23 de abril de 2017

«Agrupémonos todos...»: globalización, identidad y política


Por José María Agüera Lorente

En un texto que publiqué en este mismo blog hace más de un mes reflexionaba sobre lo que Mario Bunge ha llamado «la derechización de la política». Recordaba elementos de la coyuntura política internacional que demostraban que su apreciación no era meramente subjetiva, y que tenía sustento en los hechos objetivos (léase aquí). En estos días, sin ir más lejos, cruzamos los dedos para que Marie Le Pen no gane las elecciones francesas. Repito lo que entonces escribí estando de acuerdo en lo esencial con lo que ha publicado J. L. Ferreira sobre la socialdemocracia: malos tiempos para la izquierda en general y para la socialdemocracia en particular.
En ese aludido texto sugería como hipótesis explicativa de este desvanecimiento de la izquierda, la vigencia de un nuevo paradigma ideológico, cuyo advenimiento cabe atribuir al menos en parte a la profecía autocumplida del final de la historia, la cual parece haber sido asumida como propia por el pensamiento político de signo progresista. Ahora quiero reparar en otro ingrediente aportado por lo acontecido en las últimas décadas y que compite en el ecosistema de la opinión pública por convertirse en factor determinante de las preocupaciones y las decisiones políticas que ha de tomar la ciudadanía de los países democráticos en la actualidad. Me refiero a la cuestión de la identidad.
Hay señales de un tiempo a esta parte que evidencian que la susodicha cuestión se ha visto exacerbada como reacción al proceso de globalización. Éste conlleva una cierta abstracción, aligeramiento  y estandarización  de los elementos que aspiran a mercantilizarse para así entrar en el circuito veloz de la aldea global. En este proceso las identidades corren el riesgo de diluirse, pues su peso simbólico es incompatible con la aceleración que exige el susodicho proceso. En esta línea iba el diagnóstico que exponía el escritor Vicente Verdú en un artículo publicado hace veinte años, en el que, tras identificar la globalización con el imperio de las marcas multinacionales, sentenciaba: «Pero la marca no es, en realidad, nada o casi nada; los pueblos son cada vez más iguales, adoptan el mismo sistema capitalista, los mismos valores, se fijan las mismas metas; sus características las normaliza cualquier estadística del Banco Mundial o cualquier otro organismo superior de cálculo omnipotente». Así, todos los rasgos que deberían marcar las diferencias se tornan homologables, lo que conlleva el ocaso de la especificidad. El título del artículo era, precisamente, «El fin de la identidad».
No es mal diagnóstico de lo que ciertamente es un efecto colateral de la globalización. Ahora bien, desde la publicación del texto de Vicente Verdú cabe reconocer la existencia de una deriva que, a modo de reacción a lo expuesto, diríase que pretende resucitar las identidades en peligro de extinción. Hace año y medio publicaba el periodista John Carlin un artículo en el que se planteaba la siguiente pregunta: «¿Qué tienen en común Podemos en España, el nuevo laborismo de Jeremy Corbin en Reino Unido, el Frente Nacional en Francia, el independentismo catalán y el Estado Islámico?». La respuesta ya la habría dado Jeremy Barber, un profesor de Ciencias Políticas, en un libro publicado allá por 1995  bajo el título de «Yihad versus Mcmundo» (mismo título del artículo), en el que identifica al tribalismo como la fuerza que, junto con la globalización, estaría remodelando el mundo desde hace décadas. Todos los antes mencionados en la pregunta son formas de expresión de una rebelión contra el «capitalismo cosmopolita», cuyo único dios es el mercado; la tangible y dolorida carne de la tribu contra el insensible y etéreo fantasma del capital. Barber se muestra muy seguro a decir de Carlin respecto del vínculo causal que existe entre los polos que componen este vínculo dialéctico, ya que ambos se retroalimentan mutuamente.
Prueba de este potente movimiento de acción y reacción es la actual tensión disgregadora a la que se halla sometida la Unión Europea como institución democrática mundial, de la que el tan mediáticamente sobado «Brexit» es traumática manifestación, y que ejemplifica muy bien el poder de atracción política del polo identitario (léase aquí para más detalle). Todo ello sería consecuencia del carácter antidemocrático de las instituciones financieras y de la corrupción de las instituciones políticas. Así lo perciben muchos ciudadanos, que padecen una sensación de incertidumbre, indefensión, soledad y temor, y que creen que con la vuelta al Estado-nación tradicional sus problemas pueden tener solución. Paradójicamente, mientras que hoy por hoy la integración de los países que conforman la UE se tiene por potencialmente peligrosa para la identidad nacional y cultural de cada país miembro, se valora como necesidad innegociable la integración de las minorías inmigrantes con la consiguiente merma de sus respectivas identidades en la atmósfera cultural dominante en cada una de las comunidades políticas que componen Europa.
Por otro lado y al mismo tiempo, los inmigrantes provenientes por obra y gracia de la globalización del ámbito cultural musulmán pasan de un mundo de valores muy fijos y sólidamente jerarquizados a otro occidental que para ellos carece de identidades comprensibles. No es raro entre ellos, pues, un cierto desconcierto ante las libertades europeas, el relativismo moral, la igualdad de género, el hedonismo... Desconcierto que el salafismo aprovecha para captar a los menesterosos de referentes identitarios fuertes que un marco religioso rígido nunca falla en proporcionar. Esa menesterosidad se agudiza en el caso de los hijos y nietos de esos inmigrantes que, en muchos casos, son fácilmente captados por quienes tienen un discurso bien trabado que les proporciona  una identidad capaz de calmar su angustia existencial. De esta forma, la identidad se convierte para todos, «propios» y «extraños», en un tema central en torno al que gira directa o indirectamente el debate político.
Los procesos expuestos retroalimentan y se ven retroalimentados por esa incertidumbre que embarga a gran parte de los llamémosles europeos autóctonos. Sociólogos como Ulrich Beck y Anthony Giddens han escrito extensamente sobre el acelerado ritmo del cambio social en las sociedades tardomodernas; sin embargo, es Richard Sennett quien habla abiertamente de una crisis de carácter en su obra titulada «La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo». Otro efecto de la globalización que atenta precisamente contra el sentido de identidad del ciudadano. En efecto, según argumenta este sociólogo, en la vieja economía cabía un compromiso sostenido, predecible y habitualmente vitalicio con un puesto de trabajo, que constituía en gran medida el núcleo definitorio de la identidad del individuo, y que definía significativamente su ideología e intereses políticos. Sin embargo, el trabajo en la era de la globalización es fragmentado, inseguro, estresante e impredecible. Así lo manda el capitalismo flexible que ha establecido como principio la negación del largo plazo, con la consiguiente destrucción de una de las bases tradicionales de formación de identidades sustentadoras. Ello genera inevitablemente un malestar existencial por cuanto desaparece un lugar donde afianzar un significado para la vida, pues ese trabajo era fuente de estatus, dignidad y desarrollo personal. Sennett ve a la población activa cada vez más perdida, carente de una estructura sólida de relaciones sociales que sirvan de núcleo para una identidad social sustentadora.
No puede ser, entonces, la clase social como lo fue durante más de un siglo el ancla que sujete el sentido de identidad del ciudadano cuando éste se ve sometido a los inmisericordes embates de la globalización. Se diría que sólo se avistan en el horizonte los aparentes puertos seguros de la religión y la nación, y no, desde luego, el «agrupémonos todos en la lucha final; el género humano es la internacional» de la utopía emancipadora de la izquierda; tenida ahora por más utópica que nunca. Ésta no puede por menos que hallarse desorientada, desdibujado su mensaje histórico en un contexto de choque de civilizaciones, en el que la lucha ya no es de clases ni por la justicia universal que trasciende los muros de las fronteras. Muy al contrario, hoy son bastantes los peticionarios entre la ciudadanía europea que reclaman a sus gobiernos que levanten los muros, en especial los «perdedores» de la globalización. Así se fomenta la práctica de la hipocresía institucional y se impulsa medidas que chocan con el Estado de Derecho, agreden los valores en los que se basa y también su compromiso con los derechos humanos más elementales.
El ideal de la emancipación se dirime en nuestros días contra una estructura supranacional, ya sea el Reino Unido de la Gran Bretaña frente a la Unión Europea o Cataluña frente a España. Es el reflejo tribal el que se activa ante el alienígena que igual que en esas películas terroríficas de invasiones de ultracuerpos nos quiere arrebatar nuestro sacrosanto espíritu de comunidad, con el que cada uno se siente identificado. Es también, inconscientemente, una pelea metafísica de esencias. Así, no es de extrañar que en las elecciones a la presidencia de la República Francesa  los asuntos sobre los cuales decide el voto ciudadano tienen que ver con la protección de la identidad nacional y del mercado local. El abandono de Francia de la Unión Europea no es ya tabú, sino todo lo contrario: está en la agenda política, siendo la tradicional derecha política la que más rédito electoral puede obtener dado que en su discurso nunca han estado del todo ausentes unas gotas de identidad nacional y de rechazo a los de fuera. Tampoco es rara la apelación a la religión, de facto refugio sacralizador del ser de los pueblos. Hoy por hoy, para muchos de los europeos sea cual sea su credo religioso o político, la ideología es la identidad.

Las ideas y el fanatismo


José Luis Ferreira

Cualquier idea es susceptible de ser usada por un fanático, pero algunas ideas se dejan usar mejor que otras. Las ideas que tienden a enfatizar la división entre "nosotros" y "ellos" son de las que se dejan usar fácilmente, pero no son las únicas. Las ideas de la razón se dejan manipular menos, pero tampoco son libre de serlo y sus sueños pueden producir monstruos.

Si defiendes una idea que se deja usar fácilmente por los fanáticos, o bien no es una buena idea o, si lo es, es tu responsabilidad moral rodear esa idea de otras que eviten su mal uso, denunciar sus abusos y renunciar a cualquier beneficio que pudieras tener por las acciones de los fanáticos.

Por ejemplo, la idea de la selección natural de Darwin ha sido fácilmente usada (manipulada, pero usada) para justificar el statu quo social, en el que los que mejor viven son los que han sabido o podido adaptarse mejor. Nada de eso está en la Teoría de la Evolución de Darwin, pero el abuso de las analogías hace necesario desmarcarse de esas interpretaciones. Ya lo hizo el propio Darwin.

Sí, se puede considerar injusto que uno tenga que perder tiempo en explicar que no dice lo que no dice, pero es un coste que debemos pagar por vivir en una sociedad imperfecta, donde la comunicación y las entendederas de la gente son imperfectas. Tampoco es que tengamos que defendernos todos los días y con todas las energías, pero sí lo suficientemente como para poder documentar nuestra postura y dar con ella en las narices a quien quiera insinuar lo contrario.

Nacionalistas, izquierdistas, derechistas, ecologistas, religiosos, futboleros y demás, todos tienen sus versiones fanáticas. Todos ellos deben denunciar la ideología fanática de sus extremistas. La medida que efectivamente lo puedan hacer y lo hagan será también la medida con la que valorar si su ideología es respetable para convivir con ella en la sociedad.

16 de abril de 2017

La socialdemocracia real (y 2)

José Luis Ferreira

Tras la exposición en la entrada anterior de los aspectos más relevantes de la Socialdemocracia en general y en Suecia en particular, expongo unas cuantas reflexiones.



Gasto social como porcentaje del PIB en 2013

La Socialdemocracia ha sido hasta ahora una de las alternativas al modelo capitalista más partidario de la menor intervención del Estado. Se basa en un visión liberal del socialismo, sin nacionalizaciones absurdas, con mucha libertad en el sector privado de la economía y con mucho control y uso responsable en la parte pública. Sobre este modelo se han dicho muchas cosas. En su día, Hayek pensó que llevaría a una restricción inadmisible de las libertades y se equivocó. Los partidos de izquierda en la órbita de las ideologías comunista o socialista más radical siempre han acusado a la Socialdemocracia de ser una simple gestora del Capitalismo. Su acusación ha ido perdiendo simpatizantes a medida que transcurría el siglo 20 y se mostraba la prosperidad e igualdad de los países nórdicos y a medida que pasaba el tiempo y esas ideologías eran incapaces de mostrar la más mínima evidencia teórica o empírica de que tenían una alternativa mejor. Todas las veces que se intentaron esas alternativas se llegó a un fracaso estrepitoso. Incluso si se aceptan sus excusas ad hoc para explicar los fracasos siguen sin tener evidencias favorables a sus alternativas.

Con la crisis reciente creció el debate ideológico: que si el fin del capitalismo, que si el sector financiero se ha comido al sector productivo, que si hacen falta nuevas alternativas o que si la izquierda moderada se ha vendido al neoliberalismo. Alberto Garzón, de Izquierda Unida, por ejemplo, ha incidido en esta idea (aquí dice que a la Socialdemocracia le quedan diez años), lo que no deja de ser curioso, puesto que en su libro Hay Alternativas, con Torres y Navarro, las alternativas realistas (las que muestran evidencias de ser posibles) son aquellas en las que quieren imitar el modelo nórdico.

Al lado de esta crítica está la idea de añorar la Socialdemocracia de los años 80 (Palme en Suecia y Mitterrand en Francia, p.e.) y decir que esa era la buena y que la actual es lo mismo que el neoliberalismo. A esto se apuntan el propio Garzón (aquí, por ejemplo), que parece que se apunta a todas y, para sorpresa de muchos visto el programa que había presentado en las europeas, también Podemos. No hay, sin embargo, en las políticas económicas que funcionaron bien en los gobiernos socialdemócratas de esa época nada radicalmente distinto de lo que hay hoy en día. Sí había, tal vez, unas creencias en algunas propuestas que, o bien no se llevaron a la práctica y, por tanto, no puede decirse que funcionaran o sí se llevaron, pero no funcionaron.

Por ejemplo, una de las medidas más alejadas de la Socialdemocracia actual y una que está en el debate actual de alguna izquierda fue la nacionalización de la banca llevada a cabo por Mitterrand. Esa medida fracasó en una Francia que, recordemos, es seguramente el país con mayor y mejor experiencia en todo el mundo en la gestión de empresas públicas. Por su parte, en Suecia, las intervenciones en los mercados que se produjeron en esos años limitaron su crecimiento. La renta per cápita, que era la cuarta del mundo, cayó muchos puestos. Los salarios apenas crecieron un 1% hasta la crisis monetaria de los 90 que, cuando llegó, pilló a Suecia en muy mala situación para afrontarla. Tras eliminar esas medidas los salarios crecieron un 35% en una década y Suecia ha campeado la crisis actual como ya quisieran muchos. Y sigue siendo una Socialdemocracia.

Esto es lo que tenemos en las sociedades prósperas más igualitarias que ha visto la humanidad. Políticos, sindicatos, empresas y economistas se pusieron de acuerdo para diseñar y llevar a cabo un sistema realista, sin ignorar las leyes de la economía. No sé si es lo que queremos imitar, cada uno decidirá. Hay otros países prósperos donde se consigue una mayor igualdad antes de impuestos y transferencias, como algunos asiáticos, y hay países prósperos en los que la mayoría de la población parece no tener preferencias tan intensas sobre la igualdad, como EE.UU. Independientemente de las preferencias personales de cada uno, la Socialdemocracia es un sistema que funciona en el sentido de mejorar la situación previa a la adopción de las medidas y en comparación con otros países prósperos. Es posible que otras políticas económicas den todavía más prosperidad y debemos seguir con la investigación y el debate. El futuro puede (y yo diría, debe) traer mecanismos, instituciones y modelos económicos muy distintos y mejores de los que tenemos ahora, pero algunas ideas que se oyen, como la nacionalización de la banca o la privatización de la sanidad no tienen demasiado sustento teórico ni empírico para ser aceptadas. Lo mismo pasa con otros sistemas económicos: ni el comunismo ni el anarco-capitalismo ofrecen evidencia alguna de que puedan mejorar las sociedades modernas.