26 de abril de 2017

Cambiar de rumbo

Por Alejandro Miñano

Uno de los aspectos de la Grecia antigua que más me atrae es el carácter individualista de las personas. Quizás sea porque es lo que nos falta en nuestra sociedad, quizás sea porque hoy día, en nuestras vidas, lo autónomo, lo particular, lo individual está en decadencia e infravalorado, siendo más frecuente que se premie  lo colectivo. Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta que ya apenas se aprecia el trabajo individual de uno mismo, la pasión y los sentimientos por lo que uno hace, la libertad para desarrollar un sistema nuevo, un método personal, una idea original, en definitiva, el gusto de crear e imaginar un trabajo con el que podamos sentirnos felices y desarrollados. Todos estos conceptos están en un segundo plano porque no tienen prioridad en un mundo vertiginoso donde las actividades que nos rodean están diseñadas y programadas por una estructura multidisciplinar y globalizada. La música moderna de hoy, por ejemplo, suena de la misma manera y habla de los mismos temas. Con letras poco elaboradas, mucha tecnología y escasa imaginación, el éxito surge al instante pero sus canciones y artistas no tendrán eco en la eternidad. La fama y la fortuna llegan inmediatamente, pero son engañosas. No nos extrañe ver los programas televisivos que exprimen un formato comercial buscando talentos que nunca llegarán a la cima de sus carreras y que dejan un rastro de  artistas pésimos, decadentes, colocando, a su vez, en un mal lugar a aquellos artistas que llevan dentro de sí un diamante en bruto por pulir. Son estos proyectos comerciales, superficiales y materialistas, sin cambios internos ni evolución personal, los que imperan en las cadenas televisivas.  Por ello, tenemos que ser arquitectos de nosotros mismos para poder mejorar y de esta manera, regenerar el mundo que nos rodea.
Se me viene a la mente otro ejemplo: una franquicia conocida a nivel internacional que se dedica a vender muebles y decoración para el hogar. Sus largos pasillos están perfectamente señalados con flechas en el suelo para guiarte por todas sus instalaciones; un cordón humano transitando como “borregos” por esos pasillos donde nadie puede salir de las líneas marcadas, porque de lo contrario, serías una sombra perdida por los recónditos recovecos de esa jaula comercial. Igualmente, para viajar,  es preciso que una agencia de viaje te organice tus vacaciones y te integre en un grupo de turistas marcados por una colectivo (tercera edad, solteros, enamorados, etc.). Estas  rutas están envueltas de tintes comerciales que nunca te dejan ver la realidad del país, sino lo maravilloso y paradisíaco de sus rincones,   cuanto más gente haya a tu alrededor, por metro cuadrado, mejor todavía, porque representa un status de reconocimiento y popularidad. En definitiva, siempre nos muestran  lugares que tengan notoriedad en los folletos turísticos, en las redes sociales, en las webs relacionadas con viajes, excursiones, zona de ocio, etc. También,  para relajarse uno y soltar el estrés, salimos de casa y recorremos las calles céntricas de nuestra ciudad para ver todos los escaparates comerciales y realizar algunas compras…inesperadas. O bien, acudimos a un campo de fútbol para ver a tu equipo favorito y rodearte por miles y miles de personas que insultan y vociferan al rival, o bien buscamos un lugar en la playa donde un mar de sombrillas tapan la arena y un olor característico a tortilla de patatas, filetes empanados, cerveza y vino envuelven tu entorno, mientras leemos la prensa rosa de famosos que viven del cuento y gracias a la sociedad que los ha impulsado a lo más alto de la cima.
Arrecife de la Sirena (A. Miñano)
¿Dónde están los lugares que quedan al margen de la moda como las rutas por la montaña, pueblos del interior con vestigios medievales, los museos o rincones de tu ciudad olvidados por el paso del tiempo pero que tienen un valor histórico incalculable?
En nuestra sociedad, que impulsa el colectivismo, la globalización y formar parte de un grupo social,  es inevitable que el individuo se pierda entre las masas y dilapide la esencia de lo que es, de lo que somos interiormente, de potenciar nuestras capacidades y percepciones que tenemos dentro de nosotros. ¿Para qué si todo está precocinado, prefabricado? ¿para qué calentarnos la cabeza? Lo mejor es seguir por el pasillo con la flecha marcada y no salirte de la ruta. Hemos dejado de lado las buenas conversaciones en familia, las reuniones con los amigos, pasear tranquilamente por la montaña, buscar el retiro individual, leer un buen libro, disfrutar de una película que esté fuera de la lista comercial, de visitar ruinas arqueológicas y recuperar ese pedacito de historia, que también es nuestra historia y forma parte de nuestro legado cultural.
El estilo de vida de los griegos antiguos nada tiene que ver con el nuestro pues tenían muy marcadas las líneas de la esfera intelectual, familiar, lúdica, individual. ¿Es tan difícil apreciar la felicidad estando solo? En el actual modelo social de vida, nadie nos ha enseñado a estar solos con nuestros pensamientos. Es lamentable que la mente esté siempre ocupada, para bien o para mal, y forzamos este estado mental con toxicidades modernas como el móvil, por ejemplo. La mayor parte de las personas no le resulta nada agradable pasar el tiempo a solas con sus propios pensamientos. Les aterra y mucho, por ejemplo, enfrentarse a sus miedos. Por lo tanto, se está perdiendo la capacidad crítica, reflexiva y observadora, ya que nuestro sistema social nos mueve como marionetas: a su antojo. Es una lástima porque una de las virtudes que tiene el ser humano es la capacidad de pensar y reflexionar de manera consciente. Hay que reconocer que nuestra mente pasa a estar fatigada por la dura jornada del día o se queda en babia, como desconectada, en pausa, experimentando una serie de sensaciones, de recuerdos, de planes de futuro…pero poco más. Creo que nos hemos acomodado y es éste el primer síntoma de esta sociedad que duerme en un aletargado sueño con fuertes pesadillas. Tenemos que empezar a despertar, a observar con detalle el mundo que nos rodea. Tenemos que reconocer que nos hemos equivocado de camino. Para eso, hay que empezar por uno mismo…
Añadiré un ejemplo a nivel personal. Siendo de Andalucía, concretamente de Granada, al sur de España,  puedo decir que las tres ciudades que copan la corona de Andalucía son: Sevilla, Córdoba y Granada. Después, tenemos a Cádiz, con su salero, carnavales y sus playas; Málaga, un epicentro de turistas europeos, con ingleses y alemanes como protagonistas principales; Jaén, tierra de olivos, de buenos aceites; Huelva, con su jamón ibérico y conocida también porque Cristóbal Colón partió desde allí para las Américas. ¿Y Almería? Nadie me había hablado de esta provincia, nunca había escuchado algo especial sobre su ciudad y su entorno natural. Para mi sorpresa, ha sido el gran descubrimiento. Me salí de esa flecha que seguían las masas y decidí explorar Almería. ¡Impresionante! Un escaparate natural precioso rodeado de mar, desierto, calas inhóspitas, rincones salvajes, montañas agrestes sin restos de huellas de conglomeraciones de turistas.  La provincia con más luz solar de toda Europa pero desconocida para los ojos de las personas.  
Museo del Cine, Almería (A. Miñano)
  
John Lennon estuvo en Almería seis semanas de estancia para rodar la película “Cómo gané la guerra” (1967) y  conectó con el entorno de Almería, viviendo en un palacete (hoy día es el Museo del Cine)  con vistas al mar, rodeado de naturaleza, jardines y piscina. Fue en este lugar donde escribió la famosa canción “Strawberry Fields Forever”, pues se embriagó de la naturalidad de Almería, de sus rincones más virginales, como sus calas, sus  amplias playas, esos desiertos dorados que el atardecer languidece con la mezcla de colores vivos y naturales. A Lennon le cambió su brújula interior al conocer Almería. Salió de la ola frenética de su Liverpool, de los focos de la fama y se sacudió por varias semanas de sus histéricas fans. En fin, decidió desmarcarse de la flecha impuesta por la sociedad y el resultado fue Strawberry Fields Forever. ¡Asombroso! Un pedacito de la carrera de Lennon está marcada por su visita a Almería, un oasis de calma y paz en medio de la fama y la fortuna.
Clint Eastwood fue otro que tuvo la suerte de que el destino le dirigiera hasta Almería. Su comienzo por Hollywood no fue brillante y nunca tuvo un papel relevante en la meca del cine norteamericano. Hoy, Clint Eastwood, es un aclamado director, actor, guionista, compositor y con un palmarés a su espalda, gracias, en parte, por elegir otro camino y  hacernos ver que el éxito no es cómo empieces tu carrera,  sino como la terminas. Algunos actores y actrices de Hollywood de los años 60 tuvieron un éxito rápido y abrumador y terminaron suicidándose. Es cierto que otros muchos artistas llegaron a la cima del éxito, pero no siempre se alcanza la plenitud por el mismo camino. Clint tuvo que pasar unos años por Almería para relanzar su carrera, dar un giro interior a su vida y convertirse en un referente en el panorama cinematográfico.
Películas como Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo, dirigidas por un desconocido Sergio Leone, están ligadas a la carrera de C. Eastwood  con Almería, la cara opuesta de la ostentosidad de Hollywood. Al igual que Lennon, la brújula interior fue en sentido contrario a lo esperado, pero  al final del camino encontró el éxito personal, individual y  original de uno mismo. Cabe recordar que Clint Eastwood representaba en sus papeles un antihéroe, un lobo solitario, que se salía de las normas de estilo de películas norteamericanas que normalmente hacían en Estados Unidos con sus películas del oeste salvaje. Al final, el Spaguetti Western triunfó y nuestro Clint pudo impulsar sus futuros proyectos cinematográficos de otra manera diferente, más original y auténtica. Almería y su entorno es un gran escenario de las mejores películas, legendarias como Lawrence de Arabia, Indiana y Jones y la última cruzada, Cleopatra…y ¡cientos más!
Almería guarda con sigilo vestigios de un pasado de tradición árabe. 
Podemos contemplar la Alcazaba, la segunda fortaleza musulmana más extensa en España después de la Alhambra. Parece que el tiempo va más lento que en otros lugares pero que se ahoga en un mar de olvido. Por eso, tenemos que ser muy respetuosos con nuestro legado, cultura y raíces. Hay restos arqueológicos de época romana y musulmana por el centro de la ciudad. Por otro lado, Almería fue una de las provincias que más sufrió el azote de la Guerra Civil española, cayendo 750 bombas, por lo que no tuvieron más remedio que construir unos refugios subterráneos con más de 4 kilómetros de longitud, siendo uno de los mejores conservados de Europa. Pasear por esos refugios es como volver al pasado, o mejor dicho, mirar el presente con sumo dolor porque hoy día, lamentablemente, en muchos países se siguen bombardeando sin escrúpulos.
 Estos pasadizos subterráneos cayeron en el olvido, sellados por la historia, pero, fueron encontrados fortuitamente en el año 2001 al querer construir un aparcamiento subterráneo. Hoy, dichos refugios forman  parte de la red de Lugares de Memoria Histórica de la Junta de Andalucía.
Cabo de Gata, Almería. (A. Miñano)
Para terminar, este texto es una manera de ver que el mundo no es sólo lo que nos pretenden enseñar por televisión o la prensa. Tenemos que buscar nuestra brújula interior y reorientar nuestras vidas para mejorar como personas. Hay muchas “Almería” cerca de nosotros, pero los hilos de la sociedad nos marcan una dirección que creemos que es el único camino para lograr el éxito. No es así. A pesar de que estemos atascados en una sociedad que nos tienen atrapada como una tela araña, tenemos que buscar la salida para encontrar una Almería, un espacio diferente y cálido donde penetre en nosotros una nueva luz y un agua más cristalina. 
Recordar a Lennon y a Eastwood  me hace reflexionar que no hay nunca caminos que nos hagan retroceder en nuestras vidas, sino nuevas oportunidades llenas de aprendizajes que nos impulsan a nuestro destino final. Lo importante en este aprendizaje es estimular un pensamiento reflexivo, crítico y creativo, aprendiendo a filosofar de las cosas cotidianas que vemos en nuestro entorno más cercano. Es cierto que el mundo actual está sufriendo a nivel social, económico y que están saliendo a la luz la desmesura del hombre, la cara oscura de la humanidad, el llanto del hombre por la injusticia y la insolidaridad, pero, después de conocer Almería y reorientar la brújula interior, tal como hizo Clint Eastwodd y John Lennon, pienso que todos tenemos que ver un nuevo día, un nuevo modo de vida y un cambio en la actitud del hombre.






23 de abril de 2017

«Agrupémonos todos...»: globalización, identidad y política


Por José María Agüera Lorente

En un texto que publiqué en este mismo blog hace más de un mes reflexionaba sobre lo que Mario Bunge ha llamado «la derechización de la política». Recordaba elementos de la coyuntura política internacional que demostraban que su apreciación no era meramente subjetiva, y que tenía sustento en los hechos objetivos (léase aquí). En estos días, sin ir más lejos, cruzamos los dedos para que Marie Le Pen no gane las elecciones francesas. Repito lo que entonces escribí estando de acuerdo en lo esencial con lo que ha publicado J. L. Ferreira sobre la socialdemocracia: malos tiempos para la izquierda en general y para la socialdemocracia en particular.
En ese aludido texto sugería como hipótesis explicativa de este desvanecimiento de la izquierda, la vigencia de un nuevo paradigma ideológico, cuyo advenimiento cabe atribuir al menos en parte a la profecía autocumplida del final de la historia, la cual parece haber sido asumida como propia por el pensamiento político de signo progresista. Ahora quiero reparar en otro ingrediente aportado por lo acontecido en las últimas décadas y que compite en el ecosistema de la opinión pública por convertirse en factor determinante de las preocupaciones y las decisiones políticas que ha de tomar la ciudadanía de los países democráticos en la actualidad. Me refiero a la cuestión de la identidad.
Hay señales de un tiempo a esta parte que evidencian que la susodicha cuestión se ha visto exacerbada como reacción al proceso de globalización. Éste conlleva una cierta abstracción, aligeramiento  y estandarización  de los elementos que aspiran a mercantilizarse para así entrar en el circuito veloz de la aldea global. En este proceso las identidades corren el riesgo de diluirse, pues su peso simbólico es incompatible con la aceleración que exige el susodicho proceso. En esta línea iba el diagnóstico que exponía el escritor Vicente Verdú en un artículo publicado hace veinte años, en el que, tras identificar la globalización con el imperio de las marcas multinacionales, sentenciaba: «Pero la marca no es, en realidad, nada o casi nada; los pueblos son cada vez más iguales, adoptan el mismo sistema capitalista, los mismos valores, se fijan las mismas metas; sus características las normaliza cualquier estadística del Banco Mundial o cualquier otro organismo superior de cálculo omnipotente». Así, todos los rasgos que deberían marcar las diferencias se tornan homologables, lo que conlleva el ocaso de la especificidad. El título del artículo era, precisamente, «El fin de la identidad».
No es mal diagnóstico de lo que ciertamente es un efecto colateral de la globalización. Ahora bien, desde la publicación del texto de Vicente Verdú cabe reconocer la existencia de una deriva que, a modo de reacción a lo expuesto, diríase que pretende resucitar las identidades en peligro de extinción. Hace año y medio publicaba el periodista John Carlin un artículo en el que se planteaba la siguiente pregunta: «¿Qué tienen en común Podemos en España, el nuevo laborismo de Jeremy Corbin en Reino Unido, el Frente Nacional en Francia, el independentismo catalán y el Estado Islámico?». La respuesta ya la habría dado Jeremy Barber, un profesor de Ciencias Políticas, en un libro publicado allá por 1995  bajo el título de «Yihad versus Mcmundo» (mismo título del artículo), en el que identifica al tribalismo como la fuerza que, junto con la globalización, estaría remodelando el mundo desde hace décadas. Todos los antes mencionados en la pregunta son formas de expresión de una rebelión contra el «capitalismo cosmopolita», cuyo único dios es el mercado; la tangible y dolorida carne de la tribu contra el insensible y etéreo fantasma del capital. Barber se muestra muy seguro a decir de Carlin respecto del vínculo causal que existe entre los polos que componen este vínculo dialéctico, ya que ambos se retroalimentan mutuamente.
Prueba de este potente movimiento de acción y reacción es la actual tensión disgregadora a la que se halla sometida la Unión Europea como institución democrática mundial, de la que el tan mediáticamente sobado «Brexit» es traumática manifestación, y que ejemplifica muy bien el poder de atracción política del polo identitario (léase aquí para más detalle). Todo ello sería consecuencia del carácter antidemocrático de las instituciones financieras y de la corrupción de las instituciones políticas. Así lo perciben muchos ciudadanos, que padecen una sensación de incertidumbre, indefensión, soledad y temor, y que creen que con la vuelta al Estado-nación tradicional sus problemas pueden tener solución. Paradójicamente, mientras que hoy por hoy la integración de los países que conforman la UE se tiene por potencialmente peligrosa para la identidad nacional y cultural de cada país miembro, se valora como necesidad innegociable la integración de las minorías inmigrantes con la consiguiente merma de sus respectivas identidades en la atmósfera cultural dominante en cada una de las comunidades políticas que componen Europa.
Por otro lado y al mismo tiempo, los inmigrantes provenientes por obra y gracia de la globalización del ámbito cultural musulmán pasan de un mundo de valores muy fijos y sólidamente jerarquizados a otro occidental que para ellos carece de identidades comprensibles. No es raro entre ellos, pues, un cierto desconcierto ante las libertades europeas, el relativismo moral, la igualdad de género, el hedonismo... Desconcierto que el salafismo aprovecha para captar a los menesterosos de referentes identitarios fuertes que un marco religioso rígido nunca falla en proporcionar. Esa menesterosidad se agudiza en el caso de los hijos y nietos de esos inmigrantes que, en muchos casos, son fácilmente captados por quienes tienen un discurso bien trabado que les proporciona  una identidad capaz de calmar su angustia existencial. De esta forma, la identidad se convierte para todos, «propios» y «extraños», en un tema central en torno al que gira directa o indirectamente el debate político.
Los procesos expuestos retroalimentan y se ven retroalimentados por esa incertidumbre que embarga a gran parte de los llamémosles europeos autóctonos. Sociólogos como Ulrich Beck y Anthony Giddens han escrito extensamente sobre el acelerado ritmo del cambio social en las sociedades tardomodernas; sin embargo, es Richard Sennett quien habla abiertamente de una crisis de carácter en su obra titulada «La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo». Otro efecto de la globalización que atenta precisamente contra el sentido de identidad del ciudadano. En efecto, según argumenta este sociólogo, en la vieja economía cabía un compromiso sostenido, predecible y habitualmente vitalicio con un puesto de trabajo, que constituía en gran medida el núcleo definitorio de la identidad del individuo, y que definía significativamente su ideología e intereses políticos. Sin embargo, el trabajo en la era de la globalización es fragmentado, inseguro, estresante e impredecible. Así lo manda el capitalismo flexible que ha establecido como principio la negación del largo plazo, con la consiguiente destrucción de una de las bases tradicionales de formación de identidades sustentadoras. Ello genera inevitablemente un malestar existencial por cuanto desaparece un lugar donde afianzar un significado para la vida, pues ese trabajo era fuente de estatus, dignidad y desarrollo personal. Sennett ve a la población activa cada vez más perdida, carente de una estructura sólida de relaciones sociales que sirvan de núcleo para una identidad social sustentadora.
No puede ser, entonces, la clase social como lo fue durante más de un siglo el ancla que sujete el sentido de identidad del ciudadano cuando éste se ve sometido a los inmisericordes embates de la globalización. Se diría que sólo se avistan en el horizonte los aparentes puertos seguros de la religión y la nación, y no, desde luego, el «agrupémonos todos en la lucha final; el género humano es la internacional» de la utopía emancipadora de la izquierda; tenida ahora por más utópica que nunca. Ésta no puede por menos que hallarse desorientada, desdibujado su mensaje histórico en un contexto de choque de civilizaciones, en el que la lucha ya no es de clases ni por la justicia universal que trasciende los muros de las fronteras. Muy al contrario, hoy son bastantes los peticionarios entre la ciudadanía europea que reclaman a sus gobiernos que levanten los muros, en especial los «perdedores» de la globalización. Así se fomenta la práctica de la hipocresía institucional y se impulsa medidas que chocan con el Estado de Derecho, agreden los valores en los que se basa y también su compromiso con los derechos humanos más elementales.
El ideal de la emancipación se dirime en nuestros días contra una estructura supranacional, ya sea el Reino Unido de la Gran Bretaña frente a la Unión Europea o Cataluña frente a España. Es el reflejo tribal el que se activa ante el alienígena que igual que en esas películas terroríficas de invasiones de ultracuerpos nos quiere arrebatar nuestro sacrosanto espíritu de comunidad, con el que cada uno se siente identificado. Es también, inconscientemente, una pelea metafísica de esencias. Así, no es de extrañar que en las elecciones a la presidencia de la República Francesa  los asuntos sobre los cuales decide el voto ciudadano tienen que ver con la protección de la identidad nacional y del mercado local. El abandono de Francia de la Unión Europea no es ya tabú, sino todo lo contrario: está en la agenda política, siendo la tradicional derecha política la que más rédito electoral puede obtener dado que en su discurso nunca han estado del todo ausentes unas gotas de identidad nacional y de rechazo a los de fuera. Tampoco es rara la apelación a la religión, de facto refugio sacralizador del ser de los pueblos. Hoy por hoy, para muchos de los europeos sea cual sea su credo religioso o político, la ideología es la identidad.

Las ideas y el fanatismo


José Luis Ferreira

Cualquier idea es susceptible de ser usada por un fanático, pero algunas ideas se dejan usar mejor que otras. Las ideas que tienden a enfatizar la división entre "nosotros" y "ellos" son de las que se dejan usar fácilmente, pero no son las únicas. Las ideas de la razón se dejan manipular menos, pero tampoco son libre de serlo y sus sueños pueden producir monstruos.

Si defiendes una idea que se deja usar fácilmente por los fanáticos, o bien no es una buena idea o, si lo es, es tu responsabilidad moral rodear esa idea de otras que eviten su mal uso, denunciar sus abusos y renunciar a cualquier beneficio que pudieras tener por las acciones de los fanáticos.

Por ejemplo, la idea de la selección natural de Darwin ha sido fácilmente usada (manipulada, pero usada) para justificar el statu quo social, en el que los que mejor viven son los que han sabido o podido adaptarse mejor. Nada de eso está en la Teoría de la Evolución de Darwin, pero el abuso de las analogías hace necesario desmarcarse de esas interpretaciones. Ya lo hizo el propio Darwin.

Sí, se puede considerar injusto que uno tenga que perder tiempo en explicar que no dice lo que no dice, pero es un coste que debemos pagar por vivir en una sociedad imperfecta, donde la comunicación y las entendederas de la gente son imperfectas. Tampoco es que tengamos que defendernos todos los días y con todas las energías, pero sí lo suficientemente como para poder documentar nuestra postura y dar con ella en las narices a quien quiera insinuar lo contrario.

Nacionalistas, izquierdistas, derechistas, ecologistas, religiosos, futboleros y demás, todos tienen sus versiones fanáticas. Todos ellos deben denunciar la ideología fanática de sus extremistas. La medida que efectivamente lo puedan hacer y lo hagan será también la medida con la que valorar si su ideología es respetable para convivir con ella en la sociedad.