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sábado, 30 de agosto de 2014

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Filosofía en la Red es un blog colectivo que nace con el deseo de convertirse en una referencia dentro del ámbito de la filosofía en español en Internet. Quien desee colaborar con sus textos (reseñas de libros, artículos, etc.) puede ponerse en contacto con nosotros en blogfilosofiaenlared@gmail.com



Roberto Augusto (Gastrar, La Coruña, 1978) es licenciado y doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Colabora con la revista El Emotional Magazine y con el periódico digital La Voz Libre. Forma parte del Colectivo Puerta de Brandemburgo. Es autor de dos libros: El nacionalismo ¡vaya timo! (2012) y En defensa del ateísmo (2012), ambos publicados por Laetoli. Vive en Rubí, Barcelona. Biografía, libros y artículos del autor. Contacto: roberaugusto@gmail.com




Gabriel Andrade nació en Maracaibo (Venezuela) en1980. Obtuvo una licenciatura en Sociología, una maestría en Filosofía y un doctorado en Ciencias Humanas en la Universidad del Zulia, donde es profesor. Ha escrito numerosos artículo y es autor de varios libros: La crítica literaria de René Girard (Universidad del Zulia, 2007), El darwinismo y la religión (Universidad de Cantabria, 2009), Breve introducción a la filosofía de la religión (Universidad de Cádiz, 2010), La inmortalidad ¡vaya timo! (Laetoli, 2011) y La teología ¡vaya timo! (Laetoli, 2013) y El postmodernismo ¡vaya timo! (Laetoli, 2013). Contacto: gabrielernesto2000@yahoo.com


Ismael Pérez Fernández es experto Universitario en Comunicación de la Ciencia y Periodismo Científico por la UNED. Actualmente es el Director del Grupo de Cosmología de la AgrupaciónAstronómica de Madrid y Director Ejecutivo de la ARP-SAPC. También es miembro de la Asociación Española de ComunicaciónCientífica y de la American Association for the Advancement of Science. Colabora como divulgador científico en el portal de e-ciencia.com y edita los blogs Homínidos y El superpoder de la filosofía. Ha publicado El diseño inteligente ¡vaya timo! (Laetoli, 2013).

jueves, 31 de julio de 2014

Entrevista a Manuel Cruz



Manuel Cruz: “Hay un déficit democrático en Cataluña”
Publicada en La Voz Libre el 31-07-2014.

Esta semana, entrevisto al autor del libro 'Una comunidad ensimismada: Diez años de escritos sobre Cataluña' (Catarata, 2014), que confiesa que en Cataluña "hay un déficit democrático".

Jordi Pujol ha confesado que tenía dinero sin declarar en un paraíso fiscal. ¿Cómo afecta esto al proceso independentista que estamos viviendo?

Lo debilita extraordinariamente sin ningún género de dudas. Es decir, creo que en Cataluña muchas veces no se hace el esfuerzo de entender el punto de vista del resto de ciudadanos españoles. Es una pérdida de capital político simbólico enorme. La figura de Jordi Pujol era muy respetada y valorada, incluso por aquellos que no compartían sus puntos de vista. Debilita no solo el proceso, sino la imagen misma de Cataluña. Desde los sectores nacionalistas se habla irónicamente de la marca España. Hay mucha gente que debería estar preocupada por la imagen de la marca Cataluña. El problema de identificarse con Cataluña es que en el momento en el que uno queda cuestionado eso salpica a la imagen del propio país.

¿Pascual Maragall ha sido la gran decepción del socialismo catalán y uno de los principales responsables de la furia independentista que hoy vive Cataluña con su iniciativa de redacción de un nuevo Estatuto?

La imagen que le correspondería a Maragall, más que la imagen del que inició un proceso, sería la del aprendiz de brujo. De alguien que desencadenó fuerzas que luego no estuvo en condiciones de controlar. Me sentí muy cerca del proyecto de Maragall en sus principios, antes de que él se presentara como candidato. Llegué a ser socio de una plataforma que se llamaba Catalunya Segle XXI. En ese momento, aquello de lo que hacía apología Maragall era de que Cataluña tenía que estar en el puente de mando de España, de que se tenía que hacer pedagogía del proyecto catalán. Si algo le reprocho es que no hiciera nada de eso. El proyecto de Estatuto no tenía nada que ver con ponerse en el puente de mando de España, sino que se basaba en establecer unas relaciones de bilateralidad. Y no se hizo en absoluto pedagogía, exceptuando algún artículo de Maragall donde hablaba de los vínculos sentimentales entre Cataluña y España. El proceso del Estatuto fue lo más antipedagógico posible, con la colaboración eficacísima del PP. Sirvió para hacer antipedagogía. Para mí la imagen es más la del aprendiz de brujo que la del instigador consciente.

En su libro menciona que hay miedo a expresarse en contra del nacionalismo por culpa de la presión social. ¿No le parece esto un síntoma de pésima calidad democrática?

Sí creo que hay un déficit democrático en Cataluña, expresión que uso en algún momento del libro. Una de las expresiones que se repiten últimamente en los sectores soberanistas, hablando del diálogo entre Mas y Rajoy, es que se tiene que hacerse sin líneas rojas, sin temas tabú. Hay que decir que en Cataluña hay temas tabú desde hace muchos años. Hay ámbitos que son un auténtico territorio minado y uno sabe que si pone el pie sobre una de esas minas puede estallar. Uno de esos temas son los medios de comunicación públicos catalanes, otro sería el modelo de inmersión lingüística, etc. Solo recordaré un ejemplo que uso en el libro: cuando alguien tan poco sospechoso de españolismo como Ernest Maragall planteó que hubiera una hora más de castellano en la enseñanza amplios sectores del socialismo pusieron el grito en el cielo porque decían que eso afectaba a la convivencia misma en Cataluña. Hay temas que no se pueden plantear porque la presión social lo impide. Eso en democracia no puede ser. Si hay cuestiones importantes que no se pueden plantear eso es efectivamente un déficit democrático.

Habla usted de una “homogeneidad que impide la crítica”. Sin embargo, esa supuesta homogeneidad es falsa, ya que la sociedad catalana es compleja y plural. ¿No le parece que el nacionalismo, cuyos seguidores hablan siempre del respeto a la diferencia, en realidad rechazan esa pluralidad dentro de Cataluña?

El planteamiento que se suele hacer desde el soberanismo es que hay algo homogéneo, que es el pueblo catalán. Ese es su supuesto. Entonces el pueblo catalán tiene sus características específicas, pero es una realidad homogénea, y son esas características las que tienen que ser respetadas en el ámbito mayor del Estado. Lo que hay que empezar a cuestionarse es esa idea de “pueblo catalán”, que es un concepto poco republicano. Existe la sociedad catalana, la ciudadanía catalana, los ciudadanos catalanes y hay que acoger la pluralidad. Pero una pluralidad en toda la gama. Lo que no puede ser es que solo haya pluralidad si se acepta un determinado planteamiento y fuera de ese planteamiento sean las tinieblas exteriores, no se pertenezca al pueblo catalán. Esas son las condiciones previas que dan lugar al déficit democrático.  

El tema de la lengua se menciona en varios de sus artículos. En uno de ellos señala el escaso dominio del castellano de algunos de sus alumnos de la Universidad de Barcelona. ¿Está usted a favor o en contra del sistema de inmersión en catalán que se practica en la enseñanza no universitaria?

Lo que se llamaba la discriminación positiva tiene siempre un objetivo, que es corregir una situación de partida desequilibrada. Por tanto, las discriminaciones positivas, sean las que sean, están fechadas. En el momento en que esa falta de equilibrio inicial se ha corregido deja de tener sentido. Si hacía falta un apoyo a la lengua catalana porque partía de una inferioridad, de una injusticia histórica, pues hágase. Lo cuestión es si hoy en día es necesario esto. Hay que cuestionarse el límite temporal de la inmersión y extraer las lecciones de la aplicación de este sistema. No podemos dar por sentado que debe haber inmersión lingüística en cualquier caso. Que sea o no un modelo de éxito es algo que hay que acreditar. Hay gente de trayectoria impecablemente catalanista que ha dicho, por ejemplo, que la sociedad no es homogénea desde el punto de vista lingüístico y que debemos adecuar la inmersión a esta pluralidad. En zonas de la Cataluña profunda donde el catalán es predominante allí no hay ningún desequilibrio que corregir. El argumento de que el castellano es muy fuerte y de que los niños ya lo aprenden en la calle es insostenible. En Madrid no necesitarían estudiar castellano o en Inglaterra inglés porque ya lo aprenden en la calle. No se estudia solo el uso de la lengua y eso en la calle no te lo van a dar. Si a los niños se les enseña poco castellano el castellano que manejarán será deficiente. Es obvio. No se puede mantener el mismo discurso que hace cuarenta años con todo lo que han cambiado las circunstancias. Eso no puede ser.

¿El nacionalismo es el peronismo a la catalana? Es decir, ¿fuera del nacionalismo no hay nada, solo el españolismo rancio y casposo, como dicen algunos?

Ese es un mensaje que como una fina lluvia insistente ha estado proyectándose sobre la sociedad catalana. Cada día uno puede abrir el periódico y encontrarse frases del tipo: quienes no están a favor del proceso están a favor de la España una, grande y libre, es decir, la España franquista. Ese es un mensaje que se sigue repitiendo de tal manera que personas que nos definimos de izquierdas, como federalistas, críticos con el soberanismo a menudo el reproche que recibimos es que usted en el fondo es de derechas, un españolista. Uno de los supuestos fundamentales del discurso nacionalista es que todo el mundo es nacionalista, de uno u otro tipo. El que dice que no es nacionalista lo es, solo que no lo sabe. Esto pretende mostrar que todos somos lo mismo y que no hay ningún lugar superior: tú eres tan pecador como yo. Hay opciones distintas al nacionalismo español y al nacionalismo catalán.

Es usted el presidente de Federalistes d’Esquerres. ¿Cree que la opción federal conseguiría acabar con el problema del nacionalismo periférico?

A estas alturas del partido esperar que pueda terminar con el nacionalismo me parece excesivo. Puede encauzar, sosegar un poco los ánimos, dar satisfacción durante un tiempo a amplios sectores de la sociedad catalana, eso sí. En Quebec la Ley de Claridad (que permitía al Gobierno federal negociar la secesión de una provincia), seguida de toda una serie de iniciativas para intentar reconstruir las relaciones entre los ciudadanos del Quebec y el resto de ciudadanos canadienses, sirvió para rebajar la tensión durante décadas. Aunque en Quebec sigue habiendo entre un 20-30% de independentistas, cifra que repunta en épocas de tensión con el Gobierno federal. Es decir, hay que resignarnos a un cierto porcentaje de independentistas, aunque sería algo llevadero, no lo que hay ahora.

Afirma en uno de sus artículos que para ser nacionalista “no hace falta haberse leído un solo libro”, ya que esta ideología apela a un sentimiento. ¿No cree que todo nacionalismo, con las etiquetas que le pongamos, es un error?

La frase no es mía, sino de un prestigioso científico social catalán muy de izquierdas. La cuestión es: ¿es un error por qué apele al sentimiento? No necesariamente. El problema no es el sentimiento, sino lo que oculta el sentimiento. Hay sentimientos absolutamente razonables. El problema es que el sentimiento en el discurso nacionalista cumple una función de oscurecer la racionalidad del debate. El nacionalismo, a partir de determinadas consignas, agita los sentimientos. Si los elementos de su discurso fueran razonables alguien podría decir que esos sentimientos son justos. El problema es que muchas veces no se corresponden con la realidad. Por ejemplo: acabamos de saber que hay una forma de contar el déficit fiscal de Cataluña con el resto del Estado que resulta que no es la que durante muchísimo tiempo se nos había dicho. Con los viejos números el sentimiento de agravio a lo mejor está relativamente justificado. Pero si los números no son correctos, ¿qué pasa con ese sentimiento? Lo mismo sucede con las autopistas, que podrían haber sido rescatadas y la Generalitat no quiso hacerlo. Si los datos no son veraces se agita un sentimiento a partir de algo que no es correcto. Se nos está engañando. Muchas veces el sentimiento sirve para no explicar o no argumentar las cosas.

Hace unos meses tuvo que sufrir en sus carnes las burlas de Empar Moliner después de denunciar en TV3 su falta de pluralidad. ¿Es este un ejemplo de una sociedad democráticamente enferma donde se criminaliza la discrepancia?

A ese episodio le doy una importancia relativa. No quisiera que los árboles no nos dejaran ver el bosque y que las gracietas de la señora Moliner nos distrajeran de lo fundamental. No me quejé de no ir a TV3, sino de su falta de pluralidad. En el momento en que se me estaba entrevistando, no al día siguiente en la intervención de Empar Moliner, las imágenes que se estaban poniendo de fondo entraban abiertamente en contradicción con lo que yo decía. Eso, desde el punto de vista de la deontología profesional, es absolutamente inadmisible. Tú no puedes invitar a alguien a que defiende la tesis A y, mientras él está hablando, ponerle una manifestación de centenares de miles de personas que defienden la tesis B. Esa es una forma de decir que lo que dice este señor es una auténtica locura, que está solo, que no se entera de la realidad. Eso es mucho más sutil y premeditado. Además, no fui yo el que planteé en ese programa la cuestión de los medios de comunicación, quien centró mi entrevista en ese tema fue la presentadora. Incluso en un momento dado yo dije que eso no era lo más importante que debíamos hablar. Esto está a la orden del día en la televisión catalana y forma parte, sin duda, del déficit democrático que antes he señalado.

¿Por qué los partidos políticos de izquierdas catalanes se han sumado a ese unanimismo nacionalista?

Hay un hecho que hoy cobra gran actualidad, que es el episodio de Banca Catalana. Eso es presentado en Cataluña como una operación del españolismo de izquierdas para derribar a Pujol y para atacar a Cataluña. Se produjo una reacción masiva enorme que atemorizó extraordinariamente a los sectores de izquierda. Desde aquella fecha en las campañas electorales el reproche que se dirige a cualquier partido no nacionalista es: tú eres un sucursalista, tú eres un españolista, etc. Todos los partidos se sienten obligados a demostrar que son tan catalanes como los demás. Eso hace que acaben perdiendo la iniciativa política. Ahora pasa exactamente lo mismo. Sectores de izquierdas no están de acuerdo con la deriva soberanista, pero tienen miedo de quedarse en minoría. De ese proceso los partidos progresistas no están obteniendo ningún rédito.

¿Cómo valora la postura que ha tenido el PSC en el tema de la consulta?

Creo que ha tenido una actitud muy dubitativa. Pere Navarro dijo que estaban a favor de una consulta legal y acordada y que en esa consulta votarían que no. Inmediatamente después, cuando hay las elecciones autonómicas, el PSC vacila. Llega a decir algo tan sorprendente como que se abstendrán en cualquier iniciativa que tenga que ver con el proceso soberanista, que no pondrán palos en las ruedas. Eso era muy confuso. Más adelante por fin Pere Navarro dijo no iban a aceptar esas propuestas. Esa rectificación llegó un poco tarde y contribuyó a esa imagen dubitativa. El matiz que ha añadido Iceta me parece interesante, en el sentido de que es clarificador, ya que plantea discutir sobre otra pregunta.

Usted afirma que todo el proceso independentista que estamos viviendo le permite a Artur Mas rehuir cualquier tipo de crítica a su gestión. No obstante, las encuestas vaticinan un desplome electoral de los convergentes. ¿Cuál será el futuro de CiU: volver a la senda de la moderación o seguirán en ese camino separatista que tanto daño les ha hecho?

Lo lógico sería que Mas hiciera aquel tipo de cosas que le permitieran recuperar todo ese electorado que se les está yendo. Por ejemplo, Rubalcaba se va por la pérdida de votos en las elecciones europeas. En CiU pierden votos, pero dicen: Esquerra ha subido, por tanto, estamos contentos. Un sector de Convergencia parece que ha pasado de pensar en términos de partido a pensar en el proceso en su conjunto. Aunque ellos hayan perdidos votos éstos se los ha llevado Esquerra y, debido a esto, no les importa perder. Es sorprendente. Además, eso condena a muchos alcaldes y concejales a perder y no creo que se contenten porque Esquerra suba. No veo que se esté tomando ninguna medida para corregir esa sangría de votos y Mas no parece dispuesto a pegar un volantazo y cambiar su deriva.

Recientemente se ha creado en Cataluña Societat Civil Catalana para hacer frente a ese homogeneismo nacionalista que usted denuncia. ¿Cómo valora este intento de dar voz a los catalanes no nacionalistas?

Veo bien la existencia de SCC, aunque hay otros colectivos que existen hace tiempo. Todo lo que contribuya a que sectores que hasta ahora se sentían silenciados por no estar de acuerdo con la deriva independentista hagan pública su sensibilidad es bueno para la higiene democrática. Lo que es malísimo es identificar a la derecha con el españolismo, y al españolismo con el fascismo. Me parece también muy mal hablar del soberanismo como si fueran nazis. Pero en Cataluña se ha utilizado con una enorme alegría y ligereza el término “facha”. No se puede decir que alguien, por ser de derechas, es un facha. Aquí se habla del franquismo como si fuera una realidad viva. Me parecen mal muchas leyes del PP, pero son leyes de gente conservadora que las está llevando a un parlamento en el que tienen una mayoría absoluta. Todo lo que sea dar voz a la ciudanía me parece positivo. SCC no entra en contradicción con otras asociaciones. Ellos dicen que están en contra del independentismo. A partir de ahí en las propuestas que se hagan ellos ya no entran.

Última pregunta: ¿Cataluña es una comunidad ensimismada? Explíquenos el título de su libro.

Quien mejor representa el ensimismamiento al que me refiero es el propio presidente Mas cuando dice: el mundo nos mira. Los medios de comunicación catalanes parecen empeñados en trasmitir la imagen de que nada hay más importante que el proceso y, por supuesto, que el mundo por entero está pendiente de él. La racionalidad y la autocrítica desaparecen.  
 
 
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