domingo, 24 de julio de 2016


José Luis Ferreira

¿Cuánto vale una vida?

La cuestión no tiene fácil respuesta. De hecho, para algunas maneras de plantearla, no la tiene en absoluto. ¿Cuánto vale mi vida para uno mismo? En principio, todo lo que tenga y más si se puede pedir, robar o conseguir de cualquier otra manera. Si eso deja en la ruina a la familia habrá quien se rinda ante ese prospecto y no acepte pagar cualquier cosa por salvar la vida. Depende de cada cuál, claro. Consideraciones parecidas se harán con seres queridos. Por este camino no llegamos a ninguna parte. Bueno, sí, llegamos a que, trasladando esto a las decisiones sociales, dedicaríamos ingentes cantidades de dinero (es decir, de recursos) a salvar vidas. Dedicando muchos millones a mejorar una carretera estadísticamente se ahorrarán algunas vidas. Si una vida no tiene precio, no haríamos otra cosa que mejorar carreteras (era un ejemplo, pon aquí tu favorito si este no te gusta).

Hay otra manera de enfocar el asunto y que, además, es más acorde con las decisiones que tomamos. Como al final todos nos morimos, resulta que ninguna vida se salva realmente. Lo que conseguimos es aumentar la esperanza de vida (también su calidad, pero no nos compliquemos). ¿Cuánto estamos dispuestos a pagar por que nuestra esperanza de vida aumente en un año? No ingentes cantidades de dinero. No, por lo menos, si se trata de aumentar de 45 años más a partir de ahora a 46. Si se trata de aumentar de 0 a uno, volvemos al párrafo anterior, aunque un poco más moderados.

Esta es la clave. La inmensa mayoría de las decisiones que tienen que ver con salvar vidas no se refieren a la inmediatez del resultado (salvo en catástrofes), sino a aumentar la esperanza de vida evitando una enfermedad o un accidente. Ahí ya no estamos tan dispuestos a pagar. De hecho hay gente que renuncia a años de esperanza de vida por cosas tan tontas como fumarse unos cigarrillos al día. Otros arriesgamos la vida conduciendo en lugar de coger el tren porque no nos compensa la disminución de la probabilidad del accidente con la comodidad de nuestro coche. O vamos al monte arriesgándonos a peligros mayores que visitando museos. Así somos, si no hacemos algo más que salvarnos la vida no merece la pena vivir.

Y lo que no queremos para nosotros mismos no hay razón para que lo queramos socialmente. Podemos gastar más en mejorar carreteras, pero no todo el presupuesto. Hay que dejar algo para otras cosas.

En resumen. Uno puede, si tiene los datos, calcular cuántos años de esperanza de vida se ahorran gastando X euros en una determinada política y cuántos se ahorran en otra. Si de ahorrar vidas se trata, simplemente se ponen los euros en donde se salvan más años (no se me tome esto al pie de la letra, hay que tomar en cuenta más cosas, pero he dicho que no quería complicar el tema). En la medida en que gastamos en otras cosas que no son salvar años de vida estaremos implícitamente diciendo que X euros gastados en esa otra cosa nos produce más satisfacción que los años de vida que se ahorrarían con esos X euros si se ponen al uso de salvar años de vida.

lunes, 18 de julio de 2016

Por Alejandro Miñano

Áyax Telamón o Áyax el Grande es, para mí, uno de los héroes más vibrantes de la épica griega. Al ser un personaje admirado y a la vez odiado, nadie duda de su talento innato en el manejo de las armas y con un espíritu luchador e incansable, destaca entre las filas griegas, tras Aquiles, sin dejar a nadie indiferente. Para bien o para mal,  Áyax ha llegado a nuestros días. Sin duda fue la eficacia de Áyax en el combate lo que motivó que unos fabricantes de detergentes domésticos bautizaran con el nombre del héroe a uno de sus productos, el Áyax, destinado a luchar…contra la suciedad. También, un equipo de fútbol holandés laureado  a nivel internacional, el Áyax de Ámsterdam, presume de llevar en su escudo su imagen. Sin embargo, ahondando en la personalidad de Áyax, uno descubre que muchos autores terminan desprestigiando al héroe de Salamina y por esta razón, estoy de acuerdo con la obra trágica de Sófocles, Áyax,  donde el autor ofrece una salida al héroe cuyo resultado final es impecable. Dicha tragedia resulta muy interesante, porque, sin omitir los defectos del héroe y sus graves acciones, Sófocles consigue redimirlo.
Para aquellos que desconocen la historia de Áyax, al morir Aquiles, víctima de la flecha lanzada por Paris y guiada por Apolo, fue el propio Áyax el que, junto a Ulises, recogió su cuerpo y sus armas del campo de batalla. Como era costumbre, tras el funeral,  ambos héroes convocaron una asamblea de jefes para reclamar como recompensa la preciada armadura de Aquiles, la cual había sido forjada personalmente por el dios Hefesto. Las armas, finalmente, son adjudicadas a Ulises. Áyax se creía merecedor de tal premio y se sintió deshonrado por sus compañeros de armas. Áyax, con todo su odio y rencor de su alma, entró en una locura descontrolada. En su delirio, trama matar a sus propios compañeros de batalla y a Ulises. Sin embargo, gracias a la intervención divina de Atenea, la protectora de Ulises, Áyax confunde un rebaño de ovejas con sus compañeros y mata a todos los animales. Cuando Áyax despertó de su locura, vio que había deshonrado su espada de guerrero con sangre de animales y decidió quitarse la vida antes que vivir en la vergüenza y la indignidad de un guerrero de su linaje. Para ello utilizó la espada de Héctor, que éste le había entregado como una ofrenda de honor tras su primer duelo.
Suicidio de Áyax el grande, por Poussin

El suicidio en la antigua Grecia se consideraba una muerte maldita, pues no permite que el alma encuentre su remanso de paz, considerándose una muerte impura. Curiosamente, Áyax es el único guerrero de la guerra de Troya que se suicida. En la sociedad griega, los hombres mueren en el campo de batalla cumpliendo el ideal de civismo. La ciudad les concede un hermoso sepulcro y una elogiosa oración fúnebre con varios días de rituales. En la tragedia griega el suicidio se ve no como un “acto heroico” sino una “solución trágica” que la moral reprueba. Aristóteles afirma que “una especie de deshonor acompaña al suicida, que es mirado como culpable para con la sociedad” y define el morir por mano propia como un acto injusto que la ley no permite y un deshonor que acompaña al que se mata. La situación es delicada. Los jefes griegos discutieron qué hacer con el cadáver del héroe. El hermanastro de Áyax, Teucro, deseaba sepultarlo pero Agamenón y Menelao decidieron que no se debía enterrar, dejando su cuerpo expuesto para que lo buitres acabaran con él. No obstante, Ulises, sintiéndose en parte responsable de su muerte, actuó a favor del fallecido y convenció a sus compañeros para que permitiera los actos fúnebres. Y así fue enterrado, en vez de incinerarlo como era la costumbre. Ulises conmovido, depositó sobre su tumba las armas de Aquiles.
Sin embargo, la traición pesa sobre el héroe sin justificación alguna. La traición se consideraba uno de los peores delitos en Atenas, un delito que merecía las más severas sanciones. Más concretamente podemos decir que la ley para los traidores que encontramos recogida en Jenofonte (Helénicas 1.7.22) era la misma que existía para los ladrones de las propiedades sagradas y probablemente era así porque la comisión de estos dos delitos recibía el mismo castigo, a saber, la prohibición de ser enterrados en el Ática; o, en el caso de la traición, en el territorio al que se había traicionado y la confiscación de los bienes. En este caso, Áyax no había sido castigado por su traición de intentar matar a sus compañeros, ya que se suicidó antes de ser juzgado.

¿Por qué se suicida Áyax? Es la cuestión que siempre me ha hecho reflexionar. No me vale con el último enfrentamiento entre Ulises y Áyax por la disputa de las armas de Aquiles.  Por eso, hay que amplificar el campo de visión más allá de aquel funesto episodio y realizar un análisis con más recorrido y de manera exhaustiva sobre la vida de Áyax.
Hay varios momentos en la vida de Áyax que se deberían tener en cuenta para entender de qué manera llega el héroe de Salamina al suicidio:
  1. Antes de la guerra de Troya, el padre de Áyax, Rey de Salamina, le recomienda que luche con sus armas, pero también con la ayuda de los dioses. Áyax le responde, con arrogancia, que tan sólo los cobardes ganan la victoria con el auxilio de los dioses.
  2. Atenea quiso alentar al héroe de algunos peligros, pero lo desechó con insolencia, diciéndole que no se mezclase en su conducta de la cual daría buena cuenta, y que reservase sus favores para sus compañeros de batalla.
  3. En otra ocasión, rehusó el ofrecimiento que la propia Atenea le hizo para proteger su carro.
  4. Ayáx borró de su escudo el búho, ave favorita de Atenea, temiendo que esta imagen fuese tomada como un acto de respeto hacia ella y, por consecuencia, como una prueba de desconfianza en su propio valor.
No cabe duda de que Áyax es un príncipe valiente e intrépido que prestó grandes servicios a los griegos; pero de un carácter temperamental y al mismo tiempo cruel. Es de destacar que se valió de su fuerza humana más que de la divina y que nunca fue herido en combate, pero el mundo moral de Áyax es desastroso. En una sociedad en la cual la religión, el respeto a los dioses y  los rituales eran una parte indisociable de la moral griega, Áyax decide rebasar las líneas rojas de la moral griega poniendo la unidad social a la que pertenece en peligro, como fue el caso de la disputa de las armas de Aquiles. La sociedad ateniense acogía en su seno, sin problemas, la incredulidad, quizá con la única condición de que no diera lugar a gestos de impiedad, pero los actos de Áyax van más allá de la incredulidad, por lo que el héroe está siempre bajo amenaza de los dioses, especialmente de Atenea.
Igualmente, no hay que olvidar que la base fundamental de la sociedad griega es que a los dioses se les tiene que respetar ya que son impredecibles y, a la vez, te hace ver que el ser humano vive en un mundo hecho de fuerzas extrañas, de fenómenos sobrenaturales que te afectan para bien y para mal. Cabe recordar que la Ilíada comienza con un alejamiento del hombre de los dioses y las consecuencias son nefastas:
¿Qué dios sembró entre ellos la discordia? El hijo de Zeus y Leto (Ilíada, 8-9)
En dicho pasaje, Agamenón había ofendido al sacerdote de Apolo y como  consecuencia de las oraciones del sacerdote, Apolo mandó una plaga contra el ejército de Agamenón.
Recordemos que Áyax desoye las palabras sabias de su padre, Rey de Salamina, sobre el culto y respeto que hay que ofrecer a los dioses. Pero más allá de no atender las palabras de su padre, la actitud del héroe con los dioses no era la más adecuada, en concreto con Atenea, con la que siempre tuvo un pulso beligerante. La condición moral de Áyax va desgastándose  hasta llegar a su último episodio cuando se disputan las armas de Aquiles y Áyax es el perdedor. Para mí, Áyax fue merecedor de llevar las armas de Aquiles, porque estaba más ligado a él que Ulises, además de ser un héroe que se entregó a la batalla sin miramientos. Pero las circunstancias que rodearon a la disputa de las armas favorecieron a Ulises.
Recordemos también que Áyax es el único guerrero de Troya que rechaza a los dioses y el único que acaba suicidándose. La pregunta es la siguiente: ¿los dioses te garantizan la protección y la gloria en el campo de batalla? Indudablemente no. De hecho, el Olimpo de los dioses se divide en la guerra de Troya, defendiendo a troyanos y griegos y, como en cualquier guerra, siempre hay muerte, dolor, enfermedad y sufrimiento en ambos lados. Pero es curioso que Áyax sea el único que se postula en contra de los dioses y el único que corta el hilo de su muerte con el suicidio.
Por otra parte, en la Ilíada, en mi opinión, los hombres no son considerados libres, sino personas incrustadas en un tejido social rígido e inflexible, que no se cuestionan en absoluto las normas sociales que les envuelven. Es decir, el único punto de referencia que tienen es la sociedad en la que viven. Aceptan y viven sus vidas por muy grande que sean sus sufrimientos. A la vez, el hombre homérico, sobre todo en la Ilíada, carece de interioridad. Sin embargo, son muy expresivos, no esconden nada, por lo que es totalmente conocido, no tienen secretos, hablan y actúan tal como son, diríamos que es un campo de fuerzas al descubierto con todas sus pasiones incontroladas, un volcán en plena erupción sin dejar nada en su interior. Áyax carece de dicha interioridad pero a su vez tampoco se preocupa de cultivar los valores morales de su época por lo que su laberinto interior le lleva al suicidio. No tiene otra vía de escape, porque de otra manera habría pedido redimirse a sus compañeros, o bien buscar la complacencia de los dioses para encontrar otra salida distinta al suicidio.  Sin embargo, en la Odisea, con Ulises como protagonista, aparecen una clase de individuos con un desarrollo personal más evolucionado y con una interioridad mucho más profunda. De este modo, Áyax representa la parte incompleta del ser, infringiendo los valores de su sociedad incesantemente y no aprendiendo de  las oportunidades que le va surgiendo en cada episodio de su vida; Ulises sería la parte completa del ser que termina por culminar su camino espiritual, personal y psicológico. En suma,  son dos héroes con un desarrollo interior distinto y con unos resultados antagónicos visibles y palpables. Pongamos un ejemplo que refuerce mis palabras, cuando Ulises desciende al Hades y se encuentra con Áyax, en el Canto XI de la Odisea:
 Las demás almas de los difuntos estaban entristecidas y cada una preguntaba por sus cuitas. Sólo el alma de Áyax, el hijo de Telamón, se mantenía apartada a lo lejos, airada por causa de la victoria en la que lo vencí contendiendo en el juicio sobre las armas de Aquiles, junto a las naves. Lo estableció la venerable madre y fueron jueces los hijos de los troyanos y Palas Atenea. ¡Ojalá no hubiera vencido yo en tal certamen! Pues por causa de estas armas la tierra ocultó a un hombre como Áyax, el más excelente de los dánaos en hermosura y gestas después del irreprochable hijo de Peleo.
Ulises se acerca a Áyax:
Áyax, hijo del irreprochable Telamón. ¿Ni siquiera muerto vas a olvidar tu cólera contra mí por causa de las armas nefastas? Los dioses proporcionaron a los argivos aquella ceguera, pues pereciste siendo tamaño baluarte para los aqueos. Los aqueos nos dolemos por tu muerte igual que por la vida del hijo de Peleo. Y ningún otro es responsable, sino Zeus, que odiaba al ejército de los belicosos dánaos y a ti te impuso la muerte. Ven aquí, soberano, para escuchar nuestra palabra y nuestras explicaciones. Y domina tu ira y tu generoso ánimo. Así dije, pero no me respondió.
 Como hemos observado, Áyax y Ulises son dos polos opuestos en carácter, temperamento y actitud no sólo durante la vida sino que, después de su muerte, Áyax continúa con su egoísmo, su soberbia y falta de perdón. A su vez, está tocado por la hybris, un concepto griego que puede traducirse como ‘desmesura’ y que alude a un orgullo o confianza en sí mismo muy exagerada, especialmente cuando se ostenta poder. La ausencia de la hybris  determina una moral de la mesura, la moderación y la sobriedad, obedeciendo al proverbio pan metron, que significa literalmente ‘la medida en todas las cosas’, o mejor aún ‘nunca demasiado’ o ‘siempre bastante’. En una sociedad tan jerarquizada como la griega, Áyax no se da cuenta conscientemente de su lugar en el universo y de los múltiples elementos que dominan su entorno social, muy ligado a los dioses y a las fuerzas de la naturaleza, de ahí su voluntad propia de suicidarse.
Por otra parte, justo antes del suicidio y continuando con el argumento de la obra de Sófocles, Áyax invoca a varios dioses: a Zeus para que llame a su hermano Teucro e impida que su cadáver sea profanado; a Hermes, para que lo conduzca a las mansiones infernales; a las Erinias (la Venganza), para que atormenten a los griegos; al Sol, para que lleve sus noticias a Salamina (patria de Áyax); a la Muerte, para que venga a recibirle. Y enviando un último adiós a Salamina, a Atenas, a las fuentes, ríos y llanuras de Troya, se da la muerte echándose sobre su espada.
La obra de Sófocles termina con un  Áyax como un buen soldado y, sobre todo, como un soldado siempre al servicio de su ejército, arriesgando su vida en todo momento ante las necesidades de éste. Nunca temió arriesgar su vida en la defensa de los suyos. Y es esto finalmente lo que Sófocles enfatiza y lo que permite que Áyax pueda seguir siendo considerado un gran héroe en la Atenas del s. V a. C.
Como dato curioso y según la mitología, tras la muerte del héroe brotó una flor de jacinto en el punto donde cayó su sangre cuyos pétalos llevaban marcadas las dos primeras letras del nombre de Áyax (AY) como si fueran un lamento. En su nombre se celebraban en Salamina las fiestas Aiantes.

domingo, 17 de julio de 2016


José Luis Ferreira

No te preocupes por esta carta. No es para decirte que te quedes ni que te vayas. Es para que recordemos unas cuantas cosas y para, tal vez, convenir en otras más.

En el recuerdo quiero que tengas que, sea cual sea la decisión de los catalanes, será en España donde vais a tener más amigos. Es posible que tengáis también algún enemigo o algún indiferente, aquellos que creen que eso de hablar catalán es un capricho, por ejemplo. Espero que valores más a los primeros que a los segundos. Y esto me lleva a alguna de esas cosas que deberíamos convenir, y es que entre todos deberíamos hacer que el número de amigos sea el máximo posible y el de enemigos el mínimo.

Siempre he defendido la independencia de los catalanes si así lo deseáis. España no debería poner trabas a un proceso nacido de esa decisión ni impedir la permanencia de Catalunya en Europa. También he defendido que si no se opta por la independencia, la integración de Catalunya en España debe ser de manera aceptada por ambas partes. La independencia puede ser un deseo unilateral, pero la integración debe ser conjunta. Algunas de las torpezas sobre cómo se manejó el nuevo estatuto vinieron de no haber dejado claro esto.

España no puede estar negociando transferencias y estatutos cada cuatro años, según las elecciones. La estructura de Estado necesita una estabilidad. Si no es la actual, la que sea, pero estable, que dure por lo menos veinte o veinticinco años y que se cambie de manera consensuada porque es la manera de adecuarse mejor a los tiempos.

El modo en que los territorios más ricos realizan transferencias a los menos ricos es algo que debe definirse mejor: Qué solidaridad ejercer, qué responsabilidades pedir a cambio, cómo contabilizar estas transferencias,... La estructura actual hace difícil saber qué se está haciendo. ¿Aporta más Madrid que Catalunya? ¿Se ha corregido bien el hecho de la capitalidad y de la tributación de las sedes de las grandes empresas? ¿Es cierto que País Vasco y Navarra contribuyen menos? ¿Es la solución que Catalunya tenga un concierto para también contribuir menos? ¿Es la solución revisar el Cupo para que las forales contribuyan más? ¿Es el concierto preferible, no por esa razón, sino para tener más certidumbre y control de los ingresos propios? Según algunos cálculos, las transferencias de Catalunya al resto de España son el 8% del PIB catalán. Es un número semejante a las que ocurren entre algunos de los ricos y liberales estados de Nueva Inglaterra y el resto de los EEUU. No sé si es mucho o poco.

En lo que ocurra a partir de ahora no deberíamos prestar ninguna atención a quienes promuevan rencores, agravios, odios o boicots, como no hemos debido permitirlo nunca.

jueves, 14 de julio de 2016

Ante el avance de la vorágine del relativismo cultural, la culpa del hombre blanco, y el continuo reproche a Occidente, no viene mal recordar la trascendencia de la revolución francesa. En el siglo XVIII, fuera de Occidente, nadie tenía ni la más remota intención de levantarse frente al despotismo, secularizar la sociedad, o enfrentarse a las monarquías absolutistas. Por ello, hoy 14 de julio, deseo a todos un feliz día de la toma de la Bastilla, y exhorto a sentir orgullo de nuestra civilización.
            Con todo, esta celebración siempre me ha parecido muy desdichada. En el mismo año de 1789, los revolucionarios proclamaron los derechos del hombre. Esa ocasión no se celebra como día de fiesta nacional. Lo que se celebra el 14 de julio, en cambio, es la mentalidad de hordas.

            La Bastilla era la prisión en la cual se encontraban los presos políticos, y era un símbolo de la tiranía del antiguo régimen. Visto en retrospectiva, podemos celebrar que el pueblo, asqueado del viejo orden feudal, destruyera aquella cárcel. Pero, estas cosas no suelen ocurrir limpiamente. El mismo 14 de julio de 1789, las hordas que destruyeron la Bastilla, arremetieron contra guardias y funcionarios, y colocaron sus cabezas en piquetes, en éxtasis de celebración. En total, entre enfrentamientos, aquel festín de violencia dejó más de noventa muertos.
            Aquello debió haber sido un presagio de lo que estaba por venir en los años siguientes, pero poca gente lo alcanzó a ver. Edmund Burke, el gran filósofo anglo-irlandés, sí lo vio con mucha claridad. Él también detestaba el viejo régimen de las monarquías absolutistas, y propuso reformas. Cuando los colonos norteamericanos se rebelaron contra el imperialismo británico en la revolución de 1776, él los apoyó.
Pero, Burke comprendió que no todas las revoluciones son harinas del mismo costal. La revolución francesa empezó con mal pie, y Burke advirtió que las cosas se pondrían aún peor. Se estaba yendo con demasiada prisa, y eso propiciaba que, con el afán de cambiar las cosas repentinamente, no hubiera control de ningún tipo. Al final, las masas serían encargadas de gobernar. Esto podría parecer un paraíso de democracia participativa, pero en realidad, cuando las masas tienen poder ilimitado, hay mucho peligro. En efecto, tal como profetizó Burke, aquello desembocó en el caos del reinado de terror de Robespierre, cuando las muchedumbres decidían si se mataba o no a alguien.
            Francia lleva ya más de doscientos años en estas celebraciones de un evento fundacional que trajo consigo momentos terribles. Pero, nunca es tarde para rectificar, y entender que los arrebatos irracionales de las masas, aun si es en contra de tiranías, no suelen llevar a cosas buenas.

Los propios franceses ahora se empiezan a lamentar de que su vecina, la Gran Bretaña, los haya abandonado en el proyecto de unión continental. Pero, el Brexit fue precisamente un ejemplo de democracia participativa demasiado cercana a la mentalidad de hordas; una ocasión en la que se permitió a las masas decidir irracionalmente. Francia podría celebrar muchas cosas positivas de su revolución, pero al enaltecer una ocasión en la que hubo cabezas en piquetes, se termina dando aval a aquellos que creen erróneamente que la voz del pueblo es la voz de Dios a toda costa.

domingo, 10 de julio de 2016



 Por José María Agüera Lorente
En su elocuente libro titulado El retorno de los chamanes, publicado no hace siquiera un año, el joven y cosmopolita politólogo Víctor Lapuente nos presenta una visión audazmente crítica de la Unión Europea forjada en las últimas décadas. Todo el libro merece un comentario, pues es muy apreciable su valor como provocador de reflexiones y de replanteamientos de creencias que uno creía suficientemente razonadas amén de queridas. Así que habrá que volver a él en más de una ocasión a la hora de abordar diversas cuestiones todas ellas ineterconectadas por cuanto tienen que ver con el problema de la consecución del bien común.
Para este crítico del actual modelo político europeo la eurocracia de Bruselas ha suplantado la Europa de los mercaderes por la Europa de los burócratas. Su percepción despectiva de tal modelo apenas queda disimulada en estas sus palabras:
El comercio de los no comerciantes es el más intenso, no se acaba al estrechar la mano para cerrar un negocio. El trasiego de los que buscan rentas no cesa. Hoy se debe redefinir esta regulación, pedir aquel crédito. Mañana habrá que retocar otra regulación, extender otro crédito.
Como en el mito griego, Europa es víctima de un rapto, del que el culpable no es como yo creía– el toro de Wall Street, que tan oportunamente representa el empuje imparable de los mercados financieros, sino la hidra que serpentea por los despachos sitos en su centro institucional, desde los que se trata de someter a los diversos Estados europeos a un imperio uniformizador. El apocalipsis de la historia vendrá de la mano de una «Gran Bruselas», que así queda descrita por nuestro agorero autor:
miles de mercaderes que no mercadean, porque extraen sus rentas de torcer las directivas a su antojo y agrietar las regulaciones para encontrar un inagotable manantial de riqueza, y miles de políticos demócratas que no hacen política demócrata, pues carecen de accountability, de responsabilidad, con sus votantes. Representantes de mercaderes y representantes de representantes políticos.
Conforme a la descripción que nos ofrece a lo largo del texto el gobierno europeo se basa en una «compleja arquitectura institucional», y asemeja «un castillo demasiado grande y lleno de trampas» en las que acaban cayendo sí o sí los bienintencionados funcionarios y europarlamentarios que tratan de innovar. Porque allí lo que se cultiva es la intriga palaciega y se premia a «los Richelieu de traje estrecho y sonrisa amplia». 
Mirado así, los adalides del Brexit han de ser tenidos por auténticos visionarios, salvadores a la 007 de su real democracia. Clarividentes opositores al leviatán europeo que se está gestando contra natura. Porque los europeos somos evidentemente muy heterogéneos. No vale en la actualidad esa línea demarcatoria durante tanto tiempo válida más allá de las fronteras nacionales que dibujaba las categorías de izquierda y derecha. Por si no basta la evidencia del contraste entre griegos y alemanes, lo ha demostrado el dichoso referéndum británico, donde las posturas han sido antagónicas no en función de esas ideologías políticas, sino según el corte generacional (jóvenes que han votado por la permanencia en la UE frente a viejos que han votado por la salida); dependiendo de las particularidades locales (ámbito rural mayoritariamente a favor de la salida) o de identidad nacional (Escocia e Irlanda del Norte por la permanencia). En esto no cabe sino darle la razón a Víctor Lapuente. Y cuando uno ve cómo se rompe por sus costuras la solidaridad europea ante las pruebas a las que la historia la somete, como la llamada crisis de los refugiados, parece que no queda otra que aceptar que el sueño de la Gran Europa política y social no es más que eso, un sueño.
De todo lo anterior infiere el mencionado autor que más nos valdría a los europeos renunciar a la utopía europeísta; la grandeur no es más que un mito que fácilmente se derriba desde el conocimiento de la realidad de los pequeños países que inventan sus propias políticas desde su independencia y experimentación innovadora. Como es el caso de los países escandinavos, a los que nuestro mordaz politólogo tiene permanentemente presentes como modelo a seguir. Ojo: según él, el problema no lo constituye el gran mercado único europeo, sino la creación de un gran gobierno central que uniformice la política con un fuerte ascendiente ideológico, lo que irremediablemente tendría el efecto de agostar toda capacidad de innovación en políticas públicas. Para esto sí reconoce el profesor Lapuente la necesidad de una Bruselas fuerte y con competencias claras, para velar por el funcionamiento justo y eficiente de ese mercado común europeo. Al mismo tiempo se necesita una Bruselas débil en lo político para posibilitar un «mercado de políticas públicas». Desde este su punto de vista, consecuentemente: 
el sueño de los integristas de la integración europea, la unión monetaria y fiscal, significaría (o está significando, porque su parte monetaria se está cumpliendo ya) la desaparición de esa ágora de políticas públicas. 
En definitiva, lo que se propone es que una Europa más aligerada en ideales y menos cohesionada políticamente permitiría a sus países cultivar desde su insoslayable heterogeneidad su creatividad en políticas públicas, las cuales competirían libremente entre sí.
Como prueba histórica a favor de sus tesis el politólogo contrapone el monstruo de la UE al modesto pero pragmático proyecto de la Unión Nórdica, constituida a comienzos de la década de 1950 por Noruega, Islandia, Finlandia, Suecia y Dinamarca. Una integración construida desde arriba frente a una promovida desde abajo. Una pomposa y fatua, pero fracasada, frente a otra modesta a la par que exitosa. Pequeños países que abrieron sus fronteras entre sí para que sus respectivos ciudadanos se moviesen libremente sin pasaporte, y que pudieran residir y trabajar en otro país sin necesidad de pedir permiso. Nada de grandilocuentes discursos sobre el sueño europeo; plena autonomía y responsabilidad de sus  gobiernos para decidir sus políticas. El resultado es que han alcanzado un alto grado de integración y convergencia sin necesidad de un leviatán europeo como Bruselas. La conclusión es inapelable: 

El bienestar de los europeos requiere también desmantelar parte de la infraestructura de la Unión para recrear un auténtico mercado de políticas públicas. Y es que aquello que Europa necesita más es precisamente aquello que sus medios de comunicación suelen atacar más; a saber, la denostada «Europa de los mercados». Europa necesita un mercado competitivo tanto de bienes y servicios como de políticas públicas. Que los ciudadanos europeos puedan decidir libremente tanto qué productos como qué políticas consumir.
La pregunta es: ¿vale todo en ese mercado? Si aceptamos que «espíritu europeo» no es más que un vacuo sintagma nominal que sólo da apariencia de realidad a los abstractos ideales europeos, y asumimos su naturaleza puramente retórica, ¿podremos mantener la mínima cohesión política necesaria para conjurar los conflictos derivados del enfrentamiento entre pueblos que no perciben entre sí vínculos de fraternidad?
Una ojeada a ese espacio mediático hostil a la Europa de los mercados, permite encontrar voces muy cualificadas que reconocen la necesidad de flexibilizar el proyecto de integración. Léanse como exponentes los artículos de Loukas Tsoukalis, profesor de integración europea en la Universidad de Atenas, y de Frank-Walter Steinmeier, ministro alemán de relaciones exteriores. Ambos reconocen en sus textos la crisis por la que atraviesa la UE, pero ambos apelan al mantenimiento de la unión, recordando la necesidad histórica del proyecto europeo común tras tantos siglos de guerras entre los distintos territorios del viejo continente. Como reconoce Tsoukalis, es innegable que «Europa está en un aprieto: es difícil avanzar y da miedo retroceder». Por su parte Steinmeier apela a la urgente necesidad de «implantar un nuevo sistema de funcionamiento en Europa» en la dirección que apunta la crítica de Víctor Lapuente, reconociendo la realidad heterogénea de los pueblos europeos, pero «sin excluir ni dejar atrás a nadie». Esto implica seguramente aligerar el elefantiásico aparato burocrático de Bruselas, pero no desprendernos de ideales que pueden orientar la acción política en los momentos en que los diversos intereses grupales (también dentro de cada uno de los Estados nacionales) chocan entre sí. Apelar a la historia, a la paz, a la justicia, a la par que se toman concretas decisiones políticas que tornen tangibles para el ciudadano tales abstracciones no es en principio descabellado. El filósofo italiano Alessandro Ferrara lo consigue expresar lúcidamente en su libro La fuerza del ejemplo mediante las siguientes palabras: 

En política, el imaginario desempaña un papel fundamental, ya que la política no sólo está trufada de intereses, conflictos y poder, como una visión reduccionista podría creer, sino también por ideas, algunas de las cuales presentan la extraña cualidad de «movilizar» a la gente.
Así pues, no parece inteligente retirarse del campo de batalla de las ideas, porque otros lo ocuparán tremolando banderas que exalten las identidades nacionales, construyendo muros que justifiquen los conceptos (también abstractos) de dentro y fuera, de igual y diferente. Ese imaginario al que se refiere Ferrara se define sobre el telón de fondo de experiencias históricas que los individuos comparten y que se transmiten a través de los rituales de la memoria. Ese acervo de la memoria común europea nos indica que no nos queda más remedio que arreglarnos entre nosotros, coexistir en este territorio donde todos han sido alguna vez enemigos; y dialogar y negociar, «ya que –como sostiene el filósofo italiano– el enemigo de hoy siempre estará allí, en el mismo espacio político en el que estamos nosotros». Bruselas se puede tomar muy bien por ese imperfecto pero imprescindible espacio, materializado institucionalmente, de diálogo.

A todo esto, no hay que soslayar la realidad del mundo global, la cual se hace patente sobre todo en los problemas que no pueden hallar solución más que desde propuestas de un gobierno cosmopolita, tome la forma institucional que tome. Me refiero –por mencionar algunos de esos problemas– a la explosión demográfica, la destrucción de la biodiversidad del planeta, el agotamiento o escasez de recursos naturales como el agua o el petróleo, posibilidades y riesgos de la ingeniería genética, globalización de los mercados y la economía, migraciones masivas, insuficiencia de los Estados nacionales como marco de la vida política, una cultura universal basada en la difusión instantánea y mundial de la información a través de los canales de comunicación, las tensiones identitarias latentes en el multiculturalismo, el terrorismo global. ¿De verdad está Europa en mejor disposición de afrontar todos esos retos sin una política común (que no uniforme) basada en las enseñanzas derivadas de su tortuosa historia y en su compromiso ético con la universalidad de los derechos humanos?
 

José Luis Ferreira

Es muy común en algunas maneras de argumentar definir tal cosa como una conquista social para que la sola etiqueta defienda la bondad de la cosa tal. Es un error porque es concebible que alguna de las instituciones que tenemos como conquista social pueda ser un lastre para nuevas mejoras sociales.

Esta falacia la he oído muchas veces en los debates sobre las distintas propuestas de reforma del mercado laboral (ya sabe el lector de este blog que quien suscribe no apoyó la de ZP ni la de Rajoy, sino la del manifiesto de los 100). La manera de argumentar es la siguiente:
  • Búsquese en la reforma un apartado en el que se reduzca un derecho de algún colectivo de trabajadores.
  • Úsese esta reducción como argumento en contra de la propuesta.
  • Enfatícese el hecho de que ese derecho era una conquista social y que su reducción nos coloca x años en el pasado.
  • Óbviese cualquier aspecto de la reforma que conceda más derechos a algún colectivo de trabajadores.
Este tipo de argumentación parece indicar dos cosas: (i) que cualquier pérdida de derechos en cualquier aspecto es mala en sí misma y (ii) que esa pérdida en un aspecto no puede ser compensada con ganancias en otro aspecto y producir un resultado mejor.

Se comete el error de considerar los derechos contractuales como derechos humanos. La pérdida del derecho a la no discriminación por razón de sexo, por ejemplo, es siempre una mala noticia. La pérdida de un derecho en un contrato no tiene por qué serlo. Más ventajas en una cláusula de un contrato no tiene por qué significar más ventajas en el contrato. Veamos algún ejemplo.

Si concedemos a los clientes de las panaderías el derecho a la propiedad del establecimiento solo por comprar una barra de pan les estaremos dando a los consumidores, sobre el papel, unos derechos enormes. Pero en lugar de beneficiarlo, simplemente ocurrirá que la panaderías desaparecerán y nos quedaremos sin nadie que nos venda el pan.

De la misma manera, el que el colectivo A de trabajadores tenga muchos derechos puede implicar que sea un colectivo cada vez más reducido porque los del colectivo B rara vez pasan a ser del A, como se esperaba, así que todos esos derechos, lejos de ser una buena noticia para los trabajadores en general, pueden ser una mala.

Por supuesto, todo lo anterior solo muestra la falacia del argumento arriba señalado. Si esos derechos son buenos o malos lo serán por otras razones, no porque uno de los argumentos que los defienden sean malos. En particular, en el caso de los derechos contractuales hay que determinar si el equilibrio de derechos y deberes que se imponen a las distintas partes permiten, por un lado, la realización de más contratos ventajosos para las partes y, por otro, el reparto equitativo de las ganancias. Esta es una de las razones por las que defiendo la propuesta de los 100. En ella se analizan todas estas cuestiones teórica y empíricamente. Ninguna de las alternativas con que me encuentro llegan siquiera a plantearse esa necesidad. Son buenas porque sí, porque la ideología propia lo dice.

miércoles, 6 de julio de 2016



por David Osorio (@Daosorios)

La semana pasada el papa Frank volvió a ser noticia al decir la perogrullada de que la Iglesia Católica le debe una disculpa a la comunidad LGBTI.

El tipo ni siquiera se disculpó, sólo dijo que la disculpa está pendiente — y es curioso, porque el mundo salió a celebrar el anuncio, como se han acostumbrado a hacer cada vez que Bergoglio dice cualquier cosa que parezca acercar su cavernaria iglesia a la moral del siglo 21. Lo hicieron cuando dijo que los ateos podemos ser buenos (d'uh!) y con su encíclica 'ambiental'.

domingo, 3 de julio de 2016




 Por José María Agüera Lorente


Manejar la opinión pública en las contiendas políticas es una actividad normal. El arte o técnica dirigida a ello es lo que desde tiempo inmemorial se conoce como retórica. En la Atenas que alumbró la democracia hace dos mil quinientos años la retórica era prácticamente el único modo de ejercer la política. O eras capaz de hablar en público o, de lo contrario, quedabas multiplicado por cero –en terminología del reputado filósofo Bart Simpson– a efectos de la actividad política. Por eso prosperaron los famosos sofistas, esos antagonistas del bueno de Sócrates tal como aparecen dramáticamente en la historia de la filosofía que estudia cualquier bachiller. Ellos eran los profesionales del discurso, que confeccionaban muchas veces por encargo para quienes, llegado el caso, habían de acusar o defenderse personalmente ante los tribunales, los cuales no eran profesionales. El dominio de la retórica en un momento determinado podía salvar la vida del ciudadano –que se lo digan a Sócrates si no– y siempre constituía recurso de primera mano para quien quisiera hacer carrera política. Porque en la democracia ateniense el pueblo decidía, pero decidía lo que proponía el orador más persuasivo. Este era el principal camino para convertirse en un ciudadano influyente. Por todo ello se entiende muy bien que se llegase a confundir retórica y política (el propio término griego retor se usaba indistintamente para significar orador y político).
Es comprensible, entonces, que en su diálogo Gorgias (nombre de uno de los más destacados sofistas) Platón ataque a la democracia a través de la retórica. La ataca porque para el filósofo ateniense la actividad política está de suyo inscrita en el ámbito de la moral. Es el instrumento mediante el que realizar una moral social por la que cultivar la virtud individual, ya que para Platón la moral del individuo está inextricablemente unida a la moral de la sociedad. Todo esto seguramente fue lo que llevó al filósofo neoplatónico Olimpiodoro a tener muy claro que en el diálogo platónico en cuestión sólo existe un objetivo que él definió así: «discutir sobre los principios morales que nos conducen al bienestar político». La conexión entre retórica (política) y moral queda claramente evidenciada en la siguiente pregunta que le arroja Sócrates al sofista Calicles:
Sigamos; ¿y qué es, a nuestro juicio, la retórica que se dirige al pueblo ateniense y a los pueblos de otras ciudades, a los hombres libres? ¿Piensas tú que los oradores hablan siempre para el mayor bien, tendiendo a que los ciudadanos se hagan mejores por sus discursos, o que también estos oradores se dirigen a complacer a los ciudadanos y, descuidando por su interés particular el interés público, se comportan con lo pueblos como con niños, intentando solamente agradarlos, sin preocuparse para nada de si, por ello, les hacen mejores o peores?
Es difícil encontrar un texto en el que quede plasmada de forma canónica la esencia de la demagogia, donde moral y política divergen, lo que para Platón es inaceptable, pero que nosotros, ciudadanos de la moderna democracia liberal, parece ser que asumimos. Otra cosa es que la controversia filosófica representada por la confrontación entre Sócrates (Platón) y Calicles en el diálogo Gorgias se de ya por zanjada.


Pudiera parecerlo si aceptamos sin más la tesis de André Comte-Sponville recogida en el capítulo dedicado a la política de su libro Invitación a la filosofía, donde afirma que aquélla «es el arte de tomar el poder, de controlarlo y utilizarlo». El filósofo francés quiere ser realista en su toma de posición respecto de la relación entre política y moral, no perdiendo de vista en ningún momento las enseñanzas derivadas de la historia. No somos ángeles. Sería ingenuo y torpe contar con que nos vamos a comportar como clones socráticos. Además, la política tiene que ver con la gestión de intereses: los nacionales, los económicos, los de clase... La moral tiene más bien como base el desinterés promotor de la generosidad que tendría que fluir del reconocimiento de la común condición humana. La política ha de explotar el egoísmo humano para convertirlo en algo útil para el bienestar común. Si la generosidad es la virtud moral, la solidaridad es la virtud política propia del egoísmo inteligente. Recurramos a la elocuencia de Comte-Sponville:
Ser solidario es defender los intereses del otro, ciertamente, pero porque éstos son también –directa o indirectamente– los míos. Actuando en su favor actúo también en el mío: porque tenemos los mismos enemigos o los mismos intereses, porque estamos expuestos a los mismos peligros o a los mismos ataques.
Por su parte, Mario Bunge nos presenta en su libro Filosofía política un enfoque distinto acerca de las relaciones entre política y moral, el cual se podría decir deudor de la perspectiva socrática. Para el pensador de origen argentino la moral es un aspecto intrínseco al diseño de las políticas dado que éstas se diseñan en aras a alcanzar un bien para algunos o para todos. Lo que no nos libra del conflicto porque:
no hay una filosofía moral universalmente aceptada, por la obvia razón de que toda sociedad moderna está dividida en diversos grupos sociales con intereses y tradiciones en conflicto.
En la actualidad todo esto que aquí estamos sólo presentando en su complejidad problemática ha de analizarse necesariamente a escala global. Y los dos planteamientos que hemos contrapuesto –a saber: el que desconecta política y moral y el que las concibe conexas– se hallan erizados de multitud de cuestiones con derivaciones éticas, antropológicas, sociales, económicas, gnoseológicas. Como evidencia cualquier paseo nostálgico por los diálogos platónicos.
Por eso el dichoso Brexit no deja de ser un inesperado regalo que la historia nos otorga para comprobar qué puede ocurrir cuando ciertos intereses grupales se imponen al egoísmo inteligente; cuando la retórica expulsa del debate las razones y, echando a un lado el análisis ecuánime de los hechos, da rienda suelta a la manipulación de las pasiones, devolviendo así al ciudadano a su condición preilustrada de menor de edad; qué ocurre, en fin, cuando los agentes de la actividad política renuncian a otear el horizonte moral a la hora de tomar sus decisiones.
Atentos.

José Luis Ferreira

O eso parece a menudo. Veamos, si no:

  • La culpa de todo la tiene la sociedad. 
  • Tal comportamiento no es más que una sublimación de un deseo o el resultado de un trauma. 
  • Hay que equilibrar la energía para estar sanos. Siendo positivos aumentamos las defensas del cuerpo. 
  • Dando dinero a la gente impulsamos la economía. 
Son simplezas y, aunque para alguna de esas afirmaciones se pueda poner un ejemplo que parezca darle la razón, no permiten hacer ningún tipo de análisis más allá de formar un discurso que no sea dar vueltas a datos y argumentos para justificar lo que ya se está postulando. Sin embargo dan la apariencia de conocimiento y, gracias a ellas (o por culpa de ellas) creemos saber de sociología, psicología, medicina o economía, según el caso, hasta el punto de creer que sabemos más que quienes investigan de verdad sobre esos temas. Cada una de esas afirmaciones (junto con otras muchas de ese cariz) está en el núcleo ideológico de un tipo de discurso que engatusa a demasiada gente durante demasiado tiempo.

¿Por qué somos tan atrevidos? Seguramente haya un cúmulo de circunstancias. Ayuda el que ninguna de esas disciplinas o ciencias lo sea con una exactitud o precisión como la física, pero ayuda también el que todos sabemos, por naturaleza y por vivir en el mundo, algo de cada una de ellas. A no ser que hayamos estudiado el tema con cuidado no presumimos de saber física o química. En cambio todos somos un poco psicólogos cuando notamos que alguien está triste, como somos un poco médicos cuando limpiamos una herida, un poco economistas cuando echamos unas cuentas y un poco sociólogos cuando detectamos grupos y diferencias sociales. Tenemos intuiciones más o menos elaboradas a las que nos aferramos demasiado. Se requiere de una gran disciplina para cambiarlas por las ideas basadas en investigaciones que se van formando con lentitud exasperante.

martes, 28 de junio de 2016

Por Alejandro Miñano

Uno de los aspectos de la Grecia antigua que más me atrae es el carácter individualista de las personas. Quizás sea porque es lo que nos falta en nuestra sociedad, quizás sea porque hoy día, en nuestras vidas, lo autónomo, lo particular, lo individual está en decadencia e infravalorado, siendo más frecuente que se premie  lo colectivo. Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta que ya apenas se aprecia el trabajo individual de uno mismo, la pasión y los sentimientos por lo que uno hace, la libertad para desarrollar un sistema nuevo, un método personal, una idea original, en definitiva, el gusto de crear e imaginar un trabajo con el que podamos sentirnos felices y desarrollados. Todos estos conceptos están en un segundo plano porque no tienen prioridad en un mundo vertiginoso donde las actividades que nos rodean están diseñadas y programadas por una estructura multidisciplinar y globalizada. La música moderna de hoy, por ejemplo, suena de la misma manera y habla de los mismos temas. Con letras poco elaboradas, mucha tecnología y escasa imaginación, el éxito surge al instante pero sus canciones y artistas no tendrán eco en la eternidad. La fama y la fortuna llegan inmediatamente, pero son engañosas. No nos extrañe ver los programas televisivos que exprimen un formato comercial buscando talentos que nunca llegarán a la cima de sus carreras y que dejan un rastro de  artistas pésimos, decadentes, colocando, a su vez, en un mal lugar a aquellos artistas que llevan dentro de sí un diamante en bruto por pulir. Son estos proyectos comerciales, superficiales y materialistas, sin cambios internos ni evolución personal, los que imperan en las cadenas televisivas.  Por ello, tenemos que ser arquitectos de nosotros mismos para poder mejorar y de esta manera, regenerar el mundo que nos rodea.
Se me viene a la mente otro ejemplo: una franquicia conocida a nivel internacional que se dedica a vender muebles y decoración para el hogar. Sus largos pasillos están perfectamente señalados con flechas en el suelo para guiarte por todas sus instalaciones; un cordón humano transitando como “borregos” por esos pasillos donde nadie puede salir de las líneas marcadas, porque de lo contrario, serías una sombra perdida por los recónditos recovecos de esa jaula comercial. Igualmente, para viajar,  es preciso que una agencia de viaje te organice tus vacaciones y te integre en un grupo de turistas marcados por una colectivo (tercera edad, solteros, enamorados, etc.). Estas  rutas están envueltas de tintes comerciales que nunca te dejan ver la realidad del país, sino lo maravilloso y paradisíaco de sus rincones,  y  cuanto más gente haya a tu alrededor, por metro cuadrado, mejor todavía, porque representa un status de reconocimiento y popularidad. En definitiva, siempre nos muestran  lugares que tengan notoriedad en los folletos turísticos, en las redes sociales, en las webs relacionadas con viajes, excursiones, zona de ocio, etc. También,  para relajarse uno y soltar el estrés, salimos de casa y recorremos las calles céntricas de nuestra ciudad para ver todos los escaparates comerciales y realizar algunas compras…inesperadas. O bien, acudimos a un campo de fútbol para ver a tu equipo favorito y rodearte por miles y miles de personas que insultan y vociferan al rival, o bien buscamos un lugar en la playa donde un mar de sombrillas tapan la arena y un olor característico a tortilla de patatas, filetes empanados, cerveza y vino envuelven tu entorno, mientras leemos la prensa rosa de famosos que viven del cuento y gracias a la sociedad que los ha impulsado a lo más alto de la cima.
Arrecife de la Sirena (A. Miñano)
¿Dónde están los lugares que quedan al margen de la moda como las rutas por la montaña, pueblos del interior con vestigios medievales, los museos o rincones de tu ciudad olvidados por el paso del tiempo pero que tienen un valor histórico incalculable?
En nuestra sociedad, que impulsa el colectivismo, la globalización y formar parte de un grupo social,  es inevitable que el individuo se pierda entre las masas y dilapide la esencia de lo que es, de lo que somos interiormente, de potenciar nuestras capacidades y percepciones que tenemos dentro de nosotros. ¿Para qué si todo está precocinado, prefabricado? ¿para qué calentarnos la cabeza? Lo mejor es seguir por el pasillo con la flecha marcada y no salirte de la ruta. Hemos dejado de lado las buenas conversaciones en familia, las reuniones con los amigos, pasear tranquilamente por la montaña, buscar el retiro individual, leer un buen libro, disfrutar de una película que esté fuera de la lista comercial, de visitar ruinas arqueológicas y recuperar ese pedacito de historia, que también es nuestra historia y forma parte de nuestro legado cultural.
El estilo de vida de los griegos antiguos nada tiene que ver con el nuestro pues tenían muy marcadas las líneas de la esfera intelectual, familiar, lúdica, individual. ¿Es tan difícil apreciar la felicidad estando solo? En el actual modelo social de vida, nadie nos ha enseñado a estar solos con nuestros pensamientos. Es lamentable que la mente esté siempre ocupada, para bien o para mal, y forzamos este estado mental con toxicidades modernas como el móvil, por ejemplo. La mayor parte de las personas no le resulta nada agradable pasar el tiempo a solas con sus propios pensamientos. Les aterra y mucho, por ejemplo, enfrentarse a sus miedos. Por lo tanto, se está perdiendo la capacidad crítica, reflexiva y observadora, ya que nuestro sistema social nos mueve como marionetas: a su antojo. Es una lástima porque una de las virtudes que tiene el ser humano es la capacidad de pensar y reflexionar de manera consciente. Hay que reconocer que nuestra mente pasa a estar fatigada por la dura jornada del día o se queda en babia, como desconectada, en pausa, experimentando una serie de sensaciones, de recuerdos, de planes de futuro…pero poco más. Creo que nos hemos acomodado y es éste el primer síntoma de esta sociedad que duerme en un aletargado sueño con fuertes pesadillas. Tenemos que empezar a despertar, a observar con detalle el mundo que nos rodea. Tenemos que reconocer que nos hemos equivocado de camino. Para eso, hay que empezar por uno mismo…
Añadiré un ejemplo a nivel personal. Siendo de Andalucía, concretamente de Granada, al sur de España,  puedo decir que las tres ciudades que copan la corona de Andalucía son: Sevilla, Córdoba y Granada. Después, tenemos a Cádiz, con su salero, carnavales y sus playas; Málaga, un epicentro de turistas europeos, con ingleses y alemanes como protagonistas principales; Jaén, tierra de olivos, de buenos aceites; Huelva, con su jamón ibérico y conocida también porque Cristóbal Colón partió desde allí para las Américas. ¿Y Almería? Nadie me había hablado de esta provincia, nunca había escuchado algo especial sobre su ciudad y su entorno natural. Para mi sorpresa, ha sido el gran descubrimiento. Me salí de esa flecha que seguían las masas y decidí explorar Almería. ¡Impresionante! Un escaparate natural precioso rodeado de mar, desierto, calas inhóspitas, rincones salvajes, montañas agrestes sin restos de huellas de conglomeraciones de turistas.  La provincia con más luz solar de toda Europa pero desconocida para los ojos de las personas.  
Museo del Cine, Almería (A. Miñano)
  
John Lennon estuvo en Almería seis semanas de estancia para rodar la película “Cómo gané la guerra” (1967) y  conectó con el entorno de Almería, viviendo en un palacete (hoy día es el Museo del Cine)  con vistas al mar, rodeado de naturaleza, jardines y piscina. Fue en este lugar donde escribió la famosa canción “Strawberry Fields Forever”, pues se embriagó de la naturalidad de Almería, de sus rincones más virginales, como sus calas, sus  amplias playas, esos desiertos dorados que el atardecer languidece con la mezcla de colores vivos y naturales. A Lennon le cambió su brújula interior al conocer Almería. Salió de la ola frenética de su Liverpool, de los focos de la fama y se sacudió por varias semanas de sus histéricas fans. En fin, decidió desmarcarse de la flecha impuesta por la sociedad y el resultado fue Strawberry Fields Forever. ¡Asombroso! Un pedacito de la carrera de Lennon está marcada por su visita a Almería, un oasis de calma y paz en medio de la fama y la fortuna.
Clint Eastwood fue otro que tuvo la suerte de que el destino le dirigiera hasta Almería. Su comienzo por Hollywood no fue brillante y nunca tuvo un papel relevante en la meca del cine norteamericano. Hoy, Clint Eastwood, es un aclamado director, actor, guionista, compositor y con un palmarés a su espalda, gracias, en parte, por elegir otro camino y  hacernos ver que el éxito no es cómo empieces tu carrera,  sino como la terminas. Algunos actores y actrices de Hollywood de los años 60 tuvieron un éxito rápido y abrumador y terminaron suicidándose. Es cierto que otros muchos artistas llegaron a la cima del éxito, pero no siempre se alcanza la plenitud por el mismo camino. Clint tuvo que pasar unos años por Almería para relanzar su carrera, dar un giro interior a su vida y convertirse en un referente en el panorama cinematográfico.
Películas como Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo, dirigidas por un desconocido Sergio Leone, están ligadas a la carrera de C. Eastwood  con Almería, la cara opuesta de la ostentosidad de Hollywood. Al igual que Lennon, la brújula interior fue en sentido contrario a lo esperado, pero  al final del camino encontró el éxito personal, individual y  original de uno mismo. Cabe recordar que Clint Eastwood representaba en sus papeles un antihéroe, un lobo solitario, que se salía de las normas de estilo de películas norteamericanas que normalmente hacían en Estados Unidos con sus películas del oeste salvaje. Al final, el Spaguetti Western triunfó y nuestro Clint pudo impulsar sus futuros proyectos cinematográficos de otra manera diferente, más original y auténtica. Almería y su entorno es un gran escenario de las mejores películas, legendarias como Lawrence de Arabia, Indiana y Jones y la última cruzada, Cleopatra…y ¡cientos más!
Almería guarda con sigilo vestigios de un pasado de tradición árabe. 
Podemos contemplar la Alcazaba, la segunda fortaleza musulmana más extensa en España después de la Alhambra. Parece que el tiempo va más lento que en otros lugares pero que se ahoga en un mar de olvido. Por eso, tenemos que ser muy respetuosos con nuestro legado, cultura y raíces. Hay restos arqueológicos de época romana y musulmana por el centro de la ciudad. Por otro lado, Almería fue una de las provincias que más sufrió el azote de la Guerra Civil española, cayendo 750 bombas, por lo que no tuvieron más remedio que construir unos refugios subterráneos con más de 4 kilómetros de longitud, siendo uno de los mejores conservados de Europa. Pasear por esos refugios es como volver al pasado, o mejor dicho, mirar el presente con sumo dolor porque hoy día, lamentablemente, en muchos países se siguen bombardeando sin escrúpulos.
 Estos pasadizos subterráneos cayeron en el olvido, sellados por la historia, pero, fueron encontrados fortuitamente en el año 2001 al querer construir un aparcamiento subterráneo. Hoy, dichos refugios forman  parte de la red de Lugares de Memoria Histórica de la Junta de Andalucía.
Cabo de Gata, Almería. (A. Miñano)
Para terminar, este texto es una manera de ver que el mundo no es sólo lo que nos pretenden enseñar por televisión o la prensa. Tenemos que buscar nuestra brújula interior y reorientar nuestras vidas para mejorar como personas. Hay muchas “Almería” cerca de nosotros, pero los hilos de la sociedad nos marcan una dirección que creemos que es el único camino para lograr el éxito. No es así. A pesar de que estemos atascados en una sociedad que nos tienen atrapada como una tela araña, tenemos que buscar la salida para encontrar una Almería, un espacio diferente y cálido donde penetre en nosotros una nueva luz y un agua más cristalina. 
Recordar a Lennon y a Eastwood  me hace reflexionar que no hay nunca caminos que nos hagan retroceder en nuestras vidas, sino nuevas oportunidades llenas de aprendizajes que nos impulsan a nuestro destino final. Lo importante en este aprendizaje es estimular un pensamiento reflexivo, crítico y creativo, aprendiendo a filosofar de las cosas cotidianas que vemos en nuestro entorno más cercano. Es cierto que el mundo actual está sufriendo a nivel social, económico y que están saliendo a la luz la desmesura del hombre, la cara oscura de la humanidad, el llanto del hombre por la injusticia y la insolidaridad, pero, después de conocer Almería y reorientar la brújula interior, tal como hizo Clint Eastwodd y John Lennon, pienso que todos tenemos que ver un nuevo día, un nuevo modo de vida y un cambio en la actitud del hombre.


















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