nuestras madres. Asimismo, al abandonar nuestra herencia, también abandonamos el contacto directo con el alma donde una nube, densa y oscura, se instala en nuestra mente y el resultado final ya sabemos cuál es, pues no hace falta que os diga lo que podéis leer en la prensa de vuestra localidad. Mientras  la naturaleza humana no cambie, la naturaleza tampoco variará. De hecho, hemos sepultado en el Hades a Perséfone y la naturaleza está respondiendo severamente.

¿Es Perséfone la que se resiste a salir o somos nosotros que nos resistimos a que no salga? Así está Deméter, agitada es poco…

El hombre ignora y lo peor de todo quiere ignorar los propósitos divinos a pesar de que los vislumbre cada día. Además, el hombre continúa en su soberbia a oponerse a ellos de mil formas, plantando cara a la naturaleza, desafiando sus fuerzas cósmicas, alterando el equilibrio armónico establecido por la naturaleza, en un suicidio que va aumentando cada día más. Tan sólo hay que ver la irresponsabilidad del hombre en sus actos como estúpido y culpable. El hombre crea sus propias leyes y pasa por encima de ellas, pero también quiere torcer las íntimas y sagradas leyes de la naturaleza, sin saber que forma parte de un Todo, y que dañando el vínculo hombre-naturaleza se pierde a sí mismo y a la propia naturaleza. El desastre ecológico y hasta la misma destrucción del planeta no se quieren evitar, y a su vez, el hombre está borrando su lado espiritual, esa parte íntima y sagrada, única e irrepetible. Imaginaros un puente entre el universo y el hombre, una correspondencia que nos alimenta mutuamente. Pues bien, ese puente se ha descolgado y no se puede derivar los influjos astrológicos hacia nosotros. Esto se traduce, de manera muy simple, a que el hombre ya no puede determinar su propio destino. Nos hemos convertido, en suma, en la versión más burda de la naturaleza. La otra cara de la moneda, desde el punto de vista de los dioses, es clara y rotunda: si el hombre causara una destrucción de la naturaleza capaz de alterar los planes divinos previstos, las fuerzas sutiles o numens reaccionarían destruyendo todo lo que se opone a la realización de dichos designios, si fuera necesario hasta la eliminación de la raza humana física sobre la tierra, para poder restablecer, en un plazo de miles de años, el equilibrio natural original. Revisad las fuentes arqueológicas y observad cómo han ido desapareciendo civilizaciones enteras sobre la faz de la tierra y de qué manera el planeta ha ido cambiando constantemente. ¡No sería la primera vez!

Por eso a los griegos les resultaban de suma importancia conocer los misterios mayores, aquellos que persistían en conseguir un estado de equilibrio y manifestarlos en la propia naturaleza, determinando un progresivo desarrollo vital que se expresaba como un orden, prudencia, templanza y equilibrio. Para ellos, la llegada de Perséfone simbolizaba el renacer, la conexión con su madre Deméter a la armonización o sintonización que, bajo el concepto esotérico, es el AMOR. En otras palabras, nosotros, podemos participar, de una manera u otra, en emitir esas energías con el mundo exterior, a través de nuestro yo más sagrado.

Enlaces de interés sobre la misma temática:

13 de mayo de 2018

Trump, el Mesías del sionismo cristiano

«El cetro no se apartará de Judá, ni el bastón de mando de entre sus piernas, hasta que llegue aquel a quien le pertenece y a quien los pueblos deben obediencia». (Génesis 49:10)

Por José María Agüera Lorente

La noticia es que Trump anuncia que Estados Unidos abandona el pacto nuclear con Irán, restableciendo las sanciones económicas contra la república islámica. Fue uno de los mensajes promesa de su campaña, lanzado en 2016 en la convención anual de AIPAC (Comité de asuntos públicos EEUU-Israel) donde dijo: «Cuando sea presidente, los días en que los israelíes son tratados como ciudadanos de segunda clase habrán terminado (...) Os prometo que desmantelaré ese acuerdo». Nunca ha disimulado su postura proisraelí –a finales del año pasado reconoció a Jerusalén como capital de Israel– llegando a afirmar que no hay una «equivalencia moral» entre los israelíes y los palestinos, por lo que no concibe un proceso de paz en igualdad. No es de extrañar, pues, que la administración Trump diera en seguida por cierto el supuesto «plan secreto nuclear» iraní que el presidente Netanyahu denunció en comparecencia del pasado 30 de abril aportando pruebas cuando menos discutibles y, en ningún caso, capaces de demostrar su denuncia.
Ese compromiso moral del Presidente de los EEUU tiene un fundamento religioso que se halla inscrito en el imaginario colectivo de una parte significativa de la ciudadanía estadounidense. Cuando hablamos de aquello que conforma la identidad de una comunidad de individuos que se reconoce como nación no hay que perder de vista que en su núcleo siempre se halla el mito. Como animales mitogenéticos que somos por naturaleza la creencia en una genealogía que nos conecta con un origen que certifica nuestra superioridad moral es esencial para mantener inquebrantable la fe en un destino común que trasciende nuestra contingente existencia de seres mortales (léase a este respecto este mi ensayo). Seguramente sea el más ancestral –por efectivo– autoengaño colectivo. Religiones y nacionalismos compiten entre sí para ver cuál de sus múltiples y diversas versiones promete un más dichoso paraíso a cambio de un más heroico repertorio de luchas y sacrificios. Todas ellas contribuyen a la generación y mantenimiento de un clima ético que convierte en algo natural la asimetría moral entre un nosotros, siempre los merecedores de lo mejor, y un ellos, de los que siempre habrá que desconfiar. (De lo cual resulta espeluznantemente ilustrativo los tuits «objeto de arrepentimiento» del Señor Quim Torra).
¿Qué mito convierte la decisión de Trump con respecto a Irán en algo moralmente justificable ante sus votantes? Todos sabemos que Israel no podría tratar a sus vecinos como lo hace sin el apoyo incondicional de la superpotencia mundial; pero ¿qué fondo creencial sustenta ese apoyo más allá del derecho internacional y de los intereses geoestratégicos? En su libro La insensatez de los necios el profesor Robert Trivers señala al sionismo cristiano, un movimiento activo en los Estados Unidos de Norteamérica ya en 1810, antes de que  naciera el sionismo judío en la década de 1880. Como tantos rasgos constitutivos de la idiosincrasia norteamericana tiene su origen en la Europa del siglo XVI. «Se trata de un movimiento –nos explica Trivers– que ha sufrido diversas mutaciones pero su puntal es la Biblia y una historia compartida de expansión y limpieza étnica sacralizada como la voluntad de Dios». El escritor Hermann Melville lo sintetizó en unas frases que expresan una creencia que a buen seguro se trasluce en la conducta histórica de su patria: «El pueblo estadounidense es especial, es el pueblo elegido: el Israel de nuestra época; somos los depositarios del arca de las libertades del mundo».
El vínculo sagrado entre Israel y Norteamérica es la Biblia, claro está, texto en el que se celebra el genocidio de pueblos vecinos, se anima a la ocupación de nuevas tierras; todo lo cual se justifica moralmente mediante la evidencia de la superioridad racial de los ocupantes. No hace falta decir que todo esto ya valió a los pioneros norteamericanos para perpetrar el genocidio indoamericano. En fin, un credo compartido, que se basa nada menos que en la palabra de Dios, que elimina toda razón de censura a lo que ahora los israelíes ejecutan en suelo palestino.
Fue en 1891 cuando cuatrocientas personas firmaron una petición elevada luego al presidente norteamericano Benjamin Harrison para que ejerciera su influencia a fin de que el Imperio Otomano devolviese Palestina a los judíos.  Los firmantes eran todos cristianos; todos integrantes de las élites política, periodística, económica y clerical, deseando devolver la tierra prometida al pueblo que perdió su condición de elegido por Dios, pues no supo reconocer en su momento al verdadero Mesías. Aquí cabría llamar la atención sobre una cierta ambigüedad del sionismo cristiano en la motivación de su interés por el retorno del pueblo hebreo a su cuna bíblica, ya que para sus seguidores siempre fue deseable tener la menor cantidad de judíos a su alrededor. En ello incide el filósofo Sam Harris desde la perspectiva actual en su libro El fin de la fe cuando dice: «La política  estadounidense en Oriente Medio se ha visto mediatizada durante muchos años por los intereses que tienen los cristianos fundamentalistas en el futuro de un estado judío. El "apoyo a Israel" cristiano es, de hecho, un ejemplo de cinismo religioso en nuestro discurso político, tan trascendental como casi invisible. Los fundamentalistas cristianos apoyan a Israel porque creen que la consolidación del poder judío en Tierra Santa –concretamente, la reconstrucción del templo de Salomón– propiciará la segunda venida de Jesucristo y con ella la destrucción final de los judíos».
Justamente ahora en mayo de este año se cumple setenta años de la declaración unilateral del Estado de Israel, lo que supuso la burla del plan inicialmente aprobado por la ONU para la partición de Palestina. A partir de aquí se inicia el conflicto palestino-israelí y décadas de guerra y actos terroristas, todo ello acompañado de un proceso de limpieza étnica que ha permitido a los israelíes la conformación de un Estado en gran medida homogéneo, con un territorio 50% más grande que el previsto en un principio por el organismo internacional. Pues bien, la creación de este país al margen del consenso y casi que del sentido común fue tomada como empeño personal por un sionista cristiano, el presidente estadounidense Harry Truman. Él fue quien, después de la Segunda Guerra Mundial, en contra del criterio de su propio Departamento de Estado y en contra de la potencia colonial de la zona, Gran Bretaña –que aportó bastante al desbarajuste inicial–, trabajó incansablemente para lograr la creación del Estado de Israel. Tenía que cumplirse la palabra de la Biblia, supuesto que del texto sagrado no cabía según Truman interpretación que no fuese la literal, y el Antiguo Testamento decía que los judíos debían estar en Israel.
Esa preocupación por Israel constituye una seña de identidad de la política internacional de EEUU. En su libro El futuro es un pais extraño, Josep Fontana denomina el tema de Irán con estas palabras: «un proyecto de guerra para el futuro». En él destaca la ciberguerra emprendida por Estados Unidos e Israel, conocida como «Olympic Games», «que empleaba un virus, Stuxnet, capaz de interferir en las centrifugadoras empleadas para el enriquecimiento de uranio, y de destruirlas en la práctica». Sin embargo, el antiguo secretario de Defensa Robert Gates considera que una guerra con Irán «sería una catástrofe», mientras que no son muchos los que se dan cuenta de la irracionalidad que supone considerar que un arma nuclear iraní, desarrollada para defender al régimen de un ataque exterior, se deba tomar como una amenaza mundial. Como dijo Ahmadinejad: «¿Quién sería tan insensato como para combatir contra 5000 bombas norteamericanas con una sola bomba?». Pero Israel se siente amenazado.
El sionismo cristiano es parte constitutiva de la concepción teológica de la historia que para Georges Corm convierte a Occidente en una «mitideología», según defiende en su libro titulado Europa y el mito de Occidente. Dentro de esta concepción, que dota de una identidad homogénea a la civilización que tuvo su cuna en las antiguas Grecia y Roma, el Estado de Israel es un esqueje supuestamente de  la modernnidad y la ilustración injertado en medio de un entorno islamofascista, la única democracia consolidada de la región según la aparente percepción de los líderes del antaño autoproclamado «mundo libre». Como advierte el profesor Corm, muy atinadamente a mi modesto entender: «A pesar de la vitalidad del pensamiento crítico, moral, ético y político tanto en Europa como en Estados Unidos, el mundo de los responsables políticos a ambos lados del Atlántico parece afectado de autismo, tanto más narcisista y arrogante  cuanto que el pensamiento está aquí afectado de anemia y de entropía, lo que engendra esta retórica a la vez vacía, obsesiva y agresiva. Por ello la paz del mundo nunca ha sido de nuevo más frágil». Esperemos que estas palabras, que fueron escritas antes del advenimiento de Trump y que expresan un temor fundamentado, tengan que ser matizadas si se confirman esos indicios de rebelión de Europa con respecto a la ruptura del acuerdo con Irán.
Con la decisión del presidente estadounidense se ha dado un paso más en la senda histórica de irracionalidad aquí expuesta. Ahora el sionismo cristiano tiene su Mesías posmoderno, un magnate de la globalización económica que en su fulgurante carrera política utiliza como combustible los más añejos prejuicios tribales. Los designios del Señor son siempre inescrutables.

7 de mayo de 2018

Destino Vs Libre Albedrío


El pasado 28 de abril en el Teatro Auditorio Roquetas de Mar (Almería) la compañía teatral “Miseria y Hambre Producciones” representó el mito de “Eco y Narciso” de Pedro Calderón de la Barca. Calderón recoge una versión de “Eco y Narciso” narrada por Ovidio, dejando a la posteridad uno de sus dramas mitológicos más hermosos y sugestivos. En esta versión mitológica, Calderón reescribe el mito de una manera delicada, sensible y bella, manteniendo a su vez  la esencia del mito de Ovidio: la reflexión que trasciende de lo que somos y lo que reflejamos ser.
Sin la conjunción de los dioses olímpicos sobre el escenario, pues Calderón se centra en el triángulo Eco, Narciso y Liríope (madre de Narciso), el autor da un giro limpio y muestra, de manera magistral, cómo la apariencia oculta la verdadera esencia. No es casualidad la ausencia de Zeus y Hera, pues Calderón de la Barca poseía estudios religiosos (Teología y Derecho Canónico) y estos los reflejó por ejemplo, con su talento natural, en crear autos sacramentales, género teatral con una gran carga de simbologías teológicas. Pero es en el campo de la mitología cuando el autor saca a relucir dramas filosóficos o teológicos, a veces influido por el neoplatonismo. Calderón de la Barca le da mucho valor en sus obras al significado profundo de la luz y la oscuridad, la superficialidad y la interioridad;  la realidad y el espejismo; el  irrealismo de un mundo idealizado y opuesto a la esencia misma del ser.  El autor da un cambio de rumbo o de punto de vista al mito, pues los mitos, según su sentido oculto, tratan de dos temas: la causa primera de la vida (la metafísica) y el comportamiento sensato de la vida (lo ético). El autor destaca la línea de lo que es ético y moral, el sentido de la vida, lo que realmente es importante, eliminando aquellas barreras ilusorias y mentales que acaban engullendo al hombre con su peor fobia.
Hay que subrayar que sin la participación de Zeus y Hera el espectador observa que la culpa del trágico desenlace entre Eco y Narciso recae sobre Liríope, madre de Narciso. Es la madre, desde el día del nacimiento de su hijo Narciso, la que modela e influye directamente en la personalidad de Narciso. La tragedia se va mascando desde el comienzo de la obra, pues la relación madre-hijo es conflictiva e irreparable, pues la madre se enfrenta a un impulsivo, joven y enamorado Narciso. Es la propia Liríope la que arrastra a su hijo a conocer sus debilidades, sus temores, sus miedos, a encerrarse en una burbuja y vivir una vida irreal y carente de valores. Ese vacío interior de Narciso es el punto más álgido de la obra, pues Narciso acaba consumiéndose hasta que muere. Liríope queda marcada, pues es la responsable del proceso involutivo de Narciso. Desde la perspectiva de la obra de Ovidio, la esencia es la misma, sin embargo los protagonistas sobre el escenario son Zeus y principalmente Hera, pues es la diosa la que teje una maldición para que el amor de Eco y Narciso nunca llegue a fraguarse y  Eco terminase sus días consumida y extenuada por el dolor y la tristeza.  La relación de amor de Narciso y Eco es derrotada por fuerzas superiores a ellos, fuerzas cuya comprensión íntegra no está a su alcance, ni mucho menos se puede vencer por la pasión de ambos.
Hay que destacar que esta visión humana, ese desenlace trágico y abismal no desemboca en el total pesimismo, sino que conlleva la existencia de un orden y un equilibrio superior, pues los dioses son los garantes del orden del universo y por encima de ellos sólo los dominan el destino, pues el hado de Narciso ya estaba escrito desde el día de su nacimiento, pues el adivino Tiresias así lo predijo.

La muerte de Narciso es inevitable en ambas versiones, pero  con Calderón hay un ingrediente que cambia con respecto a Ovidio: el libre albedrío.  El arte español del Barroco, una de las más altas expresiones de nuestra historia cultural es un arte contrarreformista, y su máximo representante es Calderón. Pues bien, si hay un tema que sea importante para los teólogos en el siglo XVII es sin duda la cuestión del libre albedrío. La madre de Narciso, sabiendo lo que el adivino Tiresias le alertó (que tendría una larga vida si no se contemplaba a sí mismo) decidió señalar el camino de su hijo, según sus criterios como buena madre. Su elección y no la decisión de los caprichosos dioses, es lo que marca el trágico final de la obra.
El problema doctrinal era importantísimo en la época de Calderón, pues sostenía que Dios quería que todos los hombres se salvaran, y que a todos les dieran la gracia necesaria para conseguirlo, y el único camino era realizando buenas obras, usando correctamente la libertad que les ha sido dada. En síntesis, Ovidio presenta, por un lado, la predestinación, el destino como fuerza superior a los dioses y al hombre limitado y, por otro lado, Calderón expone el libre albedrío y la libertad.
Para concluir, debo subrayar, a todo esto, que, bajo la dirección de Miseria y Hambre y a su elenco de artistas, el trabajo es sobresaliente. Una obra con mucha enjundia y cargada de mensajes que hoy día están muy vigente en nuestras vidas.