sábado, 25 de octubre de 2014





“Buen hombre, a muchos he oído decir que eres muy sabio y muy versado en el conocimiento de las cosas de Dios, por lo que me gustaría que me dijeras cuál de las tres religiones consideras que es la verdadera: la judía, la mahometana o la cristiana” (El sultán Saladino al judío Melquisedec, en el cuento “Los tres anillos” de Boccaccio).

viernes, 24 de octubre de 2014

Jaron Lanier contra-el-rebaño-digital-jaron-lanier

Jaron Lanier es un prestigioso ingeniero informático -computer scientist en su entrada de la Wikipedia- que ha contribuido al desarrollo de las técnicas de realidad virtual (término que él ayudó a popularizar). Es también uno de los impulsores del consorcio de redes computacionales Internet2, una organización que pretende facilitar las labores educativas e investigadoras de la comunidad científica a través de servicios que satisfagan los exigencias de banda ancha que tales labores precisan. Se trata, por tanto, de un profesional particularmente capacitado para formular evaluaciones críticas sobre internet y sobre el tipo de relaciones humanas que la red de redes ayuda a configurar. Aunque quizás sea más conocido por ser el autor de un célebre panfleto titulado 'Digital Maoism: The Hazards of the New Online Collectivism'  (Maoísmo digital: los peligros del nuevo colectivismo online").

Lanier desarrolla las ideas contenidas en ese panfleto en un libro titulado 'You Are Not a Gadget: A Manifesto' (2010), que en España se ha traducido como "Contra el rebaño digital: un manifiesto".  La idea central, la que compila todas las preocupaciones que Lanier pone sobre el tapete en este texto, podría resumirse, en palabras del propio autor, de esta manera:

Nosotros desarrollamos extensiones de tu existencia como ojos y oídos a distancia (webcams y teléfonos móviles) y una memoria ampliada (el mundo de datos que se pueden consultar en la red). Estos elementos se convierten en las estructuras mediante las que te conectas con el mundo y con otras personas. Esas estructuras, a su vez, pueden cambiar tu concepción de ti mismo y del mundo. Jugueteamos con tu filosofía manipulando tu experiencia cognitiva directamente, no de forma indirecta a través de la discusión. Basta con un pequeño grupo de ingenieros para crear una tecnología que moldee el futuro de la experiencia humana a velocidad increíble. Por lo tanto, antes de que se diseñen esas manipulaciones directas, desarrolladores y usuarios deberían mantener una discusión crucial acerca de cómo construir una relación humana con la tecnología. Este libro trata de esas discusiones.

En efecto, Lanier centra sus preocupaciones en lo que él atisba como el problema central de internet en sus actuales configuración y utilización: a saber, la arquitectura funcional de la red está deformando el potencial comunicativo entre las personas, y conforma las relaciones humanas, cada vez más, según patrones de fragmentación, estandarización forzosa y dilución de la personalidad individual. Lanier se centra en varias cuestiones de programación de software, en principio bastante técnicas, pero tiene la habilidad de extrapolar su significado hasta hacer de ellas objeto de reflexión filosófica. Ocurre por ejemplo con la noción de "anclaje" o lock in. El anclaje viene a ser la limitación que impone el diseño de un programa matriz - pongamos por caso, un sistema operativo- en el desarrollo de otros programas o aplicaciones que dependen de él.

Lanier ve en los fenómenos de anclaje un repertorio de oportunidades perdidas, algo así como una restricción en los grados de libertad de opciones futuras por culpa de condicionamientos previos. Un ejemplo es el diseño del programa MIDI, el software estándar de representación de las notas musicales; aunque este diseño tuvo lugar de una forma casi anecdótica, su estandarización ha restringido gravemente el desarrollo de ulteriores programaciones musicales.

Otro de los demonios que nuestro autor trata de conjurar es la compilación de creencias y prácticas en torno a la idea medular de "noosfera", "de inteligencia en la nube" o, en otras palabras, lo que él llama "la fantasía de la Singularidad". Leamos:

En la Singularidad y la noosfera, la idea de que una conciencia colectiva surge de entre todos los usuarios de la red, resuenan el determinismo social del marxismo y el cálculo de las perversiones deFreud.

Y más adelante,

(...) la Singularidad requiere que las personas mueran en su encarnación física, sean subidas a un ordenador y permanezcan conscientes, o simplemente que las personas sean aniquiladas en un instante imperceptible antes de que una nueva superconciencia tome la tierra.

Al parecer, la fantástica idea de la Singularidad goza de una gran popularidad entre la élite de programadores informáticos de Silicon Valley, un colectivo al que Lanier no duda en calificar como "totalitaristas cibernéticos".

Lanier reivindica la irreductibilidad de la experiencia humana como lo único que da sentido a la enorme cantidad de información almacenada en el ciberespacio. Se niega, a diferencia de muchos de sus colegas, a sustancializar la noción de "información". Ésta no tiene sentido ni existencia por sí misma, salvo en tanto es experimentada e interpretada por los seres humanos. Sin embargo, el error de creer que se trata de una criatura viva e incluso intencional está en la base de las creencias implícitas de la tribu de los totalitarios cibernéticos.

Nuestro autor defiende también un concepto de conciencia irreductiblemente humano, depositaria de un misterio que desafía todas las pretensiones de los cibertotalitarios de simularla o recrearla a través de elaborados softwares en ordenadores superpotentes. A veces, Lanier parece caer en un espiritualismo algo nostálgico en su reivindicación de la individualidad personal frente al panorama desolador que le sirve de fondo argumental. Sin embargo, Lanier es cualquier cosa menos un neoludita; lo que ocurre es que conoce bien la tribu de la que él mismo procede y tiende a expresar de una forma algo dramática su propio estado de saturación.

Después de transitar por amargas reflexiones en torno a la deconstrucción de la idea de amistad que las redes sociales -en especial Facebook-  están operando, Lanier utiliza a figura del troll para introducir otra de sus grandes preocupaciones:  la ideología de masas en internet, la llamada "sabiduría colectiva", la multitud, en definitiva. Y aquí uno encuentra resonancias con las reflexiones de Elías Canetti en su obra más conocida, "Masa y poder". Lanier pone algunos ejemplos escabrosos sobre el sadismo de las cibermasas en casos concretos. La palabra lulz, por ejemplo, alude a la satisfacción de ver sufrir a los demás en la nube.

Y en este itinerario de inquietudes, el texto enlaza causalmente de forma convincente la figura del troll con otro producto del diseño informático que el autor encuentra inquietante: el llamado "anonimato superficial". Quizás el texto se libra, en este aspecto, a ciertas exageraciones, cuando ve en la potenciación digital del anonimato la simiente de un futuro fascismo-en-la-red, pero las reflexiones que acompañan esta afirmación merecen una consideración atenta.

Igual que resulta llamativa otra característica de la red que Lanier no quiere pasar por alto: la que él llama "ideología de la violación", impulsada y fomentada desde los foros académicos más respetables. Por "violación", el autor se refiere a la intromisión violenta -en sentido literal- en el espacio de privacidad digital de los usuarios tipo de la red. Menciona un caso llamativo: el de la presentación pública, por parte de investigadores de las universidades de Massachusetts y de Washington, de una tecnología capaz de hackear,  a través de la telefonía móvil, un marcapasos y detenerlo por control remoto con el fin de matar a una persona. Los promotores de esta investigación no abrigaban intenciones homicidas ni dañinas, más allá de un previsible reforzamiento de su ciberego. De hecho, adujeron como justificación la necesidad de hacer pública esta tecnología para advertir al público de su potencial dañino y articular medidas de prevención. En el fondo, se trata de la necesidad de crear un problema donde no lo había para ofrecer una solución que hasta el momento era innecesaria. Éticamente discutible, sin duda.

Como el propio Lanier dice,

Dada la oportunidad ilimitada de hacer daño, nadie podría obrar de acuerdo con la información proporcionada amablemente por los investigadores, de modo que todas las personas que llevan marcapasos correrían siempre un peligro mayor que el que habrían corrido  si no existiera esa información. No se habría producido ninguna mejora, sólo daño.

Y, en definitiva,

Otro elemento predecible de la ideología de la violación es que todo aquel que se queja de los rituales de los violadores de élite es acusado de sembrar miedo, incertidumbre y duda. Pero en realidad son los ideólogos los que buscan publicidad. El objetivo de hacer públicas hazañas como el ataque de los marcapasos es la gloria. Si esa notoriedad no está basada en la siembra de miedo, incertidumbre y duda, ¿qué lo está?

Recapacitando, Jaron Lanier presenta un bestiario de problemas y amenazas en torno a internet que tal vez nosotros, usuarios medios de la red de redes, apenas nos habíamos planteado. Pero Lanier se mueve entre bambalinas, en las candilejas del escenario-interfaz, y cabe presumir su mayor conocimiento de los riesgos y las oportunidades de la nube digital. En su particular muestrario de malas hierbas hemos mencionado cosas como el anclaje informático, la fantasía de la Singularidad o la inteligencia colectiva, la fragmentación de las relaciones humanas a través de los rígidos protocolos establecidos en las redes sociales, la propia deconstrucción de la noción de "amistad", la hipóstasis de la información como una entidad real independiente de los individuos que la gestionan, los abusos del llamado anonimato superficial o el alarmante peligro de la ideología de la violación. Son sin duda peligros reales sobre cuya existencia deberíamos estar advertidos, pese a que internet, es, después de todo, una realidad que afortunadamente ha venido para quedarse entre nosotros. Y las advertencias de Jaron Lanier deben servir como contrapunto a los propósitos bienintencionados de los cibertotalitarios de Silicon Valley y a su excesiva autoconfianza en su poder de predicción sobre el futuro de la sociedad digital. El riesgo de las profecías autocumplidas es, en este caso, muy verosímil.

Pues ya se sabe que el infierno está empedrado de buenas intenciones.

Manuel Corroza.
Tony Stark es un personaje cuanto menos complicado. De todas las facetas que presenta su personalidad aquí nos vamos a quedar con la de genio. Stark se nos presenta como un ingeniero fuera de lo común, con una habilidad sorprendente tanto para el pensamiento ingenieril como para la realización práctica de sus teorías. Stark se dedicaba al desarrollo de armamento, el mejor armamento que se pudiera diseñar. Stark veía su labor como un aporte para mejorar el mundo y combatir el mal. Según creía él su armamento lo desarrollaba para que se usara contra los "chicos malos".

Durante la realización de unas pruebas de su último ingenio, Stark es raptado. En la versión del cómic esto sucede en Vietnam mientras que en la película Ironman(2008) el escenario cambia en un intento de hacer la historia más contemporánea, en este caso la prueba de armamento y consecuente rapto de nuestro protagonista sucede en Irak. Durante el rapto, Stark desarrolla su primera armadura para así poder escapar de sus captores, mientras escapa puede comprobar como las armas que ha desarrollado también son usadas por “los chicos malos”. Desde entonces Stark decide dejar de fabricar armas, concentra sus esfuerzos en ir mejorando la armadura que le ayudo a escapar. La intención no es otra que usar su genio y talento para fabricar una armadura cada vez mejor que le permita combatir la injusticia.

Esta historia de los inicios de Ironman nos pone sobre la mesa unos cuantos asuntos filosóficos relacionados con la tecnología. Don Ihde, uno de los filósofos de la tecnología más importante, ha señalado que la tecnología afecta dramáticamente a nuestra existencia, particularmente en las maneras en las que entendemos el mundo y nuestra propia humanidad. Hoy en día el término tecnología se asocia casi automáticamente con ordenadores, teléfonos móviles, software etc. Pero lo cierto es que la tecnología no es sólo eso, por ejemplo, la rueda, la polea o un bifaz son tecnología. Aunque el término tecnología es más o menos reciente, se acuñó a principios del siglo XIX, la realidad es que la tecnología ha acompañado a la humanidad prácticamente desde sus inicios, y las reflexiones filosóficas sobre la misma han corrido la misma suerte. Entre los griegos ya se podían encontrar esas reflexiones, claro está, que ellos no usaban el término tecnología sino que  hablaban de las artes aplicadas en todas las esferas de la actividad humana, que es a fin de cuentas lo que viene a significar la palabra tecnología. Por ejemplo, para Platón y Demócrito la tecnología aprende e imita a la naturaleza. Aristóteles compartía ese punto de vista, pero además añadía que la tecnología también podía complementar a la naturaleza llevando acabo aquello que la naturaleza no ha podido realizar.
Uno de los primeros temas que suele surgir cuando se reflexiona sobre la tecnología es si la tecnología es una bendición o una maldición para nosotros mismos y nuestra existencia. En el cine suele ser una temática recurrente el ver un mundo en el que las máquinas y los humanos están en pie de guerra. Frente a esta visión tecnofóbica se encuentra la opuesta, aquella  que defiende que la tecnología es lo mejor que nos ha podido pasar. Y esta dicotomía tampoco es algo de nuevo cuño. El filósofo A.C.Grayling resume esta situación así:
Algunos albergan lo que otros consideran una confianza exageradamente optimista en la capacidad de la tecnología para hacer del mundo un lugar mejor, para hacer mejores a los humanos y, correlativamente, para resolver todos los problemas, incluyendo los que ella misma crea. A los creyentes acérrimos en la tecnología se les denomina a veces tecnistas, y a su confianza en ella, tecnismo. En el ala opuesta están quienes se muestran pesimistas con respecto a la tecnología -como los luditas ingleses  y otros-, a la que ven como una amenaza a los puestos de trabajo, o a la libertad, o al medio ambiente, o a la inteligencia, o incluso a la propia naturaleza humana. Blake se lamentaba de las <<sombrías fábricas satánicas>> de  la Revolución industrial, que expoliaban el campo; los luditas, también en la Inglaterra de la Revolución industrial, destrozaban la maquinaria de las fábricas que les despojaban de sus industrias artesanales.(1)
Esa actitud de los luditas sigue existiendo hoy en día. Sus herederos en este aspecto son parte del movimiento ecologista. En su caso no cargan contra la maquinaría sino contra la biotecnología, realizando actos violentos como la quema de cultivos transgénicos, no les vendría mal algo más de conocimiento y pensamiento crítico. No obstante, como ya he mencionado, esta doble visión sobre la tecnología no es nueva. Ya en 1627 Francis Bacon en su obra de ficción New Atlantis presentaba una opinión muy optimista del avance de la tecnología, en cambio dos siglos más tarde Samuel Butler en Erewhon, presentaba una completamente pesimista. En esta ficción el fabricar máquinas está prohibido porque de hacerlo eso daría lugar a una raza de máquinas que acabarían por dominar y reemplazar a la humanidad. Como vemos, las temáticas de películas como Terminator o Matrix no son ciertamente originales.

La historia de nuestro protagonista ilustra a las mil maravillas esta dicotomía sobre la influencia de la tecnología sobre nosotros y el mundo en el que vivimos. Al principio, la tecnología desarrollada por Stark, a pesar de lo que él cree, no ayuda ni mejora al mundo y a las personas, después, tras la catarsis del personaje, esta situación cambia, Stark desarrolla su armadura, se convierte en Ironman y consigue combatir eficazmente la injusticia en el mundo.

Una de las visiones más extendidas a la hora de abordar las implicaciones éticas de la tecnología consiste en defender que la tecnología es amoral, depende de nosotros si se usa para bien o para mal(2), es decir, la tecnología no tendría consecuencias éticas eso dependería del uso que hagamos de ella. Este punto de vista es cierto a medias. Por un lado, la tecnología si que tiene consecuencias éticas, es decir, no es amoral, pero al mismo tiempo como vamos a ver, eso depende de los que hacen tecnología, en nuestro caso depende de Tony Stark.

Pensemos primero en la ciencia. La ciencia si es ciertamente amoral, ya que lo que hace es generar conocimiento, en que empleemos ese conocimiento es decisión nuestra. Haciendo ciencia se ha descubierto, por ejemplo, la ley de la gravitación universal, pero de ello no se deriva ninguna implicación ética. En cambio la tecnología presenta una diferencia sustancialmente importante con la ciencia. La diferencia radica en la intención con la que se hace. La intención con la que se hace ciencia es adquirir conocimiento, pero con la que hacemos tecnología depende de aquello que queramos hacer. Si queremos curar enfermedades desarrollamos la tecnología necesaria para así hacerlo, pero si queremos matar gente también podemos desarrollar la tecnología para hacerlo. Este propósito implícito en la tecnología la saca de la esfera amoral en la que se encuentra la ciencia. Dicho de otro modo, la tecnología se hace en base a unos fines y esos fines pueden tener consecuencias éticas. Por lo tanto la tecnología no parece ser aséptica en cuestión de ética sino que desde el momento en el que empezamos a desarrollarla ya podemos reflexionar sobre las implicaciones éticas que tendrá dicha tecnología.

Una vez que hemos reflexionado un poco nos damos cuenta de la diferencia sustancial que hay entre ciencia y tecnología en lo que a las cuestiones éticas se refiere. Vemos que la tecnología desde el momento de su concepción ya tiene implicaciones éticas, lo cual pone el foco en aquellos que se dedican a desarrollar tecnología.

La conversión de Stark en Ironman nos recuerda que la tecnología no es aséptica en cuestiones morales, lo cual es algo que Tony Stark descubre de forma amarga. Ahora el foco de la cuestión ética se centra en Stark, ¿era ingenuo o simplemente pasaba del tema? O por otro lado ¿falló en su juicio ético sobre las implicaciones de su tecnología? De todo esto hablaremos en otra ocasión.

Entrada publicada originalmente en superfilosofia.com
Para pensar más:
(1)Ideas That matter de A.C. Grayling
(2)Thinking about technology: foundations of the philosophy of technology
Philosophy of technology: An introduction 
¿Quienes eran los luditas?
Ironman(2008)

jueves, 23 de octubre de 2014

  A EE.UU. no le gusta lo que Rusia está haciendo en Ucrania. Pero, como muchas veces suelen reprochar (acertadamente) los anti-americanos, EE.UU. no tiene autoridad moral para criticar, pues ha hecho cosas similares en el pasado. De hecho, la reciente anexión rusa de Crimea es parecida a la anexión de los territorios del actual Oeste norteamericano, arrebatados a México, a mediados del siglo XIX. Los casos no son idénticos, por supuesto, pero se permiten varias comparaciones.

            En ambos casos, hubo una agresiva ideología nacionalista expansionista. Por aquella época, en EE.UU. imperaba aquello que vino a llamarse el “destino manifiesto”, a saber, la ideología según la cual, la providencia había encomendado a EE.UU. la misión de extender la democracia por todo el territorio de la actual Norteamérica, y anexarlo a la joven nación, de forma violenta e impositiva. Hoy, tras el colapso de la Unión Soviética, Putin ha exacerbado el nacionalismo ruso, y en buena medida está intentando recuperar los territorios que, en su momento de máxima debilidad hace dos décadas, perdió Rusia.
            Pero, vale advertir que en ninguno de los dos casos se trató de una conquista, como sí lo fue, por ejemplo, la conquista española de América. Rusia anexó una región que, en el pasado, formó parte de su territorio: había sido conquistada por Catalina la Grande en el siglo XVIII; y en el siglo XX, Nikita Krushov la transfirió a Ucrania. Texas, por su parte, nunca había sido territorio de EE.UU., pero previamente había sido una república independiente por diez años (había logrado la secesión frente a México), hasta que solicitó su anexión a EE.UU.; tras la guerra con México, EE.UU. impuso un tratado que estipuló la entrega de grandes territorios.
            Tanto en Crimea como en Texas, la mayoría de la población pertenecía al grupo étnico predominante en la nación que anexaba el territorio: los rusos en Crimea, los anglos en Texas. Y, tanto Rusia como EE.UU., denunciaban que esas poblaciones estaban siendo sometidas a opresión por parte de los gobiernos de Ucrania y México respectivamente: en el caso de los rusos de Crimea, había habido un golpe de Estado que ilegalmente había sacado del poder a un gobernante simpatizante con los rusos; en el caso de los anglos en Texas, el gobierno de México no les permitía plena libertad religiosa, y no hacía nada por defenderlos frente a los continuos ataques de tribus indias.
            La forma en que se anexaron Crimea y Texas fueron ilegales e inmorales, y por supuesto, estuvieron conducidas por una agresiva ideología nacionalista, la cual suele conducir a mucha violencia. Pero, al conocer mejor las circunstancias de aquellos sucesos, es necesario matizar, y no quedarse satisfecho con la propaganda rusofóbica o anti-americana.
            Si nos regimos por el principio de autodeterminación, resulta inevitable admitir que la abrumadora mayoría de los habitantes de Crimea querían ser ciudadanos de Rusia (supuestamente así lo manifestaron en un referéndum, aunque hay serias dudas de que este proceso electoral fue íntegro), y la abrumadora mayoría de los texanos querían ser ciudadanos de EE.UU. (no hubo un referéndum en aquella ocasión). A los miembros de otras etnicidades en Crimea se les ha prometido respeto y tolerancia (falta por ver si realmente se cumplirá, pues sobre esto hay muchas dudas); a los hispanos que quedaron del lado norteamericano tras la guerra con Texas se les concedió ciudadanía, no hubo confiscación de sus tierras, y al cabo de algún tiempo, fueron exitosamente asimilados al resto de la población.
            Así pues, quien defienda el principio de autodeterminación (como creo que debe hacerse), debe admitir que en las anexiones de Crimea y Texas hubo muchos aspectos sombríos y reprochables, pero que sí hubo un principio elemental que pudo haber justificado aquellos procesos históricos: el cumplimiento del deseo de los habitantes de las regiones, respecto a cuál país quieren pertenecer. Por supuesto, este mismo principio deberá propiciar que, en un futuro, si la población ucrania de Crimea crece, se contemple nuevamente un regreso a Ucrania (algo muy improbable); y también, que si la población hispana de Texas, Nuevo México, Arizona y California crece y exige un regreso a México (algo que sí es mucho más plausible), se plantee esta posibilidad.

Gabriel Andrade

martes, 21 de octubre de 2014







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